lunes, 20 de mayo de 2013

OJOS DE ASPIRANTE AZUL

            Leopoldo regresa caminando desde la facultad, acaso como una manera de objetivar al periodista observador que quizás dormite en él.
            Un niño arroja, ofuscado, por su espalda la mochila de esclavo sarmientista ante los ojos desbordados de la madre, temiendo por una botella quizás, o frasquito íntegro de maternidad.
            Carlitos Chaplin y sus tiempos modernos debajo de su brazo; el hombre que llora y Oliveira que guiña un ojo a su deidad.
            Yendo derecho por 64, un cartel pequeño en una casa de rejas dice: “Cuidado con los perros”. Al doblar por 21, otro cartel en la misma casa sentencia “Cuidado con el perro”. "¿Qué es lo que pasa?", piensa Leopoldo, "¿Nos vamos quedando en el camino o vamos progresando tontamente?".
            A punto de subir al micro, en el escalón más bajo, una aspirante a doctora despide a su admirado circunstancial con un único y acéfalo beso, como lo hace hoy Paula con su espejo.
            Lo leyó ayer: “El periodismo no es un juego de salón”, como esos que pueden alquilarse enfrente de Plaza Rocha, una vez que se cruza la calle. Antes no, porque dos mujeres en sus vehículos respectivos parecen imaginar una pompa, que no hay y miran con desagrado a un empleado público que contempla como santuario, detenido ante una vidriera repleta de zapatillas. ¿Cuándo se rebelarán los pies ante tanto sometimiento colorido aprisionado con cordones?
          La humedad impide secar las veredas. Las diagonales desembocan en nuevas formas verdes de descanso y monumentos. "¿Ignorará perales la ayudante de cátedra, cuya voz de ayudante se ve interrumpida siempre? ¿Escuchó a los mirlos de Floresta la señorita de jean que recortó la tapa del Página del lunes?", sigue pensado Leopoldo.
           Devanear para no redundar en: la salud posterior a estornudos; el sol después del chaparrón; el gesto adusto luego de la obviedad; nuevos estereotipos más tarde de estereotipos; coloquios para alentar o simular una comprensión autárquica, liviana; la existencia repleta de escaleras, por las cuales ascender y descender, ascender o descender, a la vez y en cada pliegue la posibilidad de innovar, darle sentido al paso, como darle fin a la prosa o como nacer sonriendo a orillas de un río de almíbar.
            Así el asfalto, en apariencia inexpresivo, atesora el contacto de un transporte de hace años. Las palabras colocadas en un santiamén por transeúntes vulgares. Algo que leímos en el pasado reaparece, sin notar: una cara ojerosa, una voz melancólica, el sonido de una botella (o frasquito) dentro de una mochila, el olor de las peras de mayo en la quinta de los tíos, una semilla fugitiva haciendo una palmera, el sabor de una bebida dulce donde navegan hormigas al acecho.
            Arriba en el escritorio, una primera noticia imaginaria para redactar, un medio,  su dinámica y lo que existe debajo de la piel profesional. Devanear para no repetir.

EN ESTE ORDEÑ PARDO (ópera rock inconclusa)

EN ESTE ORDEÑ PARDO
(OPERA AUN INCONCLUSA EN DOS MOVIMIENTOS)



LADO A: PLEAMAR
1) Obertura (instrumental) 1:15

2) Los perros de Coronel Vidal 3:24

Los perros/ los perros/ de Coronel Vidal/ vienen y van/ los perros/ y por ahí no están. Porque vienen y van/ en Coronel Vidal/ los perros/ imperfectos/ como artefactos/ los perros/ en Coronel Vidal/ vienen y van.

3) Vivo en Vivoratà 2:32

Vivo en Vivoratà/ y soy feliz/ saludo a mi vecina/ y ella a mí/ en Vivoratà./ Raúl corta el pasto/ y Julio baldea/ en bicicleta pasa Luz/ es así/ como un colchón/ en feriado/ Vivoratà/ soy feliz/ y Aída también/ porque vivimos/ en Vivorata

4) La conjura de las estaciones de servicio 7:40

  Algo ocurrió/ y yo me lo perdí/ con las estaciones de servicio/ Algo pasó/ que hoy carteles viejos/ cobijan. Si ayer/ surtidores mecían/ la tenue carburación/ hoy están rotos/ y olvidados/ duermen perros/ y se marchitan flores/ Porque algo pasó

5) Capital del pulóver (instrumental) 1:45


LADO B: BAJAMAR
1) Propietario o nada (instrumental) 1:29

2) Terminal (debajo de sus techos) 8:45

Los techos de la Terminal/ y los inválidos que pasan./ Señora carga bolso/ muchacho se despide./ Aquí o allá en donde vive/ bullicio de transporte./ Uno de remera amarilla/ subido al escalón final/ de la entrada a la Terminal./ Hace sonar sus ojotas blancas/ la jovencita del abrigo rosa/ mientras mira decorosa/ siempre con su abrigo/ en busca de un amigo/ o novio/ o hermano/ o elefante/ diamante/ o amante./ Con prisa por la vereda/ se desplaza/ morocha con mochila/ sin reparar en la Terminal/ ni en el animal/ que a todos observa./ Un cesto de basura rebasado/ y una cabina telefónica/ dando ocupado/ a quien llama/ a su amada/ dejada en el desierto/ que representan/ las ciudades sin turistas/ y pocas personas/ arribando a la Terminal/ no como aquí/ mientras bicicletas/ se amontonan/ debajo del cartel/ que indica/ la parada de taxímetros./ Dame pan/ dame pan para olvidar/ y no reparar/ en que soy el ultimo/ taxímetro de la hilera/ y nunca avanzo/ siempre ultimo en la hilera./ Ella busca un trabajo/ y debajo se amontonan/ como hormigas…/ soñé que una paloma/ se comía a un gato/ son plagas nomás/ y hay quien les da de comer/ el pan que a mi me niegan/ para poder olvidar/ como el anciano canoso/ llevando una bolsa de plástico/ abajo de su hombro./ Asombro de ver correr/ por la rambla/a una niña/ cuyo compañero fraternal/ falleció antes de nacer./ Tres mujeres/ que cruzan la calle/ se chocan/ con tres mujeres/ que cruzan la calle/ pero en dirección/ a la Terminal./ El silbato del policía/ procurando impartir/ un orden extinguido/ en el transito/ y el hermano del director/ fue un ser extraordinario./ Conversan dos/ al borde del cordón/ con las manos en los bolsillos/ y se dicen/ si:“el hermano del director/ fue un ser extraordinario”./ Música comercial/ de la disqueria/ recibe a los que llegan/ descendiendo de micros/ en la Terminal./ Espérame mucho/ vestida de negro/ y con tu perrito/ como te soñó Chejov./ Y si Asimov/ fue el mejor escritor/ opto por sus obras inconclusas/ las que siempre pensó/ y nunca plasmó./ Al igual que la anciana/ que sube al taxímetro:/ Sí, sí, lo pensó/ aunque jamás lo realizó/ sus hijos ahora/ tienen hijos/ y es tarde./ Sube corriendo los peldaños/ y lo estrecha en un abrazo:/ bienvenido a la ciudad/ que todos eligen/ para mostrarse mas livianos/ en Argentina./ Medita sentado/ el hombre con su bolsa/ de alfajores típica./ Y hay quien/ aplaude a la nada/ con las manos en la espalda./ Ajenos a las bocinas/ y a los ladrillos huecos/ los cuales descansan/ por olvidados/ en un costado./ Se nubla/ se nubla/ todavía es de día/ y el movimiento/ es incesante/ ascenso y descenso./ Bebé en su coche./ Esta desconcertada/ la de los zapatos blancos/ en punta:/ imprecisos/ aunque excitantes./ Acompañela/ acompañela/ sin sacarse el cigarrillo/ de la boca/ usted/ que ya ha visto demasiado/ presiento el clamor/ de una ayuda/ en su boina/ jefe/ al igual que/ el surco de agua/ dejado por un temporal/ de ayer./ Seguimos yendo/ sin ir/ en ascenso y descenso/ sin movernos./ Hoy aquí/ llevando bolsos/ arriando valijas/ o guitarras/ también carteras/ y mochilas/ esperando que/ alguien/ nos venga a buscar/ o abordando/ taxímetros sin más/ estacionados sin más/ estacionados toda la vida./ Y un barcito dentro./ Y los techos de la Terminal/ con sus palomas/ plagas/ chapas y/ pequeñas chimeneas y/ debajo amontonados/ ustedes o nosotros./ Por supuesto:/ los micros/ salen y entran./ Amontonados./ Salen y entran.

3) Pakistán Shop 2:35

Hay monederos/ y una foto de Yasser/ con el dueño/ ¿Era Pakistán Shop?/ el de los elefantes de porcelana/ y colores…/ El Pakistán Shop/ Pakistán Shop/ Vidriera del Pakistán Shop.

4) Odisea de Marales/Inventario de hoteles 4:35

(Vease letra en el sobre interno)

5) Reprise final: Los perros de Coronel Vidal 1:10

Los perros/ los perros/ de Coronel Vidal/ vienen y van/ y por ahí no están. Porque vienen y van.



Grabado en los estudios Peloponeso entre Enero y Noviembre de 2006.



sábado, 11 de mayo de 2013

ISTMO

     Adolfo pensó en darse vuelta y decirle “te quiero” como una forma de ganar un poco de tiempo. Pero no lo hizo por temor a quedar ridículo y, también, por temor a que Rosa se despertase. Prefirió girar en silencio, sólo para verle la espalda cubierta por la frazada, confundida con el camisón, y para acercar la planta de sus pies a los pies de ella. La nuca descubierta parecía hormiguear indicándole que Rosa aún estaba ahí, pese al frío y al silencio. Pese a que la distancia entre sus cuerpos en la cama la hacía un océano. Un océano que ninguno tenía fuerzas para atravesar. Ni fuerza ni ganas.
      De forma repetida, a Adolfo se le ocurría pensar en los por qué. Si era su culpa, de Rosa, de los dos, de nadie, de la coyuntura, de la mala suerte. Cuando se agobiaba con hipótesis olvidaba el ansia de una respuesta en el pelo castaño de Rosa que mantenía la misma magia. Una magia incierta. Así de poco servía inventarse planes como una forma de burlar lo inevitable, como cartógrafos con distintas escalas. Ella, de espaldas, adivinando en la penumbra, la posición correcta de los adornos sobre la cajonera. Él, de espaldas a la puerta, intentando adivinar las conjeturas de ella.
     Desde la calle los maullidos de un gato en celo incitaban a los perros a ladrar. Adentro, el cuarto, también era una rivalidad, pero sin evidencias. Una rivalidad resignada, una puja discreta por ver quién mantenía reprimidas sus ganas de hablar, más no sea para decir boberías como un “te quiero” o “pasamos cosas peores que éstas”, o la invocación a algún recuerdo alegre, como si eso pudiera despertar a las aves dormidas del cariño furtivo. Un recuerdo como un maullido molesto de afuera, forzado, vano en la incertidumbre, cuando de poco sirve conservar la lealtad. Cuesta mostrarse leales cuando el peso de la derrota agobia. Cuando las imágenes se hacen una pelota en la memoria de cada uno, de Adolfo y de Rosa, tirados en la cama, en la oscuridad feroz de la pieza, en la claridad hostil de una noche despejada, en el vacío atronador del tiempo.
         La memoria. La oscuridad. El tiempo que se va. Imágenes de manos resecas por la lavandina, de nudos de corbata prolijos y comidas que valen más por la sobremesa que por el sabor. Oportunista, en la cortina beige se podría escribir: “ya nada es como fue”, y se podría con el mismo criterio vulgar levantar a los dos y pedir que se besen, que depende de ellos, que pueden volver a intentarlo. Aunque sería mejor encender la luz y que se miren con honestidad a los ojos. Que sin hablar se reconozcan vencidos y así busquen con ansía un fulgor pequeño en sus rostros, una esperanza de consuelo. Quizás reparando a su alrededor, en pequeños signos en la pieza: la camisa color té colgada de la silla sin el botón que Rosa prometió coser, unos billetes de veinte pesos arrugados sobre el televisor, una corbata que aún conserva intacto su nudo, una luna distante rozada por restos de nubes.
        Mientras tanto el roce de los pies apenas es el contacto, un istmo entre el territorio de Adolfo y el territorio de Rosa. Un istmo que espera el amanecer para disolverse y, tal vez reagruparse una nueva noche. Un istmo precario en el medio de ese océano gélido.

ZURCIR PARA VARIAR

     Zurcir para variar. Esperarla en una esquina y que el chisporroteo de su ausencia en mi sien parezca más de lo que es. Golpe de mala suerte trajeado, hecho responsable y de ley, en un tiempo bravío. En eso, tu rebelde cabellera se oxida en mil retoños, estando afuera de la ciudad para edificar un regreso posible hacía la misma avenida que conjuga con mis vigilias y decirme como arrancada de una ventisca atemporal...

    -Extrañamente, te extrañé. Extraña y desgraciadamente, te extrañé ¿Cuál era la necesidad de certificar la noción de tenerte regañándome, pidiendo disculpas, oír tu sermón acerca de lo empalagoso del azúcar en las infusiones?... no me lo puedo explicar, pero te soy sincera: si de algo sirve esa franqueza está sostenida en eso: tuve nostalgia de vos, aunque no sé por qué.

     Y en esas ocasiones sobreviene el zumbido en el oído. Tan cercano a la inconstancia de mis palabras y la claridad ajena. ¿Por qué alguien debería de extrañarme? Jamás lo pensé, en parte porque nadie me lo había enrostrado anteriormente como lo había hecho ella en ese atardecer florido.
      O fue como una evocación de algo muerto que por eso se extraña... ¿temo sentirme muerto?... o es más el temor a la certeza de arrastrar los zapatos sin dirección alguna o las piernas como en una kermesse de pueblo olvidado. Su “extrañamente te extrañé” habla mucho de mí también, a lo mejor de ustedes, de un cataclismo considerable en las huestes de lo prefabricado. No es lo mismo, ni sincero, un “extrañamente te esperé”, porque la espera no admite extrañezas y si uno se entrega a las fauces de la espera es porque sabe que puede ser devorado.  Su “extrañamente te extrañé”, que es una sentencia mas que una confesión; es una extensión de antebrazo en un mártir que aún conserva maíz en su mano; es un zurcir en espíritus confusos. Es eso, quizás: zurcir para variar.

     (O zurcir sueños posibles, tal vez. Porque en los últimos tiempos mis sueños recurren en espacios vacíos. La soledad es uno de esos espacios. Más tarde, al despertar, me hago a la idea de que esos espacios son los agentes de un tiempo que no puede ubicarse. Es decir: si con frecuencia los movimientos pendulares presentes en mi enjambre onírico oscilan entre, por ejemplo, la soledad, y todo lo demás, no debería extrañarme si fallezco de manera posterior a eso. Si al mirar alrededor puedo contemplar con creces todo lo que me circunda. Si en las habitaciones vacías, que huelen a estiércol de días, soy el primero en observar que debajo “de las camas”, el mayor botín para hallar son unos mocasines bien lustrados, o sólo la sombra de unos tacos negros o uno solo de los mocasines. Porque alguno de los dos –mocasín o amante- debió apresurarse, al sentir el ruido del ascensor en el pasillo.

     Por supuesto que no. No, de manera exclusiva, el exordio de una soledad prolongada debe ser su antítesis. Aún no recayó la prohibición de la sugestión en nuestros senderos. Su caída en desuso es otra cosa muy diferente. En todo caso, las imágenes que pululan en el cerrar de ojos, pueden pensarse como una indicación disimulada; nosotros mismos nos aconsejamos estar preparados ante una inminente desazón del espíritu – entiéndase que la terminología “desazón del espíritu” no debe interpretarse como sinónimo de soledad.
En esta instancia, las variaciones en cualquier intento de especificación de una idea son como los condimentos a una comida sosa-. Ante esto, una muchacha que gustaba del placer de la literatura los domingos al sol sin distinguir entre realidad y ficción –prefiero no llamarla como se llama ella, porque hacerlo de ese modo remite en algún sentido a mí también, a mí, al menos, cuando le acariciaba la mejilla o le recomendaba un cuento de Fitzgerald para su sunday shine- me planteó que no recordaba sus sueños.
       O más aún: tenía la certeza de no soñar -permítaseme deslizar que en un futuro ni muy cercano ni muy lejano visualizo que tendremos que estar muy bien armados ante cualquier tipo de planteos, los cuales pueden equivaler a una brisa al caminar por una soga. Ya los planteos u objeciones han perdido el factor de lo esperable, la previsibilidad fue abolida en desmedro de una ávida e inocente fantasía colectiva. Sin embargo, no debe causar contrariedad esto, más bien tenderá a provocar un esfuerzo disuasorio para correr el eje, persuasión, para anclarlo donde nosotros queramos. No es anormal pensar en una seducción de la propaganda en todo esto, tanto como en la mayoría de los órganos que conforman la existencia, desde la adquisición de un kilo de papas hasta la decisión de no usar corbata.

RIOS COMO CIEGOS

Me estoy quedando ciego, dijo

mientras se refregaba los ojos

en el medio de la calle vacía.

sintió un frío en la espalda,

de amor, dolor, sueño y

mirar a los ojos es tan lindo

que no puedo quedarme ciego

justo ahora que empiezo a

sentir que sus ojos grises

siguen abiertos sólo por mí

pensó mientras los dedos

metían sus yemas en párpados

que ya no veían sino amarillo,

como veladas las formas puras

en un río lechoso desbordado.

viernes, 3 de mayo de 2013

18 BRUMARIO DEL VERANO ESTIVAL (sic) by Leopoldo

I

    “Cuando se desea tener algo siempre se lo consigue”.
     Demasiadas sillas y perchas, ni una mísera taza de café. Luego de hacer un censo breve sobre el espacio reducido del departamento, Leopoldo recordó la frase que su compañera mística de asiento le había dicho juntando con fuerza los labios, casi como si pronunciara un mantra.
      “Ya me verás entrar triunfal al hotel Hermitage” pensó mientras distraía sus ojos en un cairel mustio adherido al techo con una bombita de cuarenta watts. Las mañanas se le hacían nudos y su cara presentaba un rojo, furioso por el sol reflejado en el ventanal. “Chiquito pero luminoso”, se convenció. Era difícil pensar en el abandono de la ciudad sin antes devolverse un poco de la paz anhelada.
     Después ¿quién iría a regresar? ¿El circunspecto de sonrisa austera o el libidinoso que imagina chances ante un cruce casual de miradas con una adolescente?
     (Son seis. Sentadas en ronda sobre una piedra. Las olas golpean con suavidad la escollera y ellas hacen circular un mate enorme de vidrio junto a un paquete de Cruz de Malta doblado a la mitad y abierto con apuro brutal. Ríen, flamean sus pelos, en posición china que matiza el sueño que se deben: presas de la madrugada, la festiva convivencia y una histeria aún en su primer estadio)


II

     Leopoldo no creía en nada. Ni en la fragancia del desodorante de ambiente ofrendado por el propietario en el botiquín del baño (“Latidos de heno” decía el envase verde manzana con la imagen de una diosa griega que no supo con certeza quién era), ni en el olor del mar, ni en el aroma dulzón a medialunas proveniente de la esquina.
      Un asunto harto complicado: devolverlo a Leopoldo al acuso de recibo del verano, mundano y comedido. Una invitación a la fe total de los turistas que, en la playa de una tarde ventosa y de bandera roja:
  •  Consultan catálogos de música en formato MP3 ante la mirada calma del vendedor que mueve su cabeza de arriba hacia abajo y viceversa, promocionando el hit que suena en un grabador cabeza de mosca sostenido en su pectoral izquierdo.
  •  Realizan juegos de ingenio en revistas diminutas. La de hebilla circular con sus uñas pintadas de rojo carmesí tiene una lapicera violeta y prefiere los crucigramas a las sopas de letras para esperar a su chico surfer.
  • Enseñan a su madre el uso de un nuevo poder y protestan porque el bronceador se pase por la espalda antes que el estomago. “Fui la figura de voley” dirá luego un gurrumín bronceado a la misma madre  a la que recién la enteró de su nuevo poder.
  • Un clásico: juegan al tejo o a la paleta.
  • Comen pochoclos. En el carro un trapo blanco atado a una caña fina lleva inscripto: “Pochoclos Cacho”. Unos metros adelante, otro carro tiene los colores de Boca Juniors como distintivo.

       Y Leopoldo tan recio como un pozo enorme en la arena. Con un vaso de plástico en el centro de su radio y ningún coral para que un perro negro de pelo gastado descanse viendo el oleaje, tan lejos de un agua que sólo mojará sus patas.


III

       En eso tuvo un leve escalofrío. Vio lo gastado del pelaje y recordó su viaje en la ruta. Los dos perros en la banquina y los altares al costado del camino por otros muertos. Altares coloridos con frases familiares: camisetas de fútbol, pequeñas cruces; altares hechos a la vera de algún tronco en el kilómetro exacto. Los perros, también: extendidos sobre el pavimento con la boca abierta y los ojos azorados, aunque sin religiones.
      Pero, ¿qué tenía que ver ese estremecimiento? Si las rocas mojadas, las sombrillas que vuelan, el cielo que se nubla y el pregón del vendedor de churros: todo conspiraba para disipar los pensamientos negros.


IV

      Entonces, cuestión de principios. No buscar la energía en un reggae hecho canción de tres minutos sino en las cosas naturales.
     Verbigracia: el mar (espejo de tu corazón), ahora dócil como un niño en un bazar. Sitio ideal para ensayar una serenata, idéntica a la que pensaba dedicarle a Nora, antes que le viniera el antojo de escribir cartas. Hubo quien leyó a escondidas la segunda de esas misivas y se decepcionó por no encontrar un verso decididamente pornográfico o soez. Lo menos que puede decir Leopoldo es que el estilo que lo cobija es otro: ni un fraseo en doble sentido, ni una picaresca contumaz, sino algo más bien naif, beatle para algunos sabelotodos; inofensivo para otros (o “chimanguero”); material de sala de espera de consultorio, según los restantes. Estos últimos son los que le duelen debido a que imagina su labor reducida al tiempo muerto de un profesional, que luego vota al candidato que más tranquilo fregue su conciencia y las de su casta.
       “Lo felicito Don Rivas. Leí su nota antes de hacerme un tratamiento de conducto. La verdad, brillante. Jamás pensé que alguien pudiera interpretarnos tan bien a nosotros, los argentinos. Y eso que he leído bastante ya”.



V

         Entre el temor incorporado al subsidio perpetuo y la distribución desconocida de los ingresos, la señora y el señor Otis rebosan sus callosos pies en la arena.  Leen panfletos bien escritos (un merito de por si) que, con tono lastimoso, evocan un pasado ideal que jamás existió.

       ¡Qué horror! ¡Qué horror! ¡Cuánto crápula en el poder politico! ¡Dios mío que castigo! ¡Cómo se puede ser tan ingenuo!

        La canalla que los rodea traza un círculo de sal entre ellos y los Otis, asqueados por la deslealtad. Acaso ¿por qué los Otis piden peras si son adictos a los olmos de un magnate? Una cuestión de clase que aspira al paraíso pero sin mover un dedo, portando el estandarte de la queja bien alto.
       “Las cosas que ocurren solamente en Argentina”, pensó irónicamente Leopoldo, “que a un matrimonio como el de los Otis no le rompan el culo a patadas en plena Costanera”. ¿No se estará haciendo mucha mala sangre? ¿Por qué posar los ojos en la casta insensata que maldice el terruño pero no repara en que sólo en él gozan de ciertos privilegios?
      El piso lleno de colillas a la derecha de un vestido con flores estampadas, hecho un andrajo sobre la lona. Cuando la marea crece es preferible hacer las valijas, calladito la boca hasta que la bonanza vuelva y que los platos rotos los paguen otros. Los Otis no, ellos jamás tienen la culpa: santos con derecho al reclamo permanente, ciudadanos comunes que forman parte de la gente y hablan por ella.


VI

      Pero dejemos en paz a los Otis. Al fin y al cabo, ellos no son la peor lacra. Participes necesarios, diría un letrado con más ínfulas de deidad que un sacristán. Dejemos en paz a los Otis y al nihilismo de Leopoldo, en este verano más comedido que rimbombante, más frugal que avinagrado y tanto más que el sol endurece los pectorales. ¿Cuánto amor podrá aguantar el hecho que en el palier haya un croto y un sobre sin abrir? (quizás el viento se lleve la carta que Nora nunca leerá) ¿Quién se hará cargo del otoño cuando ya no haya alfajores fríos ni caminatas por la peatonal?
        No lo sé. Sólo creo saber que, como dijo la mística aquella, “cuando se desea tener algo siempre (pero mirá que siempre eh) se lo consigue”.


EL OTRO

     Los cuatro obreros sentados en la vereda apoyan sus espaldas contras las piedras de una casa de estilo colonial. Las personas pasan al costado; algunas esquivan sus borceguíes con molestia, otras al menos los miran de reojo. Miran a los obreros en su descanso de mediodía. A su vez, los obreros improvisan una visera con el borde de la mano para mirar al otro, al que sigue en lo más alto de la construcción. Lo señalan, lo comprimen con los dedos. Allá, diminuto, el obrero que aún no bajó a disfrutar su vianda con el resto. Allá, diminuto, fundido con el cielo, acompañado por una brisa enemiga del vértigo.
     Uno va a buscar una gaseosa. Otro le pide que traiga cigarrillos. Un atado de veinte. Supone que la gaseosa será de pomelo. En chiste, hacen que le preguntan al de allá arriba si precisa algo. Le chiflan para que se apure, para que deje al andamio por un rato. Mientras chiflan uno, el más jodón, hace tamborilear sus dedos en un pedazo de baldosa. Entre los que siguen pasando por la vereda, desde un carrito un nene los descubre en sus caras de recreo y estira la mano pequeña. La madre ensaya una mueca de censura. El de los cigarrillos se pasa la mano por la frente y sugiere cruzar a la rambla para aprovechar la sombra. Al estirar el brazo, otro le hace notar la transpiración: surco mojado en el mameluco azul. En la rambla, un perro da la tercera vuelta antes de tirarse a dormir. Uno de los obreros ni habla, ni ríe, ni se relaja. Calzó una radio a la oreja para oir completo el resumen de la primera quiniela del día. Confía en que la provincial a los veinte lo va a salvar. Hoy soñó con una mujer de buenas piernas y por eso piensa jugarle al 77 durante el resto de la semana, al menos con cincuenta centavos. Mientras el otro sigue allá arriba, en la madera más alta, cabeceando al sol.
        Cuando el que se fue recién llega al kiosco, desde una ventana en un piso alto un ejecutivo bosteza distraido con las copas de los árboles. En un balcón, una joven de rulos cuelga una blusa roja y ve, enfrente, en el cartel que el plazo para terminar la obra es quince meses. Casi el tiempo que le queda para graduarse. A lo lejos, una nube con forma de alfajor, y más cerca el otro, el que sigue arriba. Entre los ángulos que forman los tirantes captura una franja de aire inmediata o de cemento lejano. Y debajo de los cables de teléfono, detrás de dos o tres palomas, el punto negro extendido que, imagina, son sus compañeros sentados en el umbral de una casa grande, esperándolo para almorzar. Recién ahí decide bajar despacio, sonriendo al pensar lo mucho que sus estómagos deben estar recordando a su madre.

GALAN

     Él, callado, no siente apuro ni cansancio. Tampoco, a diferencia de otros, se fastidia. Ya son diez las horas que lleva entre los decorados del estudio. Ahora descansa. Sentado en una esquina de la pared deja suspendido el libreto en el aire que media entre su rodilla y el piso alfombrado. Con la otra mano envuelve una manzana que muerde con un ritmo irregular. A veces más grandes los despojos de manzana en su boca, porción fresca que mastica, satisfaciéndolo.
      Él, galán flaco, incomprensible, de nariz chata y sonrisa pequeña, tímida. Ël, con ojos algo cansados y dientes que hincan fortaleciéndose en cada mordida. La lengua recorre sus muelas, limpiándolas sin esfuerzo, mientras espera que maquillen a su pareja del año. Ella, caprichosa y cansada, pedirá otra agua mineral sin gas, después de mirar amenazante al encargado de luces. Le recriminará que su pelo rojo parece una brasa extinguida en la imagen que devuelve el monitor. Debería parecerse a un fuego cálido y amigo. Eso en la pantalla se nota y la perjudica. Se nota y mucho. Ella ya tiene más de treinta años haciendo “esto”, cuando ella tenía diez años y “esto” era en blanco y negro. Ahí sí no importaba tanto si el pelo lucía más o menos gris en “esto” que no es, ni más ni menos, que la televisión.
     Él, callado, sigue con desdén la secuencia, jugando con el diminuto cabo de la fruta. Revisa sus palabras próximas, y repara en lo tontas que resultan. Nada que ya no haya dicho o insinuado, aunque ahora se trate de decirlo en la casa de ella. Un cartón pintado de amarillo indica que se trata de la casa de ella. Un cartón pintado de amarillo y un cuadro horrible. Desde la pieza contigua, paredes de papel, la hija de ella los escuchará tejiendo la intriga necesaria hasta el cápitulo próximo.
    Él, sorprendido, advierte que no transpiró durante la jornada. Pero su pantalón gris luce pliegues desprolijos y sí necesita un retoque. El galán alisa la tela desde la dureza de las rodillas hasta el tobillo con la mano izquierda. Siempre con la derecha sostiene la manzana que ya deja ver sus semillas negras. De reojo mira hacía uno de los hombros. Piensa en una pose ideal para las tapas de las revistas del corazón. Pero la prensa boba lo desprecia por antiestético y antipático. Ninguna ama de casa lo codicia como yerno. Aunque el éxito lo haga medianamente atractivo, al menos durante este mes de junio, donde las historias recién comienzan a reiterarse.
    Él, serio y a un costado, en el horario central junto a ella que ahora suspira y le chilla al apuntador. Un cameraman resopla y un técnico bosteza. De golpe, desde arriba se oye la voz seca del director que, casi como Dios, ordena que, por hoy, sólo falta grabar una escena.
    Él, satisfecho, guarda en una servilleta de papel el resto de manzana y la deja al lado de una madera que sostiene el decorado. Se levanta de un salto. Acomoda su perfil a la cámara y simula cuánto la quiere a ella, tanto como a la cascarita de manzana que, incrustada entre dos de sus dientes de abajo, su lengua refriega con fuerza.