Guarismos
de las pequeñeces que tan mal hacen a la relación, al estilo de módicas
corrupciones. El fuego eterno del encanto resplandece en cada esfuerzo de
levantarle una pared al terreno de la evocación. Cuando esas pequeñeces no
contaban ni como hectopascal y podía soñarse con una casa en las afueras de la
ciudad, para compartir un fin de semana o reinventar la relación. Historia
pasada.
Hoy que vi,
por casualidad, en la televisión de la tarde, como un joven se declaraba a una
amiga. Le daba su amor televisado y a ella no le quedó otra que, intimidada,
aceptar. Hablando maravillas de su sonrisa, amiga, su modo de ser, amiga, su
predisposición para el juego, amiga. Un talk show de los que abundaron en otro
tiempo y suelen generar ideas a un distraído. Por qué no podría hacerlo para
repuntar la relación que aún nos une, la confirmación de lo nuestro asolado por
mínimas corrupciones, en directo para mi señora propia de las tres post
meridiano. Con maquillaje, una actriz que conduce, haciendo chistes con el
apuntador, el micrófono corbatero adentro de mi cuello, con clase: en realidad
creo que nos seguimos amando mucho, pero últimamente algo nos atonta, nos afofa,
una piedrita en el engranaje, una basurita en el ojo, enfoque señor director la
tristeza por lo que se va de las manos. Ayer tanta caricia, tanta caricia,
bailar apretados... creo que, en el fondo, somos víctimas del sistema que
tritura amores como novedades. No puedo seguir hablando. Veo en el monitor su
mirada transparente de agua, el vestido ceñido, la lengua jugando de ansiedad
entre sus labios y ... lloro, lloro, de impotencia.
Hay amor.
¿Hay amor? Ahí amor. Ay amor. Amor ay. Amor divino pronto tienes que volver a
este hogar, sino el cerebro putrefacto se dará de bruces contra las
chiquicientas pulgadas. Los valentines abandonaron el nidito espantados, en
busca de otros niditos más dulces, menos corruptos, diariamente pervertidos.
Por el quedarnos en encontrarnos allá y no acá, a esta hora y no a esa, para ir
a comer con mi madre y no con tus padres, o leer aquellos poemas de Benedetti
que ya no nos mueven ni un pelo auténtico, para escarbar la corteza de un
tronco y escribir nuestros nombres telegrama. Mutis por el foro suelen hacer
los actores, no los amores y no sé por qué es tan prolijo el escarnio cuando se
hace sin espectáculo. La mínima diferencia es la que más lastima si se tiene la
certeza que pronto se hace bello lo que nunca tuvo ganas de serlo. De pronto,
te parecían corruptos hasta los despertares, con tostadas o sin ellas, con
ellas o sin mermelada ni queso crema. La boca se nos hizo a un lado cuando, de
golpe, anestesió el deseo: ahora a buscar en otras veredas corazones para
recolectar: bolsas verdes, los secos; otras bolsas, los ingenuos y delicados.
Pequeñez, pequeñeces, dedalitos, dedales, la escena televisada de un amor
juvenil, limpio, puro prototipo.
Más allá, alguien, más o menos corrupto, ha
decidido que la pieza sea movida en una dirección errónea. Si alfil, sería
recto; si rey, en ele; caballo, suelto por inmensos tableros con la crin
esclarecida. Sin repechaje posible, firmo mi renuncia innecesaria que me dejará
bien parado en los futuros libros del amor sano, amor dedalito. Y después que
murmuren los cobardes, plano secuencia final.
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