lunes, 29 de abril de 2013

DOS MOHINES

    (A continuación se presentará, de forma exclusiva, un extracto de la obra inconclusa que el Arcipreste de Bucarest escribió aproximadamente en el año 1706. Su título: “Ademanes, mohines, gestos y demás expresiones corporales de los seres humanos... intento de una antología sobre estos registros".
   Se intuye que para su realización fue de mucha ayuda la noble Tita de Moravia, con quien según los registros de época el Arciprestre mantenía una relación clandestina.
   Para el segundo semestre de 2008 se estimaba que, finalmente, saliera a la luz este trabajo gracias a la labor realizada por el filólogo uruguayo Baldomero Quintana. Él dedicó toda su vida a corregir, aumentar y actualizar el inventario plasmado hace ya mas de dos siglos -de hecho no hay quien descarta que el mismísimo Quintana sea el Arcipreste-
   Esta selección arbitraria da cuenta de dos de los mohines descriptos en la ambiciosa obra)
  •     Fruncir la nariz de manera no extravagante, haciendo que el ceño se comprima por los instantes en que dura esa disimulada ascensión del órgano nasal.

        Las significancias de este mohín son diversas. Pueden implicar desde la inminencia de un estornudo irrespetuoso, hasta desagrado ante la corroboración de una sustancia odorífera repulsiva. También puede servir de acompañante a los ojos, correspondiéndose a un segundo plano de mohín que se especifica en las páginas correspondientes a la mirada.

 
  •     Morder el labio inferior y estirar la pera hacía adelante, logrando que lo más prognato de nuestro ser (ver Darwin, Charles) simule cierta aureola de apetencia o curiosidad.

         Entendemos eso como algunos de los significados posibles, más que nada reñidos con lo explícito, dándole lugar a un interrogante factible, un pasaporte sensual, una expresión de gusto, o de deseo (desearía ser eso, o tener eso).
          Además, debe considerarse que este mohín tiende a ser de escasa duración y con tendencia a repetirse.



MANDADOS (oda a una mina que vi de frente)

    Tu forma de hacer los mandados me estremece.
    Por el modo en que llevas las bolsas de nylon, imagino tus pensamientos. 
   Las próximas entradas al hogar depositando sobre la mesada tu propio cuerpo y los productos en el aire ostentando libertad. 
    El pan sin cortar, la mermelada sin abrir, la botella con su litro y medio, las arvejas aprisionadas en una lata.
    Antes, cuando te crucé en la vereda, la coordenada de tus manos se complotaba con la sarta de tu mirada para equilibrarse.
    Quietud de las miradas que no dejan de subir y bajar, no dejan de extraer interiores para transportarlos (transportarme) hacía la misma costura, al lado de los palilleros.
     Como ese envase, la vida no tiene retorno:
el axioma de hoy es vivir.
    En tanto, esto ya no son caprichos, sino rayes. 
    En una foto de los dos, hice una cruz en tu cara. La mía, sigue sonriendo igual. 
    Aquí hay dos peatones en una esquina, un colectivo y más allá un puesto de flores.     De vez en cuando, vuelvo a estremecerme al recordar tus falanges y tus muñecas conduciendo levemente esas bolsas.
    La materialización del mandado en la piel de tus manos, del hay que comprar tal o cual, del abona con efectivo o tarjeta y el no tener monedas chicas. 
    Mi mandado, en cualquiera de los casos, será darte un amor sin concesiones.
   No te tomaré por cajera que emite factura, ni despachante de aduana siempre predispuesta.
    Ya me holgaste un término medio y te fuiste a ver las estrellas de la mano de un truhán extra large.
    So pena que nunca antes te había visto de frente en una vereda con las manos ocupadas, más no entrelazadas.
   Ahora se me da por el estremecimiento continuo y el miedo frecuente.
   Nada me importa menos si conocer si te interesa.

MINIMA GANANCIA

   (El siguiente es un artículo que Rubén Irastorza  presentó en un Congreso sobre ludopatía realizado en Chapadmalal en el crudo invierno de 2007. 
   El mismo fue olímpicamente ignorado por la comunidad reunida en la localidad mencionada. A partir de esa omisión, Bertoni jamás volvió a indagar en la psiquis de jugador alguno, pese a rumores que versaban sobre su colaboración en la escritura de la biografía del célebre campeón de bolitas uruguayo, Felisberto Onetti)

     Ganar o perder. A sabiendas de este dualismo certero, el apostador no ignora que cada nuevo intento es una oportunidad, y, a su vez, un reto. Lo que se pierde entre sus manos sudorosas ya no es un mero billete, sino una cosquilla imperfecta a la fortuna que procura doblegarlo a carcajadas.
   El apostador, a ciencia cierta, comprende que el puente intermedio entre su corazonada y el resultado es una ficha, ese papel. Poseedor de un frenesi sin igual, ya Dostoievsky narro muy bien en El Jugador, el ánima que se transporta al cuerpo de quien se coloca firme, frente al paño verde de la esperanza.
    La incidencia de la cantidad de veces (siempre inusuales) en que el cero es cantado por el croupier no hace mella en el gesto. Apenas agrio, puede observar como el rastrillo pequeño se desliza acariciando la alfombra numérica yéndose en esa recolección las fichas color salmón, como una chance más.
   Recurrentemente, ante la referencia de haber visitado un casino, un bingo, o un hipódromo; o sino mas evidente cuando se abusa en dosis homeopáticas de alguna lotería,
se suele interrogar: "Y, ¿Ganaste algo?" preconizando complicidad.
    "Y... algo siempre se gana", bien contesta el apostador en una apática salida. El enigma tácito es aseverar que porción de tiempo dura esa ganancia.
   Conviene, entonces, desgranar esta respuesta, dadas las múltiples direcciones que conlleva. Estas direcciones, sin embargo, sólo son nítidas en la mente estadística de aquel que la pronuncia. Ergo, el "siempre algo se gana" implica el "podría haber perdido más", o el "al menos recupere lo que jugué", tanto como el "al menos no salio el numero que tenia pensado", o "el número que soñé", y así otras más.
   No obstante, cauteloso, y a la par, metódico, el apostador controla su tiempo (en un cronograma habituado a la distribución de sorteos y carreras; cierre de apuestas y orden de largada) e impide a su verba (prodiga en rodeos explicativos acerca de lo que no fue) explayarse sobre la importancia relativa de cada triunfo y de cada derrota.
   Es cierto: sabe que gana o pierde. Para el, no hay empate posible. Empero, lo que trasunta ese determinismo es la visión relativa que mantiene el carácter lúdico de cada apuesta. No huele a resignación esa óptica sana de observar, aun a pesar de la bruma, el vaso medio lleno y no precisamente de monedas.
   De hecho, no resulta descabellado corroborar que el mismo monto ganado (en caso de ser así) será reinvertido. Además, nadie que se precie de apostador, pretende ser millonario, mas quiere demostrarse que es capaz de romper la monotonía, de pasar al frente un momento y retribuir con uno, los miles de pitos catalanes refrendados.
   Por eso la reincidencia y hasta la compulsión resultan lógicas en alguien que aspira a torcer la norma, a tornar ese divertimento en un gesto de rebelión. Si bien un numero calculado de derrotas connota la aparición de un triunfo, al menos, ese triunfo, es visto como una compensación y, por lo inusual, en algo gratificante.
   Ajeno a las grandes celebraciones, con una sonrisa que no busca disimularse tampoco, el apostador recibe su premio sin mas. La medicina para su ansiedad surte mejor efecto y, a la espera de una nueva oportunidad, fija sus ojos en la lejanía, sin dejar de carburar en que zona del cuerpo de la fortuna surtirá mejor efecto el tacto.
  En síntesis, la decantación de estas pequeñas observaciones posibilita una hipótesis: el apostador se mide en todos los ámbitos de su vida. Su concepción de la derrota repetida, tanto como amortizada, hace ver los logros como consecuencias evidentes del mayor juego pergeñado.
    O tal vez sea la intermediación constante aguardando el rastrilleo final, saltando de mesa en mesa. Consintiendo cada brinco como un plan de evasión ininterrumpido donde, a pesar del desgaste, "siempre algo se gana".

viernes, 19 de abril de 2013

VIÑETA I: VERANO

    Una vieja se acuclilla en la vereda para agarrar un zapallo que se piantó del cajón. El verdulero, servicial, se acerca para ayudarla y en el afán obstruye el paso a un rengo. El rengo algo masculla, para nada servicial, entre dientes. Unos pasos más allá un caniche llevado por otra vieja ladra al guacamayo que descansa en el hombro de un tipo con camisa floreada.
    Todo es pintoresco aquí y, mal que me pese, el regreso estará cargado de nostalgia. Mientras el Poli arrastra los pies, gordo y enorme, por la vereda de enfrente. Lo veo entre las ráfagas producidas por los autos en la avenida empinada que desemboca en el mar.
   Y el mar espejo de tu corazón, pérfidas parecen mis palabras ante tanto cuadro llamativo. Gordo y enorme, Poli, espera que el semáforo de la luz roja y el automovilista, impaciente y pequeñísimo, se enamora de a ratos de una vendedora de ropa que sonríe, sonríe, sonríe entre blusas, blusas y blusas.
    Como si fuera sopa, imagino que con una cuchara revuelvo el caldo de mi verano, liviano y efímero. Tan es así que podría elevarse y llegar al piso más alto del edificio costero, en el cual la mueca burlona de un distinto se hizo trizas en la vereda recién amanecida de un marzo sin sol. Le pongo una ficha al corazón de los lobos marinos en esta quietud, horas sin prisa recíen horneadas en ojotas de colores primarios.

PULKY (intento de sinfonía doméstica en tres o cuatro pasos)

    Pulky se murió. Comió una feta de queso con dulce de leche a la madrugada y se murió. Antes había oido boleros cantados por Bola de Nieve y hablado con María Emilia por teléfono. Pero luego se desplomó. No sé. Lo contó Anabel. Ninguno de nosotros tres lo esperaba y el doctor Motta dijo que fue muerte súbita.
   ¿Por qué? ¿por qué Pulky y no yo? ¿Pulky tenía coronita?
   Ignoran seguro que fue un tramposo, un vendehumo que escupía en el piso y sin decoro los carozos de las aceitunas negras. Si hasta la vez que una Holando Argentina le mugió, Pulky eructó. Aprendiz de bestia, pichón de Frankestein. ¿Qué quiso Dios con él al llevárselo antes?
   Tal vez le produjo horror la imagen doblada de Lily, que nunca olvida tomarse una pastilla por hora mezclada con fernet. Anabel sólo se inyecta y tiene arruinados los dientes. ¿Y yo?... el más puritano: al poner cocaína en el puré el efecto es ambiguo, tanto como cuando la aspiro post siesta de media tarde.
   Pero Pulky, él es el difunto, nos cagó: de ignorarla, hembra y pérfida, la parca lo encaró. Tan repentinas las cosas como higos que caen de una higuera universal. Solos e inexplicables, frotándonos los ojos por no creer. La incredulidad es el mar cotidiano que nos barre. Y Pulky tan preocupado por no llegar nunca tarde a la función del cine, no intuyó ni en sueños ser el primero en espichar. Con su cara inexpresiva pegada a las baldosas o marcando la pared con sus ojotas negras. Además, el hecho de hablar por teléfono seguido con María Emilia lo distraía; su medida de estar bien vaciaba el frasco de Lily: a fin de cuentas, Pulky debía ser de ella o de ninguna. Sin embargo, jamás se lo hizo notar. Ahora más que nunca se asemeja Lily a una Magdalena, esposa de un farmacéutico de antes. Que se joda. Por enmudecer, por subestimar al tiempo, por contrariar a su buena familia católica y flirtear conmigo, sabiendo que el casamiento para mi es igual que la harina para un celíaco.
    ¿De Anabel qué decir? Ahora pasa las tardes echada al sol con la lengua afuera, sin dejar de escuchar la música de los hermanos Carpenters, mientras entretiene las encías con miles de caramelos Sugus. Ya no traga capuchones para calmar su angustia. Somos asì. Un poco ingenuos para creer que a más tardar el año próximo llega el Apocalipsis. Y de acá en más no sé. Con Pulky vivo era distinto, no siempre estaba en otra, como parecía.

       María Emilia no lo sabe aún...

      (Segundo paso- folkrock- "María Emilia tras una nube")

      (Tercer paso- hardrock- "Pulky eye"

     “¡Es el ojo de Pulky!” clamó como una desesperada Anabel, casi como una marrana. Se le había dado por cerrar todas las puertas de la casa con doble llave. Nadie salga y ¡es el ojo de Pulky!, ahí adherido a la cerradura del lado de afuera. Seguro que es el de èl: marrón claro, triste, como pasado por agua. “Nos mira a nosotros, nos espía”, gritaba Anabel corriendo frenética, llevándonos por delante a mí y a Lily…)




SALIR DE CROTO

   Johnny lo repetía con los ojos clavados en el piso, como buscando una moneda por más chica que fuera. “Hay que salir de croto, no queda otra”, repetía sin agregar nada más. No sabía bien que significaba eso de “salir de croto”, aunque alguna idea tenía: un buen laburo, una buena hembra, una buena vida, nada había que no llevara lo “bueno” como condicional para salir de la liviana mendicidad. Si aún podían comer un sanguche de algo y tomar cerveza, la duda era saber cuánto tiempo iba a durar ese momento, esa mediocridad estática, lujo pobre, resultado ajustado, delgada línea o como quiera que se llame.
    Lo que paraJohnny surgía de un modo natural y hasta como una necesidad, a Miguel lo tenía sin cuidado. Quizás su espejo personal no lo devolvía como croto o se sentía bien en su confort: pequeña sala de estar sin ventanas. Sus ojos no buscaban monedas en el piso, sino nubes con forma de ovejas o perros. ¡Vaya del pseudo croto aquel que sólo piensa en salir de croto!. En eso los amigos tenían tiempos distintos: entre la urgencia y el cortoplacismo, las presiones externas y el bienestar interior.
    De vez en cuando se le venía a la cabeza a Miguel la idea de croto. Vestido con el mismo pantalón desde hace cinco años, con barba de semanas y, para peor, sin incentivos. Tenía un museo personal de proyectos abortados, varios de ellos en sociedad con Johnny. Desde que se conocían hablaban de viajes, rebusques en países lejanos. “Nadie es profeta en su tierra” repetían como consuelo; “todos somos crotos en nuestra tierra”, redoblaban más a modo de slogan. “Los slogans atraen a los cristianos estos que compran libros que les enseñan a ser felices”, decía Johnny que sabía de la vergüenza de Miguel cuando los miraban con ojos condenatorios. “La única que queda es salir de croto, che, no creo que sea simple pero tampoco puede ser tan difícil. Como la historia esa del mago que en el medio del truco le agarró acidez ¿la conocés esa?...” Y sin esperar ni la más mínima seña de su interlocutor parecía contarse a si mismo:
    “Ya había cortado a su asistente, quedaba juntarla, la cabeza acá, la cadera acá, las gambas y alguna que otra boludez. Cuestiones del show. Entonces le vino un fuego en la boca del estómago, un dragón parecía por poco lo que tenía adentro, boqueaba del ardor, fue un rato insoportable y tuvo que salir corriendo del escenario. Juntó como pudo a la mina, se fue por un costado y lo más lindo que le dijeron fue ridículo. Yo estaba entre los que lo vieron, fila seis, butaca de fierro, ¿sabes lo que le grité? Y estoy seguro que lo escuchó, que se filtró en el ruido… cinco letras, dos sílabas, ¿y? ¿no te imaginás? c-r-o-t-o, cro-to, lo peor que le pueden decir a un mago. Los magos, que no dejan nada librado al azar, sino la ilusión se cae a pedazos, viste…”.
    Lo que no tuvo en cuenta Johnny es que si hay algo que le sobra a los crotos son ilusiones, de colores puros e impuros, andrajosas o recoletas. Montado de valor en sus ilusiones cabalga el croto que quiere salir del agujero: Johnny lo llamaba agujero, jamás pozo y encima fantaseaba que un croto con muchos agujeros podía convertirse en un queso con sólo alucinarlo.
    Delirios del croto, mientras apura el cuarto litro de cerveza, con lascivia mirando las piernas duras de una ejecutiva que ensaya un trote tímido por la avenida. Siempre en la misma calle de la misma vereda y el mismo fondín.

CARTAS IMAGINARIAS (I)

     Hoy, que hace rato no la veo, quiero creer que lo imaginario es un consuelo de mala calidad, como los whiskys etiqueta ocre que tomo de puro curda nomás. Bah, no solo por eso: también para castigarme mientras miro una foto de Pugliese dando la espalda. Angosto es el espacio que separa al cuerpo del ocaso. Más temprano que tarde, violento, el sombrero caerá y con él, la diplomacia. A4 hundido.
     Estimada suena formal y mentiroso. Para “estimar” a alguien hay que quererlo demasiado. Por eso, la otra palabra mágica: querida, también resulta falsa. Quizás lo piense demasiado y no haya que pensarlo tanto. Sea tu nombre de pila a secas y punto. Si te viera caminando sola por la avenida con tus carpetas llenas de stickers aplastadas en los pechos, no te diría ni estimada, ni querida. Tampoco diría tu nombre, aunque sea lo más probable.
       De algún modo se que nos comunicaremos, pese a la distancia emocional y pese a que estas cartas jamás lleguen a las manos dadivosas de tu madre. Ella te daría una opinión calificada sobre mis segundas intenciones. Ah sí, no falla. La madre siempre está, como una afiebrada sacerdotisa dando trazos con delicadeza a su mejor pintura. Y vos que la regañás cuanto te llama por celular en plena cursada o en una reunión, vas a oir su opinión igual. Entonces, si es que ya, arrugadas por el tacto, las cartas sobre la mesa estorban, las esparcirás en pedacitos a lo ancho de tu cuarto, luminoso y ameno, para dar paso a un amante con mejores ondas y espíritu limpio. El sostendrá tus apuntes mientras paseen juntos por el parque de noche, bajo un cielo con luna creciente.
      Pero eso no es más que una suposición. De aquí en más, desde el renglón que garabateo con sucesión de letras torvas, aclaro que las conjeturas son lo más claro del contenido de estas cartas. Porque sí, porque para certezas están los diarios y los libros de autoayuda. Aquí no hay ínfulas de verosimilitud, como diría un académico. Solo hago de cuenta que, con tenerte enfrente, podría decir lo que escribo y lo escribo por no tenerte ni siquiera en la habitación de al lado. No te culpo: también fueron más las veces que preferí aburrirme solo, escribiendo cartas o jugando batallas navales en el aire.
      En el fondo tampoco podrás engañarme. Quiero creer que tus días siguen siendo mustios, enclenques y que la depresión no te la curó el ejecutivo de la Old System Company con el que te pavoneabas por los cines de trasnoche. Ni tampoco el joven y vigoroso militante de la agrupación hiperinconformista que te guiñó el ojo al darte un tríptico mal impreso, previo paso para que le cuentes tus vacíos de ayer, hoy y siempre.
     Es más: si tomara un whisky más podría figurarme a tus novios como los cinco grandes del buen humor. Aunque sería un exceso. Se bien lo desnudo que me dejan las resacas, como si el canario viniera a picar el alpiste en mi coraje vuelto migas. Sin piel, sin escamas, sin aletas, sin voz. Una aproximación a la mejor forma que te regalé: el esfuerzo torpe de demostrar las evidencias de mis faltantes, con la mayor dignidad posible. Y pucha, ni digno pude besarte. O al menos en lo que en las semblanzas aparece como dignidad. ¡Qué arrebato! El espejo me devuelve digno cuando más circunspecto estuve y ni un apodo pretendidamente cursi te puse. Un apodo tontuelo con el que llamarte en plena calle ante los ojos incrédulos de los desconocidos. Eso te hubiera hecho más feliz que cualquier rasgadura de mi camisa o rotura de mi rodilla.
    ¿En qué estaba? En el modo de iniciar la serie de cartas imaginarias con las que planeo despedirme de a poco de tu sombra. Una pavana hecha muy despacio cuyo sonido final coincida con el más leve ronquido de tu piel, sin que la mascota del cariño se perturbe. Arqueado el lomo como el de una gata aturdida irás con los últimos gramos de esplendor al buzón de tu departamento. El encargado, que pocas veces te nota sobria, no ocultaría una mueca de extrañeza al sentir el roce de tus yemas en las hojas. Sólo si mi imaginación fuera materia.

sábado, 13 de abril de 2013

ENAMOR O ALGO PARECIDO

    (Una de las obras monumentales con las que acometió en sus ratos libres Pedro Diestra fue Teoría universal de los sentimientos.
    Esta obra fue el fruto de la incapacidad que hasta entonces tenía Diestra para enamorarse. Fue entonces que, desesperado, escribió lo que tuvo pretensiones de ser un intento racional de explicar "aquello que mueve a dos individuos a entablar la más íntima de las relaciones" según sus propias palabras. La obra presentaba toques antropologicos, no pocas pretensiones filosofícas y un sin fín de observaciones.
     Logicamente quedó inconclusa, como tantos otros proyectos del escritor nacido en Balvanera.
      Del corpus original quedaron inventarios y descripciones puntillosas hechas a lo largo de ocho meses en distintos ámbitos sociales, como ser salidas de escuelas o cocteles lujosos. De allí se extrae el frío ejercicio que prosigue, cerrado con una conclusión apresurada e innecesaria.
     “Frío, apurado e innecesario” fueron tres de los adjetivos que usaron los pocos críticos que leyeron fragmentos del corpus de aproximadamente 2500 folios.
     Sobre Diestra vale decir que, según fuentes allegadas, hasta el día de su muerte no le quedó otra que creerse enamorado siendo, al menos, cuatro las veces que lo creyó de veras)



-El conversa aburrido. Sostiene una copa en su mano izquierda.

-Ella entra por primera vez y recorre el lugar con su mirada.

-El desvía sus ojos y la encuentra, lejana.

-Ella lo ve, atraída en el acto.

-El mantiene su mirada en ella, olvidándose de la conversación.

-Ella le responde al anfitrión, sin perder de vista esos ojos que la interpelan.

-El no tiene duda de que ella lo miró.

-Ella no tiene duda de que él la miró.

-El cree que ella es preciosa como un rubí.

-Ella se ruboriza como una esmeralda.

-El esboza una sonrisa incontenible en sus labios.

-Ella mira hacía un costado, como perdida, pero regresa.

-El bebe un trago corto de su copa.

-Ella se ríe con ganas por primera vez en la noche.

-El le corresponde con ánimo.

-Ella se muerde su labio inferior.

-El cierra los ojos con fuerza, como imaginando algo.

-Ella musita algo que él no llega a entender.

-El levanta las cejas y achina los parpados denotando incomprensión.

-Ella se vuelve a reír, ahora con más énfasis.

-El sólo sonríe.

-Ella se acaricia el pelo y amaga con irse.

-El recuerda que forma parte de una conversación y se disculpa.

-Ella sonríe y comienza a retirarse.

-El intenta acercarse a pesar de sus partenaires.

-Ella ensaya un saludo desganado con su mano derecha extendida.

-El no la pierde de vista e intenta llegar hacía ella, previa disculpa.

-Ella le da la espalda y se aleja con pasos medidos.

-El se detiene y desanda sus pasos tímidos.

-Ella sigue caminando.

-El gira tres cuartos de su cuerpo para retornar a su lugar de oyente.

-Ella se da vuelta apenas y sonríe sobre su hombro.

-El se da vuelta apenas y sonríe sobre su hombro.

-Ella vuelve a girar y se aleja definitivamente.

-El regresa defiitivamente y convierte en entretenida la conversación.

Conclusión del narrador: El amor, en ocasiones, no es como lo pensamos.