viernes, 15 de noviembre de 2013

POSIBLE DILEMA DEL ESCRITOR CACHORRO


            Los perros detrás del alambrado y las persianas que quieren llamar su atención. Mientras tanto, sigo pensando dónde escribiré todo lo que aún me queda, en qué páginas, en qué momento. Hasta cuándo podré mantener la iniciativa en cuestiones de prosa, sin alejarme del todo del quehacer: Prosa o muerte se escribe en las paredes de las entrañas.
            Los perros son como los entredichos o como un cuerpo tirado al sol. Nada más inexplicable, como con la boina calada puesta dijiste: Ya no te quiero, ni quiero leer más nada de lo que escribas. Sea en el idioma que sea, somos como dos continentes lejanos... tengan la ideología que tengan, musité cuando, con ojos tristes, vi sin ambición un cuadrante roto en la vereda. De la época en que fingíamos ser felices recuerdo la promesa hecha por un empleado de obras sanitarias. El agua que perdía ya fue curada al costo de romper la piedra. 
            Miro por la ventana, cosecha de laureles, siluetas veloces de autos en la avenida que hasta hace pocos años apenas estaba iluminada. Digo pocos y en realidad serán veinte o treinta los años, lo mismo da si uno siente que le evolución no llegó ni por asomo a su ombligo, no figura en revistas viejas ni en papeles sueltos donde a los teléfonos le faltan números para completarlos y los nombres de pila se reiteran como extraños. El silencio queda suspendido en los cables que se extienden por toda la cuadra en la ciudad que ya ni pasos ausculta.
            Los perros terminan siendo dadores de algo infinito (aún inexplicables), según el modo de los ecos múltiples de ladridos que jamás culminarán. Poco puede importar si decido dejar de escribir porque sí, porque alguien ordenó que deje de hacerlo o algún otro devaneo de culpa o falsa persecución política. Tarde o temprano llegará impiadosa la resignación: vencerá, dará por tierra al cuerpo, sin inmutarse. Pobre sería si ya los ojos tampoco por la ventana quisieran ver distancias. ¿Vas a escribir todo el santo día haciéndote el interesante que mira la lejanía para inspirarse? Sí, hasta que se me aflojen los dedos o quede ciego, o los dos fenómenos.
            Pensándolo ahora, creo que tendré merecidos ambos. Creo que jamás hice demagogia de cartón, tampoco puse el cuore en el tambor lírico de la Olivetti, no dije con flores en las citas lo que preludian las miradas. Un asco de persona que, quizás abandone un poco, sumido en una convalecencia perpetua. Dígalo con flores, dígalo así, que se sentirá mejor, sonaba como súplica lo que un amigo precoz con cara espiritual dijo mientras manejaba con uno de sus codos apoyado en el borde de la ventanilla.
            ¿Y entonces qué hay de los perros detrás del alambrado? Podremos discutirlo mansamente a la medianoche, pero recomiendo que en el medio vayamos a dormir. Los perros se alterarán igual si las fiestas son en lo de tus padres o en lo de mis madres. Ellos (por más alambrado que haya) temen tanto a la pirotecnia como yo a la madurez del buen escribir.


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