viernes, 19 de abril de 2013

CARTAS IMAGINARIAS (I)

     Hoy, que hace rato no la veo, quiero creer que lo imaginario es un consuelo de mala calidad, como los whiskys etiqueta ocre que tomo de puro curda nomás. Bah, no solo por eso: también para castigarme mientras miro una foto de Pugliese dando la espalda. Angosto es el espacio que separa al cuerpo del ocaso. Más temprano que tarde, violento, el sombrero caerá y con él, la diplomacia. A4 hundido.
     Estimada suena formal y mentiroso. Para “estimar” a alguien hay que quererlo demasiado. Por eso, la otra palabra mágica: querida, también resulta falsa. Quizás lo piense demasiado y no haya que pensarlo tanto. Sea tu nombre de pila a secas y punto. Si te viera caminando sola por la avenida con tus carpetas llenas de stickers aplastadas en los pechos, no te diría ni estimada, ni querida. Tampoco diría tu nombre, aunque sea lo más probable.
       De algún modo se que nos comunicaremos, pese a la distancia emocional y pese a que estas cartas jamás lleguen a las manos dadivosas de tu madre. Ella te daría una opinión calificada sobre mis segundas intenciones. Ah sí, no falla. La madre siempre está, como una afiebrada sacerdotisa dando trazos con delicadeza a su mejor pintura. Y vos que la regañás cuanto te llama por celular en plena cursada o en una reunión, vas a oir su opinión igual. Entonces, si es que ya, arrugadas por el tacto, las cartas sobre la mesa estorban, las esparcirás en pedacitos a lo ancho de tu cuarto, luminoso y ameno, para dar paso a un amante con mejores ondas y espíritu limpio. El sostendrá tus apuntes mientras paseen juntos por el parque de noche, bajo un cielo con luna creciente.
      Pero eso no es más que una suposición. De aquí en más, desde el renglón que garabateo con sucesión de letras torvas, aclaro que las conjeturas son lo más claro del contenido de estas cartas. Porque sí, porque para certezas están los diarios y los libros de autoayuda. Aquí no hay ínfulas de verosimilitud, como diría un académico. Solo hago de cuenta que, con tenerte enfrente, podría decir lo que escribo y lo escribo por no tenerte ni siquiera en la habitación de al lado. No te culpo: también fueron más las veces que preferí aburrirme solo, escribiendo cartas o jugando batallas navales en el aire.
      En el fondo tampoco podrás engañarme. Quiero creer que tus días siguen siendo mustios, enclenques y que la depresión no te la curó el ejecutivo de la Old System Company con el que te pavoneabas por los cines de trasnoche. Ni tampoco el joven y vigoroso militante de la agrupación hiperinconformista que te guiñó el ojo al darte un tríptico mal impreso, previo paso para que le cuentes tus vacíos de ayer, hoy y siempre.
     Es más: si tomara un whisky más podría figurarme a tus novios como los cinco grandes del buen humor. Aunque sería un exceso. Se bien lo desnudo que me dejan las resacas, como si el canario viniera a picar el alpiste en mi coraje vuelto migas. Sin piel, sin escamas, sin aletas, sin voz. Una aproximación a la mejor forma que te regalé: el esfuerzo torpe de demostrar las evidencias de mis faltantes, con la mayor dignidad posible. Y pucha, ni digno pude besarte. O al menos en lo que en las semblanzas aparece como dignidad. ¡Qué arrebato! El espejo me devuelve digno cuando más circunspecto estuve y ni un apodo pretendidamente cursi te puse. Un apodo tontuelo con el que llamarte en plena calle ante los ojos incrédulos de los desconocidos. Eso te hubiera hecho más feliz que cualquier rasgadura de mi camisa o rotura de mi rodilla.
    ¿En qué estaba? En el modo de iniciar la serie de cartas imaginarias con las que planeo despedirme de a poco de tu sombra. Una pavana hecha muy despacio cuyo sonido final coincida con el más leve ronquido de tu piel, sin que la mascota del cariño se perturbe. Arqueado el lomo como el de una gata aturdida irás con los últimos gramos de esplendor al buzón de tu departamento. El encargado, que pocas veces te nota sobria, no ocultaría una mueca de extrañeza al sentir el roce de tus yemas en las hojas. Sólo si mi imaginación fuera materia.

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