viernes, 15 de noviembre de 2013

CON VISTA AL SUELO



      Hay alguien que no está. Parece natural y al notar que todo alrededor se torna cobrizo, uno no hace más que preservarse, aunque sin dejar de mostrarse. Que te diga que estoy angustiado no significa que debas verme llorar a todo momento, pensé sonriendo, mientras buscaba con la mirada un rostro distante arriba del colectivo. Un rostro, sin embargo que me motive a confiar, sin sobreactuar compromiso con  pose combativa full time and all night long.
        Mientras tanto, un alguacil vigila mi despedida. No sé por donde, ni sé si cazarlo de las alas, dudando, desde ya, que sea fácil. Miro un reloj sobre la espalda blanca de una estatua de yeso para corroborar que ya es hora de ir hacía algún lugar.  A lo mejor podre encontrar una caleta o un trasatlántico. O la certidumbre de considerar triunfo a toda seguidilla de buena voluntad y constancia. Sigo (como desde el principio) respetando a las cisnes para que no me canten de prepo, duendes no reconocidos o sirenas naif, con los ojales cada vez más coléricos. Donde descansan las palmeras, caducan sacristías de marfil, dijo el poeta antes de cresparse como un gato.
        Un perro ladra (como desde el principio, mezcla entrañable de bucanero y Oriente Expreso) a los tobillos de un cartero presuroso y violeta. Se cierran los toldos de una casa de ropa, ensombrecida por los postres. Un salto veloz para cruzar de una vereda a otra atravesando el asfalto mojado. Al lado del quilombo y detrás de un vidrio, descansa (por no poder hacer otra cosa) con resignación, un sereno y su camisa color crema. Ahora que el dossetentaytres para en todas... no es que antes no paraba en todas, señora, ocurre que los habitantes de esta ciudad sabían ignorar ciertos refugios para amucharse debajo de un polietileno, bien juntos, corroborando lo autentico o lo falso de una moneda de cincuenta guitas. En simultaneo, chumba ferozmente el titular desde una esquina, que nos habla de nosotros; las rotativas desde redacciones propias pregonan lo reiterado y el papel prensa ya no mancha los dedos: los lastima o los acaricia. Pero esto es solo eso,  faltan muchas cercanías y encuentros, no temerle al amor y demoler epifanías añejas para consagrar las nuevas. A fin de cuentas: los libros se agotan cuando el que los escribe ya no nos lo puede leer, sentencia otro poeta, aprendiz de Mandrake.
        Apunte de pesquisa para amantes ansiosos o escribas inescrupulosos. Puede tomarse como obsequio de tránsito, aunque admite una módica contribución; lo que no es de corazón autoriza la mueca protocolar para suicidas esporádicos. Que caminan, entre los trabajos que dejan atrás a los hombres, entre ellos la gerencia de programación del canal lata y la dirección técnica del Deportivo Cabezazo. 
        Lo que nos inquieta nos mantiene vivos, sorteando ojivas y tecnologías. El próximo encuentro será en una suite con vista al suelo. Así que, a partir de ahora, sería conveniente que comencemos a demorar la resolución de los enigmas, con sonrisas o sin sonrisas, simplemente siguiendo los compases adamascados de una milonga eterna que a la vez es guía, para todo aquel que tenga ganas de oírla.
        Con eso parece suficiente, por hoy, solo por hoy.


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