jueves, 13 de agosto de 2015

CODIGO BINARIO

(El domingo 12 de agosto de 2007, abrumado por otro intento vano de relación sentimental, Miguel Angel Bertoni escribió de un tirón la siguiente proclama. Su destinataria, o sujeta tácita, creemos que es Etelvina Garrido, una joven empleada de Pago Veloz, con la cual logró establecer una conversación favorecida por algunas personas en común y el equivoco de una factura atrasada de gas.
Consultado sobre esta relación, Bertoni sólo atino a decir que se encontraba en el catalogo de las inconsistencias, remarcando con cinismo una de las frases del escrito: ¿Por qué ponerle inteligencia -y psicoanalisis- a lo que,de antemano, se entrevé como un fracaso rotundo?)

            Que detestes que por las noches me duerma oyendo emisoras de amplitud modulada, puedo llegar a comprenderlo. Que quieras buscar coincidencias donde ya no las hay, me cuesta más. Ni que decir de las veces que te quedas callada pretendiendo que adivine lo que pensás, casi siempre toreando a la lógica. Y cuando te invito a salir después de un tiempo que por qué no lo hice antes o si te queda divina esa blusa roja, es porque las prendas anteriores no realzaban tu figura. No debería tratarse de dar todo el tonto tiempo explicaciones, pero las más de las veces resulta así y hay que encontrar un código binario para descifrar la convivencia. Algunos lo llaman histeria o gataflorismo, sin más. Prefiero salir de cualquier etiqueta, ya sea para describir un comportamiento humano o una filiación política. Quizás sea lo más incorrecto, aunque no deje de ser un desafío, como arrojar una piedra en el medio del lago para quedarse viendo las ondas, con la boca abierta, sintiendo en el pecho un cosquilleo de fervor.
Sí, sí, prefiero que hablemos, aunque ya no comportamos idéntico lenguaje, aunque opte por esquivar las explicaciones en pos de un discurso menos pensado, menos racional. Lo hiciste o lo dejaste de hacer, y ya, no siempre a la misma hora se ladean las flores de un ombú o dejan caer sus hojas las parras estacionarias. ¿Por qué ponerle inteligencia a un fracaso? Las diferencias nos movilizan durante una parte del día, pero el día o la jornada, si te gusta más, es extenso (o extensa); puede que sea más largo para un operario fabril que para un empleado de una prestamista, no se trata de comparar para confundir: he visto matrimonios (no pongas esa cara de horror a lo Almodóvar, puedo verla) sin fingir consultándose hasta la medida del largo de las uñas, los proyecto veinticuatro horas, no dejan de recordar sus virtudes, no se apoltronan, tal vez tengan espíritus de edecanes, siendo la sombra del amado o adoren las lisonjas.
A nosotros definitivamente no nos sale. Los espíritus deben haber salido de academias distintas, haciendo la salvedad de lo suficiente que nos queremos. La telepatía sería un buen camino para llegar al entendimiento, pese a que ahorraríamos aquello que nos falta: palabras simples, sin tecnicismos, sin reproche para quebrar los fastidios irreverentes.

Cruzando la calle hay un terapeuta. Dando vuelta a la esquina, hay otro. Si llegamos a encontrarnos por ahí, que sea en la vereda:no quiero ver su cara complacida al ofrendarle nuestra pequeña ruina cotidiana.


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