lunes, 3 de febrero de 2014

LA CEGUERA


            Este escrito puede convertirse en maldito por lo que diré ahora, a manera de confesión: vivo atormentado de ceguera.
           Lo percibo en una tenue disminución paulatina de la visión, una impresión que se contradice con la posibilidad de despertarme ciego, una mañana cualquiera de un día hábil.  Son las cosas que suceden para que uno lamente no poder remediarlas: ya estoy ciego, no interpreto más las formas ni me conmueven los rostros ni el brillo de las cabelleras sueltas.
            El tormento consiste en perder ese caudal de sentido real. La fantasía o la ilusión no se puede comparar con lo tangible, pese a lo que declamen los poetas y ciertos jóvenes. La diferencia entre lo extraviado y la carencia se compensa con apropiaciones, momentáneas en el fondo, porque permanecen; aunque puedan percibirse, resulta imperioso observarlas. Lo propio que se ve es más que un consuelo, dado que cualquiera puede, en si, tocar un planeta, pero no sentir la potencia de mirarlo orbitar.
            Será que sólo deliro a causa del temor. No se trata, por cierto, de un temor infundado, ya que la miopía fue minando la sensibilidad de mis globos oculares ( y de esto hace dos décadas ya). Le temo más, entonces, que al patetismo íntegro de la vejez o a la decadencia prematura en la creación, lo cual no impide que sienta escalofrío al notar que ambas calamidades son compatibles: viejo mustio con nada nuevo que decir, totalmente ciego, se ofrece para que sea paseado por una advenediza que le recite de memoria, con poco aire en la voz, los evangelios, cada uno contextualizado.
            A modo de un telón lechoso, que con mayor rigor va cercando la nitidez. Bruma que se esparce sobre las páginas que intento aprehender, como una nevisca fina. ¿Con qué otro fenómeno comparare ese temor con el que convivo? ¿De qué modo solazaré el consuelo de percibir con mayor amplitud la risa de Esther, que recorre la casa con pasos tontos? Podría tornarse una disyuntiva, sin más opción que el vacío, a no ser por la música, trasladada a reina soberana del estar por estar. Por sinfonías, oberturas o simples canciones, estímulos del sentido en la nada de ver sólo un amarillo con diminutos lunares negros. Ceguera, ir percibiéndola, ni siquiera un dedo inmerso en el iris, por desesperación, para bajar de un hondazo lo que puede volverse sorpresa si se olvida de golpe.
            Necesitaré ver como respirar, aún cuando sea tarde y caiga en la carnadura del deseo: cuando se lo posee, se abusa y, por hartazgo, se recurre en subestimar lo preciado.

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