- Doctor: el de la
habitación 202 no está.
- ¿Cómo que no está? ¡otra vez! ¿se fijó bien en todo el piso?
- Sí, sí, pero nada. Abajo de la cama tampoco.
- ¡Será posible!. Ahora subo.
La enfermera recorría con lentitud las escaleras mientras pensaba. Pretendía convencerse que Romero, el paciente de la 202, daba vueltas por ahí. Pensaba sin maldad, aunque con la inquietud y el temor como alíados.
Otras veces había bastado una mirada cómplice de Soto, su compañero de pieza, para delatarlo. El cuerpo débil y semidesnudo de Romero tendido entre el piso y el colchón no ofrecía resistencia. Así también como cuando desde el ropero buscaba confundirse con pesadas frazadas y demás ropa alcanzada por algún que otro familiar.
Pero ese día, Soto no hizo ninguna seña. Ese día de sol impecable la enfermera regresó al cuarto y revisó sin éxito. Soto dormía o simulaba dormir, en tanto las gotitas en el suero caían sin prisa, amarillas como el tono de las paredes. El televisor mostraba rostros de operadores de bolsa desesperados. Ante lo inutil de su encendido, la enfermera lo apagó sin dejar de pensar. Quizás detrás de la puerta cerrada del baño encontraría la respuesta.
La respuesta que encontró fue negativa. El pequeño espacio del baño no dejaba lugar para el escondite. Automáticamente, cambió la idea del escondite por la idea de la huída. La consulta a los pisos inferiores coincidió en la negación: nadie había visto al enfermo, ni fugitivo ni perdido, por los pasillos. Nadie había visto su cuerpo lleno de marcas coloradas y vendas blancas sobre el abdomen.
La enfermera miraba extraviada los cuadrados formados por los azulejos del piso. Tomó una toalla de una de las dos sillas de la habitación. Hundió sus manos en el doblez para calmar la ansiedad mientras oía unos pasos que creyó eran del Doctor Mota, pese a que eran pasos livianos y ágiles como los de un chico. Enseguida, tras la puerta momentáneamente entornada, se recortó una imagen infantil tomando de la mano a una mujer. Parecía que buscaban a algún enfermo, aunque esto sólo es una conjetura. Lo cierto es que luego de unos segundos, el chico se asomó entre el hueco dejado por la puerta y el marco. La habitación 202 continuaba en un silencio profundo, perturbado nada más que por el sonido de un palomar ubicado en la pared de enfrente.
Los ojos del niño, rubio, cercano a los diez años, parecían fijarse en el gesto a la deriva de la enfermera. Ella lo creía así también, y no hacía nada para desvíarlos. Pero los ojos claros del niño veían más allá, veían la furtiva porción de cielo que la ventana exhibía. Lejano y fragmentado el cielo, alla arriba.
Cuando la mujer quitó al niño de la puerta y lo condujo por el pasillo en dirección este, la enfermera giró. Respiró hondo. Sintió la imagen de la virgen sobre la cama de Soto en su pecho, y más por inercia que por fé, se persignó.
El Doctor Mota ya estaba en la pieza cuando la enfermera daba la espalda a cualquier visitante. La mitad de su cuerpo se sostenía en el vacío. Las manos en el marco de la ventana mantenían el equilibrio. Romero aplastado en la losa del patio interno de la clínica justificaba la mirada cercana, como en un zoom incrédulo. Mota al acercarse intuyó el final.
Con resignación, los dos guardaron silencio. Miraron y miraron el cadaver desde la distancia del quinto piso, hasta que el doctor palmeó a la enfermera y la devovió a la pieza.
Le ordenó que bajara la persiana. Al bajarla, el palomar se alborotó. Mota abandonó la 202 con las manos en el bolsillo del guardapolvo. La enfermera, un poco conmovida, antes de irse extendió la cama y retiró la chata. Muy despacio, Soto se despertó.
- ¿Cómo que no está? ¡otra vez! ¿se fijó bien en todo el piso?
- Sí, sí, pero nada. Abajo de la cama tampoco.
- ¡Será posible!. Ahora subo.
La enfermera recorría con lentitud las escaleras mientras pensaba. Pretendía convencerse que Romero, el paciente de la 202, daba vueltas por ahí. Pensaba sin maldad, aunque con la inquietud y el temor como alíados.
Otras veces había bastado una mirada cómplice de Soto, su compañero de pieza, para delatarlo. El cuerpo débil y semidesnudo de Romero tendido entre el piso y el colchón no ofrecía resistencia. Así también como cuando desde el ropero buscaba confundirse con pesadas frazadas y demás ropa alcanzada por algún que otro familiar.
Pero ese día, Soto no hizo ninguna seña. Ese día de sol impecable la enfermera regresó al cuarto y revisó sin éxito. Soto dormía o simulaba dormir, en tanto las gotitas en el suero caían sin prisa, amarillas como el tono de las paredes. El televisor mostraba rostros de operadores de bolsa desesperados. Ante lo inutil de su encendido, la enfermera lo apagó sin dejar de pensar. Quizás detrás de la puerta cerrada del baño encontraría la respuesta.
La respuesta que encontró fue negativa. El pequeño espacio del baño no dejaba lugar para el escondite. Automáticamente, cambió la idea del escondite por la idea de la huída. La consulta a los pisos inferiores coincidió en la negación: nadie había visto al enfermo, ni fugitivo ni perdido, por los pasillos. Nadie había visto su cuerpo lleno de marcas coloradas y vendas blancas sobre el abdomen.
La enfermera miraba extraviada los cuadrados formados por los azulejos del piso. Tomó una toalla de una de las dos sillas de la habitación. Hundió sus manos en el doblez para calmar la ansiedad mientras oía unos pasos que creyó eran del Doctor Mota, pese a que eran pasos livianos y ágiles como los de un chico. Enseguida, tras la puerta momentáneamente entornada, se recortó una imagen infantil tomando de la mano a una mujer. Parecía que buscaban a algún enfermo, aunque esto sólo es una conjetura. Lo cierto es que luego de unos segundos, el chico se asomó entre el hueco dejado por la puerta y el marco. La habitación 202 continuaba en un silencio profundo, perturbado nada más que por el sonido de un palomar ubicado en la pared de enfrente.
Los ojos del niño, rubio, cercano a los diez años, parecían fijarse en el gesto a la deriva de la enfermera. Ella lo creía así también, y no hacía nada para desvíarlos. Pero los ojos claros del niño veían más allá, veían la furtiva porción de cielo que la ventana exhibía. Lejano y fragmentado el cielo, alla arriba.
Cuando la mujer quitó al niño de la puerta y lo condujo por el pasillo en dirección este, la enfermera giró. Respiró hondo. Sintió la imagen de la virgen sobre la cama de Soto en su pecho, y más por inercia que por fé, se persignó.
El Doctor Mota ya estaba en la pieza cuando la enfermera daba la espalda a cualquier visitante. La mitad de su cuerpo se sostenía en el vacío. Las manos en el marco de la ventana mantenían el equilibrio. Romero aplastado en la losa del patio interno de la clínica justificaba la mirada cercana, como en un zoom incrédulo. Mota al acercarse intuyó el final.
Con resignación, los dos guardaron silencio. Miraron y miraron el cadaver desde la distancia del quinto piso, hasta que el doctor palmeó a la enfermera y la devovió a la pieza.
Le ordenó que bajara la persiana. Al bajarla, el palomar se alborotó. Mota abandonó la 202 con las manos en el bolsillo del guardapolvo. La enfermera, un poco conmovida, antes de irse extendió la cama y retiró la chata. Muy despacio, Soto se despertó.
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