Johnny lo repetía con los ojos clavados en el piso, como buscando una moneda por más chica que fuera. “Hay que salir de croto, no queda otra”, repetía sin agregar nada más. No sabía bien que significaba eso de “salir de croto”, aunque alguna idea tenía: un buen laburo, una buena hembra, una buena vida, nada había que no llevara lo “bueno” como condicional para salir de la liviana mendicidad. Si aún podían comer un sanguche de algo y tomar cerveza, la duda era saber cuánto tiempo iba a durar ese momento, esa mediocridad estática, lujo pobre, resultado ajustado, delgada línea o como quiera que se llame.
Lo que paraJohnny surgía de un modo natural y hasta como una necesidad, a Miguel lo tenía sin cuidado. Quizás su espejo personal no lo devolvía como croto o se sentía bien en su confort: pequeña sala de estar sin ventanas. Sus ojos no buscaban monedas en el piso, sino nubes con forma de ovejas o perros. ¡Vaya del pseudo croto aquel que sólo piensa en salir de croto!. En eso los amigos tenían tiempos distintos: entre la urgencia y el cortoplacismo, las presiones externas y el bienestar interior.
De vez en cuando se le venía a la cabeza a Miguel la idea de croto. Vestido con el mismo pantalón desde hace cinco años, con barba de semanas y, para peor, sin incentivos. Tenía un museo personal de proyectos abortados, varios de ellos en sociedad con Johnny. Desde que se conocían hablaban de viajes, rebusques en países lejanos. “Nadie es profeta en su tierra” repetían como consuelo; “todos somos crotos en nuestra tierra”, redoblaban más a modo de slogan. “Los slogans atraen a los cristianos estos que compran libros que les enseñan a ser felices”, decía Johnny que sabía de la vergüenza de Miguel cuando los miraban con ojos condenatorios. “La única que queda es salir de croto, che, no creo que sea simple pero tampoco puede ser tan difícil. Como la historia esa del mago que en el medio del truco le agarró acidez ¿la conocés esa?...” Y sin esperar ni la más mínima seña de su interlocutor parecía contarse a si mismo:
“Ya había cortado a su asistente, quedaba juntarla, la cabeza acá, la cadera acá, las gambas y alguna que otra boludez. Cuestiones del show. Entonces le vino un fuego en la boca del estómago, un dragón parecía por poco lo que tenía adentro, boqueaba del ardor, fue un rato insoportable y tuvo que salir corriendo del escenario. Juntó como pudo a la mina, se fue por un costado y lo más lindo que le dijeron fue ridículo. Yo estaba entre los que lo vieron, fila seis, butaca de fierro, ¿sabes lo que le grité? Y estoy seguro que lo escuchó, que se filtró en el ruido… cinco letras, dos sílabas, ¿y? ¿no te imaginás? c-r-o-t-o, cro-to, lo peor que le pueden decir a un mago. Los magos, que no dejan nada librado al azar, sino la ilusión se cae a pedazos, viste…”.
Lo que no tuvo en cuenta Johnny es que si hay algo que le sobra a los crotos son ilusiones, de colores puros e impuros, andrajosas o recoletas. Montado de valor en sus ilusiones cabalga el croto que quiere salir del agujero: Johnny lo llamaba agujero, jamás pozo y encima fantaseaba que un croto con muchos agujeros podía convertirse en un queso con sólo alucinarlo.
Delirios del croto, mientras apura el cuarto litro de cerveza, con lascivia mirando las piernas duras de una ejecutiva que ensaya un trote tímido por la avenida. Siempre en la misma calle de la misma vereda y el mismo fondín.
Lo que paraJohnny surgía de un modo natural y hasta como una necesidad, a Miguel lo tenía sin cuidado. Quizás su espejo personal no lo devolvía como croto o se sentía bien en su confort: pequeña sala de estar sin ventanas. Sus ojos no buscaban monedas en el piso, sino nubes con forma de ovejas o perros. ¡Vaya del pseudo croto aquel que sólo piensa en salir de croto!. En eso los amigos tenían tiempos distintos: entre la urgencia y el cortoplacismo, las presiones externas y el bienestar interior.
De vez en cuando se le venía a la cabeza a Miguel la idea de croto. Vestido con el mismo pantalón desde hace cinco años, con barba de semanas y, para peor, sin incentivos. Tenía un museo personal de proyectos abortados, varios de ellos en sociedad con Johnny. Desde que se conocían hablaban de viajes, rebusques en países lejanos. “Nadie es profeta en su tierra” repetían como consuelo; “todos somos crotos en nuestra tierra”, redoblaban más a modo de slogan. “Los slogans atraen a los cristianos estos que compran libros que les enseñan a ser felices”, decía Johnny que sabía de la vergüenza de Miguel cuando los miraban con ojos condenatorios. “La única que queda es salir de croto, che, no creo que sea simple pero tampoco puede ser tan difícil. Como la historia esa del mago que en el medio del truco le agarró acidez ¿la conocés esa?...” Y sin esperar ni la más mínima seña de su interlocutor parecía contarse a si mismo:
“Ya había cortado a su asistente, quedaba juntarla, la cabeza acá, la cadera acá, las gambas y alguna que otra boludez. Cuestiones del show. Entonces le vino un fuego en la boca del estómago, un dragón parecía por poco lo que tenía adentro, boqueaba del ardor, fue un rato insoportable y tuvo que salir corriendo del escenario. Juntó como pudo a la mina, se fue por un costado y lo más lindo que le dijeron fue ridículo. Yo estaba entre los que lo vieron, fila seis, butaca de fierro, ¿sabes lo que le grité? Y estoy seguro que lo escuchó, que se filtró en el ruido… cinco letras, dos sílabas, ¿y? ¿no te imaginás? c-r-o-t-o, cro-to, lo peor que le pueden decir a un mago. Los magos, que no dejan nada librado al azar, sino la ilusión se cae a pedazos, viste…”.
Lo que no tuvo en cuenta Johnny es que si hay algo que le sobra a los crotos son ilusiones, de colores puros e impuros, andrajosas o recoletas. Montado de valor en sus ilusiones cabalga el croto que quiere salir del agujero: Johnny lo llamaba agujero, jamás pozo y encima fantaseaba que un croto con muchos agujeros podía convertirse en un queso con sólo alucinarlo.
Delirios del croto, mientras apura el cuarto litro de cerveza, con lascivia mirando las piernas duras de una ejecutiva que ensaya un trote tímido por la avenida. Siempre en la misma calle de la misma vereda y el mismo fondín.
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