(El domingo 12 de agosto de 2007, abrumado por
otro intento vano de relación sentimental, Miguel Angel Bertoni escribió de un
tirón la siguiente proclama. Su destinataria, o sujeta tácita, creemos que es
Etelvina Garrido, una joven empleada de Pago Veloz, con la cual logró
establecer una conversación favorecida por algunas personas en común y el equivoco
de una factura atrasada de gas.
Consultado sobre esta relación,
Bertoni sólo atino a decir que se encontraba en el catalogo de las
inconsistencias, remarcando con cinismo una de las frases del escrito: ¿Por qué ponerle
inteligencia -y psicoanalisis- a lo que,de antemano, se entrevé como un fracaso rotundo?)
Que
detestes que por las noches me duerma oyendo emisoras de amplitud modulada,
puedo llegar a comprenderlo. Que quieras buscar coincidencias donde ya no las hay,
me cuesta más. Ni que decir de las veces que te quedas callada pretendiendo que
adivine lo que pensás, casi siempre toreando a la lógica. Y cuando te invito a
salir después de un tiempo que por qué no lo hice antes o si te queda divina
esa blusa roja, es porque las prendas anteriores no realzaban tu figura. No
debería tratarse de dar todo el tonto tiempo explicaciones, pero las más de las
veces resulta así y hay que encontrar un código binario para descifrar la
convivencia. Algunos lo llaman histeria o gataflorismo, sin más. Prefiero salir
de cualquier etiqueta, ya sea para describir un comportamiento humano o una
filiación política. Quizás sea lo más incorrecto, aunque no deje de ser un desafío, como arrojar una piedra en el medio del lago para quedarse viendo las
ondas, con la boca abierta, sintiendo en el pecho un cosquilleo de fervor.
Sí, sí, prefiero que hablemos, aunque
ya no comportamos idéntico lenguaje, aunque opte por esquivar las explicaciones
en pos de un discurso menos pensado, menos racional. Lo hiciste o lo dejaste de
hacer, y ya, no siempre a la misma hora se ladean las flores de un ombú o dejan
caer sus hojas las parras estacionarias. ¿Por qué ponerle inteligencia a un
fracaso? Las diferencias nos movilizan durante una parte del día, pero el día o
la jornada, si te gusta más, es extenso (o extensa); puede que sea más largo
para un operario fabril que para un empleado de una prestamista, no se trata de
comparar para confundir: he visto matrimonios (no pongas esa cara de horror a
lo Almodóvar, puedo verla) sin fingir consultándose hasta la medida del largo
de las uñas, los proyecto veinticuatro horas, no dejan de recordar sus
virtudes, no se apoltronan, tal vez tengan espíritus de edecanes, siendo la
sombra del amado o adoren las lisonjas.
A nosotros definitivamente no nos
sale. Los espíritus deben haber salido de academias distintas, haciendo la
salvedad de lo suficiente que nos queremos. La telepatía sería un buen camino
para llegar al entendimiento, pese a que ahorraríamos aquello que nos falta: palabras
simples, sin tecnicismos, sin reproche para quebrar los fastidios irreverentes.
Cruzando la calle hay un
terapeuta. Dando vuelta a la esquina, hay otro. Si llegamos a encontrarnos por
ahí, que sea en la vereda:no quiero ver su cara complacida al ofrendarle
nuestra pequeña ruina cotidiana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario