Leopoldo regresa caminando desde la facultad, acaso como una manera de objetivar al periodista observador que quizás dormite en él.
Un niño arroja, ofuscado, por su espalda la mochila de esclavo sarmientista ante los ojos desbordados de la madre, temiendo por una botella quizás, o frasquito íntegro de maternidad.
Carlitos Chaplin y sus tiempos modernos debajo de su brazo; el hombre que llora y Oliveira que guiña un ojo a su deidad.
Yendo derecho por 64, un cartel pequeño en una casa de rejas dice: “Cuidado con los perros”. Al doblar por 21, otro cartel en la misma casa sentencia “Cuidado con el perro”. "¿Qué es lo que pasa?", piensa Leopoldo, "¿Nos vamos quedando en el camino o vamos progresando tontamente?".
A punto de subir al micro, en el escalón más bajo, una aspirante a doctora despide a su admirado circunstancial con un único y acéfalo beso, como lo hace hoy Paula con su espejo.
Lo leyó ayer: “El periodismo no es un juego de salón”, como esos que pueden alquilarse enfrente de Plaza Rocha, una vez que se cruza la calle. Antes no, porque dos mujeres en sus vehículos respectivos parecen imaginar una pompa, que no hay y miran con desagrado a un empleado público que contempla como santuario, detenido ante una vidriera repleta de zapatillas. ¿Cuándo se rebelarán los pies ante tanto sometimiento colorido aprisionado con cordones?
La humedad impide secar las veredas. Las diagonales desembocan en nuevas formas verdes de descanso y monumentos. "¿Ignorará perales la ayudante de cátedra, cuya voz de ayudante se ve interrumpida siempre? ¿Escuchó a los mirlos de Floresta la señorita de jean que recortó la tapa del Página del lunes?", sigue pensado Leopoldo.
Devanear para no redundar en: la salud posterior a estornudos; el sol después del chaparrón; el gesto adusto luego de la obviedad; nuevos estereotipos más tarde de estereotipos; coloquios para alentar o simular una comprensión autárquica, liviana; la existencia repleta de escaleras, por las cuales ascender y descender, ascender o descender, a la vez y en cada pliegue la posibilidad de innovar, darle sentido al paso, como darle fin a la prosa o como nacer sonriendo a orillas de un río de almíbar.
Así el asfalto, en apariencia inexpresivo, atesora el contacto de un transporte de hace años. Las palabras colocadas en un santiamén por transeúntes vulgares. Algo que leímos en el pasado reaparece, sin notar: una cara ojerosa, una voz melancólica, el sonido de una botella (o frasquito) dentro de una mochila, el olor de las peras de mayo en la quinta de los tíos, una semilla fugitiva haciendo una palmera, el sabor de una bebida dulce donde navegan hormigas al acecho.
Arriba en el escritorio, una primera noticia imaginaria para redactar, un medio, su dinámica y lo que existe debajo de la piel profesional. Devanear para no repetir.