sábado, 27 de julio de 2013

EL ENFERMO

        - Doctor: el de la habitación 202 no está.
        - ¿Cómo que no está? ¡otra vez! ¿se fijó bien en todo el piso?
         - Sí, sí, pero nada. Abajo de la cama tampoco.
         - ¡Será posible!. Ahora subo.

        La enfermera recorría con lentitud las escaleras mientras pensaba. Pretendía convencerse que Romero, el paciente de la 202, daba vueltas por ahí. Pensaba sin maldad, aunque con la inquietud y el temor como alíados.
         Otras veces había bastado una mirada cómplice de Soto, su compañero de pieza, para delatarlo. El cuerpo débil y semidesnudo de Romero tendido entre el piso y el colchón no ofrecía resistencia. Así también como cuando desde el ropero buscaba confundirse con pesadas frazadas y demás ropa alcanzada por algún que otro familiar.
        Pero ese día, Soto no hizo ninguna seña. Ese día de sol impecable la enfermera regresó al cuarto y revisó sin éxito. Soto dormía o simulaba dormir, en tanto las gotitas en el suero caían sin prisa, amarillas como el tono de las paredes. El televisor mostraba rostros de operadores de bolsa desesperados. Ante lo inutil de su encendido, la enfermera lo apagó sin dejar de pensar. Quizás detrás de la puerta cerrada del baño encontraría la respuesta.
          La respuesta que encontró fue negativa. El pequeño espacio del baño no dejaba lugar para el escondite. Automáticamente, cambió la idea del escondite por la idea de la huída. La consulta a los pisos inferiores coincidió en la negación: nadie había visto al enfermo, ni fugitivo ni perdido, por los pasillos. Nadie había visto su cuerpo lleno de marcas coloradas y vendas blancas sobre el abdomen.
         La enfermera miraba extraviada los cuadrados formados por los azulejos del piso. Tomó una toalla de una de las dos sillas de la habitación. Hundió sus manos en el doblez para calmar la ansiedad mientras oía unos pasos que creyó eran del Doctor Mota, pese a que eran pasos livianos y ágiles como los de un chico. Enseguida, tras la puerta momentáneamente entornada, se recortó una imagen infantil tomando de la mano a una mujer. Parecía que buscaban a algún enfermo, aunque esto sólo es una conjetura. Lo cierto es que luego de unos segundos, el chico se asomó entre el hueco dejado por la puerta y el marco. La habitación 202 continuaba en un silencio profundo, perturbado nada más que por el sonido de un palomar ubicado en la pared de enfrente.
            Los ojos del niño, rubio, cercano a los diez años, parecían fijarse en el gesto a la deriva de la enfermera. Ella lo creía así también, y no hacía nada para desvíarlos. Pero los ojos claros del niño veían más allá, veían la furtiva porción de cielo que la ventana exhibía. Lejano y fragmentado el cielo, alla arriba.
          Cuando la mujer quitó al niño de la puerta y lo condujo por el pasillo en dirección este, la enfermera giró. Respiró hondo. Sintió la imagen de la virgen sobre la cama de Soto en su pecho, y más por inercia que por fé, se persignó.
         El Doctor Mota ya estaba en la pieza cuando la enfermera daba la espalda a cualquier visitante. La mitad de su cuerpo se sostenía en el vacío. Las manos en el marco de la ventana mantenían el equilibrio. Romero aplastado en la losa del patio interno de la clínica justificaba la mirada cercana, como en un zoom incrédulo. Mota al acercarse intuyó el final.
          Con resignación, los dos guardaron silencio. Miraron y miraron el cadaver desde la distancia del quinto piso, hasta que el doctor palmeó a la enfermera y la devovió a la pieza.
       Le ordenó que bajara la persiana. Al bajarla, el palomar se alborotó. Mota abandonó la 202 con las manos en el bolsillo del guardapolvo. La enfermera, un poco conmovida, antes de irse extendió la cama y retiró la chata. Muy despacio, Soto se despertó.


LAUTREC (obra inconclusa)

          A fines del año 2005, un joven Pedro Diestra fascinado planeó una faraónica obra inspirada en el pintor francés Henri de Toulouse Lautrec. La obra, de caracter surreal y plena de colores (entre los que predominaban los rosas y los amarillos), tomaba aspectos biográficos de Lautrec y tenía como inspiración la libertad, algo que a Diestra muchas veces lo inquietó.
           Sin embargo, comenzado el año 2006, sus intereses habían encontrado otro hostal, y la obra sobre Lautrec quedó inconclusa.  Ante los reclamos de sus colegas, el jovenzuelo se escudó en la misma libertad que lo inquietaba para explicar el por qué de su abandono: "El hombre es libre, tanto como para cambiar de fascinación constantemente como para cambiar de puloveres o de dentífricos".
             De aquel arrebato, conservamos estos dos escritos que se reproducen tal cual fueron concebidos, aunque sin el color que les hubiese tocado en suerte.


                                                          BASTÓN
             Cierro los ojos, bebo un sorbo del agua pura y comienzo a decírtelo:
             (ojos cerrados, agua)
           "Estoy harto que distraigas a las chicas con tus estúpidos juegos de cartas. Y que, encima, dejes olvidado tu maldito bastón y sea yo quien deba acordarse de devolvértelo. ¿Lo has comprendido?. Mejor que sí, sino la próxima te sacaré de una patada a la calle..."
         Mientras tanto sigue bailando Jane Avril: ahora hablo de ti, luego que Yvette Guilbert salude al público... la, la, lalala, lala...
               (saludo, concluye saludo)
         Jane Avril no le retribuyas así, levantando tanto tu trabajada pierna. Contorsionas tu cintura como si fueras a quebrarte y sonríes. Bailas, bailas, como un ejercicio de libertad absoluta ante la mirada de los asistentes. Pero no te detengas a escucharme, sigue bailando por favor...
        Carmen, tú estás de frente, con tus ojos verdes además, y un fondo de gentío escarlata. Quizás yo fuí...
       Quizás yo fuí el barbudo ese con sombrero negro que miraba de perfil entre damas, detrás de la payasa Chau-U-Kao. Sí: debo haber sido ese en 1895. 
       No quiero que lo comprendan, saldré corriendo si lo comprender. No es necesario comprenderlo todo. Apenas mirar, manos en el bolsillo roto del conde y Godebski fumando en pipa. Es prioritario soltar una carcajada por todo esto...
                   (carcajada)
     Amaestrar perros para hacerlos llover. No te detengas a ver la nieve. Camina siempre para adelante. Tén sueños japoneses, sueña en japonés y libera todos los venteveos de tu alma. En tanto Jane Avril no deja de bailar y de agitar las piernas. Y Henri Dihau, en su retrato, parece a punto de suicidarse. Pero Jane Avril no danza con los guantes celestes puestos.
       Afiches. Afiches. Afiches. Afiches.
       Eres libre, a fin de cuentas.
       "Espero que lo haya comprendido y no olvide más dejar su bastón por aquí..."


                                                 COSQUILLAS
                      (acostado sobre el cubrecama, aunque vestido, comencé:
                   "las cosas no deberían ser explicadas. ¿Por qué todo debe tener una razón? No hay necesidad de coherencia. Es así y el que crea entender algo, bien. Si no entiende, no importa, no hay nada por interpretar. No todos los huevos tienen un pelo, por favor..."
                    Acto seguido intenté besarla, pero ella me quitó. Lo quiso hacer con elegancia. No le salió. Volvimos al principio: mirando al techo, la nada.
                     Así la púa cosquilleó al surco y el surco comenzó a reírse)
                    ¿A qué lugar perteneces? ¿a qué lugar pertenezco?
                      Tú, hombrecito:
                     ¿Dónde te has roto la clavícula? ¿has sido tú o fue un matón?
                    Dudo que allá en París una de las mujeres que te disgustan te haya obsequiado ese perro de porcelana. El perro siempre bajo tu brazo. Pero, igual, tienes rota la clavícula y hasta los microbios se resistirán a morir con tu petróleo...
                      Sin embargo, lo ves. Lo ves, lo ves, Enrique, lo ves...
                    Perro y monóculo, pipa en el trasero y espuelas, gato acurrucado bajo el sol. No temas: todo perro se detiene ante un loro. Más perros arrollados por trenes... ingrato maquinista...
                      Tú, hombrecito: 
                     ¿Hubieses abrazado de frente a la gran máquina?
                     ¿Hubieses dejado tu cuerpo caer inánime un segundo antes?...
                       Ay! te desplomaste en el burdel
                       Te llevan a una clínica para desintoxicarte... soluciones sencillas.
                       Recuerdas los cuadros pretéritos para salir de allí.
                      Recuerdo de cuadros pretéritos: libertad. Eso!
                      Sólo quieres ser libre. No quieres enfermeros, ni rejas.
                   "Papá, tienes oportunidad de hacer una buena acción. Estoy encerrado, y ya sabes que todo lo encerrado muere..."
                  ESTOY ENCERRADO Y YA SABES QUE TODO LO ENCERRADO MUERE.
                   No, no, no, no morirás.
                   En la costa navegarás, pescarás y nadarás.
              (suelo soñar: esa vez se emborracharon sin excepción los presentes, y tú que siempre lo hacías, esa vez no...)
                 Sé feliz, eres libre. Nada más importa. Contempla y retrata en silencio a la pasajera rubia, esposa del funcionario consular.
                      (¿En otra vida fuiste esposa de un funcionario consular?
                 Por nada.
                 De todas formas quiero que lo sepas: suelo soñar y en mis sueños es diferente).