Este
escrito puede convertirse en maldito por lo que diré ahora, a manera de confesión:
vivo atormentado de ceguera.
Lo percibo en una tenue disminución paulatina de la visión, una impresión que se contradice con la posibilidad de despertarme ciego, una mañana cualquiera de un día hábil. Son las cosas que suceden para que uno lamente no poder remediarlas: ya estoy ciego, no interpreto más las formas ni me conmueven los rostros ni el brillo de las cabelleras sueltas.
Lo percibo en una tenue disminución paulatina de la visión, una impresión que se contradice con la posibilidad de despertarme ciego, una mañana cualquiera de un día hábil. Son las cosas que suceden para que uno lamente no poder remediarlas: ya estoy ciego, no interpreto más las formas ni me conmueven los rostros ni el brillo de las cabelleras sueltas.
El
tormento consiste en perder ese caudal de sentido real. La fantasía o la ilusión
no se puede comparar con lo tangible, pese a lo que declamen los poetas y
ciertos jóvenes. La diferencia entre lo extraviado y la carencia se compensa
con apropiaciones, momentáneas en el fondo, porque permanecen; aunque puedan
percibirse, resulta imperioso observarlas. Lo propio que se ve es más que un
consuelo, dado que cualquiera puede, en si, tocar un planeta, pero no sentir la
potencia de mirarlo orbitar.
Será
que sólo deliro a causa del temor. No se trata, por cierto, de un temor
infundado, ya que la miopía fue minando la sensibilidad de mis globos oculares
( y de esto hace dos décadas ya). Le temo más, entonces, que al patetismo íntegro
de la vejez o a la decadencia prematura en la creación, lo cual no impide que
sienta escalofrío al notar que ambas calamidades son compatibles: viejo mustio
con nada nuevo que decir, totalmente ciego, se ofrece para que sea paseado por
una advenediza que le recite de memoria, con poco aire en la voz, los
evangelios, cada uno contextualizado.
A
modo de un telón lechoso, que con mayor rigor va cercando la nitidez. Bruma que
se esparce sobre las páginas que intento aprehender, como una nevisca fina.
¿Con qué otro fenómeno comparare ese temor con el que convivo? ¿De qué modo
solazaré el consuelo de percibir con mayor amplitud la risa de Esther, que
recorre la casa con pasos tontos? Podría tornarse una disyuntiva, sin más opción
que el vacío, a no ser por la música, trasladada a reina soberana del estar por
estar. Por sinfonías, oberturas o simples canciones, estímulos del sentido en
la nada de ver sólo un amarillo con diminutos lunares negros. Ceguera, ir percibiéndola,
ni siquiera un dedo inmerso en el iris, por desesperación, para bajar de un
hondazo lo que puede volverse sorpresa si se olvida de golpe.
Necesitaré
ver como respirar, aún cuando sea tarde y caiga en la carnadura del deseo: cuando se lo
posee, se abusa y, por hartazgo, se recurre en subestimar lo preciado.
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