viernes, 19 de abril de 2013

PULKY (intento de sinfonía doméstica en tres o cuatro pasos)

    Pulky se murió. Comió una feta de queso con dulce de leche a la madrugada y se murió. Antes había oido boleros cantados por Bola de Nieve y hablado con María Emilia por teléfono. Pero luego se desplomó. No sé. Lo contó Anabel. Ninguno de nosotros tres lo esperaba y el doctor Motta dijo que fue muerte súbita.
   ¿Por qué? ¿por qué Pulky y no yo? ¿Pulky tenía coronita?
   Ignoran seguro que fue un tramposo, un vendehumo que escupía en el piso y sin decoro los carozos de las aceitunas negras. Si hasta la vez que una Holando Argentina le mugió, Pulky eructó. Aprendiz de bestia, pichón de Frankestein. ¿Qué quiso Dios con él al llevárselo antes?
   Tal vez le produjo horror la imagen doblada de Lily, que nunca olvida tomarse una pastilla por hora mezclada con fernet. Anabel sólo se inyecta y tiene arruinados los dientes. ¿Y yo?... el más puritano: al poner cocaína en el puré el efecto es ambiguo, tanto como cuando la aspiro post siesta de media tarde.
   Pero Pulky, él es el difunto, nos cagó: de ignorarla, hembra y pérfida, la parca lo encaró. Tan repentinas las cosas como higos que caen de una higuera universal. Solos e inexplicables, frotándonos los ojos por no creer. La incredulidad es el mar cotidiano que nos barre. Y Pulky tan preocupado por no llegar nunca tarde a la función del cine, no intuyó ni en sueños ser el primero en espichar. Con su cara inexpresiva pegada a las baldosas o marcando la pared con sus ojotas negras. Además, el hecho de hablar por teléfono seguido con María Emilia lo distraía; su medida de estar bien vaciaba el frasco de Lily: a fin de cuentas, Pulky debía ser de ella o de ninguna. Sin embargo, jamás se lo hizo notar. Ahora más que nunca se asemeja Lily a una Magdalena, esposa de un farmacéutico de antes. Que se joda. Por enmudecer, por subestimar al tiempo, por contrariar a su buena familia católica y flirtear conmigo, sabiendo que el casamiento para mi es igual que la harina para un celíaco.
    ¿De Anabel qué decir? Ahora pasa las tardes echada al sol con la lengua afuera, sin dejar de escuchar la música de los hermanos Carpenters, mientras entretiene las encías con miles de caramelos Sugus. Ya no traga capuchones para calmar su angustia. Somos asì. Un poco ingenuos para creer que a más tardar el año próximo llega el Apocalipsis. Y de acá en más no sé. Con Pulky vivo era distinto, no siempre estaba en otra, como parecía.

       María Emilia no lo sabe aún...

      (Segundo paso- folkrock- "María Emilia tras una nube")

      (Tercer paso- hardrock- "Pulky eye"

     “¡Es el ojo de Pulky!” clamó como una desesperada Anabel, casi como una marrana. Se le había dado por cerrar todas las puertas de la casa con doble llave. Nadie salga y ¡es el ojo de Pulky!, ahí adherido a la cerradura del lado de afuera. Seguro que es el de èl: marrón claro, triste, como pasado por agua. “Nos mira a nosotros, nos espía”, gritaba Anabel corriendo frenética, llevándonos por delante a mí y a Lily…)




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