Los bastones y las cosquillas
pertenecen a la historia del artista pasado. En el artista, los tiempos lo
marcan las obras. Ahora, sin más, hay dos amantes tapados de sábanas a los que
se impone darles todo el color pastel
que necesiten para seguir amándose o soñando que se aman, como sueña Lautrec;
cuerpito tendido en la silleta que, con los ojos cerrados, puede hacerles creer
a los que miran, con curiosidad, que duerme. Cansado del flirteo con
bailarinas, de proporcionar navíos, de enchastrar los trapos policromos que,
convertidos en pasta, untan las mesadas de una cocina.
Ahora que descansa o simula, agita
el rictus frenético como movido por esas mismas olas que lo marean al componer
un retrato. Cuando en la cubierta recuerda al azar su origen noble para cautivar al conde que
hace la vez de anfitrión, ojeando el programa en sus rodillas de una ópera que
no alcanzará a ver. La técnica es el modo menos complicado de plasmar lo que se
piensa, no una vez, sino varias veces, sin que se convierta en obsesión, más
que todo leve molestia como un zumbido que puede despertar al que dormita
plácido sobre una esterilla o tirado sin remedio en el piso de la confitería.
Pasarán por el costado, a la sala de maquillaje, dudando de reojo si
despertarlo, lo que equivale a levantarlo dejándolo acomodado en otro asiento,
no sea cosa que por su talla lo carguen de facto.
Tanto el interés por tomar leche,
gesto extravagante que lo acercaba a cierta dignidad entendida, alejándolo de
su esencia, o la Legión
de Honor del gobierno francés lo tienen sin cuidado. A merced de sus propios
contratiempos, que son también los de su sistema nervioso, corre carreras sin
moverse, emparenta unos posibles pinceles por extremidades para igualar a las
del Folies Verghet en cuanto a destreza. Visual, los ángulos son claves en la
contemplación: sin ellos no hay libertad ni ruptura; tan pronto saberlo para
deslumbrase con los jinetes que se confunden con el cielo en un movimiento que
los contiene e involucra.
Si el sueño pudiera graficarse con una nube, con una almohada o la sonrisa de una arlequina, la que ahora se contorsiona para verle la cara a los enanos. Pensará él: acaso ella piense todo el tiempo en mi y quiera disimularlo para no quedar tan expuesta. Con el arte es distinto: es el exponente que condiciona los factores, sin importar el grado de factibilidad. Es también la posterioridad: lo que hace a los rostros distintos de los barcos, de las ancas de caballos, de los burdeles. Mientras, tirado, hace que duerme magnificando su paz, quieto, siempre quieto, coronado de laureles por los médicos hace rato y sigue, tan cuerpo aparte de las piernas, tan personaje de noche, parisino, figurándose.
Si el sueño pudiera graficarse con una nube, con una almohada o la sonrisa de una arlequina, la que ahora se contorsiona para verle la cara a los enanos. Pensará él: acaso ella piense todo el tiempo en mi y quiera disimularlo para no quedar tan expuesta. Con el arte es distinto: es el exponente que condiciona los factores, sin importar el grado de factibilidad. Es también la posterioridad: lo que hace a los rostros distintos de los barcos, de las ancas de caballos, de los burdeles. Mientras, tirado, hace que duerme magnificando su paz, quieto, siempre quieto, coronado de laureles por los médicos hace rato y sigue, tan cuerpo aparte de las piernas, tan personaje de noche, parisino, figurándose.
En cuestión de minutos alrededor de
su estampa tendida, murmuran historias increíbles, algunas de resolución
tardía. Anécdotas, sino fueran fragmentos de una continuidad: secuencia amable.
A nadie podría parecerle inapropiado el estilo, los modos con que se presenta
en bambalinas cortejado por las niñas cuyas piernas rozan las estrellas.
Tampoco reprocharle si tal o cual lienzo quedó en veremos, arrollado por un
tumulto de alcohol entre la galería y la avenida. Así como él no reprende a los
que se ríen de sus aspamentosas caídas, cuando estira sus brazos sobre el piso
para saberse largo un instante, adherido como bandera.
El compendio de esas historias,
junto a los sueños, más no sea un resumen de historias y de sueños, serviría de
leve aproximación para diagramar un tanto desprolija cierta cartografía, que
pueda leerse al igual que un afiche de publicidad. De los que se ven pegados en
tabernas detrás de barras sostenidas por manos, con la peluca de Jane Avril
también sostenida entre tanto invitaciones vestidas reciben el mismo trato que
pieles con lunares. Es sueño de Lautrec dejar a las imágenes así, desprovistas
de simetría como un mapa cualquiera, cuyo carácter físico lo aventura el
despertar.
Los que lavan sus rostros o peinan
el pelo en el tocador, saliendo o no a escena en cada módico paso, mirando
mojarse las ruinas, en cuclillas en algún paraíso. Detrás tiñéndolo todo la
música de otro piano; ayer fueron las cosquillas, la risita que también se
extravía entre el gentío que viene a verlas bailar. Acróbatas a trasluz del
siglo: son las que parecen claras y son pura bruma, las que seducen despacio,
las que exceptúan de la vejez al propio pintor que aparenta dormir sin siquiera
estar descansando.