martes, 25 de febrero de 2014

ODA A OLIVIA


                Me río porque son como dos corazones los carreteles de tinta en el pecho de la Olivetti. Recién la abrí para poder verla con franqueza, saber si le falta y si me falta algo: suavidad en las yemas de los dedos, claridad en los ojos que observan las líneas, por ejemplo. Porque hoy no seré el que llore cuando pase la tormenta eléctrica, cada vez más acuosa y potente; hoy seré el que envidie tus dos corazones, a pesar de intuir una piedra en el sistema coronario cada vez que me palpo.
                Tu voz doctoral no sabe de tornillos ni de poleas. ¡Si sos como una máquina sensible de alfabeto y piernas finitas! Jamás pulsaré con ansía el botón rojo que expulsa la página en dirección opuesta ni aunque desangren los modos altaneros que supe tener. Ahora, bastan las puntillas imaginarias en tus teclas cuadradas, que amenazan triturar dedos que resbalan entre una “y” y una “u”, con la “h” muda como satélite torpe.
                Tenés una capacidad noble de hacerme sentir lleno en la más completa soledad, encima que te prepoteo para fingirme fuerte en la más espantosa debilidad. Carne en suspenso, adentro de un cuerpo fofo mientras tamborileo en tu caparazón verde. Verde y negra 32, con tu ruido de rumba militar que jode al vecino en su insomnio de televisión y ve como un día de estos te rescato de una comisaría, a la que te mandaron por lujuriosa los años donde te cambié por un ordenador. Salvada, entonces, previa odisea, de un destino de contravenciones y denuncias abreviadas.
                Lo tuyo es la imaginería en los ratos libres; el vacío que te rodea en la mesa de madera, con una alcancía y un velador de referentes únicos en los vértices. Si hasta cuando estoy más desorientado que una armónica en una orquesta típica recurro a ti. Ejemplar noble: pudiste perdonar, sin pretensión de favor; pudiste olvidar, sin pretensión de paz; pudiste actuar, sin pretensión de culpa.
                Será por eso (y por otras cosas más) que te estimo tanto y regreso a estrujarte en el pecho, cada vez con más fuerza, como si fueras una bolsa de amor, liviana y hermosa.



VIÑETA II: OTRA VIEJA


Una vieja llena de bolsas. Bolsas de la Confitería Ritz, de algún hipermercado, son como seis las bolsas. La vieja pela una radio portatil, sintoniza a Victor Hugo. Al lado de ella, en la ventanilla, una monja mira en diagonal hacía el cordón. La vieja le conversa y la monja apenas musita.
            Una vieja llena de bolsas le dice al chofer: acuérdese de avisarme donde bajar. Insiste mientras muerde un pan. Insiste y le repite que le avise donde tiene que bajar.
            El chofer le responde a los veinte minutos del viaje. En la otra doña, espere que pare le grita casi. La vieja le agradece y baja por adelante con las bolsas y la radio. Pero una vez en la vereda toma el rumbo contrario al que le indicó el chofer. 


martes, 18 de febrero de 2014

UN CORAZON SEPIA

        A la mañana me crucé con un corazón sepia. Se le notaba en las aurículas, pequeñas y quebradizas. Contó en voz alta que eligió volver al sepia después de una temporada en technicolor, que lo pasó bien, pero sufrió mucho y le quedaron no pocas heridas. Cortés, aplomado, tenía la dosis justa de corazón que sabe lo que quiere, sin pretender demasiado a cambio. Hablaba muy despacio, como si lamentara hacerlo. Después el semáforo le dio paso, cruzo la calle y lo vi perderse, distrayendo su mitral con las cabezas de las últimas quinielas, expuestas en una vidriera.


AMOR DEDALITO


            Guarismos de las pequeñeces que tan mal hacen a la relación, al estilo de módicas corrupciones. El fuego eterno del encanto resplandece en cada esfuerzo de levantarle una pared al terreno de la evocación. Cuando esas pequeñeces no contaban ni como hectopascal y podía soñarse con una casa en las afueras de la ciudad, para compartir un fin de semana o reinventar la relación. Historia pasada.
            Hoy que vi, por casualidad, en la televisión de la tarde, como un joven se declaraba a una amiga. Le daba su amor televisado y a ella no le quedó otra que, intimidada, aceptar. Hablando maravillas de su sonrisa, amiga, su modo de ser, amiga, su predisposición para el juego, amiga. Un talk show de los que abundaron en otro tiempo y suelen generar ideas a un distraído. Por qué no podría hacerlo para repuntar la relación que aún nos une, la confirmación de lo nuestro asolado por mínimas corrupciones, en directo para mi señora propia de las tres post meridiano. Con maquillaje, una actriz que conduce, haciendo chistes con el apuntador, el micrófono corbatero adentro de mi cuello, con clase: en realidad creo que nos seguimos amando mucho, pero últimamente algo nos atonta, nos afofa, una piedrita en el engranaje, una basurita en el ojo, enfoque señor director la tristeza por lo que se va de las manos. Ayer tanta caricia, tanta caricia, bailar apretados... creo que, en el fondo, somos víctimas del sistema que tritura amores como novedades. No puedo seguir hablando. Veo en el monitor su mirada transparente de agua, el vestido ceñido, la lengua jugando de ansiedad entre sus labios y ... lloro, lloro, de impotencia.
            Hay amor. ¿Hay amor? Ahí amor. Ay amor. Amor ay. Amor divino pronto tienes que volver a este hogar, sino el cerebro putrefacto se dará de bruces contra las chiquicientas pulgadas. Los valentines abandonaron el nidito espantados, en busca de otros niditos más dulces, menos corruptos, diariamente pervertidos. Por el quedarnos en encontrarnos allá y no acá, a esta hora y no a esa, para ir a comer con mi madre y no con tus padres, o leer aquellos poemas de Benedetti que ya no nos mueven ni un pelo auténtico, para escarbar la corteza de un tronco y escribir nuestros nombres telegrama. Mutis por el foro suelen hacer los actores, no los amores y no sé por qué es tan prolijo el escarnio cuando se hace sin espectáculo. La mínima diferencia es la que más lastima si se tiene la certeza que pronto se hace bello lo que nunca tuvo ganas de serlo. De pronto, te parecían corruptos hasta los despertares, con tostadas o sin ellas, con ellas o sin mermelada ni queso crema. La boca se nos hizo a un lado cuando, de golpe, anestesió el deseo: ahora a buscar en otras veredas corazones para recolectar: bolsas verdes, los secos; otras bolsas, los ingenuos y delicados. Pequeñez, pequeñeces, dedalitos, dedales, la escena televisada de un amor juvenil, limpio, puro prototipo.
            Más allá, alguien, más o menos corrupto, ha decidido que la pieza sea movida en una dirección errónea. Si alfil, sería recto; si rey, en ele; caballo, suelto por inmensos tableros con la crin esclarecida. Sin repechaje posible, firmo mi renuncia innecesaria que me dejará bien parado en los futuros libros del amor sano, amor dedalito. Y después que murmuren los cobardes, plano secuencia final.




viernes, 7 de febrero de 2014

YA DEJASTE

Ya dejaste:
tu pelo suelto,
la sonrisa
quieta ahí.
Quisiste una
fotografía
permanente
de la feliz
estadía, y
así estás
parecida
a un cuento,
con sus fines,
recurrencias,
piel escrita,
traducción.
Ya dejaste:
tu cama vacía,
la disculpa
en voz alta.
Quisiste un
daguerrotipo
constante 
de la torpe
compañía, y
sigues tan
semejante
a un acorde,
con sus tonos,
recursos,
clima armado,
diapasón.



ANA (una introducción)

          Sobre el pasto, rectángulos negros. Ana colgó su ropa sin temor a la tormenta. Confió en el sol momentáneo, creyó en la felicidad por un rato, imaginó un paseo en catamarán junto a Pedro. Mordió el pelo suelto la mejilla del viento. Apretó con delicada mueca un broche rojo y se alejó. La mirada de una bola de nubes no la intimidó, bailó sola y descalza sobre el pasto. Para variar quitó de golpe su blusa, que  fue a parar al plantío de tomates. Un gato cabildeaba, asomado en la pared.
       El cuerpo desnudo de Ana bailó entre rectángulos negros. Contorneado, impregna baladas alegres a su danza. La luz del sol reforzó su complicidad. Nada queda de los mangrullos y de aquel puñado de arena ni de la risa de Pedro sirviendo vino tinto. ¿Quién podrá creer la libertad de Ana cuando está sola? ¿Quien querrá verla sonriente con su cuerpo? Expresión, punto de fuga, varietales, las tres de la tarde, un golpe de timón que no amorata la calma, un hormigueo breve en el borde del ombligo...


lunes, 3 de febrero de 2014

LA CEGUERA


            Este escrito puede convertirse en maldito por lo que diré ahora, a manera de confesión: vivo atormentado de ceguera.
           Lo percibo en una tenue disminución paulatina de la visión, una impresión que se contradice con la posibilidad de despertarme ciego, una mañana cualquiera de un día hábil.  Son las cosas que suceden para que uno lamente no poder remediarlas: ya estoy ciego, no interpreto más las formas ni me conmueven los rostros ni el brillo de las cabelleras sueltas.
            El tormento consiste en perder ese caudal de sentido real. La fantasía o la ilusión no se puede comparar con lo tangible, pese a lo que declamen los poetas y ciertos jóvenes. La diferencia entre lo extraviado y la carencia se compensa con apropiaciones, momentáneas en el fondo, porque permanecen; aunque puedan percibirse, resulta imperioso observarlas. Lo propio que se ve es más que un consuelo, dado que cualquiera puede, en si, tocar un planeta, pero no sentir la potencia de mirarlo orbitar.
            Será que sólo deliro a causa del temor. No se trata, por cierto, de un temor infundado, ya que la miopía fue minando la sensibilidad de mis globos oculares ( y de esto hace dos décadas ya). Le temo más, entonces, que al patetismo íntegro de la vejez o a la decadencia prematura en la creación, lo cual no impide que sienta escalofrío al notar que ambas calamidades son compatibles: viejo mustio con nada nuevo que decir, totalmente ciego, se ofrece para que sea paseado por una advenediza que le recite de memoria, con poco aire en la voz, los evangelios, cada uno contextualizado.
            A modo de un telón lechoso, que con mayor rigor va cercando la nitidez. Bruma que se esparce sobre las páginas que intento aprehender, como una nevisca fina. ¿Con qué otro fenómeno comparare ese temor con el que convivo? ¿De qué modo solazaré el consuelo de percibir con mayor amplitud la risa de Esther, que recorre la casa con pasos tontos? Podría tornarse una disyuntiva, sin más opción que el vacío, a no ser por la música, trasladada a reina soberana del estar por estar. Por sinfonías, oberturas o simples canciones, estímulos del sentido en la nada de ver sólo un amarillo con diminutos lunares negros. Ceguera, ir percibiéndola, ni siquiera un dedo inmerso en el iris, por desesperación, para bajar de un hondazo lo que puede volverse sorpresa si se olvida de golpe.
            Necesitaré ver como respirar, aún cuando sea tarde y caiga en la carnadura del deseo: cuando se lo posee, se abusa y, por hartazgo, se recurre en subestimar lo preciado.