Él, callado, no siente apuro ni cansancio. Tampoco, a diferencia de otros, se fastidia. Ya son diez las horas que lleva entre los decorados del estudio. Ahora descansa. Sentado en una esquina de la pared deja suspendido el libreto en el aire que media entre su rodilla y el piso alfombrado. Con la otra mano envuelve una manzana que muerde con un ritmo irregular. A veces más grandes los despojos de manzana en su boca, porción fresca que mastica, satisfaciéndolo.
Él, galán flaco, incomprensible, de nariz chata y sonrisa pequeña, tímida. Ël, con ojos algo cansados y dientes que hincan fortaleciéndose en cada mordida. La lengua recorre sus muelas, limpiándolas sin esfuerzo, mientras espera que maquillen a su pareja del año. Ella, caprichosa y cansada, pedirá otra agua mineral sin gas, después de mirar amenazante al encargado de luces. Le recriminará que su pelo rojo parece una brasa extinguida en la imagen que devuelve el monitor. Debería parecerse a un fuego cálido y amigo. Eso en la pantalla se nota y la perjudica. Se nota y mucho. Ella ya tiene más de treinta años haciendo “esto”, cuando ella tenía diez años y “esto” era en blanco y negro. Ahí sí no importaba tanto si el pelo lucía más o menos gris en “esto” que no es, ni más ni menos, que la televisión.
Él, callado, sigue con desdén la secuencia, jugando con el diminuto cabo de la fruta. Revisa sus palabras próximas, y repara en lo tontas que resultan. Nada que ya no haya dicho o insinuado, aunque ahora se trate de decirlo en la casa de ella. Un cartón pintado de amarillo indica que se trata de la casa de ella. Un cartón pintado de amarillo y un cuadro horrible. Desde la pieza contigua, paredes de papel, la hija de ella los escuchará tejiendo la intriga necesaria hasta el cápitulo próximo.
Él, sorprendido, advierte que no transpiró durante la jornada. Pero su pantalón gris luce pliegues desprolijos y sí necesita un retoque. El galán alisa la tela desde la dureza de las rodillas hasta el tobillo con la mano izquierda. Siempre con la derecha sostiene la manzana que ya deja ver sus semillas negras. De reojo mira hacía uno de los hombros. Piensa en una pose ideal para las tapas de las revistas del corazón. Pero la prensa boba lo desprecia por antiestético y antipático. Ninguna ama de casa lo codicia como yerno. Aunque el éxito lo haga medianamente atractivo, al menos durante este mes de junio, donde las historias recién comienzan a reiterarse.
Él, serio y a un costado, en el horario central junto a ella que ahora suspira y le chilla al apuntador. Un cameraman resopla y un técnico bosteza. De golpe, desde arriba se oye la voz seca del director que, casi como Dios, ordena que, por hoy, sólo falta grabar una escena.
Él, satisfecho, guarda en una servilleta de papel el resto de manzana y la deja al lado de una madera que sostiene el decorado. Se levanta de un salto. Acomoda su perfil a la cámara y simula cuánto la quiere a ella, tanto como a la cascarita de manzana que, incrustada entre dos de sus dientes de abajo, su lengua refriega con fuerza.
Él, galán flaco, incomprensible, de nariz chata y sonrisa pequeña, tímida. Ël, con ojos algo cansados y dientes que hincan fortaleciéndose en cada mordida. La lengua recorre sus muelas, limpiándolas sin esfuerzo, mientras espera que maquillen a su pareja del año. Ella, caprichosa y cansada, pedirá otra agua mineral sin gas, después de mirar amenazante al encargado de luces. Le recriminará que su pelo rojo parece una brasa extinguida en la imagen que devuelve el monitor. Debería parecerse a un fuego cálido y amigo. Eso en la pantalla se nota y la perjudica. Se nota y mucho. Ella ya tiene más de treinta años haciendo “esto”, cuando ella tenía diez años y “esto” era en blanco y negro. Ahí sí no importaba tanto si el pelo lucía más o menos gris en “esto” que no es, ni más ni menos, que la televisión.
Él, callado, sigue con desdén la secuencia, jugando con el diminuto cabo de la fruta. Revisa sus palabras próximas, y repara en lo tontas que resultan. Nada que ya no haya dicho o insinuado, aunque ahora se trate de decirlo en la casa de ella. Un cartón pintado de amarillo indica que se trata de la casa de ella. Un cartón pintado de amarillo y un cuadro horrible. Desde la pieza contigua, paredes de papel, la hija de ella los escuchará tejiendo la intriga necesaria hasta el cápitulo próximo.
Él, sorprendido, advierte que no transpiró durante la jornada. Pero su pantalón gris luce pliegues desprolijos y sí necesita un retoque. El galán alisa la tela desde la dureza de las rodillas hasta el tobillo con la mano izquierda. Siempre con la derecha sostiene la manzana que ya deja ver sus semillas negras. De reojo mira hacía uno de los hombros. Piensa en una pose ideal para las tapas de las revistas del corazón. Pero la prensa boba lo desprecia por antiestético y antipático. Ninguna ama de casa lo codicia como yerno. Aunque el éxito lo haga medianamente atractivo, al menos durante este mes de junio, donde las historias recién comienzan a reiterarse.
Él, serio y a un costado, en el horario central junto a ella que ahora suspira y le chilla al apuntador. Un cameraman resopla y un técnico bosteza. De golpe, desde arriba se oye la voz seca del director que, casi como Dios, ordena que, por hoy, sólo falta grabar una escena.
Él, satisfecho, guarda en una servilleta de papel el resto de manzana y la deja al lado de una madera que sostiene el decorado. Se levanta de un salto. Acomoda su perfil a la cámara y simula cuánto la quiere a ella, tanto como a la cascarita de manzana que, incrustada entre dos de sus dientes de abajo, su lengua refriega con fuerza.
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