sábado, 30 de marzo de 2013

SEÑORITA O SEA

  En la época en que aún salía de casa por el sólo hecho de salir, conocí a una señorita cuyo nombre preferí olvidar. 
  El olvido no siempre tiene que ver con el dolor; la mayoría de las veces tiene que ver con la preservación. La necesidad del olvido puede impedir el dolor, pero no es su causa. En eso pensaba antes de rememorar a la señorita de nombre olvidado, caprichosamente renombrada como "señorita o sea", dada la constante reiteración de esa muletilla en sus palabras.
  Palabras que tenían mucha más ligazón con lo discursivo que con lo diletante. 
  El acto discursivo se entroncaba en ella como la seda de una camisa a la espesura de la mesa de una costurera.
  Ella, o sea, costurera de sus dichos.
  Ella, o sea, espesura en la boca que pronuncia.
  Por todo lo demás, la señorita o sea desdeñaba presentes en busca de un futuro más justo, merodeando la utopía. En frascos de mermeladas vacíos coleccionó las colillas de cigarrillos fumados, cuando entristecía por un recuerdo o una ausencia.
  Aspera y loca, o sea, como escribió Tuñón, en sus huesos dormitaban varios anhelos y se arremolinaban sacristías sin valor. 
  Con dos agujas, la señorita tejió al crochet un chal para cubrirse la tenue espalda por si silbaba el viento imitando quejidos. Sino invisibilizaba la nariz, sonrosal y delicada, detrás de un manto chico. El sudario roto y las fotos de un padre díscolo le oprimían el pecho y era como si el techo se le fuera a caer encima del cuerpo a la señorita o sea, quien, entre morisquetas y arroces, siempre capeaba el temporal del escepticismo. 
  Unos talismanes parecen los ojos cuando se tiene fe en que algo puede cambiar.
  Sí, parecen unos talismanes al dilatarse las pupilas como enceguecidas, aunque con un brillo, apenas, para no avergonzarse.
  O sea, para no sentirse bien con tan poca y efímera cosa.

miércoles, 27 de marzo de 2013

OTRA CIUDAD POSIBLE

     Como un coliseo con reminiscencias imperiales, la fachada enorme del bingo resulta el cartel de bienvenida para una ciudad inventada. Convirtiéndolo en un lugar fantástico, los focos rojos y amarillos uno al lado del otro, tintinean en plena noche desierta, brillando en la oscuridad de la diagonal ochenta. Como nunca, una vez que se ingresa parece que todo queda detrás: la otra ciudad, la calle, la sensación del afuera, la misma realidad. La inmersión en un microclima luminoso e infernal es automática. Los ojos y las manos se convierten en los protagonistas de un lenguaje propio y único.
      Si la fantasía es la capacidad de creer como posible algo que, de por sí, no es real, en lugares como el bingo esta fantasía se potencia con sólo empujar la puerta.

        EMPUJE Y TIRE

    Ya sea por la calle lateral del estacionamiento o por la entrada principal, un detector de metales de dudosa efectividad, custodiado por un guardia robusto, munido de un handy es la llave de acceso a la ciudad.
     El tiempo queda relegado. No hay grandes relojes ni ventanas. La única conexión con el exterior son las pantallas planas de los televisores repartidos en las columnas, casi siempre sintonizadas en el canal de deportes que transmita un partido de fútbol. Esta vez, un encuentro en Oruro, a 3700 metros de altura, por octavos de final de la Copa Sudamericana: San José de Bolivia contra Newell’s Old Boys de Argentina.
    Después de las puertas de vidrio de acceso, se produce la sensación de ingresar a una cápsula atemporal, ciudad alfombrada con sus propias leyes y códigos. Por aquí y por allá, deambulan personas jóvenes y adultas, vestidas de modo elegante o así nomás, sabiondos y suicidas, empleados públicos y amas de casa, parejas jóvenes y acompañantes de ocasión. Algunos parecen deslizarse como anestesiados por un sonido que prevalece y remite a los locales de juegos electrónicos de finales de los ochenta, etapa previa a que las computadoras redefinan en red los modos de diversión.
    Como habitantes de la misma ciudad se caracterizan por vagar en los pasillos con olor a nicotina y por los corredores estrechos con paso cansino y ojos siempre bien abiertos. Giran, van de un lado a otro como siguiendo una hoja de ruta prediseñada que los mueve a seguir un itinerario: máquinas encimadas de póker, Black Jack, siete y medio o las más variadas combinaciones, de acuerdo al sector de la nave central; una sala de ruletas, en el ala izquierda y un salón de bingo, a la derecha.
    En su recorrido, rara vez reparan en los carteles enmarcados en las paredes, visibles como los matafuegos pero jamás leídos. Destinados a ellos recuerdan leyes de control del juego, decálogos para el apostador y consejos para cuidar la salud.
    Los habitantes cuando hablan suelen hacerlo de tiempos idos. Tiempos en los cuales las maquinas de frutas daban más créditos o cuando era más simple pegar las combinaciones. Es más, ahora hasta llegan a murmurar algo impensado hace pocos meses: que el paraíso cambió y ya no tiene como sucursal a la capital de la provincia.

        NÚMEROS Y FRUTAS

     -Con mi esposo vamos siempre. A mí me gusta ir de noche, pero él quiere ir de día porque como hay que cruzar una villa le da miedo… aunque ahora pusieron un patrullero en la bajada- se queda pensativa, dudando de sus palabras.


     Por su aura dramática, Cristina parece salida de un unitario de Alejandro Doria. Tiene menos años de los que aparenta con su metro sesenta de altura, el rubio opaco de su pelo recogido y el cigarrillo sostenido en el aire. Con la mirada fija en los cuadrados que surgen de una pantalla táctil es como si estuviese por lanzarle un reproche a algún familiar desobediente, así estaqueada con sus zapatillas blancas, apenas flexionadas las rodillas.

     Con una voz que surge del costado de su boca, agrega que las máquinas más generosas ahora están en el bingo de Quilmes, que allá con cuarenta créditos tenés ganancia segura y que acá sacaron las mejores, en referencia, claro está, a la ventaja posible. Quizás tenga razón: cuatro máquinas fuera de servicio, al costado izquierdo del corredor confirman el recambio. Arrumbadas cerca del pasillo donde conviven dos teléfonos públicos grises enfrente de los baños y del guardarropa, atendido por una señorita sonriente que finge oír con atención las andanzas de una señora paqueta.
     Las máquinas contadas pueden ser 178 o diez mil. Parecen multiplicarse con la misma facilidad que una ameba. Una mujer madura sostiene una tasa con una mano y con la otra teclea. Un hombre maduro tiene un yeso en su brazo izquierdo y con el derecho pulsa. Otra mujer coloca su cartera negra en sus rodillas y abre el cierre con prisa en busca de una billetera. Nada detiene el mecánico acto de llevar la yema de los dedos a uno de los tantos botones situados a la misma altura que el respaldo de la banqueta donde se ubican los jugadores de estas maquinas, a las que sería un error seguir llamándolas tragamonedas.
     La moneda, mediación entre el apostador y el aparato, prácticamente ha desaparecido. Ya no se ven los baldes semejantes a los que cargan pochoclos en los cines, sino tickets, puro papel que se cobra en otras maquinas, fila previa y prolija detrás de una tira de bronce clavada en el suelo. De esta forma, no quedan intermediarios entre las ganas de apostarlo todo, incluido un sueldo, y la maquina que devora con avidez los billetes. El rostro inmutable de Mitre, Belgrano o Sarmiento se pierde despacio en la ranura que engulle próceres sin distinción de ideas.
     Otro indicio foráneo: salvo alguna como Alcatraz, que tiene sus indicaciones en castellano, la totalidad de las máquinas llevan en su parte superior nombres en inglés. Entre tantas denominaciones que remiten a series viejas, excursiones a Egipto y sus pirámides faraónicas, y condados del lejano oeste, una de las máquinas recuerda a los Doobie Brothers, legendaria banda de soft rock formada hace cuarenta años.

         LINEAS Y BINGOS

     En un momento de la noche por los altavoces se oye Big time de Peter Gabriel. En ese entonces San José le gana dos a cero a Newell`s lo cual, pese a la derrota, es un buen resultado para el equipo rosarino. A los buenos augurios, se suman las monedas de plata que representan un peso y llevan en su reverso la inscripción buena suerte.
     El salón de bingo parece el comedor del hotel de la Costa Atlántica de un sindicato pujante. Grande, con mesas redondas donde caben ocho comensales, a modo de grupo familiar numeroso: sillas cómodas y livianas, recubiertas con un acolchado rojo de caños dorados y una alfombra que cubre el piso a lo ancho. Levemente el techo recuerda a un quirófano dado la intensidad de sus luces blancas que esparcen claridad aún en un sector desierto, situado en el mismo lateral que los baños, de puertas y paredes brillantes de madera.
     Separado en un espacio para fumadores, las mesas tienen un cristal que hace las veces de mantel. Debajo de él, se ofrecen promociones de menúes para cualquier momento del día: ejecutivos a $50, promociones a la mitad de precio y desayunos a 18. También hay un cartel que clama por favor no pegar calcomanías en los cristales, sino solamente para unir cartones entre sí. Las calcomanías son rojas, pequeñas y llevan el logo de la empresa que administra la ciudad: una especie de corona hecha con finas líneas. La plancha acompaña al recipiente con agujeros donde se colocan con la punta hacia abajo los fibrones, indispensables seguir cada sorteo.
      Entre los jugadores de bingo hay quienes marcan el cartón con un pequeño punto negro. Otros, tachan con desembozo el número. No sólo en la forma de marcar se nota el estado de ánimo. Al igual que en toda la ciudad, también los ojos funcionan como patrón de las emociones: angustia, locura, ansiedad, fervor. Están los que miran fijo el cartón, esperando en los oídos el cantar mágico y los que clavan la mirada en la pantalla plana, queriendo saber enseguida, ganándole de mano a la voz gutural que pronuncia: die-ci-o-cho con una modulación exquisita.
      Por más breve que sea, sólo un silencio en la cadencia cantora, moldeada por los noventa números y el se han extraído treinta y nueve bolillas, produce que los roles se alteren. Así como adquiere un aire de comedia que algún incauto grite línea luego que se acercó el cetro a la mesa del afortunado. Un bastón de mando a escala reducida que sirve de indicador para que el premio, estimado entre 30 y 50 pesos, se pague, traído en una bandeja plateada y prolijamente desplegado.
      Entre sorteo y sorteo comienzan los murmullos, entre la música funcional de ocasión, una nueva venta de cartones y pedidos a los mozos. Ellos llevan un chaleco y moño violeta sobre sus camisas blancas. En cambio, las vendedoras tienen una camisa blanca y un pañuelo marrón ceñido al cuello. El uniforme en la parte inferior es de marrón claro: pollera ajustada, en las mujeres; pantalones, los hombres. Ambos de calzado negro y rigurosa credencial identificatoria con el nombre y foto carnet prendida en el lado opuesto al corazón.
    En las mesas las manos se levantan al oír las palabras uno más, señal que indica la orfandad de un cartón. No vaya a ser cosa que sea justo el portador del éxito.

     - ¡Sos loca vos! A los santos no se les pide plata- la interrumpe Carmen como sobresaltada.

     Laura escribía con el fibrón sobre el cristal de la mesa nombres propios: Arturo, Fernando. Luego se detuvo y de golpe miró a su madre con ojos pícaros. Sin decir ni mu, comenzó a marcar una E seguida de una X y no pudo comenzar con el palo de la P cuando su madre la reprendió. A ella no le quedo otra que sonreír y enseguida darle la razón a Carmen, acerca de lo indebido que era invocar a San Expedito en casos así
     Las dos vinieron del barrio Aeropuerto y juegan pocos cartones, sacando de los bolsillos billetes de dos pesos que arrojan a la mesa de a uno, desdoblándolos despacio. Cuando se acerca uno de los mozos, le preguntan si conoce a un tal Cristian, un muchacho que empezó a trabajar hace poco. Ante la negativa, con algo de desconcierto del mozo, un pelado de nariz respingada, se quedan en silencio. Al rato ríen entre ellas, frenéticas y cómplices, comentando entre dientes un posible rito para ganar.
      Entre los que juegan de a un cartón y los que compran la tira completa de siete, están los que piden de a dos o de a tres. Por ejemplo, una señora regordeta que lleva un delfín diminuto colgado de su cuello y se lamenta porque siempre le falta un número, da igual que sea para la línea o para el bingo. Esta vez fue el 22.
     22 es mi día, 22 de marzo aporta enfrente suyo una señora más grande que no lleva colgando de su cuello ningún cetáceo pero tiene una paciencia propia de una orca. Hace media hora que mastica en pequeñas porciones una ensalada mixta, cuyo precio equivale a siete cartones comunes.
      Después de apurar un sorbo de gaseosa, se suma a coro un joven delgado y de pelo castaño:

      -Yo también cumplo el 22, pero de agosto. El loco…

      - Tenemos algo de locos ¿no-, retruca la mujer levantando las cejas a lo que el joven se sonroja y queda en silencio para hundir sus ojos en un pliego de la alfombra, que parece manchada con rayas de crayones.

       Mientras, en la mesa de al lado, un rosarino pide una cerveza y entre sorteo y sorteo extiende sus brazos en el respaldo de las sillas que lo rodean. Busca con la mirada a sus compañeros de mesa y cuando encuentra la complicidad de alguno se pavonea del casino construido en su provincia y comenta sobre uno nuevo, imponente, que están haciendo en San Luís, sin punto de comparación con ningún otro.
       Sin ni siquiera mirarlo y evitando gastar dos pesos en un cartón especial, una pareja joven se levanta para irse, sin ni siquiera un buenas noches. Me saca la cabeza, dice ella sin aclarar a que se refiere y pide ir a jugar a otra cosa. Sobre la mesa queda un vaso con tres cuartos de jugo de pomelo y restos de lo que fue una mayonesa de atún.

         PARES Y NONES

      Por el pasillo pasan dos morochas de pelo más negro que la noche y escote pronunciado. Pispean el lugar frunciendo los labios, como si hubiesen perdido algo. Tienen los ojos más delineados que la piel de una cebra y parecen ir hasta la sala de ruletas, pero se pierden cerca de la confitería. A metros de ellas, un buzón invita a depositar opiniones acerca del servicio brindado por la empresa. Sobre el buzón y los formularios en forma de sobre hay un pote con jabón líquido.
      La confitería se asemeja a la cubierta de un barco. Dos escalones por encima de la alfombra, resulta una isla privada entre el tintineo electrónico y los cantos de bolillas. Para tener un lugar en ella hay que esperar: sus dieciocho mesas tienen reserva mínima de tres horas, aún cuando no hay demasiada gente. Los altavoces realizan el llamado de rigor cuando la espera llega a su fin: Su atención por favor: señor José, su mesa ya está lista. Los maitres se mueven ágiles en el reducido espacio que invita a ser un páramo entre el temblor de rodillas tiesas y nudillos rígidos.

      - Hace cincuenta años que no vengo y mirá adónde te vengo a encontrar- le dice al viejo. Habla en voz bien alta para que lo escuche la rubia que lo adorna a un costado.

       Todo lo que hace en realidad es para que lo note la rubia, hasta cuando se ajusta el puente de sus lentes ahumados, negros al igual que la camisa de seda que lleva puesta con el último botón desabrochado. El, junto con el viejo, como fieles habitantes, también recuerdan tiempos pasados, cuando había tipos que levantaban la mesa y se llevaban fortuna. Claro que ninguno de ellos reconoce haber sido uno de los tipos.
       Podría considerarse otro páramo, aunque sin paz. Aislada del laberinto central por una doble puerta de vidrio, en la sala hay cuatro ruletas con ocho lugares alrededor. Un balón de plástico envuelve la bola que gira, se detiene y cae lentamente, histérica, entre algún rojo o algún negro. Un joven con barba de dos días lleva la estadística de la noche y se muere de ganas que salga negro, el 17. El viejo, pelado, con la voz aguardentosa y un parecido notable al actor ya fallecido Tino Pascali, se lamenta con cierta incredulidad. Parece mentira repite como creyendo que la rula fuera una ciencia exacta mientras que a su flanco izquierdo el hombre de pelo entrecano luce superado explicándole a su rubia cuánto paga cada jugada de acuerdo a los créditos apostados.
      En diagonal, fumando Marlboro y con el celular sobre la mesa, un canoso de camisa celeste, golpea con el dedo la pantalla, que no le marca, no quiere saber nada con marcarle el 36, rojo, par, tercera docena. El canoso gira su cabeza para los costados y se ríe. A su derecha, sentado, el encargado de vigilancia ni lo registra.

           TIRE Y EMPUJE

        El gordo del servicio técnico lleva puesta una camisa marrón y recorre los pasillos, llevando debajo del brazo una planchuela. Observa de un lugar a otro como esperando indicaciones y sigue su camino, esquivando gente, con el gesto adusto.
       A escasos pasos del salón de bingo, se cruza con él, la encargada del área, vestida con un impecable uniforme azul: camisa y pollera ajustada que reafirma sus curvas. Clava con solidez la punta de sus tacos en la carpeta mientras ensaya con el rictus una mueca altiva. Va y viene de un extremo al otro como teniendo el control de la situación. A esa hora de la noche, ya no hay fútbol en los televisores sino noticias, siempre vinculadas al deporte.
      Debajo del cartel luminoso que indica Esperen en letras rojas a los jugadores ansiosos que aguardan el ingreso, una mujer madura, de pies diminutos, enrula con el dedo índice su pelo y repite como un loro desbocado todo bien por celular a un fulano que puede ser su marido o su amante. Quizás lo mejor que pudo haber hecho es no acompañarla y quedarse allá, en la otra ciudad, esperando su regreso, llamándola y sintiendo la calma que brinda una muletilla sustanciosa como el todo bien.

       - No vengas más si sabes que te vas a poner así- dice el marido, resignado, después de haber tirado unos folletos del bolsillo de su vaquero

       Al hablar levanta las palmas de sus manos como si quisiese tocar el cielo estrellado.

      A su lado, el cuerpo de su esposa lo acompaña, aunque el alma da cuentas de haber quedado adentro y desoye su ruego. En el rostro hay expresiones frías, como las de una sordomuda oculta en un jersey gris con olor a humo.
        En tanto, un taxi se detiene frente a ellos. Un croto desdentado los observa curioso, se acerca y les abre la puerta, encorvando la espalda. El matrimonio ingresa y el vehículo se pierde raudo por la diagonal dejando atrás los focos de colores y la fantasía de otra ciudad posible.

lunes, 25 de marzo de 2013

UN HALO RUSO (II)

   Mezclo con furia las fichas del dominó sólo para que Lisa se moleste con el ruido de las piezas al chocar. El ruido, cada vez más insoportable en la oscuridad de la pieza sucia y Lisa que jamás me insultaría. Por más barullo que haga tampoco me escupiría en la cara, por más que le clave los dedos en su pelo haciéndola doler. Al contrario siempre agradece la verdad de las palabras que digo, el discurso duro que traduce una vida hostil, sometida, sin claridad que ver por una claraboya alta.
    Lisa comienza la partida y prende un cigarrillo. Sus ojos pequeños se distraen con los puntos negros, mientras desde la pared se cuelan gemidos y alguna que otra risa que no hace más que exasperarla. Ella sopla el humo con rabia como si fuera vídrio molido.
    ¿Qué hará con el dolor una vez que culmine el juego? ¿lo sacará afuera o se lo llevará adentro a su siesta?
    Ya es parte de la energía que la viste, de los anillos adiamantados en falso, de su forma salomónica de sonreír. Una fineza para complacer a los clientes, sutil, sin esfuerzo, Lisa puede retorcerse de pena sin hablar. Busca en su dominó un doble que la motive a delinear la mirada triste. Un espejo con una rajadura la mueve a rechinar los dientes que centellean, sin sombra ni pasión. Mientras frota las manos una y mil veces. Si se lo permite moverá su frágil cuerpo en vaivenes continuos al son de un valsecito fugaz, pero nada más que eso.

UN HALO RUSO (I)

   Los días parecen soñados con el cielo rojizo, como a punto de llover.
   En sueños, cuando todo parece cubrirse de bruma, aparece un elemento: algo que exacerba el miedo o que nos salva. Un rostro, un agujero, un fogonazo, un síntoma del olvido, una distancia complicada. Sino castillos acentuando la fantasmagoría de un sueño cercano al tugurio donde Margaret se rompe con sólo rozarla.
    Ya no pienso en gestos de arrojo ni en valentías. Apenas en intenciones: una mano que le acaricie el pelo y flote en el aire compartido a tientas.
    Un micro, pienso, será el punto de fuga si se detiene ante la seña, profanada por la burla de un borracho. Unas viejitas casi de mentira arrodilladas en la vereda invocan a un santo nuevo. A veces la raza sugiere que se trata, en cuestión de segundos, de dar vuelta una página para terminar con todas las creaciones. El esfuerzo puede medirse con unidades semejantes a cañas de azúcar, estableciendo la equivalencia con los dedos.
   Alergia que puebla los brazos: presagio de la huida sin ver, ni de refilón, a Margaret. Ella siempre sabrá que, pese a su indiferencia, la querré tanto como a mis recuerdos. Aún cuando, más temprano que tarde, muera de nostalgia.
   Muerto de nostalgia, boquiabierto en espera de un cielo siempre a punto de llover. Rastreando con la mirada un elemento, un algo, Margaret, que me saque del sopor, de la bruma que envuelve el punto lejano y luminoso que aparenta ser un micro.
    El micro que me aleje de la amenaza de llover desde abajo al cielo.

viernes, 22 de marzo de 2013

ANATOMIA

    El cuerpo crece porque no le queda otra.
    Se extiende por afuera, más allá que, adentro, los órganos se vayan pudriendo por un amor no correspondido o por el alcohol. Más altos, gruesos, deformes, con arrugas en los bordes de los ojos y restos amontonados de piel que caen, los cuerpos. 
    No queda otra que flexionar las rodillas todo el tiempo mientras podamos, dijo el viejo Bartolo cuando con un roído repasador limpiaba la barra del buffet; “Tío, que una vez muerto lo único que haces es estirar las dos piernas, joder”, agregó con su voz de catedrático, aquella tarde de mediados de mes.
     En tanto, mirar el anverso y el reverso de las manos de manera enfermiza es un vicio. Ahí está la clave del saberse vivo. Ni en los orgasmos, ni en las sonrisas blancas como perlas, ni en las medallas, sino en la delicada callosidad de las palmas que, ayer, rozaron yeso en paredes frías o pelos lacios o limpiaron un resto de comida del ser querido, y hoy, vacías, son un espejo del paso cansino de los mortales.
      Las palmas de las manos por no decir las plantas de los pies. Vasos conductores atraviesan sin hacer ruido el mismo cuerpo que fue el molde de una cuna, una cama, una hamaca paraguaya, una serie de cartones, un ataud. Los mecanismos no varían, lo que varían son sus ejecutores; los que se encargan de arrastrar sombras por las calles y siluetas como emblema de la dignidad.
      Cuerpos pasionales, rústicos, fríos, obtusos, mezquinos, nacidos y criados, con sólo tocar el timbre atiende alguien con su manto atávico de humano, que no puede parar de flexionar las rodillas, sólo para saber que está vivo.
      Entonces lo que resta es elegir o encontrar la mayor de las cercanías en carne y espíritu. Algo que trascienda el diálogo puro entre especias que no ladran ni trinan, sino modulan con un par de labios que es el mismo que se usa para besar.
      El beso (efímero o prolongado, no viene al caso reiterar lo que ya hizo Lord Marclay en 1543 en su “Historial de todos los besos posibles, habidos y por haber a lo largo y a lo ancho de la urbe, cristiana o no”) y la conversación comparten en su génesis, instrumento (labios). Discrepo aquí con quien sume la acción de comer y/o beber, ya que la ingesta no tiene razón de ser sino intervienen otros órganos indispensables. El beso y la conversación (o viceversa) pueden quedar ahí, tan huérfanos en el aire como una fila de almendros en invierno. Los labios, como mucho, se paspan o se cortan, pero jamás se caerán, no son dientes ni uñas ni pelos ni grasa abdominal. Las rodillas tampoco se caen, pueden romperse, pero lo mejor, de vez en cuando es flexionarlas para tener la plena certeza que se sigue vivito y coleando.
      Eso el viejo Bartolo (para él, bastaba con cinco o seis veces al día) lo tenía claro.
      Sus hijos nunca le dieron una mano, ni aún cuando el club se caía a pedazos. Tampoco recuerdan los rasgos sobresalientes de su madre. Sólo reparan en los detalles finos de las seis figuras de los billetes. En alguna fiesta, es verdad, o cuando el Deportivo logró el primer ascenso, ellos notaron, en su adolescencia de cuerpo corcoveante, que Amanda acompañaba al collar del cuello con su rictus. Es decir: era imposible no ver el gesto agridulce de la madre incómoda, apenas por encima de ese collar repujado que, hace algunas semanas, el Vasco les cambió por dos botellas de ron importado.
     El ron baja despacio, sin la menor prisa, como en un vals de figuras en reversa por la garganta, por el esófago, antes acaricia las muelas. Chapotea en el higado, sin llegar a las rodillas que el viejo tanto se esmera en recoger siete veces al día, por exagerar, para corroborar que sus días sin Amanda se siguen alargando. 
     Los hijos cada vez más distantes, igual que las sienes al ombligo.

SABADO 80

(En los ratos libres que le dejaba su trabajo temporario en una biblioteca popular, como asistente de un estudioso de costumbres pasadas de moda, Lucio Diestra intentó realizar un texto a modo de cuento que describiera sus propias vivencias en la década del ochenta. Aún cayendo en estereotipos, ese sería el primer paso para una obra más ambiciosa -como suelen serlo los proyectos de Diestra, en general- que tendría como lugar común las costumbres pasadas de moda.

  El proyecto no prosperó dado lo temporaria de la labor de Diestra que pronto sintió inocular otro entusiasmo, ligado a una nueva changa. El estudioso que lo empleó, en cambio, logró publicar sus estudios en varios tomos que ya nadie recuerda.

  De aquellos días transcribimos tal como está el cuento inconcluso "
SÁBADO 80" , que sirve de costal para acercarse a lo que fue otro proyecto sin terminar del infatigable Diestra. Sólo para eso, ya que de su lectura se desprende una innecesaria voracidad de datos y personajes que aparecen sin mayor profundidad, dejando en claro, eso sí, que la escena intenta transcurrir en los años ochenta.    -Pese a que eso sea tan sencillo y chabacano como colocar un dinosaurio, al querer hablar de la etapa jurásica o a un camello para versar sobre el desierto).


      El grito agudo de mamá llegó, claro, hasta mi pieza. Desde el lavadero, el grito interrumpió las tontas notas que intentaba tocar. La señorita de Avignon resultaba más complicada que cualquier señorita de San Nicolás. Mi postura de guitarrista, pierna doblada y rodilla soberbia, se deshizo en un salto. Seguro algo había pasado porque la puerta se oyó seguida del grito, como cerrada de golpe. Por sobre todos los gritos, las notas, la canilla abierta del lavadero, la voz de Leonardo Simons arengando al público desde la pantalla del televisor.
      Un sábado más: de variedades y programas ómnibus.
      Una rata de cola larga salió a la vida y sin hombreras desde el inodoro. Se asomó y con eso fue suficiente. Mamá, que le pasaba jabón federal a una blusa, escuchó primero el ruido del agua quieta perturbada y luego en un abrir y cerrar de ojos, a la rata. Con su cara apestosa y el gesto incrédulo, mojada, como queriendo participar con su habilidad roedora en nuestros sábados bondadosos.
       Cuando no había pasado el susto tocaron timbre. Mi hermano y papá habían ido a pescar. El rol de hombre de la casa siempre me quedó grande. Al ver por la ventana al ahijado de mamá me alivié, pero sólo por poco. El ni se inquietó por el sismo causado por la rata, ilustre a esa hora de la tarde. Miraba al descuido volar la pollera de la participante que procuraba cazar al voleo unos míseros australes. Luego, entre mates y cigarrillos, con mamá mirando de reojo al piso viendo quesos amenazantes, mangueó una guita que había venido a buscar.
      El ahijado de mamá viene una vez por año, como mucho tres, siempre un sábado, para hacer su musical de la miseria sin brillo. Cuando viene toda la cocina se llena de humo. Mamá es tan buena o tan vergonzosa que jamás le dice que salga al patio a fumar. Claro, total después “el hombre de la casa” empieza a toser, como una marica que, encima, tiene miedo a las ratas y es flojito de pecho. Sin decir que su impaciencia al señorito le impide acompañar al hermano a pescar. Claro, a Agustín nunca le insisten para que venga a verlo tocar a Rubén.          Rubén antes de ser el vecino de casa, es un genio como guitarrista. Cuando me canso del barullo de adentro, cruzo el alambre del patio y voy a escucharlo. Ojala algún día pueda llegar a tocar como él y tenga chicas que se mueran por cruzar el alambrado para pedirme alguna canción. Ojalá.
       Pero hoy no me puedo ir. Sería como abandonar el barco, o esta especie de ómnibus que es mi casa los sábados. Con la televisión prendida eternamente y mi hermana dando vueltas inquieta, más mamá cebando mates al ahijado por inercia (los mates, no el ahijado) y el recuerdo de la colilarga que vaya a saber Dios donde está, si es que no usó el inodoro como trampolín al afuera.
        Obligado quito algunas cajas pero sin mucho esfuerzo. Botellas de aceite a un costado, “no hay nada”, le digo a mi hermana y ella finge creerme, mientras baja el volumen de la tele porque no aguanta la lambada, ni ver como se apelotonan seis movedizas parejas de baile en veinte pulgadas.
         Del pichón de guitarrero que comencé siendo esta tarde no quedan rastros. En poco más atardece y casi al unísono vuelve el Renó con papá y Agustín adentro y, con suerte, algunas tristes mojarritas que justifiquen su sábado. Quizás por ser principios de mes vayamos a cenar a un restorán. Al rancho que está al costado de la vía o a la parrilla del viejo español que siempre parece nervioso. Digo quizás porque ahora que el ahijado de mamá se fue, su aparente buen humor cambió. Vuelve a pensar en la rata. Yo ya ni me preocupo por buscarla entre latas y cajones y mamá apenas quiere moverse en la cocina. Cuando le digo que el baño está ocupado porque mi hermana entró a bañarse, aparece un fastidio más digno de una tía lejana que de una madre.
          Entonces se la agarra conmigo para descargar: que siempre adentro, que tengo que despejarme un poco. Ya ni me enojo. Siento más ganas que nunca de irme al fondo y golpear las manos para ver si se asoma Rubén, pero no lo hago. Prefiero hundirme en un sábado más en mi casa.
          La pienso llena de pequeñas cosas, pequeñas variedades, como un ómnibus que lleva flores al Mercado: azaleas, margaritas, dalias, fresias, mamá con el repasador, azucenas, hermana debajo de la ducha, claveles, Leonardo Simons hablando, jazmines, papá y hermano en el Renó o tomando mate en la bahía, orquídeas, la rata quién sabe en que cañería, y yo, que, hundido, subo de nuevo a la pieza e intento recomenzar las notas abandonadas. Do, do, re, sol, mi, me resulta imposible: Avignon y sus puentes con señoritas son tan lejanos como un sábado de paz.


LETANIAS I: DON'T SMOKE

   Tus principios. Mis finales. Los programas de radio que fascinan a Tito. La vuelta de llave que abre el departamento de Juliana. El ángulo de las agujas del reloj del consultorio. Tres arandelas. Hamlet hecho por pibes de primaria. Los regalos que se tienen en mente. Parrillas al paso. La resolana hecha piel. Juegos de mesa incompletos por el tedio. Un quiste oculto. Dora rozando con sus yemas la estampita del patrono del trabajo. Cielo parcialmente nublado. Sonrisa que saca del paso. Alfredo cantando una zamba por él. Cuerpos celestes como noches. Una bobina gastada. Tus depresiones en technicolor. Mis euforias en sepia. Los cuatro puntos de la cara de un dado. Orcas que se desplazan sin ser vistas. Mitad y mitad. Tanques de agua en cemento eternizados. Primeras flores de un lapacho. Un padre ausente. La mendicidad como castigo. Carver eligiendo una botella de anís. El tano del fondín gritando barbaridades a la luna. Ella y sus fotos de parientes lejanos que jamás conocerá. El correo basura. Una declaración a destiempo. Los espacios vacíos en un cuaderno añejo de tapas azules. El dolor ahí. Nada mejor que notar algunas nubes. El brazo marcado por la fragua continua. Helechos. Nosotros y los precios. Tus piernas largas con la armonía de una sarta lenta. Silbidos que se hacen tangos dulces. La mañana henchida de trinares. Una a una las palabras. Mitines políticos para levantar el ánimo. Salidas elegantes. No estar más juntos. Cada vez más lejos del azul. En Bombay o en Pipinas. Las venas rotas para no sufrir. Polen sucio. Miga de pan que se deshace en la mano. Cinco rodillas. La cuota impaga del geriátrico. Una consulta médica retribuida con panqueques. Misas de once. Patrias como fueyes. Cuerpos tendidos en el pasto. Trabajo de entomólogo. Vodevil absurdo. Nuca a contraluz. 82 la pelea. Extrañamente te extrañé. Don`t smoke. Thanks.

CASI SIN DOLOR

Fue un momento


lo que hizo pensar


en tu posible mejoría


antes que te encierres


a llorar (por horas),


como lloran, sin dolor,


las brújulas malas


y las brujas buenas.


Casi sin dolor


porque en sí


nada que sea tu cuerpo,


te produce un placer


o una satisfacción,


(el orgasmo sincero).


Mucho hay de mártir,


de loca, de ventajista


para llegar antes al


sitio donde no haya


alguien que pregunte


a la silueta gris que


te circunda, ociosa,


qué hay de la aflicción


contenida, de niña azul o


fucsia azabache, quien


cante primero como si


fuera trinar logrará


acomodarse por un rato


en el cuarto abierto


pronto a cerrarse


porque no puedes


dejar de llorar.

PRIMERAS PERSONAS

       Lo mío es sofisticado, no es lisonjería boba. Por eso es que nunca me verás comprando flores en el mercado o esperando que abra el chino para llevarte un cogñac etiqueta dorada.

(por otra parte se me da por pensar: qué triste debe ser la vida de los que esperan todas las tardes que abran los chinos de su barrio. Ni dealers, ni boticarios, sólo expendedores de fiambre y cosméticos –mientras más nos dediquemos a embellecer el rostro, más jodido tendremos el hígado, dijo irónicamente Rolando que rompía sin eficacia la cáscara de un enésimo maní- que discuten con proveedores y esperan su año nuevo).

       Si nosotros somos el mundo, estamos jodidos. Yo, tú, él, primeras personas en el juego del amor dócil. Hoy no te llamó (él a ti) y eso molesta tanto a tu celular como a tu orgullo…

(por otra parte se me da por pensar: que el orgullo de ciertas personas se mide por la cantidad de mensajes en su buzón de entrada. Muchos o pocos caracteres, bastan dos para sentirse bien y creerse inmortales – mientras más nos dediquemos a escribir en una pantalla, más jodidas tendremos las vistas, dijo amargamente Rolando que pasaba sin gracia las hojas finas de una revista de chimentos- dadores de fe mundial o gurúes espirituales de media urbe).

        No te escatimo mi presencia ni quiero parecer reticente (yo). Los amores pleistocenos aburren como películas francesas…

(por otra parte se me da por pensar: que el cine representa a las sociedades de forma defectuosa. Arte séptimo o quinto, importa poco si se cree en las imágenes como si fueran estampitas –mientras más nos dediquemos a invocar santos de hule, más jodido tendremos el maculo, dijo jocoso Rolando que frotaba con un paño sucio el marco de una ventana-, íconos a todo color o en sepia, diseño sin gloria).

        Ustedes hagan lo que quieran (tú, él): contemplen sus cuerpos como museos, hablen de luces, domestiquen el placer, maten el tiempo a lo bobo que (yo) en tanto escribo…