miércoles, 30 de diciembre de 2015

B3- UNA FORMA DE RECUERDO

        UNA FORMA DE RECUERDO (soft metal) 2:29

         Entre los dos creyeron que podían hacerlo. Fue un día feriado, último posible antes que venciera el plazo que ya arrastraba cinco años de retraso y avisos en forma de precarias notas sobre la fría piedra. Con el cielo gris por completo, a Donato le llevó un poco más de insistencia convencer a Damián para sacarlo de la casa. Lo aquejaba un leve resfriado y cierta distancia con lo que pensaban hacer: no tanto por el gesto humano, sino por sus dolores de espalda, evidencia de una columna atrofiada. Hubiese preferido ir otro día, pero fue ese feriado que llegaron allí.
            Un perro chico y flaco se mojaba en un charco del cordón de la vereda. Al bajar del auto y cruzar la avenida, Damián percibió a una familia demorada en el puesto de flores decidiendo entre distintos colores de claveles frente a una vendedora cuya cara no decía nada. Sintió sus ojos desviándose sobre él al pasar por la vereda; Donato venía unos pasos más atrás y ambos se hicieron uno al atravesar el pórtico abierto. Algunos cuerpos caminaban, ninguno solo, se trataba de cierto paseo extraño, el de recordar, por homenaje o culpa, a los que ya no estaban. Las hojas secas de los añosos árboles formaban una leve alfombra entre las calles diagramadas del cementerio; desde la entrada, era una hacía la derecha y cinco hacía adelante antes de girar a la izquierda para dar con la tumba.
           Cuando estuvieron frente a ella, no sintieron nada distinto ni especial: el ritual de los adioses fijados aniquila cualquier emoción, llegarse cada dieciocho por mes o por año al modo de una personería que los refleja ante un pedazo de mármol con ramitos secos y la misma inscripción. Ahora había que mover como sea ese pedazo de piedra, de ele levantada que representaba el perímetro de un cuerpo descompuesto. Iguales de pesados en el armado, Donato buscó con sus ojos a algún cuidador para completar la faena, buscó al mismo a quien ayer retaceó la tarea por querer cobrarle 200 o 250 pesos calculando mano de obra. Al cabo de un rato, cuando ya colorados y con fatiga, se acercó completaron entre los tres el traslado módica de la estólida cobertura. Corrieron el bloque a un costado, procurando que no obstaculizara el paso y, antes de limpiarse un poco el barro y respirar, tanto Donato como Damián observaron la porción húmeda de tierra delimitada, manjar de lombrices, parcela cavada hace más de una década, el doble necesario para que sea convertido en nicho el recuerdo de la única mujer que los había unido de verdad.


martes, 29 de diciembre de 2015

B2 - MARIDAJE

              MARIDAJE (2da parte) (balada dulzona) 3:01
        
        De todas las variantes ofrecidas por la carta elegían la cerveza roja por costumbre. A veces, la acompañaban con papas; cuando no, dejaban sitio para que no los invada la modorra que secunda al buen comer y se permitían el disfrute mayor con las cremas, también artesanales, ofrecidas por una tienda de helados que descubrieron hace poco. Fue en una tarde de nubes parciales, donde, después de varias vueltas aeróbicas, buscaron algo para refrescarse, dando con los colores pastel de la tienda en una esquina con parada del 307. No hubo coincidencia en los gustos, si era necesario exagerar una predilección entre ambos que ya estaba más que afianzada en otros espacios como el doméstico o la propia cervecería a la que concurrían cada vez que se contaban, repasando, la semana.
           Allí Etelvina notó que sus frases replicaban cada vez menos el ingenio de otros encuentros; temió pensar, en un habitual juicio desbocado, que las prendas que elegía para vestirse ya no acompasaban la delicadeza de sus viejas historias, contadas a modo de anecdotario. Ahuyentando cualquier calumnia se convenció que, al igual que un lavado de cara matinal, el ejercicio del habla y de la escucha no reviste mayores complicaciones: habrá alguien para oír una frase dispersa por más nasal y tartamuda que suene o por más trillada en su construcción, como la de un discurso inaugural. “Somos lo que queremos oír”, imaginó en su sobrecito de azúcar antes de sonreír amable como lo hacía sabiendo del orgullo de su compañero que apuraba el último trago de la pinta.
      Cuando se aburrieron de estar sentados mirándose, jugaron a verse como espectadores de una oratoria solemne. Etelvina se ponía en la piel de una duquesa que no dejaba de correr y tenía tiempo para hablar pausado, controlando el aire. Su interlocutor se apuntaba como el mandamás de una sociedad de propietarios poderosa, midiendo las dimensiones de su púlpito, poniéndose de pie, haciendo que la risa de Etelvina, entre expansiva y bruta, se mezclase con el murmullo compartido de clientes y vehículos. A esa hora, ya no podrían decidir cual de las canciones sonaría mejor para la relación, consumada y eficaz, como un maridaje, al que las olas no pueden erosionar, aunque tanto con el clima como con los humores nunca se sepa del todo bien.
            Después, para matar otro rato doméstico, quizás acepten un gato, procurando que pierda poco pelo: a Etelvina le da mucha alergia y él ya no quiere barrer.


lunes, 28 de diciembre de 2015

B1 - FERROCARRILES ARGENTINOS

             FERROCARRILES ARGENTINOS (característico estilo country) 8:43

              Pero volviendo o mejor dicho siguiendo con el asunto de las historias. Aquello que intento contar a partir de las historias con las que me entretengo para no dormirme en el tren, de regreso, mientras cabeceo de sueño y llegan como un haz de luz que me despierta hasta la estación de destino. Soy, entonces, el narrador de siempre, que apunta las escenas vividas por otros, tratando de prolongar la fascinación generada de antemano (¿todas las historias merecen ser contadas?) por su extrañeza o identidad. Al contarla dotamos de identidad a esos seres, por más que no sepamos nombres y apellidos: al reconocerlos, figuran, dentro del continente variado y dispar, un territorio propio, con sus alegrías, dramas, estafas y concesiones permanentes, afincados en diferentes sitios, a la vez, y mostrándose de variadas maneras.
              Vuelvo entonces a la historia con sus personajes, por el solo hecho de volver.
            De espaldas parecía una mujer gorda, una señorona dejando su bolsa violeta anudada en el estante superior del vagón. Cubierto de un pulóver rojo, se sentó a un asiento de distancia. Lo primero que hizo fue hacer notar su voz fuerte, de tono femenino, una voz de personaje risueño que compra un chocolate Milka a diez pesos despidiendo a la vendedora con un “Dios te bendiga”. El gordo de rulos, pulóver rojo y bolsa violeta ya había captado la atención desde antes de comenzar a escribir su cuaderno espiralado con letras imprenta enormes. Iba sentado y a esa altura (digamos Villa Domínico) ya envidiaba su capacidad fértil para la conversación gratuita.
            Su paso era lentísimo. Arrastraba los pies envueltos en vendas oscuras y recubiertos por pantuflas. Cuando subí buscando ubicación, me dejó seguir por el pasillo, con gesto serio, sostenida por cada borde de asiento, dosificando cada pisada. Al cabo de largos minutos, la anciana de pelo bien blanco recogido por una hebilla a lunares, llegó hacía donde me había sentado y repitió la historia que ya venía contando: necesitaba ayuda para comprar inyecciones a 169 pesos, un problema con la Policía por la escritura de su casa en Lomas de Zamora, problemas para caminar, componían el cuadro de su desgracia cotidiana.
            Cuando se cruzaron, no dudó en ayudarla. Le preguntó cuánto le faltaba para llegar a los 169, cuánto llevaba juntado y luego de una pausa larga revolviendo entre su bolsa de mano le ofrendó un poco más de cien pesos. Ante los oídos del resto de los pasajeros pidió que le cuente, en detalle, su problema. Una señora sentada, que intercedía entre ambos, dejó su lugar para que el dialogo pudiera prolongarse al cabo de seis o siete estaciones. El ruliento iba apuntando direcciones y números en su cuaderno de bitácora: Parroquia Ntra. Sra. Del Rosario, pedir oraciones de 10 a 22 a un teléfono fijo cuya numeración no alcancé a distinguir desde mi posición. La anciana hablaba en tono muy bajo, haciendo de su drama una confesión ante el bienvenido pastor, confiado, que se robaba las miradas en ese tren a mediodía.
            Más tarde, una joven lo puso en autos, ante su duda, que Berazategui había quedado atrás. La anciana, previamente, se había ido con la hoja escrita, arrancada del cuaderno, doblada en dos, vaya a pensarse si creyendo en algo mientras dejaba sus ajados pies sobre un anden en Platanos. Su nombre de apellido alemán quedó documentado siguiendo el ejercicio del que hacía el bien con bendiciones, que, mientras comía un chocolate, hablaba al aire sobre el modo de reconocer las estaciones; un pibe lo miraba extrañado, quizás movido por esa voz tan  dulcinea, proveniente de un cuerpo pastoral tan pesado y locuaz.
            (Estaba distraído con la distancia recorrida por los cables de electricidad cuando me atrajo la voz del susodicho. Pensé que cuando fuera ciego podría reconocer con los lujos de detalles, posibles colores dentro de la paleta que proporciona la agudeza. En esa oscuridad de cuencos abiertos acaso dispondría de otro lenguaje, despojado de los rodeos cromáticos y las texturas propias del ambiente fecundo de contornos, líneas que se desordenan en el aire. Podría, quizás, hacer como que adivino cuando esas dos señoras dialogan llenando de azúcar el termo de agua para el mate. O esa otra señora a la que se le desparrama comida para el gato en el piso sucio de la formación. Mientras los miles se evaden con el celular y sus auriculares, tapando el pregón de unos alfajores Nevares o de medias de toalla a la mitad de su valor original. Pensaba hoy que aún puedo verlos, aunque de a ratos quisiera que la barba oculte mi rostro sonrosal de gracias y disculpas por doquier, para ser más avezado en el trato equidistante. Quitando del alma las telarañas de la duda y la especulación para coronar una especie de placer que haga sentirme visible aun en plena ceguera).


domingo, 27 de diciembre de 2015

A5 - MUCHACHA FUNK

MUCHACHA FUNK [1] (versos finales) (lento funk) 2:10

Por más que frunza el ceño,
con fuerza muchacha funk,
no puedo hacer que te sueñe
y al despertar cuento minutos
o leo en el aire el adiós.
Y si fuera un expediente,
anexaría tu desden a mi sino:
Porque las cosas como las vidas,
cuando se separan se olvidan
llevadas por otros cotos parciales,
entre la madeja y el desatino.

Por más que afloje mi gesto,
con onda muchacha funk,
no puedo hacerme copado
y al caminar huelo fatiga
o veo la muerte en el aire.
Porque las vidas como los días
cuando solo pasan se acumulan
tirados en piezas invisibles.

Y si fuera un acta notarial
anexaría tu moda a mi despojo.
Y si fuera un mínimo remito
anexaría tu fulgor a mi apatía:
Porque por más que cambie de cara,
convencido muchacha funk,
no podré quitarme las encías
y al masticar rumiaré vacío
o tocaré con la lengua pura agua.
Porque los días como las noches
cuando terminan se desquitan
filosos como dagas elegantes.

Por más que fuera otro papel
no borraría de él tu pliegue.






[1] El título (solamente) remite al conocido cuento de Fogwill, Muchacha punk, escrito en 1978. 

viernes, 25 de diciembre de 2015

A4 - CIRCULO SEMICERRADO

     CIRCULO SEMICERRADO (tango moderno) 3:12

       Veo el 28 que gira por el viejo Mercado Dorrego, blanco, imitando un breve gancho hacía la izquierda. Es otra noche que no tengo más que mirar por el vidrio, mientras el taxista da su hipótesis sobre el fiasco de la crotoxina. Lo trae a colación de un caso reciente de muertos por la ola de frio, con esa capacidad tan propia para concatenar sucesos y noticias solo para reforzar un lugar común. Solo para reforzar que la verdad es tan antigua como los mares y siempre estuvo ahí, en ese espejito retrovisor, aunque sea uno el que la crea lejana, a la verdad. Tan lejana como las piernas de Emilia que en ese preciso instante en que el 28 gira debe estar escribiendo un mensaje a una amiga para preguntarle, entre onomatopeyas de risa, qué hacer: si dormir o salir a caminar, llevada por sus esculpidas piernas, lejanas como esa sola verdad.
        Dado que la urbanización jamás concluye, puedo seguir perdido en figuras y detalles móviles, con los comentarios persistentes de Mario, propietario según la credencial adherida al reverso del asiento. De la crotoxina seguimos a Favaloro y de ahí, confundido, a cualquier otra palabra que sintetice la noche, ésta, la de las dos medias lunas puestas al alcance de la terraza, con Emilia crepitando entre mis manos, fugaz, presuponiendo un último arrebato, ideal para ser narrado pero diluido en la infinidad de gestos. Sus hombros se apartaron y el mundo no siguió andando de la misma forma: basta apenas un chasquido para romper la magia, para que el truco se exponga y para que sea la boca, otra boca, la que no se cierre nunca, la de Mario con sus grandes laboratorios organizando congresos a los que asisten médicos que luego llenarán recetarios con el nombre de la droga envasada por empleados rasos del laboratorio que cursa las invitaciones.
         Mientras creo con mayor ahínco en la ley de la compensación, como único modo razonable de vivir con cierta calma. Así es que Emilia se me antoja más dormida que un glaciar y rebusco en el bolsillo un importe preciso para pagar. Al no obtenerlo procuro deshacerme de un billete que llama la atención por su exceso de tinta. Mario no enciende la luz para ayudarme en la faena y revisa unos papeles después de copiar a la base. Quizás en ellos hayan restos de otras conversaciones o soliloquios que se repiten cuando dos apenas conocidos se despiden a la fuerza, dejando que el círculo se semicierre.


martes, 22 de diciembre de 2015

A3- NUMEROLOGIA SENTIMENTAL

         NUMEROLOGIA SENTIMENTAL (bolero antiguo y sin medias tintas) 3:45

      (De cómo Leopoldo comenzó a ver a las personas cercanas y no tanto como números. De cómo esto lo alejaba aún más de los sentimientos y algunas pocas cosas más) Le pasó en el vagón pero era algo que ya le venía pasando eso de factorizar a las personas, darle un número a cada nombre propio despojándolo de humanidad. De ese modo eludía el compromiso del afecto, ya que numerar consentía el frio dominio de la técnica, por más que la seguidilla condicionara la repetición.
            (También alguien por lo bajo le dijo a Leopoldo que abrazar la gélida contextura de un decimal no se comparaba en nada a una reverberante capa de piel y hueso) De aquella situación donde 1 dormía cruzado de brazos al lado de 2 que jugaba al Candy Crush con su celular en diagonal a 4 hurgando su nariz, mientras observaba en la hilera opuesta de asientos a 13 por demás atractiva, callada y seria junto a 14 que debía ser su madre o su tia distraída con el cartel de la estación detenido junto a 460 que con su bicicleta debía de esperar el furgón si su meta era subirse a la formación que, según voceaba 702, llegaría solo a Villa Elisa debido a que aún continuaban las obras para aliviar la corriente de agua en Ringuelet, porción de la ciudad donde alguna vez vivió 3741 quien supo aconsejar mal a 002 (donde Leopoldo es 002). Aquella escena reavivó el afán de tornar ecuación a sus semejantes lo que, a su vez, le permitía jugar y llevar las posibilidades del azar y la lotería al día a día, por mera evasión. Con una sencillez que no era tal, podía argumentar que en el reinado de numeraciones telefónicas, claves y tarjetas, la representación que se proponía era muy familiar; lo cuestionable, en todo caso, es que lo suyo era realmente serio e involucraba un modo de vida que lo devolvía en matemático o numerólogo con plena rigidez de su ciencia, subordinada, por todo método, a los factores puestos en escena.
            (Y hasta hubo quienes no dejaban de ver en ello la consagración de Leopoldo como un Dios, con pleno dominio de los seres que lo rodeaban, circunstancial o con persistencia, como tal, la paz de disponer la suerte de cada uno como quien juega generala o tira reyes, tan veleidoso e irregular como puede serlo un Dios, pese a que Leopoldo hasta en eso, pudiera pensarse, procurase el decoro y la justa medida) Con esa cualidad de numerar, acorde la distancia que implica distribuir como una baraja cada cual de los naipes, descontando la pasividad del croupier que ve rodar la bola y el disfrute de pasar el rastrillo por el paño arrastrando en cada ficha redonda un pálpito o deseo momentáneo, ya descartado. En cada paño, los números son 37, con el cero y las posibilidades múltiples, incluyendo colores, columnas, docenas, filas, pares, nones, medios, plenos, casi una figuración en pequeña escala de las relaciones sociales, donde parece primar la especulación y la realización personal con un breve espacio para la flaqueza de los sentimientos. Hasta aquel deseo de apostar a tal o cual número luce controlado en la mente del que se fragua su destino y encuentra el placer cercenado en las combinaciones, los proto aciertos (si hasta se iluminan los ojos de Leopoldo al pensarlo de una manera tan fluida) y la digitación de una realidad donde solo hay lugar para los números, infinitos, llenos de fuerza, revueltos y sin ninguna previsibilidad más que su naturaleza desnuda y potencial.
            (El número de tu casa, los tres últimos números de tu DNI, el importe de la última prenda que compraste, los dos números centrales de tu celular, el año en que naciste, la edad de tu abuela materna al morir, la altura de la calle donde trabajas, la medida en centímetros de tu novia, la patente del taxi que te trajo o el interno del colectivo que a su vez tiene otro número que corresponde a la línea, como lo tiene el día dentro del año en que lees esta disquisición plena de fanatismo) Si entonces a cada humanidad corresponde un número diferente, puede colegirse que son únicos, lo cual no habilita a la distinción dado que, como se dijo antes, una seguidilla condiciona la repetición pero no el hastío y la rutina de que el orden inevitablemente pueda reiterarse. Leopoldo no ignoraba que aquel globo enorme de la precisión y el rigor matemático podía pincharse ante el mínimo error o movimiento humano, disque que las voluntades pueden propender a la equivocación solo para saberse vivos. ¿Qué hacer si mañana, con derecho, el que dormía cruzado de brazos propende a ser quien hurga su nariz, o ser 2 y 4 a la vez, en qué orden del pequeño Dios que, dicen, se fungió Leopoldo, entraría?

            (O acaso la propia teoría de Leopoldo no deje de ser una excusa o castración y debería dejar de pensar en sentir en 10,9,8,7,6,5,4,3,2,1,0).


lunes, 21 de diciembre de 2015

A2 - EL CENSOR

       EL CENSOR (cueca sin pretensiones de baile) 4:19

    Ejerció la labor con total entereza, creyendo que su rol era más que necesario, imprescindible. Con los fotogramas cortados de las películas aún entretiene a sus gatos, múltiples, en los ambientes de su piso espacioso. Desde el primer día imaginó que los señores empresarios del cine y los del sindicato de actores jamás lo llevarían a comer a uno de esos restaurantes del ambiente donde pululan actrices de nariz respingada, hábiles para la tentación. A él que, a cierta edad, no podía dejar de admirarlas, como quien se dedica a un fino ejercicio de armonías, sin sodomizaciones ni procacidades. Cada escena de su juventud se le seguía entablillando a un recuerdo que lo devolvía delirante, aunque no zafado, con restos de osadía, como cuando desafió, en cueros, a aquel banquero público. Pese a que casi no podía hablar seguía yendo a la radio para sentirse influyente, el mismo que prohibió 336 extranjeras y una sola nacional, aunque dijeran lo contrario: sus gatos, tal vez, podían dar fe al sentir el roce del nitrato distribuido por una filial foránea. No más de veinte segundos por corte donde cabe un pezón para el horror de algún capo de calle Lavalle que podía perder algún público excitado. Hay otros que vieron, como se observa con lupa, volar un Zeppelín en la Alemania de Hitler y después él hizo poco para despegarse de ese sambenito: viejo nazi, castrador, milico, represor… los que lo impugnaban no se daban cuenta que el censor no era más que un ser humano que quería ver una buena película y tener en sus manos programas sin publicidades ni hechos con papel de pizzería que raspa los dedos. Qué hay de los que ponen el precio de las entradas, sembrando intereses y sobornos para sumar estrellas en sus calificaciones o de los que reparten subsidios a cualquier aventurero: si ayer mismo apareció un playboy que quería retratar el plan de vida de una familia de clase media, con cero estructura narrativa y jugando al desgano, con el argumento de que la atención para ser captada requiere variedad y no repitencia. Detalles, menos trazos gruesos, a la usanza del que lo lleva a recordarse de joven como pionero del sin sombrerismo, vendiendo diarios mientras calentaba un pupitre vacío para tirarse en la ringlera de 70 o 336 piezas, sin baño ni cocina ni tijeras ni gatos ni éxtasis: apenas un sitio de transito como aquella oficina que ocupó durante cuatro años o este ambiente con ventana al rió donde, jubilado a la fuerza, el censor evoca su cargo.

[1] Texto surgido luego de la lectura de una entrevista a Miguel Paulino Tato hecha por Mona Moncalvillo para la Revista Humor 22, de octubre de 1979.


domingo, 20 de diciembre de 2015

A1- PAÍS DE CÍNICOS (con comentarista)

             PAÍS DE CÍNICOS (con comentarista) (rapsodia inconclusa) 4:45

              -Usted, acaso: ¿Conoce con precisión la fecha de su muerte?
            Astor,  tal era el nombre que llevaría a partir de hoy. Solamente 24 horas le quitaría tramitar un documento para certificarlo.

            -La fecha exacta, no. Calculo que no pasara demasiado tiempo desde que me diagnostiquen esa leucemia que me tiene antojado. Es mejor vivir bien antes de enterarse de cosas así… una forma de decir: vivir bien, vivir bien, lógico que hay ciertos factores que uno no maneja. Después hay tiempo para preocuparse, ocuparse de las despedidas, pero, por si las moscas, antes de eso, elegirse uno su propio nombre no me parece mal tampoco.
            Elegirlo, decía, para que no quede en la fantasía o en el estúpido juego de los alter ego. Cambio de nombre con documento. Una identidad para ser exhibida y constatada por quien quisiera hacerlo. 

            -Coincido en parte con usted. Hay algo que es real y escapa, quizás, a sus deseos sean bien intencionados o no. Mi pregunta es, acaso ¿Tiene quién lo escuche o quién lo quiera? Es decir, de verdad, querer como se quiere o intenta querer a una persona, no como a una mascota… perdón que lo interrumpa: porque tuve casos de gente que venía y me hablaba de su mujer o de su esposo o hasta de sus hijos con apodos, diminutivos, deformaciones del lenguaje de cualquier tipo y factor… en fin: un asco.
            Últimamente le salía natural el cinismo. Daba respuestas que a otro sonrojarían o le causarían ruido con una ligereza inédita en él y no hallaba explicación convincente. Quizás no la tuviera: tener más años o el profundo desencanto del que se sabe en un laberinto que, sin mayor aviso, puede quedar a oscuras para siempre.

            -Dispénseme si es de Perogrullo lo que digo pero: sólo se conoce con exactitud el grado de lo querido cuando se pierde. Ergo yo, Astor, recuerde que a partir de esta conversación así me llamo, puedo enunciar un número equis de gente que siente aprecio por mi, siendo dos o cien mil con un grado cero de corresponsalía con la verdad.
            Sigo pensando en el cinismo como una estrategia desbordada de hastío, aunque sea la mayor herida que el propio cuerpo se infrinja al tratarse de un hastío breve. Para serlo, cínico, es necesario profesionalizarse. El cinismo con razón es nocivo como la alegría programada.

            -Para serle franco, mi pregunta no perseguía como respuesta un número exacto, tampoco. La reflexión hecha, igual, me da la pauta, por su modo de pensar digo, de cierto escepticismo que usted cultiva con gusto. De allí interpreto que le de igual cambiar un nombre como si fuera un par de zapatos… aunque lo primero, justo decirlo, invoca cierto manierismo teatral que refuerza ese acto de desencanto: Lo que no consigo, lo imagino. Aunque usted emplea un movimiento extra, a causa de su inseguridad tal vez, que es reforzar ese cambio con un documento. ¿Tanta importancia tiene el nombre para usted?
            No dejaba de ser extraño que la complejidad de un ser humano pudiera reducirse a un nombre y a un apellido; combinados patentan a una persona equis, igualándola en miseria y esplendor. De eso va también la historia y el cristal que cada quien toma para construir determinado relato sobre tal otro, donde verdad o mentira no dejan de ser opciones también iguales en el decurso de una continuidad.

            -No se si se percata del detalle, seguro que no: hablando de nombres, de denominaciones, dije leu-ce-mia y a usted lo único que parece importarle es por qué decido llamarme Astor o quién me quiere … al final uno debe ponerse en el cetro para llamar la atención, no queda otra.
            Ilógico tanto como a un emperador le basta un movimiento en falso, uno solo para destruir una construcción de sesudas piezas. Probabilidad de riesgos, que le dicen, cálculo o algo semejante.

            -¿Quiere hablar de su hipotética leucemia? Si no la traje a colación es porque no deja de parecerme un deseo atroz que encubre esta falta de motivaciones. Si gusta ponerse “en el cetro”, como dice, póngase, no logrará nada distinto pero su expectativa sí que lo va a sentir.

            Tendría pendiente una dosis de falsedad al alcance de la mano para salir de paso en encrucijadas como éstas, donde son las propias palabras las que pueden apuñalar al libre pensamiento, descripto en un diálogo para dos cuya profesión se emparda con la doctrina cínica de los que viven sin poder dejar de vivir momentáneamente.


viernes, 4 de diciembre de 2015

OLOR A CALA

       Beto está ansioso. Rompe y desparrama un paquete de La Yapa sobre la mesa mientras agita las rodillas. Revuelve las pequeñas pastillas de colores y eso parece tranquilizarlo un poco. Me acerco para hablarle. Percibo una sensación propia del mundillo virtual: la de estar pero no ser percibido, aún así imagino un mazo de cartas para invitarlo a jugar. Cartas ásperas de un pilón al que le falta el caballo de oro: cuando las reparto Beto vuelve a tensarse, a mirar el vacío sin parar de pensar en el ordenamiento de la lista, en el modo de no defraudar a sus compañeros y a la vez disciplinar a los menos obedientes. Pensaba en Beto: cuando hacía lo que todos nosotros, comía una a una las infinitas pastillas del paquete tubular. Beto ya no es el nene de mirada angelical y sonrisa transparente. Sino existiera la historia documental, podría decirse que nunca lo fue y más de uno se sorprendería al verlo ”hacer el daño”: momento clave de subir o bajar el pulgar. ¿Dónde alojará la calidez de las grabaciones italianas que oía cuando su madre lo premiaba con flanes? ¿cómo reparte la plata con la que ayudó a esa pareja de inundados? Hay un espacio para la duda que conviene para poder argumentar y notar a los convencidos. Hoy, pese a verlo ensimismado en su mesita, de a ratos intenta imitar a una estrella de rock; hizo un castillo para vivir con sus fobias en las afueras de la ciudad. Ahí también camina un pibe que tuvo con una profesional que nunca gustó de su música, ni de las canciones del Festival de San Remo que aún se le da por poner e inundan el comedor del caserón.
         “Cuando sos un animal no pensás en morirte”. Filosofía pura. Beto se creía un animal político, o al menos sabía que estaba en vías de serlo: manejando su pequeña porción de presupuesto y un cúmulo de fidelidades. Aparente placer del que apunta en una servilleta sus proyectos, como en un rapto de lucidez y apuntala un apellido o sobrenombre debajo de otro, en columna, acumulando nervios antes de reunirse con el Barba, el apoderado, que le lleva unos cuantos años y roscas. La vez que lo vio por primera vez le costó creer que era el mismo que escribía los artículos que su tío leía, en alguna prensa insolente de antes: con admiración, por la justeza en su argumentación, ahora su vivo retrato era un pobre apologista de los devaneos de un funcionario con aspiraciones, todo sazonado con barrocas citas textuales de escritores del palo. Esa faz pública la complementaba con ésta, la de cierto raciocinio y desvarío pícaro: “A chiquito ponelo más abajo. Que se joda por tener apellido con empieza con T… que se lo cambie”, sugería con su voz grave. Y por detrás de él, sin ningún tipo de convención, El Fino, el que tenía la BIC autorizada, no solo para convidar canutos sino para poner el sello, cantar una personería como si fuese una flor de basto o para impugnar una coma.
         Si hablamos de animales, el Fino era lo más parecido a un león, pero no cualquier león, sino a uno voraz que lo disimulaba bien. De esos que te dejan acercar a la jaula y hasta que lo toques solo para dar el zarpazo y dejarte ciego. Hace girar su lapicera y sonríe. Hoy le gustaría que el Polaco sea del riñón del partido a toda costa; en dos años, quizás. La diferencia los mantiene desunidos con quien fuera su viejo compañero de banco. Gira la lapicera y recuerda alguna Sylvapen que, con magia módica, modificó en silencio un lugar de lista improbable, a escasos minutos del cierre. El lio posterior, las caras de circunstancia, las explicaciones, el Fino vivía del padre todavía y al Polaco se le daba por pensar que la política era mal negocio. Ambos, antes de las ideas, cuando se peleaban por cambiar una japonesa o una lechera, ya estaban ahí en el escritorio, poniendo el gancho, mezclando papelitos a modo de bocetos trasnochados, tachando como una generala, sintiendo poder en cada inscripción.
          “Los intendentes van a ir tomando distancia cuando comiencen a sentir el olor a cala”, repite de memoria en su cabeza una frase que leyó y que no puede olvidar. La escribió un colega del Barba de apellido impronunciable. A los tres los une ese inexorable olor que enamora sus fosas nasales, uniéndolos, anacrónicas, en esa caza de voluntades. Allí donde otro dice traición, debería decirse desengaño, corazón roto o algo menos poético. Saber percibir el olor a cala es un arte: Beto recién ahora, el Barba hace rato y el Fino ni lo recuerda, pero no hace tanto tampoco que empezó a moverlo ese olor, de recinto cerrado y tiempo húmedo que significa menos de lo que esconde.


sábado, 26 de septiembre de 2015

TRÉBOLES DE HORCHATA


-Es sencillo: Usted siente que necesita algo, va, pide y se lo dan.
-¿En serio?
-Sí.
-Mire usted. Yo que creía que había una serie de circunstancias estructurales o anecdóticas que tendían a conspirar o atemperar la voluntad manifiesta de uno cuando se encuentra levemente sacudido o rozado por sensaciones que lo acercan a experimentar una especie de vida o certeza de pertenecer a la especie humana y, por ende, corroborar, sin previo aviso, que lo que regurgita en brazos y piernas como río torrentoso es sangre que puede ser de cualquier tipo o factor, pero que, definitivamente, no es horchata.
-Ehh, si lo necesita y lo siente de verdad puede pedirlo sí, se lo dan y chaupinela. No tal historia que usted supone. Creo que ni un papel para firmar ni nada. Tiene que estar medianamente convencido, eso sí...
-Claramente esta conversación se parece a un festín de adverbios je...
-...
-Había oído hablar también de cierta clarividencia en razón de, claro, el convencimiento, pero la certeza o precisión de distinguir que es lo que agita los tréboles de nuestros sentimientos que casi siempre son de dos o tres hojas y es que uno se extravía o se desdibuja buscando uno de cuatro y cuando gira la cabeza o el torso percibe que está en un laberinto y tantea las paredes, frías como escamas, sin saber si seguir avanzando o retroceder o recostarse o ponerse a reptar, claro que sí, como dice si se puede pedir y es así automático...
-Me tengo que ir. ¿Qué es lo que va a hacer entonces?


sábado, 19 de septiembre de 2015

EL PASTOR

       Montaron una carpa enorme pero precaria sobre el talud. Un circo, una exposición, pensó Vicente. Nada de eso. El pastor había llegado al viejo barrio ferroviario, con su sermón y sonrisa campechana. No hubo fin de semana en el que no se acercaran personas, mujeres grandes como Nancy y familias ensambladas. Vicente no lo hacía, pero no podía evitar que el fervor evangélico llegara a sus oídos. “Fuera Diablo”, “Cristo salvador”.
         La primera vez que volvió del trabajo hizo la cuadra al bajar del micro y miró hacía arriba. Creyó que en el piso más alto del departamento vecino algún fanático tenía al máximo el volumen del televisor. Pero había eco, un sonido que inundaba el cielo, una potencia que superaba las veinte pulgadas. Después lo comprobó.
         Las maderas formaban un octágono. La tela que recubría los pilares era violácea. Sobre el pasto seco de la vieja estación ferroviaria había también un espacio para los más chicos. Un arenero sin arena, con cubos y juegos de plástico, como garantía de estar. En tanto, los parlantes entre la carpa de ocho puntas y el resto de la avenida, tan altos como los viejos vagones que hacían de souvenir añejo del barrio. Anchos como una señora que asfixiaba entre los muñones de su mano una botella de agua saborizada. Allá, hijos o nietos jugando; acá, padres con labios automáticos y, siempre, el pastor manejando el sermón, rally de arengas con inflexiones de voz imprevistas. Pulcro, de anteojos finos, entre el alumbrado público que realza la brillantez de unas canas divinas.
         Vicente ya había escuchado algo por radio. De casualidad, cautivado por unas baladas a la hora del regreso, que así han dado en llamar a esa franja horaria en la que una porción de gente vuelve vaya a saber de dónde. Así era que en la tanda se colaban testimonios de todo tipo de enfermedades: bultos, pólipos, ganglios. Malignos todos que en segundos desaparecían por un “Abracadabra” o un “Quítame de aquí estas pajas”, si se tratara de españoles. Pero los de la radio como los que estaban en el barrio cultivaban parecían brasileros por su portuñol, que ya resultaba caricaturesco en pleno siglo XXI. Finalmente lo tentó ser parte de la ceremonia ya que la instalación, le había confesado el verdulero, duraría pocas semanas. Hasta no faltó quien lo uniera pura y exclusivamente a un interes partidario, al de cierto candidato municipal trasnochado que pretendía mezclar su apellido de dos silabas entre los oficios devocionales.

         El terreno era desparejo. En eso se asemejaba al patio donde vivía su tia Nancy, casi llegando a la esquina del mismo barrio. La breve distancia no implicaba un mayor acercamiento, ni aún ahora que Vicente sabía que a su tía la había tomado por asalto el alemán. Por esa extraña asociación se le ocurrió que ella era el mejor motivo para saciar su curiosidad, inspirado en la imagen de Nancy limpiando el capó del auto del doctor con el escobillón. Quizás añorando los días en que la tía, su tía, era capaz, con sus ojos grises, mezcla de ceniza y hollín, de pasar revista a los detalles de la cuadra.


jueves, 27 de agosto de 2015

OYENTES (RADIO XIII)

El que hacía payadas con los sueños de la quiniela. El que miraba siempre sin comprender. El que se excusaba con la lluvia. El que dejaba pasar casi todos los trenes. El que se moría de risa con los estornudos. El que aparentaba menos de lo que tenía. El que temía por un dolor persistente en la ingle. El que había sido moldeado por la industria. El que dormía poco pensando en las personas que lo olvidaron. El que come mucho. El que se levanta culposo. El que toma merca para componer un personaje. El que vive en base a chicanas. El que revisa aburrido la biblioteca. El que nunca se sintió tan magnánimo. El que rara vez piensa en silencio. El que no duda que tiempo es dinero. El que conjetura con relámpagos. El que aporta poco al fisco. El que corrobora que el trabajo lo dignifica. El que celebra las ocurrencias ajenas. El que consolidó una dieta a base de cereal. El que apoya un vaso contra la pared. El que pone el celular debajo de la almohada. El que se está quedando ciego. El que detesta que ex siga siendo tan linda. El que busca un calendario en el bolsillo. El que no decide a irse en definitiva. El que se sabe de memoria los recorridos de los bondis de la metrópoli. El que juega fuerte con cartas negras. El que ameniza una espera con un jueguito frutal. El que adolece de voluntad. El que se palpa la médula por tic. El que presiente un tiempo bueno. El que escribe letanías. El que viajó pocas veces. El que entra a una iglesia una vez por semana. El que atesora estampillas. El que tuvo un surmenage sin saber lo que eso significa. El que confunde las cosas. El que se habituó a la desconfianza. El que deja sin prender el último botón de la camisa. El que ahuyenta a los gatos ajenos. El que se cree un cretino. El que ambiciona herencias. El que canta como Pavarotti en la ducha. El que no teme ni a las películas de terror. El que se sincera cuando se emborracha. El que abraza por excepción. El que preferiría no hacerlo. El que cuenta perfecto de atrás para adelante...
El (oyente) que los conoce a todos ellos (oyentes) por la radio.

jueves, 13 de agosto de 2015

CODIGO BINARIO

(El domingo 12 de agosto de 2007, abrumado por otro intento vano de relación sentimental, Miguel Angel Bertoni escribió de un tirón la siguiente proclama. Su destinataria, o sujeta tácita, creemos que es Etelvina Garrido, una joven empleada de Pago Veloz, con la cual logró establecer una conversación favorecida por algunas personas en común y el equivoco de una factura atrasada de gas.
Consultado sobre esta relación, Bertoni sólo atino a decir que se encontraba en el catalogo de las inconsistencias, remarcando con cinismo una de las frases del escrito: ¿Por qué ponerle inteligencia -y psicoanalisis- a lo que,de antemano, se entrevé como un fracaso rotundo?)

            Que detestes que por las noches me duerma oyendo emisoras de amplitud modulada, puedo llegar a comprenderlo. Que quieras buscar coincidencias donde ya no las hay, me cuesta más. Ni que decir de las veces que te quedas callada pretendiendo que adivine lo que pensás, casi siempre toreando a la lógica. Y cuando te invito a salir después de un tiempo que por qué no lo hice antes o si te queda divina esa blusa roja, es porque las prendas anteriores no realzaban tu figura. No debería tratarse de dar todo el tonto tiempo explicaciones, pero las más de las veces resulta así y hay que encontrar un código binario para descifrar la convivencia. Algunos lo llaman histeria o gataflorismo, sin más. Prefiero salir de cualquier etiqueta, ya sea para describir un comportamiento humano o una filiación política. Quizás sea lo más incorrecto, aunque no deje de ser un desafío, como arrojar una piedra en el medio del lago para quedarse viendo las ondas, con la boca abierta, sintiendo en el pecho un cosquilleo de fervor.
Sí, sí, prefiero que hablemos, aunque ya no comportamos idéntico lenguaje, aunque opte por esquivar las explicaciones en pos de un discurso menos pensado, menos racional. Lo hiciste o lo dejaste de hacer, y ya, no siempre a la misma hora se ladean las flores de un ombú o dejan caer sus hojas las parras estacionarias. ¿Por qué ponerle inteligencia a un fracaso? Las diferencias nos movilizan durante una parte del día, pero el día o la jornada, si te gusta más, es extenso (o extensa); puede que sea más largo para un operario fabril que para un empleado de una prestamista, no se trata de comparar para confundir: he visto matrimonios (no pongas esa cara de horror a lo Almodóvar, puedo verla) sin fingir consultándose hasta la medida del largo de las uñas, los proyecto veinticuatro horas, no dejan de recordar sus virtudes, no se apoltronan, tal vez tengan espíritus de edecanes, siendo la sombra del amado o adoren las lisonjas.
A nosotros definitivamente no nos sale. Los espíritus deben haber salido de academias distintas, haciendo la salvedad de lo suficiente que nos queremos. La telepatía sería un buen camino para llegar al entendimiento, pese a que ahorraríamos aquello que nos falta: palabras simples, sin tecnicismos, sin reproche para quebrar los fastidios irreverentes.

Cruzando la calle hay un terapeuta. Dando vuelta a la esquina, hay otro. Si llegamos a encontrarnos por ahí, que sea en la vereda:no quiero ver su cara complacida al ofrendarle nuestra pequeña ruina cotidiana.


sábado, 1 de agosto de 2015

ACTO CREATIVO/ DIARIOS (protoensayo)


            “El arte de concepto es ante todo un arte cuyo material son los conceptos, como el material de la música es el sonido, Dado que los conceptos están íntimamente relacionados con el lenguaje, el arte de concepto es un tipo de arte cuyo material es el lenguaje”.                 Flynt, Henry

            En un año transcurren infinidad de hechos, pero sólo una fracción de ellos son representativos, particularmente por su condición inedita o extraordinaria. A la sazón, acorde a una perspectiva antologica no es necesario acumular una a una las páginas de los periódicos. La repetición atenta contra la novedad: es lo que diferencia un trabajo administrativo de uno creativo.
            Impresionado por la cantidad de papel puesto en la calle (cuánto sacará por kilo el que se lleve cada bolsa de nylon que dejo al costado del poste de basura. ¿Setenta, ochenta centavos? ¿Llegará al peso en algún momento?) se me dio por recordar cómo había empezado la acumulación. Tuve imágenes de los seis años cuando en primer grado comenzaba a competir: un mero incentivo para la lectura incipiente. Había dos cartulinas pegadas en el aula y a cada uno le tocaba una fila para ir completando con cruces a razón de cumplir con el deber. Eran dos cartulinas: una de lengua, otra de matemática. La primera se llenaba por cada noticia del diario llevada a la señorita Ana María con el fin de compartirla con el resto; la segunda, tenía como requisito hacer bien cinco cuentas. La cuestión es que, ya miope, había encontrado la veta de llevar el recorte de una sección de noticias insólitas del mundo publicadas en El Día, que por aquel tiempo llegaba todos los días a casa. Serían no más de seis párrafos de la Agencia Reuters que se destacaban por su gracia. En esos días, afianzado en el desafío, no era novedad que al pasar la lista cumpliera con alguna historia, como la del hombre que perdió su ojo de vidrio, que compensaba las cifras erróneas de una suma o resta. Cuando se completaron las columnas hasta el límite impuesto por la cartulina, resulte ganador junto a un amigo, que supo hacer lo suyo con los números. Hay una foto que nunca vi revelada con él y la señorita, sonrientes, mostrando un ventilador portátil, de mano, a modo de premio.
            Como dije El Día estaba siempre. Una noche observé el nombre de un caballo. Se llamaba Rock nacional, un matungo que corría Leandro Galdeano, aprendiz todavía. A partir de ahí se volvió hábito escribirle tres o cuatro ganadores a mi madre para que los juegue durante su trabajo. Llegaron a ser siete, antes de un ataque de rabia después de ver las carreras por Crónica que me hizo encerrar en la pieza sin cenar ni saludar antes de dormir. Ya era más grande comparado a cuando me pavoneaba  con notitas recortadas, de color, constante en el metier.
            Todos esos diarios de la época de Menem se tiraron enseguida. No se me cruzaba la posibilidad de guardarlos, sólo fue un Clarín, objeto extraño que, al lado de El Día, era ejemplar: gordo, con colores y suplemento de Espectáculos con despliegue. Además, cómodo de leer. Para qué quería saber lo que pasaba en La Plata, ciudad que por entonces perdía por demolición comparada con Mar del Plata. “Se mató Yabrán”, fue el titular en primera plana que inició todo: ¿Qué me hizo conservar ese número de mayo de 1998, cuando ya era lector contumaz de la prensa, pero sólo lector? ¿Qué nervio encordó el tono de almacenador furioso? ¿A qué aspiré este tiempo guardando esos suplementos-curro de Salud, Universidades Privadas, marcas caras y lugares para vacacionar? ¿Confiaba, acaso, en la huella original de los días, en que los sueldos de los docentes, cuestiones de luz y agua en verano, el conflicto entre palestinos e israelíes, la vacuna del HIV, la ola de frío, los cambios de precios y demás cuestiones serían flor de un día, apenas un cuadro en un fotograma de infinitos planos? Si hasta las tragedias se repiten y lo extraordinario parece programado para vender algún periódico más, tal vez (digresión: Las muertes célebres siguen siendo un buen recurso, mayor aún que el campeonato del equipo por el que se hincha. Un Mundial de fútbol puede equiparar en trascendencia… o una bomba nuclear, diría un conocedor).
            Después irrumpió Página 12 y la manía de guardarlo entero por su formato incómodo para recortar. Un diario que nunca gustó en casa: a mamá porque le removía malos recuerdos; a papá, porque no traía suplemento deportivo, ni nada prácticamente. Se leía como un prospecto de cualquier pastilla, por arriba, indicaciones precisas y chau; el Clarín siempre fue más ganchero por las fotos, pensaba entonces, cuando uno apenas destaca lo que es pura publicidad dirigida a un posible ciudadano argentino diferente al de La Nación, que si uno lo lee desde arriba lo más probable es que lo empujen los que ya están instalados allí.

II
            ¿Será sinónimo de vejez o de madurez tener certeza que no todos los hechos valen la pena? Que se repiten, que siempre lo mismo, que no tiene arreglo (el ser humano o “el país”), que si no se distingue entre lo estructural y lo coyuntural se incrementan las chances de ahogarse en la abundancia. Sí, esto ya lo vi: mejor darle poca importancia, considerarlo y chau, se volverá a imprimir en cinco o diez años, como aniversario redondo.
            Si después, encima, una inundación arrasa, para qué acumular tanto papel barato, ni que fueran granos de trigo refugiados del fisco. ¿En pos de infinidad de lectores que se interesen por lo que decididamente recortó, innumerables atardeceres de una vida grisácea? Que se interesen, aparte, por buscarlo en ochocientas bolsas de nylon un texto vulgar que ya circula por Internet. Claro, pero se disfruta con el acopio, con saberse archivador, montañas de papel muertas que seguirán siendo caudalosas aún con la titánica reducción del 40%. Lógicamente, siempre y cuando, no sobrevenga algo y lo arrase.

III
            Antología, esa es la palabra.
            Lo que hacía particular al artista plástico japonés On Kawara era dejar constancia del tiempo y el espacio en sus obras. Esta idea pondría en crisis mi exposición anterior, debido a que los hechos pueden repetirse pero resultan únicos porque ocurren en un momento irrepetible de la historia. Un corte de luz del verano de 1999 en Parque Chás no es igual a un corte de luz en el verano de 2013, en tanto la boleta del consumo (registro documental) posee otros datos que la encadenan a ese momento. Claro que sin esa excepción, bimestre Nov-Dic 1999 o Nov-Dic 2013, puede pasar por idéntico pero no lo es.
            De todas formas, eso es concepto y el arte no necesariamente para si debe valerse de la acumulación. Ergo: no se precisa conservar todas las facturas de luz para exponer una idea o imagen, bastara con esas dos. Lo otro es administración, tarea muy noble y remunerada pero que excede la vocación del presente ensayo. Sigo pensando lo mismo en esta idea. Lo claro es que aquí y ahora sólo interesa desprenderse, reducir a una expresión utilitaria los ríos de tipografía que manchan los dedos y, con los años (más viejos, menos maduros) nos desencanta, nos irrita y nos provoca carcajadas.

            Fetiche, otra palabra válida para una antología posible.


domingo, 28 de junio de 2015

A4- SEÑOR BOLERO (RADIO XIII)

            Todos los domingos a la hora de la cena el padre de Tomás escucha a un muerto. La hora de la cena puede variar entre las diez y las diez y media, lo que no varía es que lo oiga, mientras lleva el tenedor a su boca pensando en eso de oír a alguien que ya no puede hablar, que es retransmitido a modo de homenaje por la emisora en que hizo sus últimos palotes. Más que nada, volvió a ser como un refugio: su paso por la función pública había dejado un tendal de afectados, sin contar daños concretos al erario. Cheques sin fondo convirtieron a esa localidad del oeste provincial en la “capital del retorno”.
            El mismo, hoy muerto, detenido varios meses en esas ligeras excepciones que brinda el Poder Judicial, hablaba, inundando el ambiente del comedor con su oratoria. Engolado, se limitaba a presentar boleros de las más diversas pertenencias. Los mezclaba con fragmentos de mala literatura; demasiado cursi, y eso que se puede serlo un poco y que no dañe. La voz era inapelable, pero no dejaba de ser la de un tipo muerto hacía cinco o seis años; que hablase como si nada le cerró más de una vez el estómago a Tomás. Igual pensaba que no tenía que cambiarle el plan a su padre, una vez que se enganchaba con música y no con algún charlatán que le habla a la gente con frases simples. Después, se acostumbró y ya es como que lo presiente al muerto que oyen hablar los domingos a la noche.
            Por ahí, deba rendirse a eso que llaman “magia de la radio”, expresión usada para realzarla frente a la televisión. Todo el tiempo hay muertos por la tele, no se porque podría sorprenderse tanto Tomás al fin y al cabo. En el cine, lo mismo. Será que la frecuencia es lo que pueda perturbarlo, la cita musical con el personaje que aparece por el éter cuando los dos cenan en silencio. Pensar que la voz pueda corporizarse de cualquier modo, más allá de asociarle un cuerpo, una cara y un cargo. Si hasta puede jugar a adivinar en silencio cuál es la próxima palabra del repertorio; el siguiente intérprete que hace dibujarle una media sonrisa al padre antes de apurar otro trago del vino de mesa que compró en el chino.

            Cuando la cena termine, cada uno seguirá con sus pequeñas rutinas: limpiar los platos, pelar alguna fruta, el muerto seguirá hablando, le quedan trece minutos de cuerda hasta el corte evangélico, hasta el domingo próximo para ellos dos, habituados al silencio.


martes, 23 de junio de 2015

FERROCARRILES ARGENTINOS (I)

         Un evangélico que exhibe las venas de su brazo rotas por la dialisis, mientras otro hombre de voz fuerte deposita envases de Viborin sobre las rodillas de los pasajeros (puede que haga olvidar del lumbago o la ciática) y más allá se oye la voz de tono ovejuno de un joven ruliento, acompañada de guitarra, amenizando con un repertorio de rock nacional, cuando por acá una madre describe a su niño el sonido de la bocina y aquí, aquí, en el cuerpo semidormido llevado por los ferrocarriles de la patria, una nueva hora comienza almacenando las historias fallidas con las que pretendo entretenerme para no dormir y en un pase de magia ser convertido en riel o anden elevado bajo un cielo de Nevares (cinco por diez).



viernes, 20 de febrero de 2015

A2- EL CHICO QUE LE TEMIA A LOS GLOBOS (RUIDO)

            I
Su sola presencia, colorida, ya lo perturbaba. No podía ir a pasarla bien a un cumpleaños porque como adorno inexplicable los globos inflados permanecían, aún quietos. Era la percepción del miedo, que, tarde o temprano alguno, rojo o azul, explotase, dado que no faltaba otro como él que jugara con ellos. El también supo hacerlo en su casa, dandole con furia contra una cortina improvisando la red del arco. Pero ahora solo piensa en que explotaran, haciendo un ruido, más o menos fuerte, es lo único que le resta a un globo que ya se infló y fue atado: reducirse a su nada por una acción externa. Un pisotón, un pinchazo, un estrechar con las manos. Varias veces hasta hundir en el pánico a ese chico medio rubión que, de grande se hará el misterioso aunque ahora sufra menos por no poder estar recogiendo el papel picado que vomita la piñata.
No sólo papel picado: caramelos, juguetes diminutos, señas particulares, ganarse el premio como se gana la vida en un piso de serpentina. Se conformará con un relato piadoso, en la postrimería de otro festejo ajeno por ese trauma o quién sabe qué de adentro suyo. Si fueran graciosos como los sobresaltos, serían agudas las tristezas que rara vez lo conducen a llorar: incorporó su cuota de patetismo que en la adultez minimizará su dignidad. ¿Para cuando una canción de amor repleta de globos? ¿Para cuándo un festejo opíparo sin motivos y globos que lo justifiquen?
Dentro del quincho compartido, sobre el piso de cemento, en ronda, la frenética animadora los reúne, instándolos a la atención en torno a un juego simple con números. Están todos los chicos, menos uno que permanece aislado con las manos en sus orejas, la mirada triste pretendiendo que se le borre por completo el registro de los ojos ajenos, llenos de lástima y compasión. De poco servirá figurarse hombrecito con todos, prolijos, los botones, prendidos, de la camisa con el flequillo peinadísimo si se asusta al mínimo golpe, tara que lo separa del resto. Corrido por una mano invisible que lo hace, ensimismado, bola de susto en pleno jolgorio: sería mejor que siga sin venir y se dedique a suponer, que suponga que no tuvo jamás ese miedo ni esa angustia ni esa distinción del resto que lo reduce al despropósito de padecer un cumpleaños feliz

II
… Y muchos años después, atontado por calmantes intravenosos ese mismo chico recordaría el día en que tuvo noción de la lluvia.
El sonido de la lluvia, pese a ser cuantioso, resulta armónico, sincrónico, oponiéndose a la percepción que es única en relación a quien emplea su sentido (oído, ahora; olfato, luego). Una cantidad mansa que desciende consonante, diametralmente opuesta a la irrupción del trueno, cuyo estertor matiza el relámpago. En ellos se conjuga el vínculo entre la disonancia y la ruptura: anunciada por escasos segundos, prediciendo el suceso más no la intensidad.
¿Qué ruido, rui-do, evoca una sensación placentera? Permito asegurar que ninguno, incitando la respuesta de los acumuladores de excepciones.
Imaginó que el fogonazo de un rayo lo dejaba ciego por unos instantes. Restregaba, entonces, con los puños la órbita cerrada de cada ojo, sin pensar en las descargar aparentes que podía generarse, recorriendo el puente levadizo de sus brazos, débiles, en esa instancia, por el deseo fatuo de contener el aire inundado de gotas pequeñas. Al salirse de su imaginación percibió lo obvio: su entorno no era tan primario como su razón.
Entre ese favor de calibrar lo irreal, asoció a tres mujeres que conoció, categorizandolas. Dado que se trataba de un ejercicio individual se permitió el egoísmo de describir a una que lo despreció, otra que fue rechazada y la tercera, de un desinterés mutuo. En un sentido de pertenencia, se rió por lo arbitrario del lenguaje, amagando con propagar su agrupación, que sólo le generaba una dosis de alivio para pasar el rato, como el que se divierte adivinando sin precisión el clima existente en una latitud contraria o el huso horario que atraviesa un país ignoto.
Si este devaneo en torno a la lluvia comenzó a partir del carácter de un chico que temía a los globos, que ya entonces maduro agonizó y sin sentido tuvo entre sus últimos recuerdos, la lluvia primeriza. Hasta revolver entre los canales de su devastada inteligencia, derrapando en tres figuras que le trajeron consuelo, parsimonia de lo ajeno, entre el ruido de la madera.