viernes, 27 de diciembre de 2013

GRAN CANTAUTOR (RADIO I)

¡ Oh! ¡qué placer! no pienso más en vos y no duele.
La cicatriz  que podía haber quedado, por arte de magia, se evaporó,
como se velaron nuestras fotos
(de alguna vacación en Claromecó o un paseo remanido por la Capital).
Ni recuerdo por qué dejó de ser, como dejó de entretenerme
la molestia que te generaba cada noche
(o, cielo santo, unos inoportunos mensajes de texto
sin acento para ahorrar caracteres).
Ahora, no creas, sigo haciendo crucigramas, rascando barriga,
caminando loco enojado y creyendo que soy
EL GRAN CANTAUTOR...
El más sentido, el que puede escribir estos versos blancos,
su blood on the tracks, pero con menos sangre
que un consul implicado en un no se qué de aduanas.
Espejos dividen o multiplican entusiasmos:
tanto tango aprendido para recaer
en un incondicional del bolero blando, pena decorativa..
Show de adjetivos: en un bar muerto destrozan mi hombría,
el parlanchín,el filtrado, comesaña, el gordo abel
y el comandante de shopping.
Ahora se le da por Lucho Gatica o la Guillot, todo por la maldita radio
que no lo deja dormir como un bebé y al mediodía parece un bobo.
(lo debe haber dicho el comesaña y su campari)
Y yo que juro con ojos ardorosos que de vos casi seguro que me olvidé
(¿acaso te llamabas solamente María o Esthercita?)
o al menos no te tengo en pensamientos diarios, a la usanza de
estadísticas, declaraciones, meteorología,formaciones, salud... 
¿qué? ¿si fuera feliz no escucharía radio?
¿escribiría jingles en vez de canciones?
Aprenda a lavar su ropa, con este, el mejor jabón que existe,
más que federal, internacional.
Blanco, blanco, cual si fueran versos, verbos,
pretérito del olvido: pude enhebrar abrazo desnudo, 
partido después por el acontecer. O vete a pasear solo
que en esta tierra se indulta cualquier acto menos la soledad de un hombre..
Baqueano, preestablecido, adscripto a encierro con la cucha vacía
a los pies de otra cama:
(¿fue por mucha luz que se velaron nuestra imagenes triviales?
El mejor pacto, el silencioso, no cruzar más miradas ni calles identicas.
Voy a componer una nueva canción  sobre drogas y asepsia:
Lo que necesitás es cambiar bastante de recuerdos,
apuñalar la nostalgia, sacar al viento las miserias,
rechazar brindis en vano, quitar a Dylan de tus favoritos.
Humo que se propaga por las emisoras de radio: a trompadas voy a creerme
lo del gran cantautor, sólo por creer que puedo pensar en lo que no duele.







sábado, 21 de diciembre de 2013

PARQUE RIVADAVIA




            Tuve una sensación de inmensidad y, a la vez, de finitud, la primera vez que fui al Parque Rivadavia. La comparé con la que sentí de niño leyendo la página fúnebre del diario y, de adolescente, las notas sociales.

            Pese a una total o cierta falta de pertenencia, noté como la vida material se escurría. Infinidad de libros con subrayados o notas laterales, revistas gastadas que, alguna vez, se adquirieron como novedad. El destino es desecharlas, acumuladas en un puesto rotoso y triste, compradas a menos de diez pesos el kilo.

            Es también la incapacidad de rozar apenas con la mirada cientos de páginas que con gusto recibiríamos. Esa carencia lógica encubre la fortuna de lo que sí llega a nuestras manos: este libro que ayer ignorábamos leer y que, ya mismo, terminó por darle paso a otro de los cientos posibles. Pasa con los objetos que se convierten en fetiche; incluso con las personas: dentro de todas las extrañezas, algunas se hacen más cercanas que otras, pero cómo saberlo de antemano. Acaso por intuición, palpito, necesidad voraz de aprovechar cada uno de los encuentros, tornando en caridad una afinidad inevitable que, además, puede ser fugaz o engañosa.

            De pronto, descansaba de ver la centena de puestos. Comía una manzana frente al monumento de Bolivar, inmensamente iluminado por el sol de una tarde a fines de verano. A lo lejos, se oían las notas en falso de una banda ignota en un acto pobre del Partido Obrero. Al lado, en ese bloque de cemento que oficiaba de banco, se ubicó un señor, de polera gris y boina clara. En vez de preguntarle por una orientación que me sería útil, ensimismado, opté por sacar un mapa del morral. En él, la línea E de subte no existía aún. Lo desplegué en el aire, ocultando a dos pibes que pateaban una pelota, un borde y el otro compartido con lo que quedaba de la manzana. En sí, no buscaba ninguna señal: sabía que lo próximo sería ir hacia la terminal. Era inútil cualquier pregunta o apreciación, más no fuera para establecer uno de los infinitos y breves contactos.

            Pero, en el fondo, ese señor estaba fuera de mi posibilidad, por más próximo que estuviera. O quizás lo estaba como una de las señoras de familia de la Parroquia del Socorro o de los que se juntan a tomar te galés para acompañar a sus señoras del Círculo de Damas[1]. Quien sabe. Lo más fácil hubiera sido hablar dos palabras, con lo que eso implica. Apenas dos o cuatro o seis palabras de las cientos de miles: vulgares, recurrentes, anodinas cuando se tratan de desconocidos (¿en qué momento dejan de des-conocerse?).

            Como esas lecturas infantiles, maníqueas de Billiken, llenas de polvo, administradas por las hermanas de un matrimonio que vive de vender, a la larga, porquerías. Papeles viejos, abrochados, o manuales de estudio requeridos por madres apuradas en el puesto equivocado. De las montañas sólo se recuerdan las cimas y las planicies; de la acumulación, su principio y su final. Puede resultar inexplicable el momento de decir basta o hasta acá llegué: caí en la cuenta que el sentido es transitorio, depende de elecciones sesgadas, material incompleto que recala en una mesa de saldos gigante.

            Tuve una recorrida por senderos, parque adentro. Distraí la mirada por una joven que estudiaba acostada en el pasto. Lo hice indolente, arrastrado por un pulso atemporal. A la vez, porque señor o joven o familia vendedora confluían en un silencio vespertino con leve tránsito de fondo. No me tocaba estar en otro sitio ni ofreciendo viejas revistas, sino apenas contemplando, con bruma en la memoria: tal vez desde muy chico ya tuve la necesidad de encontrar este extrañamiento.

            Cuando el tren traía mi cuerpo de regreso, seguí devanando la mente en procura de una fórmula o algoritmo que indique un gesto de trascendencia: para no sucumbir ante multitud de objetos, encuadernaciones momentáneas, destinos posibles que, a la corta o a la larga, sucumben. El exotismo de creer en una atracción que se torna indecorosa por su propia razón de regresarnos tal cual llegamos: iletrados.





[1] En la versión original en papel se adjunta un recuadro de “Notas sociales”. De allí las menciones.



viernes, 15 de noviembre de 2013

CON VISTA AL SUELO



      Hay alguien que no está. Parece natural y al notar que todo alrededor se torna cobrizo, uno no hace más que preservarse, aunque sin dejar de mostrarse. Que te diga que estoy angustiado no significa que debas verme llorar a todo momento, pensé sonriendo, mientras buscaba con la mirada un rostro distante arriba del colectivo. Un rostro, sin embargo que me motive a confiar, sin sobreactuar compromiso con  pose combativa full time and all night long.
        Mientras tanto, un alguacil vigila mi despedida. No sé por donde, ni sé si cazarlo de las alas, dudando, desde ya, que sea fácil. Miro un reloj sobre la espalda blanca de una estatua de yeso para corroborar que ya es hora de ir hacía algún lugar.  A lo mejor podre encontrar una caleta o un trasatlántico. O la certidumbre de considerar triunfo a toda seguidilla de buena voluntad y constancia. Sigo (como desde el principio) respetando a las cisnes para que no me canten de prepo, duendes no reconocidos o sirenas naif, con los ojales cada vez más coléricos. Donde descansan las palmeras, caducan sacristías de marfil, dijo el poeta antes de cresparse como un gato.
        Un perro ladra (como desde el principio, mezcla entrañable de bucanero y Oriente Expreso) a los tobillos de un cartero presuroso y violeta. Se cierran los toldos de una casa de ropa, ensombrecida por los postres. Un salto veloz para cruzar de una vereda a otra atravesando el asfalto mojado. Al lado del quilombo y detrás de un vidrio, descansa (por no poder hacer otra cosa) con resignación, un sereno y su camisa color crema. Ahora que el dossetentaytres para en todas... no es que antes no paraba en todas, señora, ocurre que los habitantes de esta ciudad sabían ignorar ciertos refugios para amucharse debajo de un polietileno, bien juntos, corroborando lo autentico o lo falso de una moneda de cincuenta guitas. En simultaneo, chumba ferozmente el titular desde una esquina, que nos habla de nosotros; las rotativas desde redacciones propias pregonan lo reiterado y el papel prensa ya no mancha los dedos: los lastima o los acaricia. Pero esto es solo eso,  faltan muchas cercanías y encuentros, no temerle al amor y demoler epifanías añejas para consagrar las nuevas. A fin de cuentas: los libros se agotan cuando el que los escribe ya no nos lo puede leer, sentencia otro poeta, aprendiz de Mandrake.
        Apunte de pesquisa para amantes ansiosos o escribas inescrupulosos. Puede tomarse como obsequio de tránsito, aunque admite una módica contribución; lo que no es de corazón autoriza la mueca protocolar para suicidas esporádicos. Que caminan, entre los trabajos que dejan atrás a los hombres, entre ellos la gerencia de programación del canal lata y la dirección técnica del Deportivo Cabezazo. 
        Lo que nos inquieta nos mantiene vivos, sorteando ojivas y tecnologías. El próximo encuentro será en una suite con vista al suelo. Así que, a partir de ahora, sería conveniente que comencemos a demorar la resolución de los enigmas, con sonrisas o sin sonrisas, simplemente siguiendo los compases adamascados de una milonga eterna que a la vez es guía, para todo aquel que tenga ganas de oírla.
        Con eso parece suficiente, por hoy, solo por hoy.


LEOPOLDO, UNA INTRODUCCIÓN

I

Leopoldo espera en el vano de la puerta hasta que se acerca la secretaría, con una sonrisa sedada y lo acomoda (música funcional: irónicamente, la canción más conocida de Gilbert O'Sullivan):

-Pase señor. Los que ve acá serán sus compañeros en la terapia... perdon, no es que vayan a compartir el consultorio con usted, pero si al doctor. Como a usted le toca el último turno del día, está bueno que sepa lo que hubo antes de que entre ¿no le parece? No se trata de cuidar la salud mental de los pacientes solamente eh, sino también de comprender al profesional. Vea...


POSIBLE DILEMA DEL ESCRITOR CACHORRO


            Los perros detrás del alambrado y las persianas que quieren llamar su atención. Mientras tanto, sigo pensando dónde escribiré todo lo que aún me queda, en qué páginas, en qué momento. Hasta cuándo podré mantener la iniciativa en cuestiones de prosa, sin alejarme del todo del quehacer: Prosa o muerte se escribe en las paredes de las entrañas.
            Los perros son como los entredichos o como un cuerpo tirado al sol. Nada más inexplicable, como con la boina calada puesta dijiste: Ya no te quiero, ni quiero leer más nada de lo que escribas. Sea en el idioma que sea, somos como dos continentes lejanos... tengan la ideología que tengan, musité cuando, con ojos tristes, vi sin ambición un cuadrante roto en la vereda. De la época en que fingíamos ser felices recuerdo la promesa hecha por un empleado de obras sanitarias. El agua que perdía ya fue curada al costo de romper la piedra. 
            Miro por la ventana, cosecha de laureles, siluetas veloces de autos en la avenida que hasta hace pocos años apenas estaba iluminada. Digo pocos y en realidad serán veinte o treinta los años, lo mismo da si uno siente que le evolución no llegó ni por asomo a su ombligo, no figura en revistas viejas ni en papeles sueltos donde a los teléfonos le faltan números para completarlos y los nombres de pila se reiteran como extraños. El silencio queda suspendido en los cables que se extienden por toda la cuadra en la ciudad que ya ni pasos ausculta.
            Los perros terminan siendo dadores de algo infinito (aún inexplicables), según el modo de los ecos múltiples de ladridos que jamás culminarán. Poco puede importar si decido dejar de escribir porque sí, porque alguien ordenó que deje de hacerlo o algún otro devaneo de culpa o falsa persecución política. Tarde o temprano llegará impiadosa la resignación: vencerá, dará por tierra al cuerpo, sin inmutarse. Pobre sería si ya los ojos tampoco por la ventana quisieran ver distancias. ¿Vas a escribir todo el santo día haciéndote el interesante que mira la lejanía para inspirarse? Sí, hasta que se me aflojen los dedos o quede ciego, o los dos fenómenos.
            Pensándolo ahora, creo que tendré merecidos ambos. Creo que jamás hice demagogia de cartón, tampoco puse el cuore en el tambor lírico de la Olivetti, no dije con flores en las citas lo que preludian las miradas. Un asco de persona que, quizás abandone un poco, sumido en una convalecencia perpetua. Dígalo con flores, dígalo así, que se sentirá mejor, sonaba como súplica lo que un amigo precoz con cara espiritual dijo mientras manejaba con uno de sus codos apoyado en el borde de la ventanilla.
            ¿Y entonces qué hay de los perros detrás del alambrado? Podremos discutirlo mansamente a la medianoche, pero recomiendo que en el medio vayamos a dormir. Los perros se alterarán igual si las fiestas son en lo de tus padres o en lo de mis madres. Ellos (por más alambrado que haya) temen tanto a la pirotecnia como yo a la madurez del buen escribir.


sábado, 27 de julio de 2013

EL ENFERMO

        - Doctor: el de la habitación 202 no está.
        - ¿Cómo que no está? ¡otra vez! ¿se fijó bien en todo el piso?
         - Sí, sí, pero nada. Abajo de la cama tampoco.
         - ¡Será posible!. Ahora subo.

        La enfermera recorría con lentitud las escaleras mientras pensaba. Pretendía convencerse que Romero, el paciente de la 202, daba vueltas por ahí. Pensaba sin maldad, aunque con la inquietud y el temor como alíados.
         Otras veces había bastado una mirada cómplice de Soto, su compañero de pieza, para delatarlo. El cuerpo débil y semidesnudo de Romero tendido entre el piso y el colchón no ofrecía resistencia. Así también como cuando desde el ropero buscaba confundirse con pesadas frazadas y demás ropa alcanzada por algún que otro familiar.
        Pero ese día, Soto no hizo ninguna seña. Ese día de sol impecable la enfermera regresó al cuarto y revisó sin éxito. Soto dormía o simulaba dormir, en tanto las gotitas en el suero caían sin prisa, amarillas como el tono de las paredes. El televisor mostraba rostros de operadores de bolsa desesperados. Ante lo inutil de su encendido, la enfermera lo apagó sin dejar de pensar. Quizás detrás de la puerta cerrada del baño encontraría la respuesta.
          La respuesta que encontró fue negativa. El pequeño espacio del baño no dejaba lugar para el escondite. Automáticamente, cambió la idea del escondite por la idea de la huída. La consulta a los pisos inferiores coincidió en la negación: nadie había visto al enfermo, ni fugitivo ni perdido, por los pasillos. Nadie había visto su cuerpo lleno de marcas coloradas y vendas blancas sobre el abdomen.
         La enfermera miraba extraviada los cuadrados formados por los azulejos del piso. Tomó una toalla de una de las dos sillas de la habitación. Hundió sus manos en el doblez para calmar la ansiedad mientras oía unos pasos que creyó eran del Doctor Mota, pese a que eran pasos livianos y ágiles como los de un chico. Enseguida, tras la puerta momentáneamente entornada, se recortó una imagen infantil tomando de la mano a una mujer. Parecía que buscaban a algún enfermo, aunque esto sólo es una conjetura. Lo cierto es que luego de unos segundos, el chico se asomó entre el hueco dejado por la puerta y el marco. La habitación 202 continuaba en un silencio profundo, perturbado nada más que por el sonido de un palomar ubicado en la pared de enfrente.
            Los ojos del niño, rubio, cercano a los diez años, parecían fijarse en el gesto a la deriva de la enfermera. Ella lo creía así también, y no hacía nada para desvíarlos. Pero los ojos claros del niño veían más allá, veían la furtiva porción de cielo que la ventana exhibía. Lejano y fragmentado el cielo, alla arriba.
          Cuando la mujer quitó al niño de la puerta y lo condujo por el pasillo en dirección este, la enfermera giró. Respiró hondo. Sintió la imagen de la virgen sobre la cama de Soto en su pecho, y más por inercia que por fé, se persignó.
         El Doctor Mota ya estaba en la pieza cuando la enfermera daba la espalda a cualquier visitante. La mitad de su cuerpo se sostenía en el vacío. Las manos en el marco de la ventana mantenían el equilibrio. Romero aplastado en la losa del patio interno de la clínica justificaba la mirada cercana, como en un zoom incrédulo. Mota al acercarse intuyó el final.
          Con resignación, los dos guardaron silencio. Miraron y miraron el cadaver desde la distancia del quinto piso, hasta que el doctor palmeó a la enfermera y la devovió a la pieza.
       Le ordenó que bajara la persiana. Al bajarla, el palomar se alborotó. Mota abandonó la 202 con las manos en el bolsillo del guardapolvo. La enfermera, un poco conmovida, antes de irse extendió la cama y retiró la chata. Muy despacio, Soto se despertó.


LAUTREC (obra inconclusa)

          A fines del año 2005, un joven Pedro Diestra fascinado planeó una faraónica obra inspirada en el pintor francés Henri de Toulouse Lautrec. La obra, de caracter surreal y plena de colores (entre los que predominaban los rosas y los amarillos), tomaba aspectos biográficos de Lautrec y tenía como inspiración la libertad, algo que a Diestra muchas veces lo inquietó.
           Sin embargo, comenzado el año 2006, sus intereses habían encontrado otro hostal, y la obra sobre Lautrec quedó inconclusa.  Ante los reclamos de sus colegas, el jovenzuelo se escudó en la misma libertad que lo inquietaba para explicar el por qué de su abandono: "El hombre es libre, tanto como para cambiar de fascinación constantemente como para cambiar de puloveres o de dentífricos".
             De aquel arrebato, conservamos estos dos escritos que se reproducen tal cual fueron concebidos, aunque sin el color que les hubiese tocado en suerte.


                                                          BASTÓN
             Cierro los ojos, bebo un sorbo del agua pura y comienzo a decírtelo:
             (ojos cerrados, agua)
           "Estoy harto que distraigas a las chicas con tus estúpidos juegos de cartas. Y que, encima, dejes olvidado tu maldito bastón y sea yo quien deba acordarse de devolvértelo. ¿Lo has comprendido?. Mejor que sí, sino la próxima te sacaré de una patada a la calle..."
         Mientras tanto sigue bailando Jane Avril: ahora hablo de ti, luego que Yvette Guilbert salude al público... la, la, lalala, lala...
               (saludo, concluye saludo)
         Jane Avril no le retribuyas así, levantando tanto tu trabajada pierna. Contorsionas tu cintura como si fueras a quebrarte y sonríes. Bailas, bailas, como un ejercicio de libertad absoluta ante la mirada de los asistentes. Pero no te detengas a escucharme, sigue bailando por favor...
        Carmen, tú estás de frente, con tus ojos verdes además, y un fondo de gentío escarlata. Quizás yo fuí...
       Quizás yo fuí el barbudo ese con sombrero negro que miraba de perfil entre damas, detrás de la payasa Chau-U-Kao. Sí: debo haber sido ese en 1895. 
       No quiero que lo comprendan, saldré corriendo si lo comprender. No es necesario comprenderlo todo. Apenas mirar, manos en el bolsillo roto del conde y Godebski fumando en pipa. Es prioritario soltar una carcajada por todo esto...
                   (carcajada)
     Amaestrar perros para hacerlos llover. No te detengas a ver la nieve. Camina siempre para adelante. Tén sueños japoneses, sueña en japonés y libera todos los venteveos de tu alma. En tanto Jane Avril no deja de bailar y de agitar las piernas. Y Henri Dihau, en su retrato, parece a punto de suicidarse. Pero Jane Avril no danza con los guantes celestes puestos.
       Afiches. Afiches. Afiches. Afiches.
       Eres libre, a fin de cuentas.
       "Espero que lo haya comprendido y no olvide más dejar su bastón por aquí..."


                                                 COSQUILLAS
                      (acostado sobre el cubrecama, aunque vestido, comencé:
                   "las cosas no deberían ser explicadas. ¿Por qué todo debe tener una razón? No hay necesidad de coherencia. Es así y el que crea entender algo, bien. Si no entiende, no importa, no hay nada por interpretar. No todos los huevos tienen un pelo, por favor..."
                    Acto seguido intenté besarla, pero ella me quitó. Lo quiso hacer con elegancia. No le salió. Volvimos al principio: mirando al techo, la nada.
                     Así la púa cosquilleó al surco y el surco comenzó a reírse)
                    ¿A qué lugar perteneces? ¿a qué lugar pertenezco?
                      Tú, hombrecito:
                     ¿Dónde te has roto la clavícula? ¿has sido tú o fue un matón?
                    Dudo que allá en París una de las mujeres que te disgustan te haya obsequiado ese perro de porcelana. El perro siempre bajo tu brazo. Pero, igual, tienes rota la clavícula y hasta los microbios se resistirán a morir con tu petróleo...
                      Sin embargo, lo ves. Lo ves, lo ves, Enrique, lo ves...
                    Perro y monóculo, pipa en el trasero y espuelas, gato acurrucado bajo el sol. No temas: todo perro se detiene ante un loro. Más perros arrollados por trenes... ingrato maquinista...
                      Tú, hombrecito: 
                     ¿Hubieses abrazado de frente a la gran máquina?
                     ¿Hubieses dejado tu cuerpo caer inánime un segundo antes?...
                       Ay! te desplomaste en el burdel
                       Te llevan a una clínica para desintoxicarte... soluciones sencillas.
                       Recuerdas los cuadros pretéritos para salir de allí.
                      Recuerdo de cuadros pretéritos: libertad. Eso!
                      Sólo quieres ser libre. No quieres enfermeros, ni rejas.
                   "Papá, tienes oportunidad de hacer una buena acción. Estoy encerrado, y ya sabes que todo lo encerrado muere..."
                  ESTOY ENCERRADO Y YA SABES QUE TODO LO ENCERRADO MUERE.
                   No, no, no, no morirás.
                   En la costa navegarás, pescarás y nadarás.
              (suelo soñar: esa vez se emborracharon sin excepción los presentes, y tú que siempre lo hacías, esa vez no...)
                 Sé feliz, eres libre. Nada más importa. Contempla y retrata en silencio a la pasajera rubia, esposa del funcionario consular.
                      (¿En otra vida fuiste esposa de un funcionario consular?
                 Por nada.
                 De todas formas quiero que lo sepas: suelo soñar y en mis sueños es diferente).



jueves, 20 de junio de 2013

ATENAZADOS LOS PAJAROS



           Un perro ladra desde lejos. Se oyen corridas en la vereda junto a risas. Adentro, el orador acompaña al afuera con una orquesta típica desde su radio con el gotear intermitente de una canilla. Se aclara la voz, mira al techo y comienza:


            “Digamos... lamentablemente.

            Lamentablemente, los pájaros ya no están atenazados al cielo, sino a los rascacielos. A las grandes cúpulas. A esos edificios desentonantes que generan opulencia, en dónde la mayoría desconoce lo que eso significa.


           .... No por ignorancia, claro que no, sino para ahorrarse una perdida de tiempo. Sabemos, por nuestros ancestros, que el tiempo es la base de la fortuna... 

          Entonces: atenazados los pájaros a un ciclo común de cemento. A alturas que dejan ver unas ropas diminutas en terrazas sólidas. La magna obra de ingenieros y arquitectos esparce nidos artificiales en balcones donde ningún otoño dejó rastro de sus hojas. Sin embargo, pasan los aviones al ras y brillan las estrellas, aunque ruborizadas por la perversión de unos cables telefónicos. Así, la luna sería una puta en cuarto menguante, con ataduras a un crimen imperfecto de ribetes escandalosos. Las palabras (y los trinares) se pudren en el aire repleto de smog y hay que ser cada vez mejor orador para respirar mejor (de ahí mi fatiga de cuerdas novatas).

         Antes de esto, los sofocados del homicidio urbano se sientan con pena en el cordón y optan por clavar la mirada en el asfalto. Mirando por mirar, por una oferta escasa. No obstante, son algunos. Y son minoría. Ya que, un censo entre habitantes de diversas edades dio quórum a la preferencia por posar los ojos en arquitecturas de antaño; sobrevivientes del relieve, de las formas, de la inventiva. Las gárgolas de tu abril porteño aprietan las muelas al sonar un bandoneón, que hace de interruptus en una reunión entre vecinos y constructores. Los espectadores del asfalto pueden oírlo también. Y hasta los perros, al correr como huesos a los autos con el ímpetu de darles caza para roer la jerga del: dime que modelo tienes, y te diré quien eres.

           La historia, que es un libro añejo y lleno de tierra, puede representar un retraso, al lado de ese plano que simboliza el futuro inmediato... decimos: inmediato, inminente, próximo, enseguida, ya. Mirar hacía adelante, con el cuerpo impostado, matiza la firmeza del olvido y la concepción del pasado como un lastre, al que conviene darle salida para arribar más cómodos al paraíso ficcional, convenido en lo relativo, entremezclado con el avance tecnológico. En desmedro, las ideas, que son las únicas capaces de mover el suelo, haciendo temblar como flanes a los inmensos edificios de las grandes corporaciones; compañías extranjeras del entremés mezquino, que lucen vidrios esmerilados, en donde los empleados se acomodan el nudo de la corbata, en tanto se fantasean amos, al menos de su propio cuerpo, cuando no de su mente, la cual (a pesar) se rotula más interesada en el hastío de pertenecer a una cáscara inhábil para romperse. O sencillamente, verse en un charquito dejado por el miércoles y notar un rostro símil esclavo, de temor. El temor de no participar en la farsa universal, por no conseguir libreto.

           (Que en un abrir y cerrar de ojos, los maletines troquen en bolsas de nylon. Las mismas que el viento manipula y, que, impulsadas por la propulsión de las chimeneas, llegan a las alas de los gorriones que, sobre una cornisa, desplumados de aire, hacen la pantomima de lo atenazados que están)

           Para culminar, diré: Cada vez se oyen más ruidos y menos sonidos; más palabras y menos definiciones. Permanece el derrotero permanente del bochorno y la estupidez (aunque esto no deja de ser un impresión mía. Es sabido que son las cifras las que dictaminan). Poesía decantó en efectismo vil y los prolegómenos llenos de magia perdieron su lugar a manos de los contenidos huecos, pero entretenidos. ¿Quién gritará más fuerte entre tantos gritos? ¿Quién expondrá mejor sus papeletas en el fragor de las partituras corrugadas? ¿Quién disfrazará mejor su pesar, quién logrará adoptar la mayor cantidad de reglas de la belleza?. De paso, en un fuelle furtivo, los jugadores de lo autentico intuyen una trampa discreta. No deja de ser una lástima. Los pájaros atenazados, apenas trinan. Mejor dicho: trinan como siempre, pero casi ni se oyen. Es una lástima, también.


            Entonces se rasca la nariz, y observa a los costados. Por lo general, su reloj indica persecución. Es número puesto que se las va de perseguido, aunque, si bien jamás lo reconocerá, es sólo cuestión de planteárselo y pasar a perseguidor. No obstante lo cual, convengamos que no implica dejar de ser perseguido. Esto debido a ese digitar de piernas que posibilita que el orador se encuentre en la calle ya, y apriete las muelas por un frío impensado. No cuenta que el Sol saldrá en sólo seis horas. El acto de caminar se emparenta con la oscuridad en la sutileza de lo tenue en su permanencia; correr es desprolijo... la libertad es desprolija, por eso correr ejemplifica un despertar de conciencias esclavizadas y arrojadas al Sol de los justos. ¿Equilibrio?, péndulo de extremidades, la mar en coche. En dirección recta, de vez en cuando espiando alguna constelación cuyo nombre nunca supo, el orador ametralla:

            “Porque este perro que sale del carajo y me ladra los tobillos haciéndome pegar un cagazo de padre y buen señor, ni es perro, ni es blanco”...



    


ALGO DE VOS SE ME ESCAPA

            Algo de vos se me escapa, irremediablemente. Sin saber como aferrarme a eso para evitar la huída, sin saber bien tampoco que es lo que se va o lo que echas de la vista de los demás. Todo se vuelve un cúmulo de imágenes, sin una conexión lógica. Surreal como las toninas de mi piel, lentas pero seguras en tu mirada, residuo de un victorioso ajeno. Cuando el porvenir haya pasado, mi nombre y apellido nada dirán a tus oídos, primacía. Dolor de muelle. Algo de vos se me escapa: la sangría de tu cariño, el licor de los dormitorios vacíos, cáscaras de sonrisas. Noches entumecidas sabiéndose crueles. Todos los misterios encerrados en un papel sin remitente, acuclillados, quizás respondiendo acerca de lo que de vos se me escapa, sin mugir ni trinar. Radios encendidas, pergaminos suizos a medio escribir. Una cadena de cosas y escenas como diapositivas, como cataratas horizontales. Ramos Mejía es un zafiro en tus manos tibias; Parque Patricios, una medalla tubular. Petrodolares por aquí y por allá. Ya no soy el arlequín que te hacía reir a carcajadas, soy otra cosa ya, tal vez la mitad de mi personaje agrio y agreste. Ese que ni siquiera escribe, que no respeta el margen, que se asusta facil, que se va en la primera mano con un ancho falso, que no comparte el chocolate. Eterna cadencia de las cosas, amor y paz. Un micrófono que pasa de mano en mano, la compulsión absurda de hablar. “Sí, estimado público, algo de vos se me escapa”, “¿de quién?”, “de vos, sí de vos, la de fucsia, la que ahora se complace con una llamada perdida de la madre en su celular”. Creo que se parece al granito o al canto azul. Puedo echar a perder mi paciencia, mi linterna de explorador, mi boleto hasta El Talar, porque no lo sé. Algo de vos se me escapa, irremediable, sagrado como las palabras. La pucha y no tengo ni palida idea de lo que es.


VEINTE PISOS POR ESCALERA

        El próximo en pasar seguro es un Peugeot, te lo digo yo: un perito en la materia automovilística y en el arte de adivinar. Es una fusión mágica, permitiéndome casi, entre tantas otras cosas, poder difundir mis conocimientos acerca…
        ... bueno, che, un Renault. El señor Peugeot, la señora Renault, son iguales, no entendés que se convierten en uno solo; al menos hasta que nos lleguen noticias de la separación, decir Peugeot y Renault es lo mismo, son como los Curie… bueno, bueno, no te tomes en serio esto que digo: me basta con que acompañes a subir veinte pisos por escalera, ¿nunca pensaste en la existencia de ciudades como edificios de departamentos?... claro, en lugar de caminar las calles, habría que subirlas, ponele 86 pisos… eh, 63....  la panadería está en el piso 24, y hay otra en el 9,  el banco de accionistas franceses en el piso 53 y el de capitales galeses en el 24; alrededor, foresta, y la ciudad es eso: un edificio, subir y bajar… 
          sí, puede haber… pero se puede tranquilamente vivir sin ascensores, todo idea mía, eso sí quiero dejar constancia ya...

        No hubo mancha verde en su sexo, resplandores de cuando los monaguillos duermen. Detrás de la inmensa arquitectura, otras cavernas, y otras necesidades; pedirle la identidad a la tentación no es acorde a otros modos de comportarse. Un faro viniendo y yéndose, se olvida de ser lo cotidiano, se olvida el hombrecito de lo cotidiano que era: es otro, es momento de escuchar ahora, y secarse las manos, un nuevo día en conmemoración a su santo, santos de vez en cuando optan por darse una ducha antes de dormir, soñando con lugares, repetidos, perros que nunca huelgan, estaciones de servicio pueblerinas cerradas, maniquíes sempiternos anotando sus visiones oníricas: ¡Cuánta frustración, sus sueños son calcados a la realidad!; los sueños de los maniquíes, los de los santos no, porque se duchan antes.

          I’m so tired, Jeannette, de veras. Mi cuerpo es un vaso con grietas a esta hora, de compartir horas con vos y ver autos como peleles... fijate que los autos necesitan ser lavados y el individuo común arriba se puede considerar deidad... que no se detiene en un lugar, es constante movimiento, desespera el individuo al detenerse en un semáforo, o peor, en un embotellamiento cruel, hace sonar bocinas imbéciles, ruido, ruido, eso es contaminación también, debería enseñarse a permanecer en ellos, sin necesidad de movimiento... adentro, quietud... ¡cuánta idiotez la de sus dos espejos retrovisores, mister, la culpa del Universo, recayendo sobre el acompañante
        … ay, ay, ay...  ¿sabés una cosa?... no, otra: nos olvidamos diariamente de dios, del tuyo y de mi sándwich de moho, ¿mi nariz?, ¿qué pasa?, parecida a la de Lennon... Jeannette,  a esta hora vos y la pavada se juntan a llamar a los espíritus... nariz de Lennon. Lo anoto igual. Dejo constancia que es tuya... muy cansado estoy pero igual vayamos caminando...

         Refresca por las madrugadas en días de verano, donde más tarde el calor se hará insoportable. Banco donde sentarse en la rambla, enfrente de banco donde los jubilados realizan una fila agobiante en procura de su haber misérrimo. Alguien va en busca de un vaso con agua y se distrae mirándolos por la persiana, aún cerrada; es temprano para los operarios del servicio de electricidad y sus almuerzos en el cordón, en base a emparedados y alguna fruta. Taximetrero transporta trabajador dominical, los monaguillos tal vez siguen durmiendo; la noche se travistió en día de sol; hay cigarras también: no viajan al menos en vehículos. El índice y el anular de una cuestión, antes impensada, y darse se da así, como catástrofes o batacazos, golpes de efecto, veinte pisos por escalera y el próximo en pasar seguro por el costado de la avenida es un Rolls Royce con un anciano moribundo adentro.



LA BATALLA DEL 19

       I
     A mitad de cuadra, por los parlantes puestos en la vereda una voz masculina apurada y con tinte de cantor reseña los hechos de este martes: frío, nublado y de agosto. “Un día especial para todos nosotros”: una medalla olímpica de oro en ciclismo, la victoria en fútbol ante Brasil, y la emoción de ser argentinos.
      Atardece y las nubes que durante todo el día acompañaron se imponen en el cielo. Un tono cobrizo impregna la cuadra en espera de algún mensaje de Sandro. Los movileros de diversos canales de televisión aguardan en el portero, sosteniendo sus micrófonos como si fueran armas delicadas. La expectativa se incrementa y el aire parece cortarse en cualquier momento. Olga, la mujer de Sandro, anunció que “en una hora bajaría para hablar”. La hora está a punto de pasar y las cuarenta personas (incluyendo movileros) desean cantar ya el feliz cumpleaños.

      -El maestro quiere agradecerle a toda la gente que lo acompañó en este día tan feliz para él, por eso grabó unas palabras que ahora vamos a poner en el aire.

       A la distancia la primera señal son los pasacalles.

       La estación Banfield queda a tres cuadras. Calle Berutti al 200. La lógica, a veces, no suele ser tan traicionera.

    -Esta calle es French, la que sigue es Berutti, dice una señora y sus palabras suenan a un salmo delicado.

       II

      Cruzando la avenida comienza a oírse la música. Un popurrí de canciones que se repetirán incesantes durante toda la tarde. En las veredas hay cerca de cincuenta personas, desde mujeres grandes seguidoras de la primera hora hasta alguna joven y un par de hombres. Sin contar a dos o tres imitadores y curiosos que pasan por un rato. Los árboles secos se suceden uno tras otro. Detrás del inmenso paredón de granito que funciona como fortaleza se alzan, estoicos, unos pinos. Sobre el pavimento, de un extremo a otro, los pasacalles repiten saludos y deseos: la palabra, el amor, la fe y el milagro son la luz de tus ojos, Feliz cumple Roberto. Guitarras y copas de brindis acompañan las letras que varían del amarillo al rojo. En la puerta hay globos y más carteles que acreditan fidelidad y buenos augurios, especialmente referidos a la salud.
       Al interrogante ¿saldrá a saludar o no?, la respuesta ya se conoce: su estado no se lo permite. De todas formas el misterio siempre cumple un papel y con los ídolos nunca se sabe. Quién te dice que por esa puerta pequeñísima en comparación con el inmenso paredón que la rodea no aparecerá tomando los recaudos del caso Roberto Sánchez para decir simplemente que agradece a todas sus nenas.


          III

       Tapa de Diario Popular, viernes 11 de abril. Letras mayúsculas blancas sobre fondo negro. SANDRO NECESITA UN TRASPLANTE CON URGENCIA. Debajo en letras más chicas: El gitano ya se encuentra en lista de espera para recibir un trasplante de pulmón y corazón, según confirmó el INCUCAI. Al costado el rostro de Sandro cubierto con una toalla roja. A los pocos días, el titular de INCUCAI Armando Perichón renunció al quedar envuelto en la polémica por revelar el dato. El juego de las especulaciones en torno a las prioridades comenzó a tejerse. Fumador compulsivo, alguna vez llegó a fumar sesenta en un día. Enfisema pulmonar sumado a una bronquitis crónica. Diferentes intervenciones. El tubo de oxígeno en el micrófono en sus presentaciones teatrales. No, definitivamente no saldrá. No debería salir.

       -Nosotras mismas no queremos que salga, lo amamos demasiado-, dice Liliana, integrante del Club de Fans Simplemente Sandro, de la localidad de Sáenz Peña.

        El club, formado hace nueve años, lo conforman diez “nenas”, y, además del amor al ídolo, realizan beneficencia y diversas actividades. Liliana cuenta que a partir del 20 de julio ya se empiezan a preparar con una adrenalina muy especial. Mientras habla se acerca Beatriz, la señora presidenta. Saluda y suma su testimonio:

         -Sandro es parte de nuestra vida, es como si festejáramos nuestro cumpleaños. Y ahora, más que nunca, que está delicado de salud, por lo menos que sienta que lo seguimos queriendo, aunque no esté en el escenario. En este momento lo principal es la salud de él- dice.

        El viento revuelve un poco su pelo dejando un mechón lacio en la parte derecha. Un buzo blanco con la foto estampada del ídolo riéndose contradice sus palabras de preocupación.
       El nexo entre las nenas y el ídolo es Olga. Olga es Olga Garaventa. Desde el 13 de abril de 2007, primera esposa legal de Sandro. El casamiento se hizo en la misma casona de Banfield ante pocos testigos. Olga es la mujer que lo cuida con devoción, lo malcría y lo sorprende con comiditas ricas que varían desde platos italianos hasta manjares tailandeses refiere una crónica del Diario Clarín del día después al casamiento. 

      -La señora nos recibe cuando venimos a preguntar por él, nos atiende muy bien, es muy cordial, a él no se lo ve desde el año pasado. Lo mejor que le pudo haber pasado es conocer una mujer como ella-, la ensalza Cristina quien agrega: -Nuestra intención nunca fue que salga. Era hora de que nosotras le devolvamos lo que él hizo durante años. Porque no solo es recibir en la vida hay que dar para recibir.

      Cristina tiene seis hijos y hace cinco años que viene a los cumpleaños. En su cuello cuelga una toalla que conserva desde hace 28 años, cuando ella tenía veinte años. La toalla que está un poquito sucia porque se cayó y se embarró, dice Merce, pero ella aclara una y otra vez que se llama Cristina:

       -No sé porque me puso ‘Mercedes’, se ve que habrá pensado que soy mercenaria, que sé yo. Se la voy a dejar hoy para que me ponga mi nombre verdadero-.

      En San Miguel, a principios de los años 80, Sandro realizó su último show con Los de Fuego, Cristina fue junto a su esposo a los dos recitales realizados en el Club San Miguel. En un tinglado altísimo quedó la toalla que el cantante arrojó al terminar en el primero de sus shows. Luego de que un acomodador la bajara, la arrojó al público y Cristina con ayuda de su marido se quedó con la dorada presea, que hoy sigue acompañándola.
        Cristina se crió en un colegio de monjas desde los 6 hasta los 15 años, y a los diez comenzó a escuchar los discos de Sandro. Al salir del colegio, a la semana conoció a su actual marido y a la otra semana se casó. Pero fue a Sandro a quien le hizo un poema.
         De su bolsillo saca una hoja de cuaderno que desdobla de sus infinitos pliegos, prestá atención advierte antes de comenzar con A Sandro, una sucesión de líneas que comienzan vengo a juntar las palabras más bellas para dedicártelas y menciona tus canciones son más grandes que los pensamientos de los filósofos, como Blas Pascal, Charles Baudelaire, Karl Marx.... Un verso escrito por día y treinta años de sueños guardados motivan a Cristina su devoción y a considerar a Sandro único filósofo para su vida.

         IV

        En la calle deja de sonar Dame el fuego de tu amor. La canción provocó un mini pogo entre las seguidoras, adornadas con vinchas y distintivos con la cara de quien cantara alguna vez en el Madison Square Garden.
       Dame fuego, dame dame fuego, la mezcla de sus voces evidencia el paso de los años y una pasión desvergonzada. El encargado de programar la lista de temas hace un alto e invita:

      -Ahora vamos a pasar un tema ‘Mi amigo el Puma’...- Interrumpen alaridos y pequeños gritos de éxtasis- … pero en la parte que dice ‘ese es mi amigo el puma’ nosotros vamos a decir ‘ese es mi amigo Sandro’-

        La propuesta es aceptada con aplausos y las palmas “de todas las mujeres que sueñan con su amor” acompañan el inicio de la canción.
        En un reportaje radial de fines de 2006, Sandro le confesó a Eduardo Aliverti que el estribillo surgió de una improvisación al cantar en el estudio de Canal 11 y romperse los carteles sostenidos detrás de cámara que hacían de machete. Con altivez la canción sobrevivió para pertenecer al top ten de infaltables gitanos, al lado de Rosa Rosa, Una muchacha y una guitarra, Porque yo te amo, Trigal y Penumbras.

       V

       A manera de maestro de ceremonias, el hombre anuncia a una pareja de gitanos que bailará un tango un baile bien argentino. El bailarín toma el micrófono y se hace oír. Es de la comunidad de los gitanos y van a bailar un tango en homenaje a Roberto Sánchez, nuestro gran amigo. Alguien golpea una pandereta.

       -Vayan buscando pista. Dejen la pista libre y quien quiera bailar tango que se acerque... ¡demostrémosle al mundo que sabemos bailar tango!- arenga el presentador- ¡Déjenme espacio para que baile tango el señor! ¡Abran cancha y no se atoren!.

         Al rato empiezan a oírse los primeros acordes de El choclo. En simultáneo cuatro venezolanas conversan con una fotógrafa joven. Simpáticas y extrovertidas, son de Caracas y llegaron especialmente para el cumpleaños 63, luego continuarán su recorrida local en Bariloche. Son dos hermanas y sus respectivas hijas de quince y diecisiete años. La madre habla y la hija tímida, pero con firmeza, asiente. Se llamaMirla Morillo de Sánchez y aclara que hace mucho tiempo que está casada con Sandro. El verdadero esposo no tiene reparos y adhiere a esa bigamia virtual. También él sabe y baila las canciones. Es el primer cumpleaños que asisten y se lamentan porque Sandro no saldrá a saludar, El fanatismo es de toda la vida y aseguran con fervor que en caso de recuperarse, Venezuela lo espera con los brazos abiertos.

        VI

       -Va a salir una grabación ahora. Está grabando un mensaje y después lo sacamos por los parlantes- se oye.

        Un hombre serio intenta cortar la expectativa creada en torno al portero eléctrico. Los micrófonos puestos sobre él parecen vencidos. Algunas fans apiñadas sobre la pequeña puerta permanecen estoicas aguardando las palabras mágicas. Recorriendo el inmenso paredón hasta dónde está ubicada la unidad móvil de A todo Sandro, programa radial que se emite por AM 1470 que sirve de usina musical a la cuadra, tres personas manipulan en un grabador un cassette TDK. Alejados del murmullo expectante la cinta patina por la imprudencia de un canoso. No, hermano, dejá, reprende otro que no ignora el alto valor de la cinta.

         -Shhh, por favor silencio-, pide Robertito, el imitador de diez años vestido de bata roja que minutos antes se despachó con un repertorio de canciones. Silencio.

         Ahí está grabando, vos lo apagás. Finalmente se oye la voz.

       -Bueno, hoy, 18:10 de la tarde, Berutti 251, martes 19 de agosto de 2008, un día muy especial para mí, 63 años...- dice Sandro con tono cansado, lento y midiendo cada palabra.

        Él sabe que juega con su voz como lo hizo siempre. De golpe, cambia su tono para saludar a las nenas y ensaya un ándale para agradecer la llegada de los mariachis la noche previa. Yo lamentablemente no pude bajar porque tengo prohibido el contacto con la gente por los gérmenes o virus o cosas que andan en el aire, como ustedes saben mi salud pende de un hilo. Fue muy emocionante, me puse muy nervioso, se me cerró el pecho de la emoción. El atardecer suspendido. Sandro, quien les habla, les aviso, por ahí piensan que soy Cacho Castaña. Como una marca de fábrica, en la cinta la risa ahogada característica se mezcla con suspiros conmovidos. Alegría y tristeza fundidas en los gestos silenciosos de las nenas y los hombres que permanecen en Berutti al 200.

           VII

        Los trabajadores de los noticieros bajan sus micrófonos un instante. El de TELEFE aprovecha para cargar batería. Final. El buen humor acostumbrado en Sandro estimula el aplauso final, enseguida convertido en lágrimas. El vendedor del merchandising del ídolo, conformado por posters, almanaques y tazas, levanta de la frazada que hizo las veces de mantel, los productos. Algunas de las láminas con firmas y saludos, sujetas a la pared, amagan con caerse al piso Las luces de la calle encendidas marcan que no queda mucho más para hacer.
         Algunas personas permanecerán durante un rato más. Luego Sandro finalmente hablará por el portero en vivo y en directo para todos los medios. Su mensaje a los jóvenes en contra del cigarrillo (ese cosito que se prende por una punta) será trasmitido para todo el país. Después sí, hora oficial de partir. Hasta el próximo año, hasta los 64, punto de materialización de aquella canción de Los Beatles When i’m sixty four. Una vieja canción de los años ’60, tiempo en el cual un muchacho de Valentín Alsina ni imaginaba el lugar que le sería asignado en esa galería de la idolatría tan cara al argentino.
         Mañana será 20 de agosto, y La batalla del 19, un recuerdo más.



lunes, 20 de mayo de 2013

OJOS DE ASPIRANTE AZUL

            Leopoldo regresa caminando desde la facultad, acaso como una manera de objetivar al periodista observador que quizás dormite en él.
            Un niño arroja, ofuscado, por su espalda la mochila de esclavo sarmientista ante los ojos desbordados de la madre, temiendo por una botella quizás, o frasquito íntegro de maternidad.
            Carlitos Chaplin y sus tiempos modernos debajo de su brazo; el hombre que llora y Oliveira que guiña un ojo a su deidad.
            Yendo derecho por 64, un cartel pequeño en una casa de rejas dice: “Cuidado con los perros”. Al doblar por 21, otro cartel en la misma casa sentencia “Cuidado con el perro”. "¿Qué es lo que pasa?", piensa Leopoldo, "¿Nos vamos quedando en el camino o vamos progresando tontamente?".
            A punto de subir al micro, en el escalón más bajo, una aspirante a doctora despide a su admirado circunstancial con un único y acéfalo beso, como lo hace hoy Paula con su espejo.
            Lo leyó ayer: “El periodismo no es un juego de salón”, como esos que pueden alquilarse enfrente de Plaza Rocha, una vez que se cruza la calle. Antes no, porque dos mujeres en sus vehículos respectivos parecen imaginar una pompa, que no hay y miran con desagrado a un empleado público que contempla como santuario, detenido ante una vidriera repleta de zapatillas. ¿Cuándo se rebelarán los pies ante tanto sometimiento colorido aprisionado con cordones?
          La humedad impide secar las veredas. Las diagonales desembocan en nuevas formas verdes de descanso y monumentos. "¿Ignorará perales la ayudante de cátedra, cuya voz de ayudante se ve interrumpida siempre? ¿Escuchó a los mirlos de Floresta la señorita de jean que recortó la tapa del Página del lunes?", sigue pensado Leopoldo.
           Devanear para no redundar en: la salud posterior a estornudos; el sol después del chaparrón; el gesto adusto luego de la obviedad; nuevos estereotipos más tarde de estereotipos; coloquios para alentar o simular una comprensión autárquica, liviana; la existencia repleta de escaleras, por las cuales ascender y descender, ascender o descender, a la vez y en cada pliegue la posibilidad de innovar, darle sentido al paso, como darle fin a la prosa o como nacer sonriendo a orillas de un río de almíbar.
            Así el asfalto, en apariencia inexpresivo, atesora el contacto de un transporte de hace años. Las palabras colocadas en un santiamén por transeúntes vulgares. Algo que leímos en el pasado reaparece, sin notar: una cara ojerosa, una voz melancólica, el sonido de una botella (o frasquito) dentro de una mochila, el olor de las peras de mayo en la quinta de los tíos, una semilla fugitiva haciendo una palmera, el sabor de una bebida dulce donde navegan hormigas al acecho.
            Arriba en el escritorio, una primera noticia imaginaria para redactar, un medio,  su dinámica y lo que existe debajo de la piel profesional. Devanear para no repetir.