Los paranoicos y la señora que
quiere un turno con el chino.
De acá a dos meses, mil quinientos, te hace una radiografía
con solo mirarte, en un par de sesiones te deja la rodilla hecha un espectáculo.
Ahora sí, los paranoicos, de ellos hablo, que enganchan de refilón todas las
charlas para vociferar algo que les queda entripado, bien dispuestos,
porque aunque ya cansen no quieren ofender a nadie. Si hasta son capaces de iniciarlo, al diálogo.
Como aquel que empieza: si
fueras capaz de hablar sobre la gente por mero romanticismo te besaría los pies
hasta borrarte el contorno de las uñas. No son mis labios los que hablan, en
realidad piensan sin moverse: tantas noches la ecuación sobre lo que
quiero conseguir: algo de alivio, ni siquiera un cien por ciento, cinco
millones de firmas de acá a dos meses: referéndum sobre la retórica universal o
mil quinientas oportunidades para saberme joven y fuerte, creativo, siempre
atento, cartel en la autopista y que me generen arcadas los boleros bien
cantados. No como paranoicos o señora que no calla nunca mientras aguarda que
la vea un enésimo especialista: el próximo paso es la Capital Federal , crema y nata,
patria paranoica.
El del piso 27 se llamó a silencio sin esperar que culmine la disertación, atropellada, como quien pretende en vano huir de la lluvia o se envicia adorando fenómenos
locales, elevando a un cualquiera a la altura de los invaluables. No
por cualquiera en sí, sino para fraternizar entre paranoicos,
metidos a diletantes y buscavidas, casi por la misma senda del médico oriental que
no persigue títulos sino reconocimiento para que su rancho de las
afueras se abarrote (roga que no llueva cuando te toque el turno porque las
calles son pura tierra y es un lodazal). Así El Dorado: dar en la tecla con aquella dolencia (entre medio de las vertebras hay un líquido paranoico que se calma si le das
motivos para saberse olvidado).
Ey, esperen, no vayan a creer: yo también me creí inmortal; me da pudor decirlo pero aún hoy, con poca recurrencia, pero lo puedo creer. O aquello de figurarse que, tal vez, en algún patio donde festejen cumpleaños se te mencione con simpatia o que alguno destaque lo mal combinadas de las prendas o lo ajadas que estuvieron, descuidado aún en la gloria arrastrando una camisa con el cuello por el hombro. Ni siquiera paranoico para rajar a bastonazos a casi todos, si sigue volviendo sin que lo llamen y no por dolor como el de la señora que camina aún porque Dios es bueno con su barba re paranoica.
Ey, esperen, no vayan a creer: yo también me creí inmortal; me da pudor decirlo pero aún hoy, con poca recurrencia, pero lo puedo creer. O aquello de figurarse que, tal vez, en algún patio donde festejen cumpleaños se te mencione con simpatia o que alguno destaque lo mal combinadas de las prendas o lo ajadas que estuvieron, descuidado aún en la gloria arrastrando una camisa con el cuello por el hombro. Ni siquiera paranoico para rajar a bastonazos a casi todos, si sigue volviendo sin que lo llamen y no por dolor como el de la señora que camina aún porque Dios es bueno con su barba re paranoica.