Sobre el pasto, rectángulos negros. Ana colgó su ropa sin temor a la tormenta. Confió en el sol momentáneo, creyó en la felicidad por un rato, imaginó un paseo en catamarán junto a Pedro. Mordió el pelo suelto la mejilla del viento. Apretó con delicada mueca un broche rojo y se alejó. La mirada de una bola de nubes no la intimidó, bailó sola y descalza sobre el pasto. Para variar quitó de golpe su blusa, que fue a parar al plantío de tomates. Un gato cabildeaba, asomado en la pared.
El cuerpo desnudo de Ana bailó entre rectángulos negros. Contorneado, impregna baladas alegres a su danza. La luz del sol reforzó su complicidad. Nada queda de los mangrullos y de aquel puñado de arena ni de la risa de Pedro sirviendo vino tinto. ¿Quién podrá creer la libertad de Ana cuando está sola? ¿Quien querrá verla sonriente con su cuerpo? Expresión, punto de fuga, varietales, las tres de la tarde, un golpe de timón que no amorata la calma, un hormigueo breve en el borde del ombligo...
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