viernes, 9 de mayo de 2014

LA SIMULADORA (II)



            “La torre de agua” de Frank fue un fracaso comercial y casi lo deja afuera del circuito. Por suerte, tenía buenos amigos, no dejó de ser “La voz” y hoy sus canciones hacen sonreír a cualquiera, aún en los momentos más duros, como aquella vez que te surcaron los nervios al imaginar a tu padre preso: ¿Pensaste, de veras, que podía pasarle eso? Le bastaba esmerarse un poco nomás para evitar toda conexión con jeringas y chanchadas así[1]. Preso ni en ciencia ficción. El honor de una familia siempre pesa más: podrías, sempiterna, pasear por Maroñas o San Isidro con tu vestido holgado y anteojos negros. Viendo correr a los caballos se aprende más sobre los sentimientos que con cualquier tradición bilingüe. 
          Esa misma tarde, habían contado la fábula de una empleada de banco divina que se convirtió en reina por los buenos oficios de una amiga y una madre obediente. Que no se preocupe, la consolaron rozandole el hombro, que los padres parecen empecinados en empañar un destino: sean funcionarios de dictaduras o propietarios de equinos con victorias dudosas. Sonreías para adentro, sin perder gracia, mientras por tu cabecita sonaba debilmente una campana que jamás era de largada. Las fábulas, además, hablaban de otros caminos, más normales menos pesados, como hacer un picnic en la luna, rodeada de espejos, sin padres astronautas flotando alrededor. Pudo haber sido por vía bucal o sanguínea, allí residía la dureza de la pena hipótetica. Los brutos dirán, con malicia, que viene de familia de desleales, faloperos y ella tendría que sentarse a modelar día a día su propio honor. O elegir el camino de la simulación: virtud de escatimar poco.

         A su cuerpo armónico le sería raro endurecerse. Encresparse, imitando a un gato entre los caballos: quién sabe cual ha de llegar primero y de qué modo caerán las sospechas entre ciertas amistades voraces. Consumen cuando hay que consumir; llegan siempre tarde, pero no dejan de sonreír, de contar sus últimas hazañas: conquistas, negociados, arrogancias. De algún modo, ella también aprendió un poco, un dado de apariencia, entrelazado sin fatigarla, en la comisura precisa de la boca, chanchada.





[1] El escrito estaba acompañado por dos recortes de noticias cuyos títulos eran: Agarraron a un cuidador jeringueando a un caballo y Lo agarraron jeringueando. Ambas, recuadros pequeños, sin foto ni otro elemento que llamase la atención, más que el título en letra imprenta rojiza.

jueves, 8 de mayo de 2014

LA SIMULADORA (I)


      La conocí en el Hipódromo de Maroñas. Por esos días, el pronóstico anunciaba lluvias sin interrupción. Ella llevaba un sobretodo fino que combinaba con la camisa clara de su padre, ambos se ubicaban en una de las mesas de la confitería que daba a la pista. Venían desde otro lugar, creo que de Montevideo aunque pudo ser desde San Isidro. Ahora dudo y no es algo que me perturbe para relatar, porque lo más importante de una persona no es su procedencia, sino su carácter.

    Como familia noble de padrillos podían sentir tranquilidad. La descendencia garantizaba grandes premios y ventas al exterior. Una de las últimas veces que conversamos me enrostró que tenía la misma torpeza que un sultán al momento de conquistarla. ¿Había algo de cierto en eso? “El hombre que no tiene nada cree que la mujer codicia su soledad. El que lo tiene todo, al revés”. Grave error, dijo después sonriendo con la forma de una curva prolija de su boca. Resultaba indefinido y engorroso pretender algo honesto en su forma de ver, que se acercara a una idea propia. La fanatizaba tocarse las puntillas de raso de las mangas casi tanto como ver a su padre festejar que su producto cruzara primero el disco. A pesar de esa alegría, nunca entendió bien el juego. A pesar o por ello, mejor dicho.

      La paz de la familia es una de las cosas que más se ambiciona cuando resta decidir la madera personal. Ahí ya sos individuo, con una herencia para presumir tal vez: vieron desde potrillos a los alazanes de los que habla el país, conocen a tenientes y funcionarios con estómagos grandes, tienen casas en el campo para los domingos y amplias caballerizas al costado de una ruta. Sin embargo, siempre hay quien se aburra de tanto caudal y quiera hablar con un pobre transcribidor de anécdotas, aunque sin colocar jamás el lazo sobre la mesa.

      Marcas humanas, tics, gestos, modos de correr que no pueden sustraerse por capricho. Se me ocurrió pensar que se trataba de una simuladora, sólo para dotar de mayor fantasía a mis visitas al Hipódromo. Ella con sus palabras medidas comprobaba una rutina  que la excedía: acompañar a su padre a ver correr a los ejemplares que algún antecesor comenzó a tratar con amor, un cariño que ella retaceaba a sus queridos sólo para embeberse de falsa prestancia. Los jockeys se ríen cuando necesitan hacer poco para ganar: pegar lo menos posible, no sofrenar, subir a la balanza sin esfuerzo. Es lo mismo que ir de visita, aunque sabiendo que se cumple con un propósito personal.

        Jamás había visto con tanta claridad la ligazón entre sus tobillos y las ancas de la que nunca fue no placé. Quedarán olvidos hasta cruzar el disco definitivo y esto que transcribo continua después del paseo.