Tu forma de hacer los mandados me estremece.
Por el modo en que llevas las bolsas de nylon, imagino tus pensamientos.
Las próximas entradas al hogar depositando sobre la mesada tu propio cuerpo y los productos en el aire ostentando libertad.
El pan sin cortar, la mermelada sin abrir, la botella con su litro y medio, las arvejas aprisionadas en una lata.
Antes, cuando te crucé en la vereda, la coordenada de tus manos se complotaba con la sarta de tu mirada para equilibrarse.
Quietud de las miradas que no dejan de subir y bajar, no dejan de extraer interiores para transportarlos (transportarme) hacía la misma costura, al lado de los palilleros.
Como ese envase, la vida no tiene retorno: el axioma de hoy es vivir.
Como ese envase, la vida no tiene retorno: el axioma de hoy es vivir.
En tanto, esto ya no son caprichos, sino rayes.
En una foto de los dos, hice una cruz en tu cara. La mía, sigue sonriendo igual.
Aquí hay dos peatones en una esquina, un colectivo y más allá un puesto de flores. De vez en cuando, vuelvo a estremecerme al recordar tus falanges y tus muñecas conduciendo levemente esas bolsas.
La materialización del mandado en la piel de tus manos, del hay que comprar tal o cual, del abona con efectivo o tarjeta y el no tener monedas chicas.
Mi mandado, en cualquiera de los casos, será darte un amor sin concesiones.
No te tomaré por cajera que emite factura, ni despachante de aduana siempre predispuesta.
Ya me holgaste un término medio y te fuiste a ver las estrellas de la mano de un truhán extra large.
So pena que nunca antes te había visto de frente en una vereda con las manos ocupadas, más no entrelazadas.
Ahora se me da por el estremecimiento continuo y el miedo frecuente.
Nada me importa menos si conocer si te interesa.
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