“La
torre de agua” de Frank fue un fracaso comercial y casi lo deja afuera del
circuito. Por suerte, tenía buenos amigos, no dejó de ser “La voz” y hoy sus
canciones hacen sonreír a cualquiera, aún en los momentos más duros, como aquella vez que te surcaron los nervios al imaginar a tu padre preso: ¿Pensaste, de veras, que podía
pasarle eso? Le bastaba esmerarse un poco nomás para evitar toda conexión con
jeringas y chanchadas así[1].
Preso ni en ciencia ficción. El honor de una familia siempre pesa más: podrías,
sempiterna, pasear por Maroñas o San Isidro con tu vestido holgado y anteojos
negros. Viendo correr a los caballos se aprende más sobre los sentimientos que
con cualquier tradición bilingüe.
Esa misma tarde, habían contado la fábula
de una empleada de banco divina que se convirtió en reina por los buenos
oficios de una amiga y una madre obediente. Que no se preocupe, la consolaron
rozandole el hombro, que los padres parecen empecinados en empañar un destino:
sean funcionarios de dictaduras o propietarios de equinos con victorias
dudosas. Sonreías para adentro, sin perder gracia, mientras por tu cabecita
sonaba debilmente una campana que jamás era de largada. Las fábulas, además,
hablaban de otros caminos, más normales menos pesados, como hacer un picnic en
la luna, rodeada de espejos, sin padres astronautas flotando alrededor. Pudo
haber sido por vía bucal o sanguínea, allí residía la dureza de la pena
hipótetica. Los brutos dirán, con malicia, que viene de familia de desleales,
faloperos y ella tendría que sentarse a modelar día a día su propio honor. O
elegir el camino de la simulación: virtud de escatimar poco.
A
su cuerpo armónico le sería raro endurecerse. Encresparse, imitando a un gato entre
los caballos: quién sabe cual ha de llegar primero y de qué modo caerán las sospechas
entre ciertas amistades voraces. Consumen cuando hay que consumir; llegan
siempre tarde, pero no dejan de sonreír, de contar sus últimas hazañas:
conquistas, negociados, arrogancias. De algún modo, ella también aprendió un
poco, un dado de apariencia, entrelazado sin fatigarla, en la comisura precisa
de la boca, chanchada.
[1] El
escrito estaba acompañado por dos recortes de noticias cuyos títulos eran: Agarraron a un cuidador jeringueando a un
caballo y Lo agarraron jeringueando. Ambas, recuadros pequeños, sin foto ni otro elemento que llamase la atención, más
que el título en letra imprenta rojiza.