Me
río porque son como dos corazones los carreteles de tinta en el pecho de la Olivetti. Recién
la abrí para poder verla con franqueza, saber si le falta y si me falta algo:
suavidad en las yemas de los dedos, claridad en los ojos que observan las
líneas, por ejemplo. Porque hoy no seré el que llore cuando pase la tormenta
eléctrica, cada vez más acuosa y potente; hoy seré el que envidie tus dos
corazones, a pesar de intuir una piedra en el sistema coronario cada vez que me
palpo.
Tu
voz doctoral no sabe de tornillos ni de poleas. ¡Si sos como una máquina
sensible de alfabeto y piernas finitas! Jamás pulsaré con ansía el botón rojo
que expulsa la página en dirección opuesta ni aunque desangren los modos
altaneros que supe tener. Ahora, bastan las puntillas imaginarias en tus teclas
cuadradas, que amenazan triturar dedos que resbalan entre una “y” y una “u”,
con la “h” muda como satélite torpe.
Tenés
una capacidad noble de hacerme sentir lleno en la más completa soledad, encima
que te prepoteo para fingirme fuerte en la más espantosa debilidad. Carne en
suspenso, adentro de un cuerpo fofo mientras tamborileo en tu caparazón verde.
Verde y negra 32, con tu ruido de rumba militar que jode al vecino en su
insomnio de televisión y ve como un día de estos te rescato de una comisaría, a
la que te mandaron por lujuriosa los años donde te cambié por un ordenador.
Salvada, entonces, previa odisea, de un destino de contravenciones y denuncias
abreviadas.
Lo
tuyo es la imaginería en los ratos libres; el vacío que te rodea en la mesa de
madera, con una alcancía y un velador de referentes únicos en los vértices. Si
hasta cuando estoy más desorientado que una armónica en una orquesta típica
recurro a ti. Ejemplar noble: pudiste perdonar, sin pretensión de favor;
pudiste olvidar, sin pretensión de paz; pudiste actuar, sin pretensión de culpa.
Será
por eso (y por otras cosas más) que te estimo tanto y regreso a estrujarte en
el pecho, cada vez con más fuerza, como si fueras una bolsa de amor, liviana y
hermosa.