Entre los
dos creyeron que podían hacerlo. Fue un día feriado, último posible antes que
venciera el plazo que ya arrastraba cinco años de retraso y avisos en forma de
precarias notas sobre la fría piedra. Con el cielo gris por completo, a Donato
le llevó un poco más de insistencia convencer a Damián para sacarlo de la casa.
Lo aquejaba un leve resfriado y cierta distancia con lo que pensaban hacer: no
tanto por el gesto humano, sino por sus dolores de espalda, evidencia de una
columna atrofiada. Hubiese preferido ir otro día, pero fue ese feriado que
llegaron allí.
Un perro chico y flaco se mojaba en
un charco del cordón de la vereda. Al bajar del auto y cruzar la avenida,
Damián percibió a una familia demorada en el puesto de flores decidiendo entre
distintos colores de claveles frente a una vendedora cuya cara no decía nada.
Sintió sus ojos desviándose sobre él al pasar por la vereda; Donato venía unos
pasos más atrás y ambos se hicieron uno al atravesar el pórtico abierto.
Algunos cuerpos caminaban, ninguno solo, se trataba de cierto paseo extraño, el
de recordar, por homenaje o culpa, a los que ya no estaban. Las hojas secas de
los añosos árboles formaban una leve alfombra entre las calles diagramadas del cementerio; desde la entrada, era una hacía la derecha y cinco hacía
adelante antes de girar a la izquierda para dar con la tumba.
Cuando estuvieron frente a ella, no
sintieron nada distinto ni especial: el ritual de los adioses fijados aniquila
cualquier emoción, llegarse cada dieciocho por mes o por año al modo de una
personería que los refleja ante un pedazo de mármol con ramitos secos y la
misma inscripción. Ahora había que mover como sea ese pedazo de piedra, de ele
levantada que representaba el perímetro de un cuerpo descompuesto. Iguales de
pesados en el armado, Donato buscó con sus ojos a algún cuidador para completar
la faena, buscó al mismo a quien ayer retaceó la tarea por querer cobrarle 200
o 250 pesos calculando mano de obra. Al cabo de un rato, cuando ya colorados y
con fatiga, se acercó completaron entre los tres el traslado módica de la
estólida cobertura. Corrieron el bloque a un costado, procurando que no
obstaculizara el paso y, antes de limpiarse un poco el barro y respirar, tanto
Donato como Damián observaron la porción húmeda de tierra delimitada, manjar de
lombrices, parcela cavada hace más de una década, el doble necesario para que
sea convertido en nicho el recuerdo de la única mujer que los había unido de
verdad.
De todas
las variantes ofrecidas por la carta elegían la cerveza roja por costumbre. A
veces, la acompañaban con papas; cuando no, dejaban sitio para que no los
invada la modorra que secunda al buen comer y se permitían el disfrute mayor
con las cremas, también artesanales, ofrecidas por una tienda de helados que
descubrieron hace poco. Fue en una tarde de nubes parciales, donde, después de
varias vueltas aeróbicas, buscaron algo para refrescarse, dando con los colores
pastel de la tienda en una esquina con parada del 307. No hubo coincidencia en
los gustos, si era necesario exagerar una predilección entre ambos que ya
estaba más que afianzada en otros espacios como el doméstico o la propia
cervecería a la que concurrían cada vez que se contaban, repasando, la semana.
Allí Etelvina notó que sus frases
replicaban cada vez menos el ingenio de otros encuentros; temió pensar, en un
habitual juicio desbocado, que las prendas que elegía para vestirse ya no
acompasaban la delicadeza de sus viejas historias, contadas a modo de
anecdotario. Ahuyentando cualquier calumnia se convenció que, al igual que un
lavado de cara matinal, el ejercicio del habla y de la escucha no reviste
mayores complicaciones: habrá alguien para oír una frase dispersa por más nasal
y tartamuda que suene o por más trillada en su construcción, como la de un
discurso inaugural. “Somos lo que queremos oír”, imaginó en su sobrecito de azúcar
antes de sonreír amable como lo hacía sabiendo del orgullo de su compañero que
apuraba el último trago de la pinta.
Cuando se aburrieron de estar
sentados mirándose, jugaron a verse como espectadores de una oratoria solemne.
Etelvina se ponía en la piel de una duquesa que no dejaba de correr y tenía
tiempo para hablar pausado, controlando el aire. Su interlocutor se apuntaba
como el mandamás de una sociedad de propietarios poderosa, midiendo las
dimensiones de su púlpito, poniéndose de pie, haciendo que la risa de Etelvina,
entre expansiva y bruta, se mezclase con el murmullo compartido de clientes y
vehículos. A esa hora, ya no podrían decidir cual de las canciones sonaría
mejor para la relación, consumada y eficaz, como un maridaje, al que las olas
no pueden erosionar, aunque tanto con el clima como con los humores nunca se
sepa del todo bien.
Después, para matar otro rato
doméstico, quizás acepten un gato, procurando que pierda poco pelo: a Etelvina
le da mucha alergia y él ya no quiere barrer.
FERROCARRILES ARGENTINOS (característico estilo country) 8:43
Pero
volviendo o mejor dicho siguiendo con el asunto de las historias. Aquello que
intento contar a partir de las historias con las que me entretengo para no
dormirme en el tren, de regreso, mientras cabeceo de sueño y llegan como un haz
de luz que me despierta hasta la estación de destino. Soy, entonces, el
narrador de siempre, que apunta las escenas vividas por otros, tratando de
prolongar la fascinación generada de antemano (¿todas las historias merecen ser
contadas?) por su extrañeza o identidad. Al contarla dotamos de identidad a
esos seres, por más que no sepamos nombres y apellidos: al reconocerlos,
figuran, dentro del continente variado y dispar, un territorio propio, con sus
alegrías, dramas, estafas y concesiones permanentes, afincados en diferentes sitios,
a la vez, y mostrándose de variadas maneras.
Vuelvo entonces a la historia con
sus personajes, por el solo hecho de volver.
De espaldas parecía una mujer gorda,
una señorona dejando su bolsa violeta anudada en el estante superior del vagón.
Cubierto de un pulóver rojo, se sentó a un asiento de distancia. Lo primero que
hizo fue hacer notar su voz fuerte, de tono femenino, una voz de personaje
risueño que compra un chocolate Milka a diez pesos despidiendo a la vendedora
con un “Dios te bendiga”. El gordo de rulos, pulóver rojo y bolsa violeta ya
había captado la atención desde antes de comenzar a escribir su cuaderno
espiralado con letras imprenta enormes. Iba sentado y a esa altura (digamos
Villa Domínico) ya envidiaba su capacidad fértil para la conversación gratuita.
Su paso era lentísimo. Arrastraba
los pies envueltos en vendas oscuras y recubiertos por pantuflas. Cuando subí
buscando ubicación, me dejó seguir por el pasillo, con gesto serio, sostenida
por cada borde de asiento, dosificando cada pisada. Al cabo de largos minutos,
la anciana de pelo bien blanco recogido por una hebilla a lunares, llegó hacía
donde me había sentado y repitió la historia que ya venía contando: necesitaba
ayuda para comprar inyecciones a 169 pesos, un problema con la Policía por la escritura
de su casa en Lomas de Zamora, problemas para caminar, componían el cuadro de
su desgracia cotidiana.
Cuando se cruzaron, no dudó en
ayudarla. Le preguntó cuánto le faltaba para llegar a los 169, cuánto llevaba
juntado y luego de una pausa larga revolviendo entre su bolsa de mano le
ofrendó un poco más de cien pesos. Ante los oídos del resto de los pasajeros
pidió que le cuente, en detalle, su problema. Una señora sentada, que
intercedía entre ambos, dejó su lugar para que el dialogo pudiera prolongarse
al cabo de seis o siete estaciones. El ruliento iba apuntando direcciones y
números en su cuaderno de bitácora: Parroquia Ntra. Sra. Del Rosario, pedir
oraciones de 10 a22 a un teléfono fijo cuya numeración no alcancé a distinguir desde mi posición. La
anciana hablaba en tono muy bajo, haciendo de su drama una confesión ante el
bienvenido pastor, confiado, que se robaba las miradas en ese tren a mediodía.
Más tarde, una joven lo puso en
autos, ante su duda, que Berazategui había quedado atrás. La anciana,
previamente, se había ido con la hoja escrita, arrancada del cuaderno, doblada
en dos, vaya a pensarse si creyendo en algo mientras dejaba sus ajados pies
sobre un anden en Platanos. Su nombre de apellido alemán quedó documentado siguiendo
el ejercicio del que hacía el bien con bendiciones, que, mientras comía un
chocolate, hablaba al aire sobre el modo de reconocer las estaciones; un pibe
lo miraba extrañado, quizás movido por esa voz tan dulcinea, proveniente de un cuerpo pastoral tan
pesado y locuaz.
(Estaba distraído con la distancia
recorrida por los cables de electricidad cuando me atrajo la voz del susodicho.
Pensé que cuando fuera ciego podría reconocer con los lujos de detalles,
posibles colores dentro de la paleta que proporciona la agudeza. En esa
oscuridad de cuencos abiertos acaso dispondría de otro lenguaje, despojado de
los rodeos cromáticos y las texturas propias del ambiente fecundo de contornos,
líneas que se desordenan en el aire. Podría, quizás, hacer como que adivino
cuando esas dos señoras dialogan llenando de azúcar el termo de agua para el
mate. O esa otra señora a la que se le desparrama comida para el gato en el
piso sucio de la formación. Mientras los miles se evaden con el celular y sus
auriculares, tapando el pregón de unos alfajores Nevares o de medias de toalla
a la mitad de su valor original. Pensaba hoy que aún puedo verlos, aunque de a
ratos quisiera que la barba oculte mi rostro sonrosal de gracias y disculpas
por doquier, para ser más avezado en el trato equidistante. Quitando del alma
las telarañas de la duda y la especulación para coronar una especie de placer
que haga sentirme visible aun en plena ceguera).
Veo el 28 que gira por el viejo
Mercado Dorrego, blanco, imitando un breve gancho hacía la izquierda. Es otra noche
que no tengo más que mirar por el vidrio, mientras el taxista da su hipótesis
sobre el fiasco de la crotoxina. Lo trae a colación de un caso reciente de
muertos por la ola de frio, con esa capacidad tan propia para concatenar
sucesos y noticias solo para reforzar un lugar común. Solo para reforzar que la
verdad es tan antigua como los mares y siempre estuvo ahí, en ese espejito
retrovisor, aunque sea uno el que la crea lejana, a la verdad. Tan lejana como
las piernas de Emilia que en ese preciso instante en que el 28 gira debe estar
escribiendo un mensaje a una amiga para preguntarle, entre onomatopeyas de
risa, qué hacer: si dormir o salir a caminar, llevada por sus esculpidas
piernas, lejanas como esa sola verdad.
Dado que la urbanización jamás
concluye, puedo seguir perdido en figuras y detalles móviles, con los
comentarios persistentes de Mario, propietario según la credencial adherida al
reverso del asiento. De la crotoxina seguimos a Favaloro y de ahí, confundido,
a cualquier otra palabra que sintetice la noche, ésta, la de las dos medias
lunas puestas al alcance de la terraza, con Emilia crepitando entre mis manos,
fugaz, presuponiendo un último arrebato, ideal para ser narrado pero diluido en
la infinidad de gestos. Sus hombros se apartaron y el mundo no siguió andando
de la misma forma: basta apenas un chasquido para romper la magia, para que el
truco se exponga y para que sea la boca, otra boca, la que no se cierre nunca,
la de Mario con sus grandes laboratorios organizando congresos a los que
asisten médicos que luego llenarán recetarios con el nombre de la droga
envasada por empleados rasos del laboratorio que cursa las invitaciones.
Mientras creo con mayor ahínco en la
ley de la compensación, como único modo razonable de vivir con cierta calma. Así
es que Emilia se me antoja más dormida que un glaciar y rebusco en el bolsillo
un importe preciso para pagar. Al no obtenerlo procuro deshacerme de un billete
que llama la atención por su exceso de tinta. Mario no enciende la luz para
ayudarme en la faena y revisa unos papeles después de copiar a la base. Quizás
en ellos hayan restos de otras conversaciones o soliloquios que se repiten
cuando dos apenas conocidos se despiden a la fuerza, dejando que el círculo se
semicierre.
NUMEROLOGIA SENTIMENTAL (bolero antiguo y sin medias tintas) 3:45
(De cómo
Leopoldo comenzó a ver a las personas cercanas y no tanto como números. De cómo
esto lo alejaba aún más de los sentimientos y algunas pocas cosas más) Le pasó
en el vagón pero era algo que ya le venía pasando eso de factorizar a las
personas, darle un número a cada nombre propio despojándolo de humanidad. De
ese modo eludía el compromiso del afecto, ya que numerar consentía el frio
dominio de la técnica, por más que la seguidilla condicionara la repetición.
(También alguien por lo bajo le dijo
a Leopoldo que abrazar la gélida contextura de un decimal no se comparaba en
nada a una reverberante capa de piel y hueso) De aquella situación donde 1
dormía cruzado de brazos al lado de 2 que jugaba al Candy Crush con su celular
en diagonal a 4 hurgando su nariz, mientras observaba en la hilera opuesta de
asientos a 13 por demás atractiva, callada y seria junto a 14 que debía ser su
madre o su tia distraída con el cartel de la estación detenido junto a 460 que
con su bicicleta debía de esperar el furgón si su meta era subirse a la formación
que, según voceaba 702, llegaría solo a Villa Elisa debido a que aún
continuaban las obras para aliviar la corriente de agua en Ringuelet, porción
de la ciudad donde alguna vez vivió 3741 quien supo aconsejar mal a 002 (donde
Leopoldo es 002). Aquella escena reavivó el afán de tornar ecuación a sus
semejantes lo que, a su vez, le permitía jugar y llevar las posibilidades del
azar y la lotería al día a día, por mera evasión. Con una sencillez que no era
tal, podía argumentar que en el reinado de numeraciones telefónicas, claves y
tarjetas, la representación que se proponía era muy familiar; lo cuestionable,
en todo caso, es que lo suyo era realmente serio e involucraba un modo de vida
que lo devolvía en matemático o numerólogo con plena rigidez de su ciencia,
subordinada, por todo método, a los factores puestos en escena.
(Y hasta hubo quienes no dejaban de
ver en ello la consagración de Leopoldo como un Dios, con pleno dominio de los
seres que lo rodeaban, circunstancial o con persistencia, como tal, la paz de
disponer la suerte de cada uno como quien juega generala o tira reyes, tan
veleidoso e irregular como puede serlo un Dios, pese a que Leopoldo hasta en
eso, pudiera pensarse, procurase el decoro y la justa medida) Con esa cualidad
de numerar, acorde la distancia que implica distribuir como una baraja cada
cual de los naipes, descontando la pasividad del croupier que ve rodar la bola
y el disfrute de pasar el rastrillo por el paño arrastrando en cada ficha
redonda un pálpito o deseo momentáneo, ya descartado. En cada paño, los números
son 37, con el cero y las posibilidades múltiples, incluyendo colores,
columnas, docenas, filas, pares, nones, medios, plenos, casi una figuración en
pequeña escala de las relaciones sociales, donde parece primar la especulación
y la realización personal con un breve espacio para la flaqueza de los
sentimientos. Hasta aquel deseo de apostar a tal o cual número luce controlado
en la mente del que se fragua su destino y encuentra el placer cercenado en las
combinaciones, los proto aciertos (si hasta se iluminan los ojos de Leopoldo al
pensarlo de una manera tan fluida) y la digitación de una realidad donde solo
hay lugar para los números, infinitos, llenos de fuerza, revueltos y sin
ninguna previsibilidad más que su naturaleza desnuda y potencial.
(El número de tu casa, los tres
últimos números de tu DNI, el importe de la última prenda que compraste, los
dos números centrales de tu celular, el año en que naciste, la edad de tu
abuela materna al morir, la altura de la calle donde trabajas, la medida en
centímetros de tu novia, la patente del taxi que te trajo o el interno del
colectivo que a su vez tiene otro número que corresponde a la línea, como lo
tiene el día dentro del año en que lees esta disquisición plena de fanatismo)
Si entonces a cada humanidad corresponde un número diferente, puede colegirse
que son únicos, lo cual no habilita a la distinción dado que, como se dijo
antes, una seguidilla condiciona la repetición pero no el hastío y la rutina de
que el orden inevitablemente pueda reiterarse. Leopoldo no ignoraba que aquel
globo enorme de la precisión y el rigor matemático podía pincharse ante el
mínimo error o movimiento humano, disque que las voluntades pueden propender a
la equivocación solo para saberse vivos. ¿Qué hacer si mañana, con derecho, el
que dormía cruzado de brazos propende a ser quien hurga su nariz, o ser 2 y 4 a la vez, en qué orden del
pequeño Dios que, dicen, se fungió Leopoldo, entraría?
(O acaso la propia teoría de
Leopoldo no deje de ser una excusa o castración y debería dejar de pensar en
sentir en 10,9,8,7,6,5,4,3,2,1,0).
Ejerció la
labor con total entereza, creyendo que su rol era más que necesario,
imprescindible. Con los fotogramas cortados de las películas aún entretiene a
sus gatos, múltiples, en los ambientes de su piso espacioso. Desde el primer
día imaginó que los señores empresarios del cine y los del sindicato de actores
jamás lo llevarían a comer a uno de esos restaurantes del ambiente donde
pululan actrices de nariz respingada, hábiles para la tentación. A él que, a
cierta edad, no podía dejar de admirarlas, como quien se dedica a un fino
ejercicio de armonías, sin sodomizaciones ni procacidades. Cada escena de su
juventud se le seguía entablillando a un recuerdo que lo devolvía delirante,
aunque no zafado, con restos de osadía, como cuando desafió, en cueros, a aquel
banquero público. Pese a que casi no podía hablar seguía yendo a la radio para
sentirse influyente, el mismo que prohibió 336 extranjeras y una sola nacional,
aunque dijeran lo contrario: sus gatos, tal vez, podían dar fe al sentir el
roce del nitrato distribuido por una filial foránea. No más de veinte segundos
por corte donde cabe un pezón para el horror de algún capo de calle Lavalle que
podía perder algún público excitado. Hay otros que vieron, como se observa con
lupa, volar un Zeppelín en la
Alemania de Hitler y después él hizo poco para despegarse de
ese sambenito: viejo nazi, castrador, milico, represor… los que lo impugnaban no se daban cuenta que
el censor no era más que un ser humano que quería ver una buena película y tener en sus
manos programas sin publicidades ni hechos con papel de pizzería que raspa los
dedos. Qué hay de los que ponen el precio de las entradas, sembrando intereses
y sobornos para sumar estrellas en sus calificaciones o de los que reparten
subsidios a cualquier aventurero: si ayer mismo apareció un playboy que quería
retratar el plan de vida de una familia de clase media, con cero estructura
narrativa y jugando al desgano, con el argumento de que la atención para ser
captada requiere variedad y no repitencia. Detalles, menos trazos gruesos, a la
usanza del que lo lleva a recordarse de joven como pionero del sin sombrerismo,
vendiendo diarios mientras calentaba un pupitre vacío para tirarse en la
ringlera de 70 o 336 piezas, sin baño ni cocina ni tijeras ni gatos ni éxtasis:
apenas un sitio de transito como aquella oficina que ocupó durante cuatro años
o este ambiente con ventana al rió donde, jubilado a la fuerza, el censor evoca
su cargo.
[1] Texto surgido luego de la lectura de una entrevista a Miguel Paulino
Tato hecha por Mona Moncalvillo para la Revista Humor 22, de octubre de
1979.
PAÍS DE CÍNICOS (con comentarista) (rapsodia inconclusa) 4:45
-Usted,
acaso: ¿Conoce con precisión la fecha de su muerte?
Astor, tal era el nombre que llevaría a partir de hoy. Solamente 24 horas le
quitaría tramitar un documento para certificarlo.
-La fecha exacta, no. Calculo que no
pasara demasiado tiempo desde que me diagnostiquen esa leucemia que me tiene
antojado. Es mejor vivir bien antes de enterarse de cosas así… una forma de decir: vivir
bien, vivir bien, lógico que hay ciertos factores que uno no maneja. Después hay tiempo para preocuparse, ocuparse de las despedidas, pero, por si las moscas, antes de eso, elegirse
uno su propio nombre no me parece mal tampoco.
Elegirlo,
decía, para que no quede en la fantasía o en el estúpido juego de los alter ego.
Cambio de nombre con documento. Una
identidad para ser exhibida y constatada por quien quisiera hacerlo.
-Coincido en parte con usted. Hay
algo que es real y escapa, quizás, a sus deseos sean bien intencionados o no. Mi pregunta es, acaso ¿Tiene quién lo escuche o quién lo quiera? Es decir, de verdad, querer como se quiere o intenta
querer a una persona, no como a una mascota… perdón que lo interrumpa: porque
tuve casos de gente que venía y me hablaba de su mujer o de su esposo o hasta
de sus hijos con apodos, diminutivos, deformaciones del lenguaje de cualquier
tipo y factor… en fin: un asco.
Últimamente
le salía natural el cinismo. Daba respuestas que a otro sonrojarían o le causarían
ruido con una ligereza inédita en él y no hallaba explicación convincente.
Quizás no la tuviera: tener más años o el profundo desencanto del que se sabe
en un laberinto que, sin mayor aviso, puede quedar a oscuras para siempre.
-Dispénseme si es de Perogrullo lo
que digo pero: sólo se conoce con exactitud el grado de lo querido cuando se
pierde. Ergo yo, Astor, recuerde que a partir de esta conversación así me
llamo, puedo enunciar un número equis de gente que siente aprecio por mi,
siendo dos o cien mil con un grado cero de corresponsalía con la verdad.
Sigo
pensando en el cinismo como una estrategia desbordada de hastío, aunque sea la
mayor herida que el propio cuerpo se infrinja al tratarse de un hastío breve.
Para serlo, cínico, es necesario profesionalizarse. El cinismo con razón es nocivo
como la alegría programada.
-Para serle franco, mi pregunta no
perseguía como respuesta un número exacto, tampoco. La reflexión hecha, igual,
me da la pauta, por su modo de pensar digo, de cierto escepticismo que usted
cultiva con gusto. De allí interpreto que le de igual cambiar un nombre como si
fuera un par de zapatos… aunque lo primero, justo decirlo, invoca cierto
manierismo teatral que refuerza ese acto de desencanto: Lo que no consigo, lo
imagino. Aunque usted emplea un movimiento extra, a causa de su inseguridad tal
vez, que es reforzar ese cambio con un documento. ¿Tanta importancia tiene el
nombre para usted?
No
dejaba de ser extraño que la complejidad de un ser humano pudiera reducirse a
un nombre y a un apellido; combinados patentan a una persona equis, igualándola
en miseria y esplendor. De eso va también la historia y el cristal que cada
quien toma para construir determinado relato sobre tal otro, donde verdad o
mentira no dejan de ser opciones también iguales en el decurso de una continuidad.
-No se si se percata del detalle,
seguro que no: hablando de nombres, de denominaciones, dije leu-ce-mia y a
usted lo único que parece importarle es por qué decido llamarme Astor o quién
me quiere … al final uno debe ponerse en el cetro para llamar la atención, no
queda otra.
Ilógico
tanto como a un emperador le basta un movimiento en falso, uno solo para
destruir una construcción de sesudas piezas. Probabilidad de riesgos, que le
dicen, cálculo o algo semejante.
-¿Quiere hablar de su hipotética leucemia?
Si no la traje a colación es porque no deja de parecerme un deseo atroz que
encubre esta falta de motivaciones. Si gusta ponerse “en el cetro”, como dice, póngase,
no logrará nada distinto pero su expectativa sí que lo va a sentir.
Tendría
pendiente una dosis de falsedad al alcance de la mano para salir de paso en
encrucijadas como éstas, donde son las propias palabras las que pueden apuñalar
al libre pensamiento, descripto en un diálogo para dos cuya profesión se
emparda con la doctrina cínica de los que viven sin poder dejar de vivir
momentáneamente.
Beto está ansioso. Rompe y desparrama
un paquete de La Yapa
sobre la mesa mientras agita las rodillas. Revuelve las pequeñas pastillas de
colores y eso parece tranquilizarlo un poco. Me acerco para hablarle. Percibo
una sensación propia del mundillo virtual: la de estar pero no ser percibido,
aún así imagino un mazo de cartas para invitarlo a jugar. Cartas ásperas de un
pilón al que le falta el caballo de oro: cuando las reparto Beto vuelve a
tensarse, a mirar el vacío sin parar de pensar en el ordenamiento de la lista,
en el modo de no defraudar a sus compañeros y a la vez disciplinar a los menos
obedientes. Pensaba en Beto: cuando hacía lo que todos nosotros, comía una a
una las infinitas pastillas del paquete tubular. Beto ya no es el nene de
mirada angelical y sonrisa transparente. Sino existiera la historia documental,
podría decirse que nunca lo fue y más de uno se sorprendería al verlo ”hacer el
daño”: momento clave de subir o bajar el pulgar. ¿Dónde alojará la calidez de
las grabaciones italianas que oía cuando su madre lo premiaba con flanes? ¿cómo
reparte la plata con la que ayudó a esa pareja de inundados? Hay un espacio
para la duda que conviene para poder argumentar y notar a los convencidos. Hoy,
pese a verlo ensimismado en su mesita, de a ratos intenta imitar a una estrella
de rock; hizo un castillo para vivir con sus fobias en las afueras de la
ciudad. Ahí también camina un pibe que tuvo con una profesional que nunca gustó
de su música, ni de las canciones del Festival de San Remo que aún se le da por
poner e inundan el comedor del caserón.
“Cuando
sos un animal no pensás en morirte”. Filosofía pura. Beto se creía un animal político, o al menos sabía que estaba en vías de serlo: manejando su pequeña
porción de presupuesto y un cúmulo de fidelidades. Aparente placer del que
apunta en una servilleta sus proyectos, como en un rapto de lucidez y apuntala
un apellido o sobrenombre debajo de otro, en columna, acumulando nervios antes
de reunirse con el Barba, el apoderado, que le lleva unos cuantos años y
roscas. La vez que lo vio por primera vez le costó creer que era el mismo que
escribía los artículos que su tío leía, en alguna prensa insolente de antes:
con admiración, por la justeza en su argumentación, ahora su vivo retrato era
un pobre apologista de los devaneos de un funcionario con aspiraciones, todo
sazonado con barrocas citas textuales de escritores del palo. Esa faz pública
la complementaba con ésta, la de cierto raciocinio y desvarío pícaro: “A
chiquito ponelo más abajo. Que se joda por tener apellido con empieza con T… que se lo
cambie”, sugería con su voz grave. Y por detrás de él, sin ningún tipo de
convención, El Fino, el que tenía la
BIC autorizada, no solo para convidar canutos sino para poner
el sello, cantar una personería como si fuese una flor de basto o para impugnar
una coma.
Si
hablamos de animales, el Fino era lo más parecido a un león, pero no cualquier
león, sino a uno voraz que lo disimulaba bien. De esos que te dejan acercar a la
jaula y hasta que lo toques solo para dar el zarpazo y dejarte ciego. Hace
girar su lapicera y sonríe. Hoy le gustaría que el Polaco sea del riñón del
partido a toda costa; en dos años, quizás. La diferencia los mantiene desunidos
con quien fuera su viejo compañero de banco. Gira la lapicera y recuerda
alguna Sylvapen que, con magia módica, modificó en silencio un lugar de lista
improbable, a escasos minutos del cierre. El lio posterior, las caras de
circunstancia, las explicaciones, el Fino vivía del padre todavía y al Polaco
se le daba por pensar que la política era mal negocio. Ambos, antes de las
ideas, cuando se peleaban por cambiar una japonesa o una lechera, ya estaban
ahí en el escritorio, poniendo el gancho, mezclando papelitos a modo de bocetos
trasnochados, tachando como una generala, sintiendo poder en cada inscripción.
“Los
intendentes van a ir tomando distancia cuando comiencen a sentir el olor a
cala”, repite de memoria en su cabeza una frase que leyó y que no puede
olvidar. La escribió un colega del Barba de apellido impronunciable. A
los tres los une ese inexorable olor que enamora sus fosas nasales,
uniéndolos, anacrónicas, en esa caza de voluntades. Allí donde otro dice
traición, debería decirse desengaño, corazón roto o algo menos poético. Saber
percibir el olor a cala es un arte: Beto recién ahora, el Barba hace rato y el
Fino ni lo recuerda, pero no hace tanto tampoco que empezó a moverlo ese olor, de
recinto cerrado y tiempo húmedo que significa menos de lo que esconde.
-Es sencillo: Usted siente que necesita algo, va, pide y se lo dan.
-¿En serio?
-Sí.
-Mire usted. Yo que creía que había una serie de circunstancias estructurales o anecdóticas que tendían a conspirar o atemperar la voluntad manifiesta de uno cuando se encuentra levemente sacudido o rozado por sensaciones que lo acercan a experimentar una especie de vida o certeza de pertenecer a la especie humana y, por ende, corroborar, sin previo aviso, que lo que regurgita en brazos y piernas como río torrentoso es sangre que puede ser de cualquier tipo o factor, pero que, definitivamente, no es horchata.
-Ehh, si lo necesita y lo siente de verdad puede pedirlo sí, se lo dan y chaupinela. No tal historia que usted supone. Creo que ni un papel para firmar ni nada. Tiene que estar medianamente convencido, eso sí...
-Claramente esta conversación se parece a un festín de adverbios je...
-...
-Había oído hablar también de cierta clarividencia en razón de, claro, el convencimiento, pero la certeza o precisión de distinguir que es lo que agita los tréboles de nuestros sentimientos que casi siempre son de dos o tres hojas y es que uno se extravía o se desdibuja buscando uno de cuatro y cuando gira la cabeza o el torso percibe que está en un laberinto y tantea las paredes, frías como escamas, sin saber si seguir avanzando o retroceder o recostarse o ponerse a reptar, claro que sí, como dice si se puede pedir y es así automático...
-Me tengo que ir. ¿Qué es lo que va a hacer entonces?
Montaron una carpa enorme pero precaria sobre el talud. Un
circo, una exposición, pensó Vicente. Nada de eso. El pastor había llegado al
viejo barrio ferroviario, con su sermón y sonrisa campechana. No hubo fin de
semana en el que no se acercaran personas, mujeres grandes como Nancy y familias
ensambladas. Vicente no lo hacía, pero no podía evitar que el fervor evangélico
llegara a sus oídos. “Fuera Diablo”, “Cristo salvador”.
La primera vez
que volvió del trabajo hizo la cuadra al bajar del micro y miró hacía arriba.
Creyó que en el piso más alto del departamento vecino algún fanático tenía al
máximo el volumen del televisor. Pero había eco, un sonido que inundaba el
cielo, una potencia que superaba las veinte pulgadas. Después lo comprobó.
Las maderas
formaban un octágono. La tela que recubría los pilares era violácea. Sobre el
pasto seco de la vieja estación ferroviaria había también un espacio para los
más chicos. Un arenero sin arena, con cubos y juegos de plástico, como garantía
de estar. En tanto, los parlantes entre la carpa de ocho puntas y el resto de
la avenida, tan altos como los viejos vagones que hacían de souvenir añejo del
barrio. Anchos como una señora que asfixiaba entre los muñones de su mano una botella de agua saborizada.
Allá, hijos o nietos jugando; acá, padres con labios automáticos y, siempre, el
pastor manejando el sermón, rally de arengas con inflexiones de voz
imprevistas. Pulcro, de anteojos finos, entre el alumbrado público que realza
la brillantez de unas canas divinas.
Vicente ya
había escuchado algo por radio. De casualidad, cautivado por unas baladas a la
hora del regreso, que así han dado en llamar a esa franja horaria en la que una
porción de gente vuelve vaya a saber de dónde. Así era que en la tanda se
colaban testimonios de todo tipo de enfermedades: bultos, pólipos, ganglios.
Malignos todos que en segundos desaparecían por un “Abracadabra” o un “Quítame
de aquí estas pajas”, si se tratara de españoles. Pero los de la radio como los
que estaban en el barrio cultivaban parecían brasileros por su portuñol, que ya
resultaba caricaturesco en pleno siglo XXI. Finalmente lo tentó ser parte de la
ceremonia ya que la instalación, le había confesado el verdulero, duraría pocas
semanas. Hasta no faltó quien lo uniera pura y exclusivamente a un interes
partidario, al de cierto candidato municipal trasnochado que pretendía mezclar
su apellido de dos silabas entre los oficios devocionales.
El terreno era
desparejo. En eso se asemejaba al patio donde vivía su tia Nancy, casi llegando
a la esquina del mismo barrio. La breve distancia no implicaba un mayor
acercamiento, ni aún ahora que Vicente sabía que a su tía la había tomado por
asalto el alemán. Por esa extraña asociación se le ocurrió que ella era el
mejor motivo para saciar su curiosidad, inspirado en la imagen de Nancy limpiando el capó del auto del doctor con el escobillón. Quizás añorando los
días en que la tía, su tía, era capaz, con sus ojos grises, mezcla de ceniza y hollín, de pasar revista a los detalles de la cuadra.
El que hacía payadas con los sueños de la quiniela. El que miraba siempre sin comprender. El que se excusaba con la lluvia. El que dejaba pasar casi todos los trenes. El que se moría de risa con los estornudos. El que aparentaba menos de lo que tenía. El que temía por un dolor persistente en la ingle. El que había sido moldeado por la industria. El que dormía poco pensando en las personas que lo olvidaron. El que come mucho. El que se levanta culposo. El que toma merca para componer un personaje. El que vive en base a chicanas. El que revisa aburrido la biblioteca. El que nunca se sintió tan magnánimo. El que rara vez piensa en silencio. El que no duda que tiempo es dinero. El que conjetura con relámpagos. El que aporta poco al fisco. El que corrobora que el trabajo lo dignifica. El que celebra las ocurrencias ajenas. El que consolidó una dieta a base de cereal. El que apoya un vaso contra la pared. El que pone el celular debajo de la almohada. El que se está quedando ciego. El que detesta que ex siga siendo tan linda. El que busca un calendario en el bolsillo. El que no decide a irse en definitiva. El que se sabe de memoria los recorridos de los bondis de la metrópoli. El que juega fuerte con cartas negras. El que ameniza una espera con un jueguito frutal. El que adolece de voluntad. El que se palpa la médula por tic. El que presiente un tiempo bueno. El que escribe letanías. El que viajó pocas veces. El que entra a una iglesia una vez por semana. El que atesora estampillas. El que tuvo un surmenage sin saber lo que eso significa. El que confunde las cosas. El que se habituó a la desconfianza. El que deja sin prender el último botón de la camisa. El que ahuyenta a los gatos ajenos. El que se cree un cretino. El que ambiciona herencias. El que canta como Pavarotti en la ducha. El que no teme ni a las películas de terror. El que se sincera cuando se emborracha. El que abraza por excepción. El que preferiría no hacerlo. El que cuenta perfecto de atrás para adelante...
El (oyente) que los conoce a todos ellos (oyentes) por la radio.
(El domingo 12 de agosto de 2007, abrumado por
otro intento vano de relación sentimental, Miguel Angel Bertoni escribió de un
tirón la siguiente proclama. Su destinataria, o sujeta tácita, creemos que es
Etelvina Garrido, una joven empleada de Pago Veloz, con la cual logró
establecer una conversación favorecida por algunas personas en común y el equivoco
de una factura atrasada de gas.
Consultado sobre esta relación,
Bertoni sólo atino a decir que se encontraba en el catalogo de las
inconsistencias, remarcando con cinismo una de las frases del escrito: ¿Por qué ponerle
inteligencia -y psicoanalisis- a lo que,de antemano, se entrevé como un fracaso rotundo?)
Que
detestes que por las noches me duerma oyendo emisoras de amplitud modulada,
puedo llegar a comprenderlo. Que quieras buscar coincidencias donde ya no las hay,
me cuesta más. Ni que decir de las veces que te quedas callada pretendiendo que
adivine lo que pensás, casi siempre toreando a la lógica. Y cuando te invito a
salir después de un tiempo que por qué no lo hice antes o si te queda divina
esa blusa roja, es porque las prendas anteriores no realzaban tu figura. No
debería tratarse de dar todo el tonto tiempo explicaciones, pero las más de las
veces resulta así y hay que encontrar un código binario para descifrar la
convivencia. Algunos lo llaman histeria o gataflorismo, sin más. Prefiero salir
de cualquier etiqueta, ya sea para describir un comportamiento humano o una
filiación política. Quizás sea lo más incorrecto, aunque no deje de ser un desafío, como arrojar una piedra en el medio del lago para quedarse viendo las
ondas, con la boca abierta, sintiendo en el pecho un cosquilleo de fervor.
Sí, sí, prefiero que hablemos, aunque
ya no comportamos idéntico lenguaje, aunque opte por esquivar las explicaciones
en pos de un discurso menos pensado, menos racional. Lo hiciste o lo dejaste de
hacer, y ya, no siempre a la misma hora se ladean las flores de un ombú o dejan
caer sus hojas las parras estacionarias. ¿Por qué ponerle inteligencia a un
fracaso? Las diferencias nos movilizan durante una parte del día, pero el día o
la jornada, si te gusta más, es extenso (o extensa); puede que sea más largo
para un operario fabril que para un empleado de una prestamista, no se trata de
comparar para confundir: he visto matrimonios (no pongas esa cara de horror a
lo Almodóvar, puedo verla) sin fingir consultándose hasta la medida del largo
de las uñas, los proyecto veinticuatro horas, no dejan de recordar sus
virtudes, no se apoltronan, tal vez tengan espíritus de edecanes, siendo la
sombra del amado o adoren las lisonjas.
A nosotros definitivamente no nos
sale. Los espíritus deben haber salido de academias distintas, haciendo la
salvedad de lo suficiente que nos queremos. La telepatía sería un buen camino
para llegar al entendimiento, pese a que ahorraríamos aquello que nos falta: palabras
simples, sin tecnicismos, sin reproche para quebrar los fastidios irreverentes.
Cruzando la calle hay un
terapeuta. Dando vuelta a la esquina, hay otro. Si llegamos a encontrarnos por
ahí, que sea en la vereda:no quiero ver su cara complacida al ofrendarle
nuestra pequeña ruina cotidiana.
“El
arte de concepto es ante todo un arte cuyo material son los conceptos, como el
material de la música es el sonido, Dado que los conceptos están íntimamente relacionados con el lenguaje, el arte de concepto es un tipo de arte cuyo material
es el lenguaje”. Flynt, Henry
En un año transcurren infinidad de
hechos, pero sólo una fracción de ellos son representativos, particularmente
por su condición inedita o extraordinaria. A la sazón, acorde a una perspectiva
antologica no es necesario acumular una a una las páginas de los periódicos. La
repetición atenta contra la novedad: es lo que diferencia un trabajo
administrativo de uno creativo.
Impresionado por la cantidad de
papel puesto en la calle (cuánto sacará por kilo el que se lleve cada bolsa de
nylon que dejo al costado del poste de basura. ¿Setenta, ochenta centavos?
¿Llegará al peso en algún momento?) se me dio por recordar cómo había empezado
la acumulación. Tuve imágenes de los seis años cuando en primer grado comenzaba
a competir: un mero incentivo para la lectura incipiente. Había dos cartulinas
pegadas en el aula y a cada uno le tocaba una fila para ir completando con
cruces a razón de cumplir con el deber. Eran dos cartulinas: una de lengua,
otra de matemática. La primera se llenaba por cada noticia del diario llevada a
la señorita Ana María con el fin de compartirla con el resto; la segunda, tenía
como requisito hacer bien cinco cuentas. La cuestión es que, ya miope, había
encontrado la veta de llevar el recorte de una sección de noticias insólitas
del mundo publicadas en El Día, que
por aquel tiempo llegaba todos los días a casa. Serían no más de seis párrafos
de la Agencia Reuters
que se destacaban por su gracia. En esos días, afianzado en el desafío, no era
novedad que al pasar la lista cumpliera con alguna historia, como la del hombre
que perdió su ojo de vidrio, que compensaba las cifras erróneas de una suma o
resta. Cuando se completaron las columnas hasta el límite impuesto por la
cartulina, resulte ganador junto a un amigo, que supo hacer lo suyo con los números.
Hay una foto que nunca vi revelada con él y la señorita, sonrientes, mostrando
un ventilador portátil, de mano, a modo de premio.
Como dije El Día estaba siempre. Una noche observé el nombre de un caballo.
Se llamaba Rock nacional, un matungo
que corría Leandro Galdeano, aprendiz todavía. A partir de ahí se volvió hábito
escribirle tres o cuatro ganadores a mi madre para que los juegue durante su
trabajo. Llegaron a ser siete, antes de un ataque de rabia después de ver las
carreras por Crónica que me hizo encerrar en la pieza sin cenar ni saludar antes de dormir.
Ya era más grande comparado a cuando me pavoneaba con notitas recortadas, de color, constante
en el metier.
Todos esos diarios de la época de
Menem se tiraron enseguida. No se me cruzaba la posibilidad de guardarlos, sólo
fue un Clarín, objeto extraño que, al
lado de El Día, era ejemplar: gordo,
con colores y suplemento de Espectáculos con despliegue. Además, cómodo de
leer. Para qué quería saber lo que pasaba en La Plata, ciudad que por
entonces perdía por demolición comparada con Mar del Plata. “Se mató Yabrán”,
fue el titular en primera plana que inició todo: ¿Qué me hizo conservar ese
número de mayo de 1998, cuando ya era lector contumaz de la prensa, pero sólo
lector? ¿Qué nervio encordó el tono de almacenador furioso? ¿A qué aspiré este
tiempo guardando esos suplementos-curro de Salud, Universidades Privadas,
marcas caras y lugares para vacacionar? ¿Confiaba, acaso, en la huella original
de los días, en que los sueldos de los docentes, cuestiones de luz y agua en
verano, el conflicto entre palestinos e israelíes, la vacuna del HIV, la ola de
frío, los cambios de precios y demás cuestiones serían flor de un día, apenas
un cuadro en un fotograma de infinitos planos? Si hasta las tragedias se
repiten y lo extraordinario parece programado para vender algún periódico más,
tal vez (digresión: Las muertes célebres siguen siendo un buen recurso, mayor
aún que el campeonato del equipo por el que se hincha. Un Mundial de fútbol
puede equiparar en trascendencia… o una bomba nuclear, diría un conocedor).
Después irrumpió Página 12 y la manía de guardarlo entero
por su formato incómodo para recortar. Un diario que nunca gustó en casa: a
mamá porque le removía malos recuerdos; a papá, porque no traía suplemento
deportivo, ni nada prácticamente. Se leía como un prospecto de cualquier
pastilla, por arriba, indicaciones precisas y chau; el Clarín siempre fue más ganchero por las fotos, pensaba entonces,
cuando uno apenas destaca lo que es pura publicidad dirigida a un posible
ciudadano argentino diferente al de La Nación,
que si uno lo lee desde arriba lo más probable es que lo empujen los que ya
están instalados allí.
II
¿Será sinónimo de vejez o de madurez
tener certeza que no todos los hechos valen la pena? Que se repiten, que
siempre lo mismo, que no tiene arreglo (el ser humano o “el país”), que si no
se distingue entre lo estructural y lo coyuntural se incrementan las chances de
ahogarse en la abundancia. Sí, esto ya lo vi: mejor darle poca importancia,
considerarlo y chau, se volverá a imprimir en cinco o diez años, como
aniversario redondo.
Si después, encima, una inundación
arrasa, para qué acumular tanto papel barato, ni que fueran granos de trigo
refugiados del fisco. ¿En pos de infinidad de lectores que se interesen por lo
que decididamente recortó, innumerables atardeceres de una vida grisácea? Que
se interesen, aparte, por buscarlo en ochocientas bolsas de nylon un texto vulgar
que ya circula por Internet. Claro, pero se disfruta con el acopio, con saberse
archivador, montañas de papel muertas que seguirán siendo caudalosas aún con la
titánica reducción del 40%. Lógicamente, siempre y cuando, no sobrevenga algo y
lo arrase.
III
Antología, esa es la palabra.
Lo que hacía particular al artista
plástico japonés On Kawara era dejar constancia del tiempo y el espacio en sus
obras. Esta idea pondría en crisis mi exposición anterior, debido a que los
hechos pueden repetirse pero resultan únicos porque ocurren en un momento
irrepetible de la historia. Un corte de luz del verano de 1999 en Parque Chás
no es igual a un corte de luz en el verano de 2013, en tanto la boleta del
consumo (registro documental) posee otros datos que la encadenan a ese momento.
Claro que sin esa excepción, bimestre Nov-Dic 1999 o Nov-Dic 2013, puede pasar
por idéntico pero no lo es.
De todas formas, eso es concepto y
el arte no necesariamente para si debe valerse de la acumulación. Ergo: no se
precisa conservar todas las facturas de luz para exponer una idea o imagen,
bastara con esas dos. Lo otro es administración, tarea muy noble y remunerada
pero que excede la vocación del presente ensayo. Sigo pensando lo mismo en esta
idea. Lo claro es que aquí y ahora sólo interesa desprenderse, reducir a una
expresión utilitaria los ríos de tipografía que manchan los dedos y, con los
años (más viejos, menos maduros) nos desencanta, nos irrita y nos provoca
carcajadas.
Fetiche, otra palabra válida para
una antología posible.
Todos
los domingos a la hora de la cena el padre de Tomás escucha a un muerto. La
hora de la cena puede variar entre las diez y las diez y media, lo que no varía
es que lo oiga, mientras lleva el tenedor a su boca pensando en eso de oír a
alguien que ya no puede hablar, que es retransmitido a modo de homenaje por la
emisora en que hizo sus últimos palotes. Más que nada, volvió a ser como un
refugio: su paso por la función pública había dejado un tendal de afectados,
sin contar daños concretos al erario. Cheques sin fondo convirtieron a esa
localidad del oeste provincial en la “capital del retorno”.
El
mismo, hoy muerto, detenido varios meses en esas ligeras excepciones que brinda
el Poder Judicial, hablaba, inundando el ambiente del comedor con su oratoria.
Engolado, se limitaba a presentar boleros de las más diversas pertenencias. Los
mezclaba con fragmentos de mala literatura; demasiado cursi, y eso que se puede
serlo un poco y que no dañe. La voz era inapelable, pero no dejaba de ser la de
un tipo muerto hacía cinco o seis años; que hablase como si nada le cerró más
de una vez el estómago a Tomás. Igual pensaba que no tenía que cambiarle el
plan a su padre, una vez que se enganchaba con música y no con algún charlatán
que le habla a la gente con frases simples. Después, se acostumbró y ya es como
que lo presiente al muerto que oyen hablar los domingos a la noche.
Por
ahí, deba rendirse a eso que llaman “magia de la radio”, expresión usada para
realzarla frente a la televisión. Todo el tiempo hay muertos por la tele, no se
porque podría sorprenderse tanto Tomás al fin y al cabo. En el cine, lo mismo.
Será que la frecuencia es lo que pueda perturbarlo, la cita musical con el
personaje que aparece por el éter cuando los dos cenan en silencio. Pensar que
la voz pueda corporizarse de cualquier modo, más allá de asociarle un cuerpo,
una cara y un cargo. Si hasta puede jugar a adivinar en silencio cuál es la
próxima palabra del repertorio; el siguiente intérprete que hace dibujarle una
media sonrisa al padre antes de apurar otro trago del vino de mesa que compró
en el chino.
Cuando
la cena termine, cada uno seguirá con sus pequeñas rutinas: limpiar los platos,
pelar alguna fruta, el muerto seguirá hablando, le quedan trece minutos de
cuerda hasta el corte evangélico, hasta el domingo próximo para ellos dos,
habituados al silencio.
Un evangélico que exhibe las venas de su brazo rotas por la dialisis, mientras otro hombre de voz fuerte deposita envases de Viborin sobre las rodillas de los pasajeros (puede que haga olvidar del lumbago o la ciática) y más allá se oye la voz de tono ovejuno de un joven ruliento, acompañada de guitarra, amenizando con un repertorio de rock nacional, cuando por acá una madre describe a su niño el sonido de la bocina y aquí, aquí, en el cuerpo semidormido llevado por los ferrocarriles de la patria, una nueva hora comienza almacenando las historias fallidas con las que pretendo entretenerme para no dormir y en un pase de magia ser convertido en riel o anden elevado bajo un cielo de Nevares (cinco por diez).
Su sola presencia, colorida, ya lo perturbaba. No
podía ir a pasarla bien a un cumpleaños porque como adorno inexplicable los
globos inflados permanecían, aún quietos. Era la percepción del miedo, que, tarde
o temprano alguno, rojo o azul, explotase, dado que no faltaba otro como él que
jugara con ellos. El también supo hacerlo en su casa, dandole con furia contra
una cortina improvisando la red del arco. Pero ahora solo piensa en que
explotaran, haciendo un ruido, más o menos fuerte, es lo único que le resta a
un globo que ya se infló y fue atado: reducirse a su nada por una acción
externa. Un pisotón, un pinchazo, un estrechar con las manos. Varias veces
hasta hundir en el pánico a ese chico medio rubión que, de grande se hará el
misterioso aunque ahora sufra menos por no poder estar recogiendo el papel
picado que vomita la piñata.
No sólo papel picado: caramelos, juguetes diminutos,
señas particulares, ganarse el premio como se gana la vida en un piso de serpentina.
Se conformará con un relato piadoso, en la postrimería de otro festejo ajeno
por ese trauma o quién sabe qué de adentro suyo. Si fueran graciosos como los
sobresaltos, serían agudas las tristezas que rara vez lo conducen a llorar:
incorporó su cuota de patetismo que en la adultez minimizará su dignidad. ¿Para
cuando una canción de amor repleta de globos? ¿Para cuándo un festejo opíparo
sin motivos y globos que lo justifiquen?
Dentro del quincho compartido, sobre el piso de
cemento, en ronda, la frenética animadora los reúne, instándolos a la atención
en torno a un juego simple con números. Están todos los chicos, menos uno que
permanece aislado con las manos en sus orejas, la mirada triste pretendiendo
que se le borre por completo el registro de los ojos ajenos, llenos de lástima
y compasión. De poco servirá figurarse hombrecito con todos, prolijos, los
botones, prendidos, de la camisa con el flequillo peinadísimo si se asusta al
mínimo golpe, tara que lo separa del resto. Corrido por una mano invisible que
lo hace, ensimismado, bola de susto en pleno jolgorio: sería mejor que siga sin
venir y se dedique a suponer, que suponga que no tuvo jamás ese miedo ni esa
angustia ni esa distinción del resto que lo reduce al despropósito de padecer
un cumpleaños feliz
II
… Y muchos años después, atontado por calmantes
intravenosos ese mismo chico recordaría el día en que tuvo noción de la lluvia.
El sonido de la lluvia, pese a ser cuantioso, resulta
armónico, sincrónico, oponiéndose a la percepción que es única en relación a
quien emplea su sentido (oído, ahora; olfato, luego). Una cantidad mansa que
desciende consonante, diametralmente opuesta a la irrupción del trueno, cuyo
estertor matiza el relámpago. En ellos se conjuga el vínculo entre la
disonancia y la ruptura: anunciada por escasos segundos, prediciendo el suceso
más no la intensidad.
¿Qué ruido, rui-do, evoca una sensación placentera?
Permito asegurar que ninguno, incitando la respuesta de los acumuladores de
excepciones.
Imaginó que el fogonazo de un rayo lo dejaba ciego
por unos instantes. Restregaba, entonces, con los puños la órbita cerrada de
cada ojo, sin pensar en las descargar aparentes que podía generarse,
recorriendo el puente levadizo de sus brazos, débiles, en esa instancia, por el
deseo fatuo de contener el aire inundado de gotas pequeñas. Al salirse de su
imaginación percibió lo obvio: su entorno no era tan primario como su razón.
Entre ese favor de calibrar lo irreal, asoció a tres
mujeres que conoció, categorizandolas. Dado que se trataba de un ejercicio
individual se permitió el egoísmo de describir a una que lo despreció, otra que
fue rechazada y la tercera, de un desinterés mutuo. En un sentido de
pertenencia, se rió por lo arbitrario del lenguaje, amagando con propagar su
agrupación, que sólo le generaba una dosis de alivio para pasar el rato, como
el que se divierte adivinando sin precisión el clima existente en una latitud
contraria o el huso horario que atraviesa un país ignoto.
Si este devaneo en torno a la lluvia comenzó a partir
del carácter de un chico que temía a los globos, que ya entonces maduro agonizó
y sin sentido tuvo entre sus últimos recuerdos, la lluvia primeriza. Hasta
revolver entre los canales de su devastada inteligencia, derrapando en tres
figuras que le trajeron consuelo, parsimonia de lo ajeno, entre el ruido de la
madera.