sábado, 11 de mayo de 2013

ZURCIR PARA VARIAR

     Zurcir para variar. Esperarla en una esquina y que el chisporroteo de su ausencia en mi sien parezca más de lo que es. Golpe de mala suerte trajeado, hecho responsable y de ley, en un tiempo bravío. En eso, tu rebelde cabellera se oxida en mil retoños, estando afuera de la ciudad para edificar un regreso posible hacía la misma avenida que conjuga con mis vigilias y decirme como arrancada de una ventisca atemporal...

    -Extrañamente, te extrañé. Extraña y desgraciadamente, te extrañé ¿Cuál era la necesidad de certificar la noción de tenerte regañándome, pidiendo disculpas, oír tu sermón acerca de lo empalagoso del azúcar en las infusiones?... no me lo puedo explicar, pero te soy sincera: si de algo sirve esa franqueza está sostenida en eso: tuve nostalgia de vos, aunque no sé por qué.

     Y en esas ocasiones sobreviene el zumbido en el oído. Tan cercano a la inconstancia de mis palabras y la claridad ajena. ¿Por qué alguien debería de extrañarme? Jamás lo pensé, en parte porque nadie me lo había enrostrado anteriormente como lo había hecho ella en ese atardecer florido.
      O fue como una evocación de algo muerto que por eso se extraña... ¿temo sentirme muerto?... o es más el temor a la certeza de arrastrar los zapatos sin dirección alguna o las piernas como en una kermesse de pueblo olvidado. Su “extrañamente te extrañé” habla mucho de mí también, a lo mejor de ustedes, de un cataclismo considerable en las huestes de lo prefabricado. No es lo mismo, ni sincero, un “extrañamente te esperé”, porque la espera no admite extrañezas y si uno se entrega a las fauces de la espera es porque sabe que puede ser devorado.  Su “extrañamente te extrañé”, que es una sentencia mas que una confesión; es una extensión de antebrazo en un mártir que aún conserva maíz en su mano; es un zurcir en espíritus confusos. Es eso, quizás: zurcir para variar.

     (O zurcir sueños posibles, tal vez. Porque en los últimos tiempos mis sueños recurren en espacios vacíos. La soledad es uno de esos espacios. Más tarde, al despertar, me hago a la idea de que esos espacios son los agentes de un tiempo que no puede ubicarse. Es decir: si con frecuencia los movimientos pendulares presentes en mi enjambre onírico oscilan entre, por ejemplo, la soledad, y todo lo demás, no debería extrañarme si fallezco de manera posterior a eso. Si al mirar alrededor puedo contemplar con creces todo lo que me circunda. Si en las habitaciones vacías, que huelen a estiércol de días, soy el primero en observar que debajo “de las camas”, el mayor botín para hallar son unos mocasines bien lustrados, o sólo la sombra de unos tacos negros o uno solo de los mocasines. Porque alguno de los dos –mocasín o amante- debió apresurarse, al sentir el ruido del ascensor en el pasillo.

     Por supuesto que no. No, de manera exclusiva, el exordio de una soledad prolongada debe ser su antítesis. Aún no recayó la prohibición de la sugestión en nuestros senderos. Su caída en desuso es otra cosa muy diferente. En todo caso, las imágenes que pululan en el cerrar de ojos, pueden pensarse como una indicación disimulada; nosotros mismos nos aconsejamos estar preparados ante una inminente desazón del espíritu – entiéndase que la terminología “desazón del espíritu” no debe interpretarse como sinónimo de soledad.
En esta instancia, las variaciones en cualquier intento de especificación de una idea son como los condimentos a una comida sosa-. Ante esto, una muchacha que gustaba del placer de la literatura los domingos al sol sin distinguir entre realidad y ficción –prefiero no llamarla como se llama ella, porque hacerlo de ese modo remite en algún sentido a mí también, a mí, al menos, cuando le acariciaba la mejilla o le recomendaba un cuento de Fitzgerald para su sunday shine- me planteó que no recordaba sus sueños.
       O más aún: tenía la certeza de no soñar -permítaseme deslizar que en un futuro ni muy cercano ni muy lejano visualizo que tendremos que estar muy bien armados ante cualquier tipo de planteos, los cuales pueden equivaler a una brisa al caminar por una soga. Ya los planteos u objeciones han perdido el factor de lo esperable, la previsibilidad fue abolida en desmedro de una ávida e inocente fantasía colectiva. Sin embargo, no debe causar contrariedad esto, más bien tenderá a provocar un esfuerzo disuasorio para correr el eje, persuasión, para anclarlo donde nosotros queramos. No es anormal pensar en una seducción de la propaganda en todo esto, tanto como en la mayoría de los órganos que conforman la existencia, desde la adquisición de un kilo de papas hasta la decisión de no usar corbata.

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