Hay alguien que no está. Parece natural y al notar que todo alrededor se torna
cobrizo, uno no hace más que preservarse, aunque sin dejar de mostrarse. Que
te diga que estoy angustiado no significa que debas verme llorar a todo momento, pensé sonriendo, mientras buscaba con la mirada un rostro distante arriba del colectivo. Un rostro, sin
embargo que me motive a confiar, sin sobreactuar compromiso con pose combativa full time and all night long.
Mientras tanto, un alguacil vigila mi despedida. No sé por donde, ni sé
si cazarlo de las alas, dudando, desde ya, que sea fácil. Miro un reloj sobre la espalda
blanca de una estatua de yeso para corroborar que ya es hora de ir hacía algún
lugar. A lo mejor podre encontrar una caleta o un trasatlántico. O la certidumbre de
considerar triunfo a toda seguidilla de buena voluntad y constancia. Sigo (como
desde el principio) respetando a las cisnes para que no me canten de prepo,
duendes no reconocidos o sirenas naif, con los ojales cada vez más coléricos. Donde descansan las palmeras, caducan sacristías de marfil, dijo el poeta antes de cresparse como un gato.
Un
perro ladra (como desde el principio, mezcla entrañable de bucanero y Oriente
Expreso) a los tobillos de un cartero presuroso y violeta. Se cierran los
toldos de una casa de ropa, ensombrecida por los postres. Un salto veloz para
cruzar de una vereda a otra atravesando el asfalto mojado. Al lado del
quilombo y detrás de un vidrio, descansa (por no poder hacer otra cosa) con
resignación, un sereno y su camisa color crema. Ahora que el dossetentaytres
para en todas... no es que antes no paraba en todas, señora, ocurre que los
habitantes de esta ciudad sabían ignorar ciertos refugios para amucharse
debajo de un polietileno, bien juntos, corroborando lo autentico o lo
falso de una moneda de cincuenta guitas. En simultaneo, chumba ferozmente el
titular desde una esquina, que nos habla de nosotros; las rotativas desde
redacciones propias pregonan lo reiterado y el papel prensa ya no mancha los
dedos: los lastima o los acaricia. Pero esto es solo
eso, faltan muchas cercanías y
encuentros, no temerle al amor y demoler epifanías añejas para consagrar las
nuevas. A fin de cuentas: los
libros se agotan cuando el que los escribe ya no nos lo puede leer, sentencia otro poeta, aprendiz de Mandrake.
Apunte
de pesquisa para amantes ansiosos o escribas inescrupulosos. Puede tomarse como
obsequio de tránsito, aunque admite una módica contribución; lo que no es de
corazón autoriza la mueca protocolar para suicidas esporádicos. Que caminan,
entre los trabajos que dejan atrás a los hombres, entre ellos la gerencia de
programación del canal lata y la dirección técnica del Deportivo Cabezazo.
Lo que nos inquieta nos mantiene vivos, sorteando ojivas y tecnologías. El próximo encuentro será en una suite con vista al suelo. Así que, a partir de
ahora, sería conveniente que comencemos a demorar la resolución de los enigmas,
con sonrisas o sin sonrisas, simplemente siguiendo los compases adamascados de
una milonga eterna que a la vez es guía, para todo aquel que tenga ganas de
oírla.
Con eso parece suficiente, por hoy, solo por hoy.