Todos
los domingos a la hora de la cena el padre de Tomás escucha a un muerto. La
hora de la cena puede variar entre las diez y las diez y media, lo que no varía
es que lo oiga, mientras lleva el tenedor a su boca pensando en eso de oír a
alguien que ya no puede hablar, que es retransmitido a modo de homenaje por la
emisora en que hizo sus últimos palotes. Más que nada, volvió a ser como un
refugio: su paso por la función pública había dejado un tendal de afectados,
sin contar daños concretos al erario. Cheques sin fondo convirtieron a esa
localidad del oeste provincial en la “capital del retorno”.
El
mismo, hoy muerto, detenido varios meses en esas ligeras excepciones que brinda
el Poder Judicial, hablaba, inundando el ambiente del comedor con su oratoria.
Engolado, se limitaba a presentar boleros de las más diversas pertenencias. Los
mezclaba con fragmentos de mala literatura; demasiado cursi, y eso que se puede
serlo un poco y que no dañe. La voz era inapelable, pero no dejaba de ser la de
un tipo muerto hacía cinco o seis años; que hablase como si nada le cerró más
de una vez el estómago a Tomás. Igual pensaba que no tenía que cambiarle el
plan a su padre, una vez que se enganchaba con música y no con algún charlatán
que le habla a la gente con frases simples. Después, se acostumbró y ya es como
que lo presiente al muerto que oyen hablar los domingos a la noche.
Por
ahí, deba rendirse a eso que llaman “magia de la radio”, expresión usada para
realzarla frente a la televisión. Todo el tiempo hay muertos por la tele, no se
porque podría sorprenderse tanto Tomás al fin y al cabo. En el cine, lo mismo.
Será que la frecuencia es lo que pueda perturbarlo, la cita musical con el
personaje que aparece por el éter cuando los dos cenan en silencio. Pensar que
la voz pueda corporizarse de cualquier modo, más allá de asociarle un cuerpo,
una cara y un cargo. Si hasta puede jugar a adivinar en silencio cuál es la
próxima palabra del repertorio; el siguiente intérprete que hace dibujarle una
media sonrisa al padre antes de apurar otro trago del vino de mesa que compró
en el chino.
Cuando
la cena termine, cada uno seguirá con sus pequeñas rutinas: limpiar los platos,
pelar alguna fruta, el muerto seguirá hablando, le quedan trece minutos de
cuerda hasta el corte evangélico, hasta el domingo próximo para ellos dos,
habituados al silencio.