viernes, 3 de mayo de 2013

EL OTRO

     Los cuatro obreros sentados en la vereda apoyan sus espaldas contras las piedras de una casa de estilo colonial. Las personas pasan al costado; algunas esquivan sus borceguíes con molestia, otras al menos los miran de reojo. Miran a los obreros en su descanso de mediodía. A su vez, los obreros improvisan una visera con el borde de la mano para mirar al otro, al que sigue en lo más alto de la construcción. Lo señalan, lo comprimen con los dedos. Allá, diminuto, el obrero que aún no bajó a disfrutar su vianda con el resto. Allá, diminuto, fundido con el cielo, acompañado por una brisa enemiga del vértigo.
     Uno va a buscar una gaseosa. Otro le pide que traiga cigarrillos. Un atado de veinte. Supone que la gaseosa será de pomelo. En chiste, hacen que le preguntan al de allá arriba si precisa algo. Le chiflan para que se apure, para que deje al andamio por un rato. Mientras chiflan uno, el más jodón, hace tamborilear sus dedos en un pedazo de baldosa. Entre los que siguen pasando por la vereda, desde un carrito un nene los descubre en sus caras de recreo y estira la mano pequeña. La madre ensaya una mueca de censura. El de los cigarrillos se pasa la mano por la frente y sugiere cruzar a la rambla para aprovechar la sombra. Al estirar el brazo, otro le hace notar la transpiración: surco mojado en el mameluco azul. En la rambla, un perro da la tercera vuelta antes de tirarse a dormir. Uno de los obreros ni habla, ni ríe, ni se relaja. Calzó una radio a la oreja para oir completo el resumen de la primera quiniela del día. Confía en que la provincial a los veinte lo va a salvar. Hoy soñó con una mujer de buenas piernas y por eso piensa jugarle al 77 durante el resto de la semana, al menos con cincuenta centavos. Mientras el otro sigue allá arriba, en la madera más alta, cabeceando al sol.
        Cuando el que se fue recién llega al kiosco, desde una ventana en un piso alto un ejecutivo bosteza distraido con las copas de los árboles. En un balcón, una joven de rulos cuelga una blusa roja y ve, enfrente, en el cartel que el plazo para terminar la obra es quince meses. Casi el tiempo que le queda para graduarse. A lo lejos, una nube con forma de alfajor, y más cerca el otro, el que sigue arriba. Entre los ángulos que forman los tirantes captura una franja de aire inmediata o de cemento lejano. Y debajo de los cables de teléfono, detrás de dos o tres palomas, el punto negro extendido que, imagina, son sus compañeros sentados en el umbral de una casa grande, esperándolo para almorzar. Recién ahí decide bajar despacio, sonriendo al pensar lo mucho que sus estómagos deben estar recordando a su madre.

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