A la mañana me crucé con un corazón sepia. Se le notaba en las aurículas, pequeñas y quebradizas. Contó en voz alta que eligió volver al sepia después de una temporada en technicolor, que lo pasó bien, pero sufrió mucho y le quedaron no pocas heridas. Cortés, aplomado, tenía la dosis justa de corazón que sabe lo que quiere, sin pretender demasiado a cambio. Hablaba muy despacio, como si lamentara hacerlo. Después el semáforo le dio paso, cruzo la calle y lo vi perderse, distrayendo su mitral con las cabezas de las últimas quinielas, expuestas en una vidriera.
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