jueves, 27 de agosto de 2015

OYENTES (RADIO XIII)

El que hacía payadas con los sueños de la quiniela. El que miraba siempre sin comprender. El que se excusaba con la lluvia. El que dejaba pasar casi todos los trenes. El que se moría de risa con los estornudos. El que aparentaba menos de lo que tenía. El que temía por un dolor persistente en la ingle. El que había sido moldeado por la industria. El que dormía poco pensando en las personas que lo olvidaron. El que come mucho. El que se levanta culposo. El que toma merca para componer un personaje. El que vive en base a chicanas. El que revisa aburrido la biblioteca. El que nunca se sintió tan magnánimo. El que rara vez piensa en silencio. El que no duda que tiempo es dinero. El que conjetura con relámpagos. El que aporta poco al fisco. El que corrobora que el trabajo lo dignifica. El que celebra las ocurrencias ajenas. El que consolidó una dieta a base de cereal. El que apoya un vaso contra la pared. El que pone el celular debajo de la almohada. El que se está quedando ciego. El que detesta que ex siga siendo tan linda. El que busca un calendario en el bolsillo. El que no decide a irse en definitiva. El que se sabe de memoria los recorridos de los bondis de la metrópoli. El que juega fuerte con cartas negras. El que ameniza una espera con un jueguito frutal. El que adolece de voluntad. El que se palpa la médula por tic. El que presiente un tiempo bueno. El que escribe letanías. El que viajó pocas veces. El que entra a una iglesia una vez por semana. El que atesora estampillas. El que tuvo un surmenage sin saber lo que eso significa. El que confunde las cosas. El que se habituó a la desconfianza. El que deja sin prender el último botón de la camisa. El que ahuyenta a los gatos ajenos. El que se cree un cretino. El que ambiciona herencias. El que canta como Pavarotti en la ducha. El que no teme ni a las películas de terror. El que se sincera cuando se emborracha. El que abraza por excepción. El que preferiría no hacerlo. El que cuenta perfecto de atrás para adelante...
El (oyente) que los conoce a todos ellos (oyentes) por la radio.

jueves, 13 de agosto de 2015

CODIGO BINARIO

(El domingo 12 de agosto de 2007, abrumado por otro intento vano de relación sentimental, Miguel Angel Bertoni escribió de un tirón la siguiente proclama. Su destinataria, o sujeta tácita, creemos que es Etelvina Garrido, una joven empleada de Pago Veloz, con la cual logró establecer una conversación favorecida por algunas personas en común y el equivoco de una factura atrasada de gas.
Consultado sobre esta relación, Bertoni sólo atino a decir que se encontraba en el catalogo de las inconsistencias, remarcando con cinismo una de las frases del escrito: ¿Por qué ponerle inteligencia -y psicoanalisis- a lo que,de antemano, se entrevé como un fracaso rotundo?)

            Que detestes que por las noches me duerma oyendo emisoras de amplitud modulada, puedo llegar a comprenderlo. Que quieras buscar coincidencias donde ya no las hay, me cuesta más. Ni que decir de las veces que te quedas callada pretendiendo que adivine lo que pensás, casi siempre toreando a la lógica. Y cuando te invito a salir después de un tiempo que por qué no lo hice antes o si te queda divina esa blusa roja, es porque las prendas anteriores no realzaban tu figura. No debería tratarse de dar todo el tonto tiempo explicaciones, pero las más de las veces resulta así y hay que encontrar un código binario para descifrar la convivencia. Algunos lo llaman histeria o gataflorismo, sin más. Prefiero salir de cualquier etiqueta, ya sea para describir un comportamiento humano o una filiación política. Quizás sea lo más incorrecto, aunque no deje de ser un desafío, como arrojar una piedra en el medio del lago para quedarse viendo las ondas, con la boca abierta, sintiendo en el pecho un cosquilleo de fervor.
Sí, sí, prefiero que hablemos, aunque ya no comportamos idéntico lenguaje, aunque opte por esquivar las explicaciones en pos de un discurso menos pensado, menos racional. Lo hiciste o lo dejaste de hacer, y ya, no siempre a la misma hora se ladean las flores de un ombú o dejan caer sus hojas las parras estacionarias. ¿Por qué ponerle inteligencia a un fracaso? Las diferencias nos movilizan durante una parte del día, pero el día o la jornada, si te gusta más, es extenso (o extensa); puede que sea más largo para un operario fabril que para un empleado de una prestamista, no se trata de comparar para confundir: he visto matrimonios (no pongas esa cara de horror a lo Almodóvar, puedo verla) sin fingir consultándose hasta la medida del largo de las uñas, los proyecto veinticuatro horas, no dejan de recordar sus virtudes, no se apoltronan, tal vez tengan espíritus de edecanes, siendo la sombra del amado o adoren las lisonjas.
A nosotros definitivamente no nos sale. Los espíritus deben haber salido de academias distintas, haciendo la salvedad de lo suficiente que nos queremos. La telepatía sería un buen camino para llegar al entendimiento, pese a que ahorraríamos aquello que nos falta: palabras simples, sin tecnicismos, sin reproche para quebrar los fastidios irreverentes.

Cruzando la calle hay un terapeuta. Dando vuelta a la esquina, hay otro. Si llegamos a encontrarnos por ahí, que sea en la vereda:no quiero ver su cara complacida al ofrendarle nuestra pequeña ruina cotidiana.


sábado, 1 de agosto de 2015

ACTO CREATIVO/ DIARIOS (protoensayo)


            “El arte de concepto es ante todo un arte cuyo material son los conceptos, como el material de la música es el sonido, Dado que los conceptos están íntimamente relacionados con el lenguaje, el arte de concepto es un tipo de arte cuyo material es el lenguaje”.                 Flynt, Henry

            En un año transcurren infinidad de hechos, pero sólo una fracción de ellos son representativos, particularmente por su condición inedita o extraordinaria. A la sazón, acorde a una perspectiva antologica no es necesario acumular una a una las páginas de los periódicos. La repetición atenta contra la novedad: es lo que diferencia un trabajo administrativo de uno creativo.
            Impresionado por la cantidad de papel puesto en la calle (cuánto sacará por kilo el que se lleve cada bolsa de nylon que dejo al costado del poste de basura. ¿Setenta, ochenta centavos? ¿Llegará al peso en algún momento?) se me dio por recordar cómo había empezado la acumulación. Tuve imágenes de los seis años cuando en primer grado comenzaba a competir: un mero incentivo para la lectura incipiente. Había dos cartulinas pegadas en el aula y a cada uno le tocaba una fila para ir completando con cruces a razón de cumplir con el deber. Eran dos cartulinas: una de lengua, otra de matemática. La primera se llenaba por cada noticia del diario llevada a la señorita Ana María con el fin de compartirla con el resto; la segunda, tenía como requisito hacer bien cinco cuentas. La cuestión es que, ya miope, había encontrado la veta de llevar el recorte de una sección de noticias insólitas del mundo publicadas en El Día, que por aquel tiempo llegaba todos los días a casa. Serían no más de seis párrafos de la Agencia Reuters que se destacaban por su gracia. En esos días, afianzado en el desafío, no era novedad que al pasar la lista cumpliera con alguna historia, como la del hombre que perdió su ojo de vidrio, que compensaba las cifras erróneas de una suma o resta. Cuando se completaron las columnas hasta el límite impuesto por la cartulina, resulte ganador junto a un amigo, que supo hacer lo suyo con los números. Hay una foto que nunca vi revelada con él y la señorita, sonrientes, mostrando un ventilador portátil, de mano, a modo de premio.
            Como dije El Día estaba siempre. Una noche observé el nombre de un caballo. Se llamaba Rock nacional, un matungo que corría Leandro Galdeano, aprendiz todavía. A partir de ahí se volvió hábito escribirle tres o cuatro ganadores a mi madre para que los juegue durante su trabajo. Llegaron a ser siete, antes de un ataque de rabia después de ver las carreras por Crónica que me hizo encerrar en la pieza sin cenar ni saludar antes de dormir. Ya era más grande comparado a cuando me pavoneaba  con notitas recortadas, de color, constante en el metier.
            Todos esos diarios de la época de Menem se tiraron enseguida. No se me cruzaba la posibilidad de guardarlos, sólo fue un Clarín, objeto extraño que, al lado de El Día, era ejemplar: gordo, con colores y suplemento de Espectáculos con despliegue. Además, cómodo de leer. Para qué quería saber lo que pasaba en La Plata, ciudad que por entonces perdía por demolición comparada con Mar del Plata. “Se mató Yabrán”, fue el titular en primera plana que inició todo: ¿Qué me hizo conservar ese número de mayo de 1998, cuando ya era lector contumaz de la prensa, pero sólo lector? ¿Qué nervio encordó el tono de almacenador furioso? ¿A qué aspiré este tiempo guardando esos suplementos-curro de Salud, Universidades Privadas, marcas caras y lugares para vacacionar? ¿Confiaba, acaso, en la huella original de los días, en que los sueldos de los docentes, cuestiones de luz y agua en verano, el conflicto entre palestinos e israelíes, la vacuna del HIV, la ola de frío, los cambios de precios y demás cuestiones serían flor de un día, apenas un cuadro en un fotograma de infinitos planos? Si hasta las tragedias se repiten y lo extraordinario parece programado para vender algún periódico más, tal vez (digresión: Las muertes célebres siguen siendo un buen recurso, mayor aún que el campeonato del equipo por el que se hincha. Un Mundial de fútbol puede equiparar en trascendencia… o una bomba nuclear, diría un conocedor).
            Después irrumpió Página 12 y la manía de guardarlo entero por su formato incómodo para recortar. Un diario que nunca gustó en casa: a mamá porque le removía malos recuerdos; a papá, porque no traía suplemento deportivo, ni nada prácticamente. Se leía como un prospecto de cualquier pastilla, por arriba, indicaciones precisas y chau; el Clarín siempre fue más ganchero por las fotos, pensaba entonces, cuando uno apenas destaca lo que es pura publicidad dirigida a un posible ciudadano argentino diferente al de La Nación, que si uno lo lee desde arriba lo más probable es que lo empujen los que ya están instalados allí.

II
            ¿Será sinónimo de vejez o de madurez tener certeza que no todos los hechos valen la pena? Que se repiten, que siempre lo mismo, que no tiene arreglo (el ser humano o “el país”), que si no se distingue entre lo estructural y lo coyuntural se incrementan las chances de ahogarse en la abundancia. Sí, esto ya lo vi: mejor darle poca importancia, considerarlo y chau, se volverá a imprimir en cinco o diez años, como aniversario redondo.
            Si después, encima, una inundación arrasa, para qué acumular tanto papel barato, ni que fueran granos de trigo refugiados del fisco. ¿En pos de infinidad de lectores que se interesen por lo que decididamente recortó, innumerables atardeceres de una vida grisácea? Que se interesen, aparte, por buscarlo en ochocientas bolsas de nylon un texto vulgar que ya circula por Internet. Claro, pero se disfruta con el acopio, con saberse archivador, montañas de papel muertas que seguirán siendo caudalosas aún con la titánica reducción del 40%. Lógicamente, siempre y cuando, no sobrevenga algo y lo arrase.

III
            Antología, esa es la palabra.
            Lo que hacía particular al artista plástico japonés On Kawara era dejar constancia del tiempo y el espacio en sus obras. Esta idea pondría en crisis mi exposición anterior, debido a que los hechos pueden repetirse pero resultan únicos porque ocurren en un momento irrepetible de la historia. Un corte de luz del verano de 1999 en Parque Chás no es igual a un corte de luz en el verano de 2013, en tanto la boleta del consumo (registro documental) posee otros datos que la encadenan a ese momento. Claro que sin esa excepción, bimestre Nov-Dic 1999 o Nov-Dic 2013, puede pasar por idéntico pero no lo es.
            De todas formas, eso es concepto y el arte no necesariamente para si debe valerse de la acumulación. Ergo: no se precisa conservar todas las facturas de luz para exponer una idea o imagen, bastara con esas dos. Lo otro es administración, tarea muy noble y remunerada pero que excede la vocación del presente ensayo. Sigo pensando lo mismo en esta idea. Lo claro es que aquí y ahora sólo interesa desprenderse, reducir a una expresión utilitaria los ríos de tipografía que manchan los dedos y, con los años (más viejos, menos maduros) nos desencanta, nos irrita y nos provoca carcajadas.

            Fetiche, otra palabra válida para una antología posible.