Como un coliseo con reminiscencias imperiales, la fachada enorme del bingo resulta el cartel de bienvenida para una ciudad inventada. Convirtiéndolo en un lugar fantástico, los focos rojos y amarillos uno al lado del otro, tintinean en plena noche desierta, brillando en la oscuridad de la diagonal ochenta. Como nunca, una vez que se ingresa parece que todo queda detrás: la otra ciudad, la calle, la sensación del afuera, la misma realidad. La inmersión en un microclima luminoso e infernal es automática. Los ojos y las manos se convierten en los protagonistas de un lenguaje propio y único.
Si la fantasía es la capacidad de creer como posible algo que, de por sí, no es real, en lugares como el bingo esta fantasía se potencia con sólo empujar la puerta.
EMPUJE Y TIRE
Ya sea por la calle lateral del estacionamiento o por la entrada principal, un detector de metales de dudosa efectividad, custodiado por un guardia robusto, munido de un handy es la llave de acceso a la ciudad.
El tiempo queda relegado. No hay grandes relojes ni ventanas. La única conexión con el exterior son las pantallas planas de los televisores repartidos en las columnas, casi siempre sintonizadas en el canal de deportes que transmita un partido de fútbol. Esta vez, un encuentro en Oruro, a 3700 metros de altura, por octavos de final de la Copa Sudamericana: San José de Bolivia contra Newell’s Old Boys de Argentina.
Después de las puertas de vidrio de acceso, se produce la sensación de ingresar a una cápsula atemporal, ciudad alfombrada con sus propias leyes y códigos. Por aquí y por allá, deambulan personas jóvenes y adultas, vestidas de modo elegante o así nomás, sabiondos y suicidas, empleados públicos y amas de casa, parejas jóvenes y acompañantes de ocasión. Algunos parecen deslizarse como anestesiados por un sonido que prevalece y remite a los locales de juegos electrónicos de finales de los ochenta, etapa previa a que las computadoras redefinan en red los modos de diversión.
Como habitantes de la misma ciudad se caracterizan por vagar en los pasillos con olor a nicotina y por los corredores estrechos con paso cansino y ojos siempre bien abiertos. Giran, van de un lado a otro como siguiendo una hoja de ruta prediseñada que los mueve a seguir un itinerario: máquinas encimadas de póker, Black Jack, siete y medio o las más variadas combinaciones, de acuerdo al sector de la nave central; una sala de ruletas, en el ala izquierda y un salón de bingo, a la derecha.
En su recorrido, rara vez reparan en los carteles enmarcados en las paredes, visibles como los matafuegos pero jamás leídos. Destinados a ellos recuerdan leyes de control del juego, decálogos para el apostador y consejos para cuidar la salud.
Los habitantes cuando hablan suelen hacerlo de tiempos idos. Tiempos en los cuales las maquinas de frutas daban más créditos o cuando era más simple pegar las combinaciones. Es más, ahora hasta llegan a murmurar algo impensado hace pocos meses: que el paraíso cambió y ya no tiene como sucursal a la capital de la provincia.
NÚMEROS Y FRUTAS
-Con mi esposo vamos siempre. A mí me gusta ir de noche, pero él quiere ir de día porque como hay que cruzar una villa le da miedo… aunque ahora pusieron un patrullero en la bajada- se queda pensativa, dudando de sus palabras.
Por su aura dramática, Cristina parece salida de un unitario de Alejandro Doria. Tiene menos años de los que aparenta con su metro sesenta de altura, el rubio opaco de su pelo recogido y el cigarrillo sostenido en el aire. Con la mirada fija en los cuadrados que surgen de una pantalla táctil es como si estuviese por lanzarle un reproche a algún familiar desobediente, así estaqueada con sus zapatillas blancas, apenas flexionadas las rodillas.
Con una voz que surge del costado de su boca, agrega que las máquinas más generosas ahora están en el bingo de Quilmes, que allá con cuarenta créditos tenés ganancia segura y que acá sacaron las mejores, en referencia, claro está, a la ventaja posible. Quizás tenga razón: cuatro máquinas fuera de servicio, al costado izquierdo del corredor confirman el recambio. Arrumbadas cerca del pasillo donde conviven dos teléfonos públicos grises enfrente de los baños y del guardarropa, atendido por una señorita sonriente que finge oír con atención las andanzas de una señora paqueta.
Las máquinas contadas pueden ser 178 o diez mil. Parecen multiplicarse con la misma facilidad que una ameba. Una mujer madura sostiene una tasa con una mano y con la otra teclea. Un hombre maduro tiene un yeso en su brazo izquierdo y con el derecho pulsa. Otra mujer coloca su cartera negra en sus rodillas y abre el cierre con prisa en busca de una billetera. Nada detiene el mecánico acto de llevar la yema de los dedos a uno de los tantos botones situados a la misma altura que el respaldo de la banqueta donde se ubican los jugadores de estas maquinas, a las que sería un error seguir llamándolas tragamonedas.
La moneda, mediación entre el apostador y el aparato, prácticamente ha desaparecido. Ya no se ven los baldes semejantes a los que cargan pochoclos en los cines, sino tickets, puro papel que se cobra en otras maquinas, fila previa y prolija detrás de una tira de bronce clavada en el suelo. De esta forma, no quedan intermediarios entre las ganas de apostarlo todo, incluido un sueldo, y la maquina que devora con avidez los billetes. El rostro inmutable de Mitre, Belgrano o Sarmiento se pierde despacio en la ranura que engulle próceres sin distinción de ideas.
Otro indicio foráneo: salvo alguna como Alcatraz, que tiene sus indicaciones en castellano, la totalidad de las máquinas llevan en su parte superior nombres en inglés. Entre tantas denominaciones que remiten a series viejas, excursiones a Egipto y sus pirámides faraónicas, y condados del lejano oeste, una de las máquinas recuerda a los Doobie Brothers, legendaria banda de soft rock formada hace cuarenta años.
LINEAS Y BINGOS
En un momento de la noche por los altavoces se oye Big time de Peter Gabriel. En ese entonces San José le gana dos a cero a Newell`s lo cual, pese a la derrota, es un buen resultado para el equipo rosarino. A los buenos augurios, se suman las monedas de plata que representan un peso y llevan en su reverso la inscripción buena suerte.
El salón de bingo parece el comedor del hotel de la Costa Atlántica de un sindicato pujante. Grande, con mesas redondas donde caben ocho comensales, a modo de grupo familiar numeroso: sillas cómodas y livianas, recubiertas con un acolchado rojo de caños dorados y una alfombra que cubre el piso a lo ancho. Levemente el techo recuerda a un quirófano dado la intensidad de sus luces blancas que esparcen claridad aún en un sector desierto, situado en el mismo lateral que los baños, de puertas y paredes brillantes de madera.
Separado en un espacio para fumadores, las mesas tienen un cristal que hace las veces de mantel. Debajo de él, se ofrecen promociones de menúes para cualquier momento del día: ejecutivos a $50, promociones a la mitad de precio y desayunos a 18. También hay un cartel que clama por favor no pegar calcomanías en los cristales, sino solamente para unir cartones entre sí. Las calcomanías son rojas, pequeñas y llevan el logo de la empresa que administra la ciudad: una especie de corona hecha con finas líneas. La plancha acompaña al recipiente con agujeros donde se colocan con la punta hacia abajo los fibrones, indispensables seguir cada sorteo.
Entre los jugadores de bingo hay quienes marcan el cartón con un pequeño punto negro. Otros, tachan con desembozo el número. No sólo en la forma de marcar se nota el estado de ánimo. Al igual que en toda la ciudad, también los ojos funcionan como patrón de las emociones: angustia, locura, ansiedad, fervor. Están los que miran fijo el cartón, esperando en los oídos el cantar mágico y los que clavan la mirada en la pantalla plana, queriendo saber enseguida, ganándole de mano a la voz gutural que pronuncia: die-ci-o-cho con una modulación exquisita.
Por más breve que sea, sólo un silencio en la cadencia cantora, moldeada por los noventa números y el se han extraído treinta y nueve bolillas, produce que los roles se alteren. Así como adquiere un aire de comedia que algún incauto grite línea luego que se acercó el cetro a la mesa del afortunado. Un bastón de mando a escala reducida que sirve de indicador para que el premio, estimado entre 30 y 50 pesos, se pague, traído en una bandeja plateada y prolijamente desplegado.
Entre sorteo y sorteo comienzan los murmullos, entre la música funcional de ocasión, una nueva venta de cartones y pedidos a los mozos. Ellos llevan un chaleco y moño violeta sobre sus camisas blancas. En cambio, las vendedoras tienen una camisa blanca y un pañuelo marrón ceñido al cuello. El uniforme en la parte inferior es de marrón claro: pollera ajustada, en las mujeres; pantalones, los hombres. Ambos de calzado negro y rigurosa credencial identificatoria con el nombre y foto carnet prendida en el lado opuesto al corazón.
En las mesas las manos se levantan al oír las palabras uno más, señal que indica la orfandad de un cartón. No vaya a ser cosa que sea justo el portador del éxito.
- ¡Sos loca vos! A los santos no se les pide plata- la interrumpe Carmen como sobresaltada.
Laura escribía con el fibrón sobre el cristal de la mesa nombres propios: Arturo, Fernando. Luego se detuvo y de golpe miró a su madre con ojos pícaros. Sin decir ni mu, comenzó a marcar una E seguida de una X y no pudo comenzar con el palo de la P cuando su madre la reprendió. A ella no le quedo otra que sonreír y enseguida darle la razón a Carmen, acerca de lo indebido que era invocar a San Expedito en casos así
Las dos vinieron del barrio Aeropuerto y juegan pocos cartones, sacando de los bolsillos billetes de dos pesos que arrojan a la mesa de a uno, desdoblándolos despacio. Cuando se acerca uno de los mozos, le preguntan si conoce a un tal Cristian, un muchacho que empezó a trabajar hace poco. Ante la negativa, con algo de desconcierto del mozo, un pelado de nariz respingada, se quedan en silencio. Al rato ríen entre ellas, frenéticas y cómplices, comentando entre dientes un posible rito para ganar.
Entre los que juegan de a un cartón y los que compran la tira completa de siete, están los que piden de a dos o de a tres. Por ejemplo, una señora regordeta que lleva un delfín diminuto colgado de su cuello y se lamenta porque siempre le falta un número, da igual que sea para la línea o para el bingo. Esta vez fue el 22.
22 es mi día, 22 de marzo aporta enfrente suyo una señora más grande que no lleva colgando de su cuello ningún cetáceo pero tiene una paciencia propia de una orca. Hace media hora que mastica en pequeñas porciones una ensalada mixta, cuyo precio equivale a siete cartones comunes.
Después de apurar un sorbo de gaseosa, se suma a coro un joven delgado y de pelo castaño:
-Yo también cumplo el 22, pero de agosto. El loco…
- Tenemos algo de locos ¿no-, retruca la mujer levantando las cejas a lo que el joven se sonroja y queda en silencio para hundir sus ojos en un pliego de la alfombra, que parece manchada con rayas de crayones.
Mientras, en la mesa de al lado, un rosarino pide una cerveza y entre sorteo y sorteo extiende sus brazos en el respaldo de las sillas que lo rodean. Busca con la mirada a sus compañeros de mesa y cuando encuentra la complicidad de alguno se pavonea del casino construido en su provincia y comenta sobre uno nuevo, imponente, que están haciendo en San Luís, sin punto de comparación con ningún otro.
Sin ni siquiera mirarlo y evitando gastar dos pesos en un cartón especial, una pareja joven se levanta para irse, sin ni siquiera un buenas noches. Me saca la cabeza, dice ella sin aclarar a que se refiere y pide ir a jugar a otra cosa. Sobre la mesa queda un vaso con tres cuartos de jugo de pomelo y restos de lo que fue una mayonesa de atún.
PARES Y NONES
Por el pasillo pasan dos morochas de pelo más negro que la noche y escote pronunciado. Pispean el lugar frunciendo los labios, como si hubiesen perdido algo. Tienen los ojos más delineados que la piel de una cebra y parecen ir hasta la sala de ruletas, pero se pierden cerca de la confitería. A metros de ellas, un buzón invita a depositar opiniones acerca del servicio brindado por la empresa. Sobre el buzón y los formularios en forma de sobre hay un pote con jabón líquido.
La confitería se asemeja a la cubierta de un barco. Dos escalones por encima de la alfombra, resulta una isla privada entre el tintineo electrónico y los cantos de bolillas. Para tener un lugar en ella hay que esperar: sus dieciocho mesas tienen reserva mínima de tres horas, aún cuando no hay demasiada gente. Los altavoces realizan el llamado de rigor cuando la espera llega a su fin: Su atención por favor: señor José, su mesa ya está lista. Los maitres se mueven ágiles en el reducido espacio que invita a ser un páramo entre el temblor de rodillas tiesas y nudillos rígidos.
- Hace cincuenta años que no vengo y mirá adónde te vengo a encontrar- le dice al viejo. Habla en voz bien alta para que lo escuche la rubia que lo adorna a un costado.
Todo lo que hace en realidad es para que lo note la rubia, hasta cuando se ajusta el puente de sus lentes ahumados, negros al igual que la camisa de seda que lleva puesta con el último botón desabrochado. El, junto con el viejo, como fieles habitantes, también recuerdan tiempos pasados, cuando había tipos que levantaban la mesa y se llevaban fortuna. Claro que ninguno de ellos reconoce haber sido uno de los tipos.
Podría considerarse otro páramo, aunque sin paz. Aislada del laberinto central por una doble puerta de vidrio, en la sala hay cuatro ruletas con ocho lugares alrededor. Un balón de plástico envuelve la bola que gira, se detiene y cae lentamente, histérica, entre algún rojo o algún negro. Un joven con barba de dos días lleva la estadística de la noche y se muere de ganas que salga negro, el 17. El viejo, pelado, con la voz aguardentosa y un parecido notable al actor ya fallecido Tino Pascali, se lamenta con cierta incredulidad. Parece mentira repite como creyendo que la rula fuera una ciencia exacta mientras que a su flanco izquierdo el hombre de pelo entrecano luce superado explicándole a su rubia cuánto paga cada jugada de acuerdo a los créditos apostados.
En diagonal, fumando Marlboro y con el celular sobre la mesa, un canoso de camisa celeste, golpea con el dedo la pantalla, que no le marca, no quiere saber nada con marcarle el 36, rojo, par, tercera docena. El canoso gira su cabeza para los costados y se ríe. A su derecha, sentado, el encargado de vigilancia ni lo registra.
TIRE Y EMPUJE
El gordo del servicio técnico lleva puesta una camisa marrón y recorre los pasillos, llevando debajo del brazo una planchuela. Observa de un lugar a otro como esperando indicaciones y sigue su camino, esquivando gente, con el gesto adusto.
A escasos pasos del salón de bingo, se cruza con él, la encargada del área, vestida con un impecable uniforme azul: camisa y pollera ajustada que reafirma sus curvas. Clava con solidez la punta de sus tacos en la carpeta mientras ensaya con el rictus una mueca altiva. Va y viene de un extremo al otro como teniendo el control de la situación. A esa hora de la noche, ya no hay fútbol en los televisores sino noticias, siempre vinculadas al deporte.
Debajo del cartel luminoso que indica Esperen en letras rojas a los jugadores ansiosos que aguardan el ingreso, una mujer madura, de pies diminutos, enrula con el dedo índice su pelo y repite como un loro desbocado todo bien por celular a un fulano que puede ser su marido o su amante. Quizás lo mejor que pudo haber hecho es no acompañarla y quedarse allá, en la otra ciudad, esperando su regreso, llamándola y sintiendo la calma que brinda una muletilla sustanciosa como el todo bien.
- No vengas más si sabes que te vas a poner así- dice el marido, resignado, después de haber tirado unos folletos del bolsillo de su vaquero
Al hablar levanta las palmas de sus manos como si quisiese tocar el cielo estrellado.
A su lado, el cuerpo de su esposa lo acompaña, aunque el alma da cuentas de haber quedado adentro y desoye su ruego. En el rostro hay expresiones frías, como las de una sordomuda oculta en un jersey gris con olor a humo.
En tanto, un taxi se detiene frente a ellos. Un croto desdentado los observa curioso, se acerca y les abre la puerta, encorvando la espalda. El matrimonio ingresa y el vehículo se pierde raudo por la diagonal dejando atrás los focos de colores y la fantasía de otra ciudad posible.