La conocí en el Hipódromo de Maroñas. Por esos días, el pronóstico anunciaba lluvias sin interrupción. Ella llevaba un sobretodo fino que combinaba con la camisa clara de su padre, ambos se ubicaban en una de las mesas de la confitería que daba a la pista. Venían desde otro lugar, creo que de Montevideo aunque pudo ser desde San Isidro. Ahora dudo y no es algo que me perturbe para relatar, porque lo más importante de una persona no es su procedencia, sino su carácter.
Como
familia noble de padrillos podían sentir tranquilidad. La descendencia
garantizaba grandes premios y ventas al exterior. Una de las últimas veces que
conversamos me enrostró que tenía la misma torpeza que un sultán al momento de
conquistarla. ¿Había algo de cierto en eso? “El hombre que no tiene nada cree
que la mujer codicia su soledad. El que lo tiene todo, al revés”. Grave error,
dijo después sonriendo con la forma de una curva prolija de su boca. Resultaba
indefinido y engorroso pretender algo honesto en su forma de ver, que se
acercara a una idea propia. La fanatizaba tocarse las puntillas de raso de las
mangas casi tanto como ver a su padre festejar que su producto cruzara primero
el disco. A pesar de esa alegría, nunca entendió bien el juego. A pesar o por
ello, mejor dicho.
La
paz de la familia es una de las cosas que más se ambiciona cuando resta decidir
la madera personal. Ahí ya sos individuo, con una herencia para presumir tal
vez: vieron desde potrillos a los alazanes de los que habla el país, conocen a
tenientes y funcionarios con estómagos grandes, tienen casas en el campo para
los domingos y amplias caballerizas al costado de una ruta. Sin embargo, siempre
hay quien se aburra de tanto caudal y quiera hablar con un pobre transcribidor
de anécdotas, aunque sin colocar jamás el lazo sobre la mesa.
Marcas
humanas, tics, gestos, modos de correr que no pueden sustraerse por capricho.
Se me ocurrió pensar que se trataba de una simuladora, sólo para dotar de mayor
fantasía a mis visitas al Hipódromo. Ella con sus palabras medidas comprobaba
una rutina que la excedía: acompañar a
su padre a ver correr a los ejemplares que algún antecesor comenzó a tratar con
amor, un cariño que ella retaceaba a sus queridos sólo para embeberse de falsa
prestancia. Los jockeys se ríen cuando necesitan hacer poco para ganar: pegar
lo menos posible, no sofrenar, subir a la balanza sin esfuerzo. Es lo mismo que
ir de visita, aunque sabiendo que se cumple con un propósito personal.
Jamás
había visto con tanta claridad la ligazón entre sus tobillos y las ancas de la
que nunca fue no placé. Quedarán olvidos hasta cruzar el disco definitivo y
esto que transcribo continua después del paseo.
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