sábado, 11 de mayo de 2013

ISTMO

     Adolfo pensó en darse vuelta y decirle “te quiero” como una forma de ganar un poco de tiempo. Pero no lo hizo por temor a quedar ridículo y, también, por temor a que Rosa se despertase. Prefirió girar en silencio, sólo para verle la espalda cubierta por la frazada, confundida con el camisón, y para acercar la planta de sus pies a los pies de ella. La nuca descubierta parecía hormiguear indicándole que Rosa aún estaba ahí, pese al frío y al silencio. Pese a que la distancia entre sus cuerpos en la cama la hacía un océano. Un océano que ninguno tenía fuerzas para atravesar. Ni fuerza ni ganas.
      De forma repetida, a Adolfo se le ocurría pensar en los por qué. Si era su culpa, de Rosa, de los dos, de nadie, de la coyuntura, de la mala suerte. Cuando se agobiaba con hipótesis olvidaba el ansia de una respuesta en el pelo castaño de Rosa que mantenía la misma magia. Una magia incierta. Así de poco servía inventarse planes como una forma de burlar lo inevitable, como cartógrafos con distintas escalas. Ella, de espaldas, adivinando en la penumbra, la posición correcta de los adornos sobre la cajonera. Él, de espaldas a la puerta, intentando adivinar las conjeturas de ella.
     Desde la calle los maullidos de un gato en celo incitaban a los perros a ladrar. Adentro, el cuarto, también era una rivalidad, pero sin evidencias. Una rivalidad resignada, una puja discreta por ver quién mantenía reprimidas sus ganas de hablar, más no sea para decir boberías como un “te quiero” o “pasamos cosas peores que éstas”, o la invocación a algún recuerdo alegre, como si eso pudiera despertar a las aves dormidas del cariño furtivo. Un recuerdo como un maullido molesto de afuera, forzado, vano en la incertidumbre, cuando de poco sirve conservar la lealtad. Cuesta mostrarse leales cuando el peso de la derrota agobia. Cuando las imágenes se hacen una pelota en la memoria de cada uno, de Adolfo y de Rosa, tirados en la cama, en la oscuridad feroz de la pieza, en la claridad hostil de una noche despejada, en el vacío atronador del tiempo.
         La memoria. La oscuridad. El tiempo que se va. Imágenes de manos resecas por la lavandina, de nudos de corbata prolijos y comidas que valen más por la sobremesa que por el sabor. Oportunista, en la cortina beige se podría escribir: “ya nada es como fue”, y se podría con el mismo criterio vulgar levantar a los dos y pedir que se besen, que depende de ellos, que pueden volver a intentarlo. Aunque sería mejor encender la luz y que se miren con honestidad a los ojos. Que sin hablar se reconozcan vencidos y así busquen con ansía un fulgor pequeño en sus rostros, una esperanza de consuelo. Quizás reparando a su alrededor, en pequeños signos en la pieza: la camisa color té colgada de la silla sin el botón que Rosa prometió coser, unos billetes de veinte pesos arrugados sobre el televisor, una corbata que aún conserva intacto su nudo, una luna distante rozada por restos de nubes.
        Mientras tanto el roce de los pies apenas es el contacto, un istmo entre el territorio de Adolfo y el territorio de Rosa. Un istmo que espera el amanecer para disolverse y, tal vez reagruparse una nueva noche. Un istmo precario en el medio de ese océano gélido.

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