viernes, 27 de diciembre de 2013

GRAN CANTAUTOR (RADIO I)

¡ Oh! ¡qué placer! no pienso más en vos y no duele.
La cicatriz  que podía haber quedado, por arte de magia, se evaporó,
como se velaron nuestras fotos
(de alguna vacación en Claromecó o un paseo remanido por la Capital).
Ni recuerdo por qué dejó de ser, como dejó de entretenerme
la molestia que te generaba cada noche
(o, cielo santo, unos inoportunos mensajes de texto
sin acento para ahorrar caracteres).
Ahora, no creas, sigo haciendo crucigramas, rascando barriga,
caminando loco enojado y creyendo que soy
EL GRAN CANTAUTOR...
El más sentido, el que puede escribir estos versos blancos,
su blood on the tracks, pero con menos sangre
que un consul implicado en un no se qué de aduanas.
Espejos dividen o multiplican entusiasmos:
tanto tango aprendido para recaer
en un incondicional del bolero blando, pena decorativa..
Show de adjetivos: en un bar muerto destrozan mi hombría,
el parlanchín,el filtrado, comesaña, el gordo abel
y el comandante de shopping.
Ahora se le da por Lucho Gatica o la Guillot, todo por la maldita radio
que no lo deja dormir como un bebé y al mediodía parece un bobo.
(lo debe haber dicho el comesaña y su campari)
Y yo que juro con ojos ardorosos que de vos casi seguro que me olvidé
(¿acaso te llamabas solamente María o Esthercita?)
o al menos no te tengo en pensamientos diarios, a la usanza de
estadísticas, declaraciones, meteorología,formaciones, salud... 
¿qué? ¿si fuera feliz no escucharía radio?
¿escribiría jingles en vez de canciones?
Aprenda a lavar su ropa, con este, el mejor jabón que existe,
más que federal, internacional.
Blanco, blanco, cual si fueran versos, verbos,
pretérito del olvido: pude enhebrar abrazo desnudo, 
partido después por el acontecer. O vete a pasear solo
que en esta tierra se indulta cualquier acto menos la soledad de un hombre..
Baqueano, preestablecido, adscripto a encierro con la cucha vacía
a los pies de otra cama:
(¿fue por mucha luz que se velaron nuestra imagenes triviales?
El mejor pacto, el silencioso, no cruzar más miradas ni calles identicas.
Voy a componer una nueva canción  sobre drogas y asepsia:
Lo que necesitás es cambiar bastante de recuerdos,
apuñalar la nostalgia, sacar al viento las miserias,
rechazar brindis en vano, quitar a Dylan de tus favoritos.
Humo que se propaga por las emisoras de radio: a trompadas voy a creerme
lo del gran cantautor, sólo por creer que puedo pensar en lo que no duele.







sábado, 21 de diciembre de 2013

PARQUE RIVADAVIA




            Tuve una sensación de inmensidad y, a la vez, de finitud, la primera vez que fui al Parque Rivadavia. La comparé con la que sentí de niño leyendo la página fúnebre del diario y, de adolescente, las notas sociales.

            Pese a una total o cierta falta de pertenencia, noté como la vida material se escurría. Infinidad de libros con subrayados o notas laterales, revistas gastadas que, alguna vez, se adquirieron como novedad. El destino es desecharlas, acumuladas en un puesto rotoso y triste, compradas a menos de diez pesos el kilo.

            Es también la incapacidad de rozar apenas con la mirada cientos de páginas que con gusto recibiríamos. Esa carencia lógica encubre la fortuna de lo que sí llega a nuestras manos: este libro que ayer ignorábamos leer y que, ya mismo, terminó por darle paso a otro de los cientos posibles. Pasa con los objetos que se convierten en fetiche; incluso con las personas: dentro de todas las extrañezas, algunas se hacen más cercanas que otras, pero cómo saberlo de antemano. Acaso por intuición, palpito, necesidad voraz de aprovechar cada uno de los encuentros, tornando en caridad una afinidad inevitable que, además, puede ser fugaz o engañosa.

            De pronto, descansaba de ver la centena de puestos. Comía una manzana frente al monumento de Bolivar, inmensamente iluminado por el sol de una tarde a fines de verano. A lo lejos, se oían las notas en falso de una banda ignota en un acto pobre del Partido Obrero. Al lado, en ese bloque de cemento que oficiaba de banco, se ubicó un señor, de polera gris y boina clara. En vez de preguntarle por una orientación que me sería útil, ensimismado, opté por sacar un mapa del morral. En él, la línea E de subte no existía aún. Lo desplegué en el aire, ocultando a dos pibes que pateaban una pelota, un borde y el otro compartido con lo que quedaba de la manzana. En sí, no buscaba ninguna señal: sabía que lo próximo sería ir hacia la terminal. Era inútil cualquier pregunta o apreciación, más no fuera para establecer uno de los infinitos y breves contactos.

            Pero, en el fondo, ese señor estaba fuera de mi posibilidad, por más próximo que estuviera. O quizás lo estaba como una de las señoras de familia de la Parroquia del Socorro o de los que se juntan a tomar te galés para acompañar a sus señoras del Círculo de Damas[1]. Quien sabe. Lo más fácil hubiera sido hablar dos palabras, con lo que eso implica. Apenas dos o cuatro o seis palabras de las cientos de miles: vulgares, recurrentes, anodinas cuando se tratan de desconocidos (¿en qué momento dejan de des-conocerse?).

            Como esas lecturas infantiles, maníqueas de Billiken, llenas de polvo, administradas por las hermanas de un matrimonio que vive de vender, a la larga, porquerías. Papeles viejos, abrochados, o manuales de estudio requeridos por madres apuradas en el puesto equivocado. De las montañas sólo se recuerdan las cimas y las planicies; de la acumulación, su principio y su final. Puede resultar inexplicable el momento de decir basta o hasta acá llegué: caí en la cuenta que el sentido es transitorio, depende de elecciones sesgadas, material incompleto que recala en una mesa de saldos gigante.

            Tuve una recorrida por senderos, parque adentro. Distraí la mirada por una joven que estudiaba acostada en el pasto. Lo hice indolente, arrastrado por un pulso atemporal. A la vez, porque señor o joven o familia vendedora confluían en un silencio vespertino con leve tránsito de fondo. No me tocaba estar en otro sitio ni ofreciendo viejas revistas, sino apenas contemplando, con bruma en la memoria: tal vez desde muy chico ya tuve la necesidad de encontrar este extrañamiento.

            Cuando el tren traía mi cuerpo de regreso, seguí devanando la mente en procura de una fórmula o algoritmo que indique un gesto de trascendencia: para no sucumbir ante multitud de objetos, encuadernaciones momentáneas, destinos posibles que, a la corta o a la larga, sucumben. El exotismo de creer en una atracción que se torna indecorosa por su propia razón de regresarnos tal cual llegamos: iletrados.





[1] En la versión original en papel se adjunta un recuadro de “Notas sociales”. De allí las menciones.