I
“Cuando se desea tener algo siempre se lo consigue”.
Demasiadas sillas y perchas, ni una mísera taza de café. Luego de hacer un censo breve sobre el espacio reducido del departamento, Leopoldo recordó la frase que su compañera mística de asiento le había dicho juntando con fuerza los labios, casi como si pronunciara un mantra.
“Ya me verás entrar triunfal al hotel Hermitage” pensó mientras distraía sus ojos en un cairel mustio adherido al techo con una bombita de cuarenta watts. Las mañanas se le hacían nudos y su cara presentaba un rojo, furioso por el sol reflejado en el ventanal. “Chiquito pero luminoso”, se convenció. Era difícil pensar en el abandono de la ciudad sin antes devolverse un poco de la paz anhelada.
Después ¿quién iría a regresar? ¿El circunspecto de sonrisa austera o el libidinoso que imagina chances ante un cruce casual de miradas con una adolescente?
“Cuando se desea tener algo siempre se lo consigue”.
Demasiadas sillas y perchas, ni una mísera taza de café. Luego de hacer un censo breve sobre el espacio reducido del departamento, Leopoldo recordó la frase que su compañera mística de asiento le había dicho juntando con fuerza los labios, casi como si pronunciara un mantra.
“Ya me verás entrar triunfal al hotel Hermitage” pensó mientras distraía sus ojos en un cairel mustio adherido al techo con una bombita de cuarenta watts. Las mañanas se le hacían nudos y su cara presentaba un rojo, furioso por el sol reflejado en el ventanal. “Chiquito pero luminoso”, se convenció. Era difícil pensar en el abandono de la ciudad sin antes devolverse un poco de la paz anhelada.
Después ¿quién iría a regresar? ¿El circunspecto de sonrisa austera o el libidinoso que imagina chances ante un cruce casual de miradas con una adolescente?
(Son seis. Sentadas en ronda sobre una piedra. Las olas golpean con suavidad la escollera y ellas hacen circular un mate enorme de vidrio junto a un paquete de Cruz de Malta doblado a la mitad y abierto con apuro brutal. Ríen, flamean sus pelos, en posición china que matiza el sueño que se deben: presas de la madrugada, la festiva convivencia y una histeria aún en su primer estadio)
II
Leopoldo no creía en nada. Ni en la fragancia del desodorante de ambiente ofrendado por el propietario en el botiquín del baño (“Latidos de heno” decía el envase verde manzana con la imagen de una diosa griega que no supo con certeza quién era), ni en el olor del mar, ni en el aroma dulzón a medialunas proveniente de la esquina.
Un asunto harto complicado: devolverlo a Leopoldo al acuso de recibo del verano, mundano y comedido. Una invitación a la fe total de los turistas que, en la playa de una tarde ventosa y de bandera roja:
- Consultan catálogos de música en formato MP3 ante la mirada calma del vendedor que mueve su cabeza de arriba hacia abajo y viceversa, promocionando el hit que suena en un grabador cabeza de mosca sostenido en su pectoral izquierdo.
- Realizan juegos de ingenio en revistas diminutas. La de hebilla circular con sus uñas pintadas de rojo carmesí tiene una lapicera violeta y prefiere los crucigramas a las sopas de letras para esperar a su chico surfer.
- Enseñan a su madre el uso de un nuevo poder y protestan porque el bronceador se pase por la espalda antes que el estomago. “Fui la figura de voley” dirá luego un gurrumín bronceado a la misma madre a la que recién la enteró de su nuevo poder.
- Un clásico: juegan al tejo o a la paleta.
- Comen pochoclos. En el carro un trapo blanco atado a una caña fina lleva inscripto: “Pochoclos Cacho”. Unos metros adelante, otro carro tiene los colores de Boca Juniors como distintivo.
Y Leopoldo tan recio como un pozo enorme en la arena. Con un vaso de plástico en el centro de su radio y ningún coral para que un perro negro de pelo gastado descanse viendo el oleaje, tan lejos de un agua que sólo mojará sus patas.
III
En eso tuvo un leve escalofrío. Vio lo gastado del pelaje y recordó su viaje en la ruta. Los dos perros en la banquina y los altares al costado del camino por otros muertos. Altares coloridos con frases familiares: camisetas de fútbol, pequeñas cruces; altares hechos a la vera de algún tronco en el kilómetro exacto. Los perros, también: extendidos sobre el pavimento con la boca abierta y los ojos azorados, aunque sin religiones.
Pero, ¿qué tenía que ver ese estremecimiento? Si las rocas mojadas, las sombrillas que vuelan, el cielo que se nubla y el pregón del vendedor de churros: todo conspiraba para disipar los pensamientos negros.
IV
Entonces, cuestión de principios. No buscar la energía en un reggae hecho canción de tres minutos sino en las cosas naturales.
Verbigracia: el mar (espejo de tu corazón), ahora dócil como un niño en un bazar. Sitio ideal para ensayar una serenata, idéntica a la que pensaba dedicarle a Nora, antes que le viniera el antojo de escribir cartas. Hubo quien leyó a escondidas la segunda de esas misivas y se decepcionó por no encontrar un verso decididamente pornográfico o soez. Lo menos que puede decir Leopoldo es que el estilo que lo cobija es otro: ni un fraseo en doble sentido, ni una picaresca contumaz, sino algo más bien naif, beatle para algunos sabelotodos; inofensivo para otros (o “chimanguero”); material de sala de espera de consultorio, según los restantes. Estos últimos son los que le duelen debido a que imagina su labor reducida al tiempo muerto de un profesional, que luego vota al candidato que más tranquilo fregue su conciencia y las de su casta.
Verbigracia: el mar (espejo de tu corazón), ahora dócil como un niño en un bazar. Sitio ideal para ensayar una serenata, idéntica a la que pensaba dedicarle a Nora, antes que le viniera el antojo de escribir cartas. Hubo quien leyó a escondidas la segunda de esas misivas y se decepcionó por no encontrar un verso decididamente pornográfico o soez. Lo menos que puede decir Leopoldo es que el estilo que lo cobija es otro: ni un fraseo en doble sentido, ni una picaresca contumaz, sino algo más bien naif, beatle para algunos sabelotodos; inofensivo para otros (o “chimanguero”); material de sala de espera de consultorio, según los restantes. Estos últimos son los que le duelen debido a que imagina su labor reducida al tiempo muerto de un profesional, que luego vota al candidato que más tranquilo fregue su conciencia y las de su casta.
“Lo felicito Don Rivas. Leí su nota antes de hacerme un tratamiento de conducto. La verdad, brillante. Jamás pensé que alguien pudiera interpretarnos tan bien a nosotros, los argentinos. Y eso que he leído bastante ya”.
V
Entre el temor incorporado al subsidio perpetuo y la distribución desconocida de los ingresos, la señora y el señor Otis rebosan sus callosos pies en la arena. Leen panfletos bien escritos (un merito de por si) que, con tono lastimoso, evocan un pasado ideal que jamás existió.
¡Qué horror! ¡Qué horror! ¡Cuánto crápula en el poder politico! ¡Dios mío que castigo! ¡Cómo se puede ser tan ingenuo!
La canalla que los rodea traza un círculo de sal entre ellos y los Otis, asqueados por la deslealtad. Acaso ¿por qué los Otis piden peras si son adictos a los olmos de un magnate? Una cuestión de clase que aspira al paraíso pero sin mover un dedo, portando el estandarte de la queja bien alto.
“Las cosas que ocurren solamente en Argentina”, pensó irónicamente Leopoldo, “que a un matrimonio como el de los Otis no le rompan el culo a patadas en plena Costanera”. ¿No se estará haciendo mucha mala sangre? ¿Por qué posar los ojos en la casta insensata que maldice el terruño pero no repara en que sólo en él gozan de ciertos privilegios?
El piso lleno de colillas a la derecha de un vestido con flores estampadas, hecho un andrajo sobre la lona. Cuando la marea crece es preferible hacer las valijas, calladito la boca hasta que la bonanza vuelva y que los platos rotos los paguen otros. Los Otis no, ellos jamás tienen la culpa: santos con derecho al reclamo permanente, ciudadanos comunes que forman parte de la gente y hablan por ella.
VI
Pero dejemos en paz a los Otis. Al fin y al cabo, ellos no son la peor lacra. Participes necesarios, diría un letrado con más ínfulas de deidad que un sacristán. Dejemos en paz a los Otis y al nihilismo de Leopoldo, en este verano más comedido que rimbombante, más frugal que avinagrado y tanto más que el sol endurece los pectorales. ¿Cuánto amor podrá aguantar el hecho que en el palier haya un croto y un sobre sin abrir? (quizás el viento se lleve la carta que Nora nunca leerá) ¿Quién se hará cargo del otoño cuando ya no haya alfajores fríos ni caminatas por la peatonal?
No lo sé. Sólo creo saber que, como dijo la mística aquella, “cuando se desea tener algo siempre (pero mirá que siempre eh) se lo consigue”.
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