lunes, 29 de abril de 2013

MINIMA GANANCIA

   (El siguiente es un artículo que Rubén Irastorza  presentó en un Congreso sobre ludopatía realizado en Chapadmalal en el crudo invierno de 2007. 
   El mismo fue olímpicamente ignorado por la comunidad reunida en la localidad mencionada. A partir de esa omisión, Bertoni jamás volvió a indagar en la psiquis de jugador alguno, pese a rumores que versaban sobre su colaboración en la escritura de la biografía del célebre campeón de bolitas uruguayo, Felisberto Onetti)

     Ganar o perder. A sabiendas de este dualismo certero, el apostador no ignora que cada nuevo intento es una oportunidad, y, a su vez, un reto. Lo que se pierde entre sus manos sudorosas ya no es un mero billete, sino una cosquilla imperfecta a la fortuna que procura doblegarlo a carcajadas.
   El apostador, a ciencia cierta, comprende que el puente intermedio entre su corazonada y el resultado es una ficha, ese papel. Poseedor de un frenesi sin igual, ya Dostoievsky narro muy bien en El Jugador, el ánima que se transporta al cuerpo de quien se coloca firme, frente al paño verde de la esperanza.
    La incidencia de la cantidad de veces (siempre inusuales) en que el cero es cantado por el croupier no hace mella en el gesto. Apenas agrio, puede observar como el rastrillo pequeño se desliza acariciando la alfombra numérica yéndose en esa recolección las fichas color salmón, como una chance más.
   Recurrentemente, ante la referencia de haber visitado un casino, un bingo, o un hipódromo; o sino mas evidente cuando se abusa en dosis homeopáticas de alguna lotería,
se suele interrogar: "Y, ¿Ganaste algo?" preconizando complicidad.
    "Y... algo siempre se gana", bien contesta el apostador en una apática salida. El enigma tácito es aseverar que porción de tiempo dura esa ganancia.
   Conviene, entonces, desgranar esta respuesta, dadas las múltiples direcciones que conlleva. Estas direcciones, sin embargo, sólo son nítidas en la mente estadística de aquel que la pronuncia. Ergo, el "siempre algo se gana" implica el "podría haber perdido más", o el "al menos recupere lo que jugué", tanto como el "al menos no salio el numero que tenia pensado", o "el número que soñé", y así otras más.
   No obstante, cauteloso, y a la par, metódico, el apostador controla su tiempo (en un cronograma habituado a la distribución de sorteos y carreras; cierre de apuestas y orden de largada) e impide a su verba (prodiga en rodeos explicativos acerca de lo que no fue) explayarse sobre la importancia relativa de cada triunfo y de cada derrota.
   Es cierto: sabe que gana o pierde. Para el, no hay empate posible. Empero, lo que trasunta ese determinismo es la visión relativa que mantiene el carácter lúdico de cada apuesta. No huele a resignación esa óptica sana de observar, aun a pesar de la bruma, el vaso medio lleno y no precisamente de monedas.
   De hecho, no resulta descabellado corroborar que el mismo monto ganado (en caso de ser así) será reinvertido. Además, nadie que se precie de apostador, pretende ser millonario, mas quiere demostrarse que es capaz de romper la monotonía, de pasar al frente un momento y retribuir con uno, los miles de pitos catalanes refrendados.
   Por eso la reincidencia y hasta la compulsión resultan lógicas en alguien que aspira a torcer la norma, a tornar ese divertimento en un gesto de rebelión. Si bien un numero calculado de derrotas connota la aparición de un triunfo, al menos, ese triunfo, es visto como una compensación y, por lo inusual, en algo gratificante.
   Ajeno a las grandes celebraciones, con una sonrisa que no busca disimularse tampoco, el apostador recibe su premio sin mas. La medicina para su ansiedad surte mejor efecto y, a la espera de una nueva oportunidad, fija sus ojos en la lejanía, sin dejar de carburar en que zona del cuerpo de la fortuna surtirá mejor efecto el tacto.
  En síntesis, la decantación de estas pequeñas observaciones posibilita una hipótesis: el apostador se mide en todos los ámbitos de su vida. Su concepción de la derrota repetida, tanto como amortizada, hace ver los logros como consecuencias evidentes del mayor juego pergeñado.
    O tal vez sea la intermediación constante aguardando el rastrilleo final, saltando de mesa en mesa. Consintiendo cada brinco como un plan de evasión ininterrumpido donde, a pesar del desgaste, "siempre algo se gana".

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