lunes, 29 de diciembre de 2014

B5- EL SUEÑO DE LAUTREC

Los bastones y las cosquillas pertenecen a la historia del artista pasado. En el artista, los tiempos lo marcan las obras. Ahora, sin más, hay dos amantes tapados de sábanas a los que se impone  darles todo el color pastel que necesiten para seguir amándose o soñando que se aman, como sueña Lautrec; cuerpito tendido en la silleta que, con los ojos cerrados, puede hacerles creer a los que miran, con curiosidad, que duerme. Cansado del flirteo con bailarinas, de proporcionar navíos, de enchastrar los trapos policromos que, convertidos en pasta, untan las mesadas de una cocina.
Ahora que descansa o simula, agita el rictus frenético como movido por esas mismas olas que lo marean al componer un retrato. Cuando en la cubierta recuerda al azar  su origen noble para cautivar al conde que hace la vez de anfitrión, ojeando el programa en sus rodillas de una ópera que no alcanzará a ver. La técnica es el modo menos complicado de plasmar lo que se piensa, no una vez, sino varias veces, sin que se convierta en obsesión, más que todo leve molestia como un zumbido que puede despertar al que dormita plácido sobre una esterilla o tirado sin remedio en el piso de la confitería. Pasarán por el costado, a la sala de maquillaje, dudando de reojo si despertarlo, lo que equivale a levantarlo dejándolo acomodado en otro asiento, no sea cosa que por su talla lo carguen de facto.
Tanto el interés por tomar leche, gesto extravagante que lo acercaba a cierta dignidad entendida, alejándolo de su esencia, o la Legión de Honor del gobierno francés lo tienen sin cuidado. A merced de sus propios contratiempos, que son también los de su sistema nervioso, corre carreras sin moverse, emparenta unos posibles pinceles por extremidades para igualar a las del Folies Verghet en cuanto a destreza. Visual, los ángulos son claves en la contemplación: sin ellos no hay libertad ni ruptura; tan pronto saberlo para deslumbrase con los jinetes que se confunden con el cielo en un movimiento que los contiene e involucra.
Si el sueño pudiera graficarse con una nube, con una almohada o la sonrisa de una arlequina, la que ahora se contorsiona para verle la cara a los enanos. Pensará él: acaso ella piense todo el tiempo en mi y quiera disimularlo para no quedar tan expuesta. Con el arte es distinto: es el exponente que condiciona los factores, sin importar el grado de factibilidad. Es también la posterioridad: lo que hace a los rostros distintos de los barcos, de las ancas de caballos, de los burdeles. Mientras, tirado, hace que duerme magnificando su paz, quieto, siempre quieto, coronado de laureles por los médicos hace rato y sigue, tan cuerpo aparte de las piernas, tan personaje de noche, parisino, figurándose.
En cuestión de minutos alrededor de su estampa tendida, murmuran historias increíbles, algunas de resolución tardía. Anécdotas, sino fueran fragmentos de una continuidad: secuencia amable. A nadie podría parecerle inapropiado el estilo, los modos con que se presenta en bambalinas cortejado por las niñas cuyas piernas rozan las estrellas. Tampoco reprocharle si tal o cual lienzo quedó en veremos, arrollado por un tumulto de alcohol entre la galería y la avenida. Así como él no reprende a los que se ríen de sus aspamentosas caídas, cuando estira sus brazos sobre el piso para saberse largo un instante, adherido como bandera.
El compendio de esas historias, junto a los sueños, más no sea un resumen de historias y de sueños, serviría de leve aproximación para diagramar un tanto desprolija cierta cartografía, que pueda leerse al igual que un afiche de publicidad. De los que se ven pegados en tabernas detrás de barras sostenidas por manos, con la peluca de Jane Avril también sostenida entre tanto invitaciones vestidas reciben el mismo trato que pieles con lunares. Es sueño de Lautrec dejar a las imágenes así, desprovistas de simetría como un mapa cualquiera, cuyo carácter físico lo aventura el despertar.
Los que lavan sus rostros o peinan el pelo en el tocador, saliendo o no a escena en cada módico paso, mirando mojarse las ruinas, en cuclillas en algún paraíso. Detrás tiñéndolo todo la música de otro piano; ayer fueron las cosquillas, la risita que también se extravía entre el gentío que viene a verlas bailar. Acróbatas a trasluz del siglo: son las que parecen claras y son pura bruma, las que seducen despacio, las que exceptúan de la vejez al propio pintor que aparenta dormir sin siquiera estar descansando.


lunes, 22 de diciembre de 2014

A3- FUNCIONARIO

Hábil declarante, siempre de inauguración, ayer lo  al funcionario hablar. Tiene voz de pelado (así, finita, de encadenar sucesos), de entrada le hizo un chiste al conductor sobre el tema que comentaba con la locutora en el piso, sobre una calle de Colegiales. Después comenzó a irse por la tangente, sin inmutarse, hablando de un museo para veraneantes y poco sobre la crisis del partido de gobierno, él, agregado cultural hoy, embajador ayer, secretario de algo mañana. Quiso hacerle, de gusto, una finta dialéctica al interlocutor que procuró pararlo en seco, porque estaba cerca el top, por ende el informativo; los presentadores cambian el gesto si hay retraso y la finta quedó trunca pero sin borrar la sonrisa que seguramente tenía, confundida con la pantalla de su tableta que luego soltará como si quemase, suspirando antes de estrechar alguna mano diestra. De profesión, funcionario, con los roperos atiborrados de trajes para la ocasión de defender una causa, así dicha en genérico: la cultura, el protocolo, las fronteras, lo que dura una gestión para regresar quien sabe de dónde con una cuota  de poder en el bolsillo interior junto a un prospecto para bajar la ansiedad. Suministrado en espacios y personas congeladas en un perímetro donde la palabra del buen parlamentario pesa como la lana de toda esa esquila, amontonada en una montaña al descubierto, oreándose cual rostro con la ventanilla baja porque el custodio permite. ¿Qué tan seguro se siente un funcionario de mediano rango, medianamente conocido? Para detenerse en el semáforo, observar al costado para asimilar el verso de la Democracia, aunque sepa que no se trate de la Acrópolis griega eso que lo aminora con cementeras verticales. Si sueña con bocas de lobos o platitos con nueces será un enigma que, quizás, devele alguna anotación dedicada, cuando contrate por dos mangos a algún pibe que le haga de fantasma sus memorias, para constatar lo demasiado que pensó en todas las áreas, siendo poco lo que habló pese a la verba inflamada y a los monitores que requieren sus sintagmas. Hoy por hoy, su modulación sabe a premio consuelo en temporada: ausentes los popes aún con esfuerzo de producción para llenar otro piso con él, diligente, con su voz nasal de pelado, con temor al masaje capilar.


jueves, 18 de diciembre de 2014

B2 – HISTORIA DE S.T.

S.T. es eficiente en lo que hace aunque suele caer en tentaciones. Tratamos, ahora que es responsable del Departamento de Necrológicas, de evitar que su mirada personal tiña lo que hace y sea lo más técnico y preciso posible. La entrega de cada informe debe ser clara en cuanto a sexo y cargos, considerando que esos datos dan cuenta de la magnitud de la personalidad fallecida. La curiosidad del dato de color no solo mata al gato, en estos casos, sino también a un buen profesional. Nadie duda que S.T. lo es, que puede sacarle jugo a las piedras, encontrar relaciones impensadas. Hay ciertos periodistas de investigación que requieren sus servicios por esa facilidad para recordar tal o cual nombre situado en un contexto equis. La muerte no deja de ser una debilidad para incitar a los contactos. A veces prevalecen las formas, la compulsión de la presencia en ese último instante, más no sea para marcar territorio. Eso S.T. lo tiene claro, no hay necesidad que se lo remarque cuando noto que enciende sus ojos con avidez ante cada cruz o estrella de David que aparece publicada en los diarios capitalinos. Mentiría, además, sino destacara que el departamento fue creado en parte por el empuje y la energía que él depositó en su revisión desde el primer día, cumpliendo a rajatabla horario, revisando páginas fúnebres del pasado, dando muestra de la memoria soberbia que lo llevaba a aciertos indudables, como aquel del sobrino del presidente del Banco Sacro, cuyo nombre, a su vez, tributaba a un Ministro de Economía de mala reputación.
Lógicamente no faltan los que desprecian el trabajo de S.T. y hasta, con obviedad, especulen acerca de los que a él lo saludaran el día que fallezca. Deberían incluirme porque saben la estima que le tengo a S.T., hasta pueden pensar que no deja de ser un temor oculto, inconciente, a la muerte propia. Aunque si me preguntaran diría con énfasis que temo más a la agonía porque para eso no hay página social que valga: hay avisos de gracias al personal médico pero no espacios repletos de eufemismos para el que enferma gravemente. Puede separarlo una laguna o un océano del suspiro final, quizás haga una línea de mella en el aviso que S.T. revisará y poco más. Aunque él, con su precisión, colegirá que es muy diferente un deceso lento a uno violento y así hasta dejar en claro que lo suyo no es más que un sacerdocio y que lo enorgullece ser el responsable del Departamento que hemos creado.


jueves, 11 de diciembre de 2014

B1 – NOCHE DE FANDANGO


¿Cómo llamarlo… reducto, bastión? ¿Boliche a secas?

Según la denominación se define el sitio donde ayer eran apenas cien los que entraban. Ahora, cuatrocientos, y hay que apurarse porque sino no falta el que chifla, el que no le importa que una puntilla del vestido se haya corrido o que el flaco necesite repetir una indicación: al del violín para que el acorde no corte el clima, que se suspenda, que a los caños ya no nos vamos a ir, al menos por esta vuelta. Va a ser larga la vuelta, lo sabe la Beba que hace como que cierra los ojos para espantar a algún pesado. Lo saben y agradecen los que hablan como perros, imprecando al desprevenido que se asoma porque le dijo alguien que hay fandango y que puede sentarse cómodo en una mesita al costado del escenario a oír las quejas o los soplidos del cantor. Ayer estuvo en televisión, con la boca seca porque el vino que había era de canje, berretón, y las sonrisas de utilería. Ves, me digo, porque conviene hablar de estas cosas, que llaman tango, englobando al corso y la fanfarria, sin matices, como queriendo igualar a la orquesta, apenas llegar y mirar de reojo el salón, principado del curioso que confía en la mano que le toca.

Pero ¿cómo llamarlo, entonces? ¿Fondín lejano, lejano? 

Con seca austeridad intuye que no podrá irse sin que alguien lo note. Es una parte del trato que considera aunque no lo explicite, como el turista que ve bailar a dos adolescentes sin pestañear, sobre una tela mínima oficiando de piso. La más menuda, danza con algún que otro complejo; la otra, alta, inspira decisión: imagina la sombra de su pierna antes de moverla. De barba tupida y lentes pequeños, el extranjero aplaude solo, busca la proximidad, clave de sol que le marque el inicio de su aventura, aunque difícilmente concluya feliz. El manto que atraviesa a los que aquí se reúnen no tiene contemplación, ni hay ajuste cambiario que devalúe el espleen de los permanentes.

 ¿Cómo lo llamará, ella, acostumbrada al sitio? 

Ocupada en su labor, rara vez se detiene a precisar las figuras del entorno. Le llegan en segundo plano los gritos y el sonido de una nota quebrada, pero sin sorpresas, sin que quite de pronto los ojos del ojal en el que enhebra una aguja más fina. En el subsuelo une dos pedazos de tela, los junta; arriba son dos rodillas distintas las que se mezclan, quebrándose, haciendo dobladillo, con otra figura, otra medida que realce el torso, la cintura es del que manda cuando amaga moverla y lleva el pie en la misma dirección, como una puntada prolija para hacer, en silencio, bastan las miradas, posar bien los ojos sobre una superficie igual a que si leyera un crucigrama cuatro letras en infinitivo. Ojos, ojos de extremaunción. Mira, mira, a las chicas sin admiración, las mide cautivas no sólo de un diseño sino de una función larga cuyo intervalo es el ocio, pensado para lucir en la entrada próxima, con rutina de sístole veloz hasta rendirse tirada en un rincón.



viernes, 5 de diciembre de 2014

A5- FUGA A LO IMAGINARIO

 III

Podré sentirme onettiano esta noche, sin ser macró ni tabernero. Apenas por esa debilidad en los puños que me impide pelearle a aquel que decretó la ablación, al que fondeó los naipes para aventajarme siempre, para que vea de reojo y dé con mi cuerpo a la sombra o finao. Con pretensión de ciudad sin puerto, cuya cadencia adormece, hace moquear a las viejas, feas, que usan laurel por encima de la dentadura escasa para refrescar las encías. Podré sentirlo cuando ya nada importe, con el presagio de una ceguera a flor de piel, mordido por la neurosis y enfermo de delirio, contando al aire mil veces los mismos recuerdos personales, enumerando las promesas de la loca Patri, que descolgó sus blusas y no las entró jamás. Hasta sentir molestos los labios como anillos ásperos e hincar la nariz en señal de disgusto. Podré sentirlo más que nunca al contemplar tres billetes arrugados sobre una mesa de luz nocturna; tres: uno para cada niña que pida su favor. La dosis de alcohol: Ayer estabas tan linda, sonreías, que pena que hayas enfermado tan de golpe. Espero no se te borre la risa cuando te toque el doctor, cuya matrícula resiste a la lluvia. Que pena también no poder ver más seguido el muelle, no tener un auto en alquiler para ser puesto allí un rato largo, acalambrado, revoleando los ojos como hastiados por desesperanza sin un halo de luz, semejantes al oscuro foso entre dos rocas que la luna baña de rebote.
Para qué la prisa adentro del mismo cuerpo, para qué tirar la cuerda permanente si ya se atrofia su proceder, para qué amontonar letras que forman palabras si ya pasé a degüello mi propia empresa: mansa como ternero ajeno, confuso preludio de retreta. Si apenas podré quitarme la ropa en pleno baño de alcoholes, manchando los pechos de una enfermera improvisada que luce apenas un pañol para que los intrusos la reconozcan, consolando un cuerpo carne. Si así me siento esta noche, irremediable instante donde simulan huir sin amagues los códigos que amé y reconstruí para darme existencia: dorada, azul o roja, pequeña partición de alma sana que se evapora cuando duerme.



martes, 2 de diciembre de 2014

RESPIRAR


Recuerdo que hace algunos años, seis o siete, cuando aún el Messenger reinaba nuestras vidas virtuales, antes del final del calendario enviaba a mis contactos medianamente cercanos (por amistad o interés de causar una buena impresión) un documento de Word con el nombre “Rendición de cuentas”. En él agrupaba los escritos que me parecían más representativos o, sencillamente, mejor escritos para compartirlos. De alguna manera me apropiaba la idea de darles visibilidad, de rendir cuentas a aquellos que pudiera interesarles, no desde el sitio del acreedor sino más bien desde el que busca fiduciarios para su emprendimiento.
Dejé la costumbre y ahora se me aparece otro final de año con ganas de rescatarla. Ya el propio mail fue perdiendo terreno, imponiéndose las redes que parecen capturarlo todo: uno, dos, varios peces. Entonces recapitulo y observo lo que hay: un tono de ensayo al cual no le daba importancia, la permanente reflexión y alguna que otra viñeta irónica. Digo que arrastro firme la idea de concretar una serie de escritos sueltos en formato cuento con el tema común de la radio (varios ya fue escritos, aunque esperen chapa y pintura) y una novela ambientada en una milonga tanguera (ahora que reaparece también Lautrec puedo pensar que no es casual esos ambientes de bailarinas y cabarets de la Francia de finales del siglo XIX para la revitalización de esa idea).
Como anda dormitando un blog al que le puse Praga Portátil lo reactivaré al ir subiendo a lo largo de este diciembre esos escritos garabateados con mayor o menor fortuna durante este gentil 2014. Los acompañaré de forma arbitraria con alguna canción que también fue compañera durante los doce meses. Para unir ambas aficiones le daré forma de long play, compaginando en diez escritos (buen número), cinco por lado, no más de cuarenta minutos de duración, el resumen venidero.
Mientras tanto y posteriormente, seguiré escribiendo al pasar en un cuaderno de tapas azules, como en aquella novela de Marechal, o en la cabeza, como una melodía.