sábado, 21 de diciembre de 2013

PARQUE RIVADAVIA




            Tuve una sensación de inmensidad y, a la vez, de finitud, la primera vez que fui al Parque Rivadavia. La comparé con la que sentí de niño leyendo la página fúnebre del diario y, de adolescente, las notas sociales.

            Pese a una total o cierta falta de pertenencia, noté como la vida material se escurría. Infinidad de libros con subrayados o notas laterales, revistas gastadas que, alguna vez, se adquirieron como novedad. El destino es desecharlas, acumuladas en un puesto rotoso y triste, compradas a menos de diez pesos el kilo.

            Es también la incapacidad de rozar apenas con la mirada cientos de páginas que con gusto recibiríamos. Esa carencia lógica encubre la fortuna de lo que sí llega a nuestras manos: este libro que ayer ignorábamos leer y que, ya mismo, terminó por darle paso a otro de los cientos posibles. Pasa con los objetos que se convierten en fetiche; incluso con las personas: dentro de todas las extrañezas, algunas se hacen más cercanas que otras, pero cómo saberlo de antemano. Acaso por intuición, palpito, necesidad voraz de aprovechar cada uno de los encuentros, tornando en caridad una afinidad inevitable que, además, puede ser fugaz o engañosa.

            De pronto, descansaba de ver la centena de puestos. Comía una manzana frente al monumento de Bolivar, inmensamente iluminado por el sol de una tarde a fines de verano. A lo lejos, se oían las notas en falso de una banda ignota en un acto pobre del Partido Obrero. Al lado, en ese bloque de cemento que oficiaba de banco, se ubicó un señor, de polera gris y boina clara. En vez de preguntarle por una orientación que me sería útil, ensimismado, opté por sacar un mapa del morral. En él, la línea E de subte no existía aún. Lo desplegué en el aire, ocultando a dos pibes que pateaban una pelota, un borde y el otro compartido con lo que quedaba de la manzana. En sí, no buscaba ninguna señal: sabía que lo próximo sería ir hacia la terminal. Era inútil cualquier pregunta o apreciación, más no fuera para establecer uno de los infinitos y breves contactos.

            Pero, en el fondo, ese señor estaba fuera de mi posibilidad, por más próximo que estuviera. O quizás lo estaba como una de las señoras de familia de la Parroquia del Socorro o de los que se juntan a tomar te galés para acompañar a sus señoras del Círculo de Damas[1]. Quien sabe. Lo más fácil hubiera sido hablar dos palabras, con lo que eso implica. Apenas dos o cuatro o seis palabras de las cientos de miles: vulgares, recurrentes, anodinas cuando se tratan de desconocidos (¿en qué momento dejan de des-conocerse?).

            Como esas lecturas infantiles, maníqueas de Billiken, llenas de polvo, administradas por las hermanas de un matrimonio que vive de vender, a la larga, porquerías. Papeles viejos, abrochados, o manuales de estudio requeridos por madres apuradas en el puesto equivocado. De las montañas sólo se recuerdan las cimas y las planicies; de la acumulación, su principio y su final. Puede resultar inexplicable el momento de decir basta o hasta acá llegué: caí en la cuenta que el sentido es transitorio, depende de elecciones sesgadas, material incompleto que recala en una mesa de saldos gigante.

            Tuve una recorrida por senderos, parque adentro. Distraí la mirada por una joven que estudiaba acostada en el pasto. Lo hice indolente, arrastrado por un pulso atemporal. A la vez, porque señor o joven o familia vendedora confluían en un silencio vespertino con leve tránsito de fondo. No me tocaba estar en otro sitio ni ofreciendo viejas revistas, sino apenas contemplando, con bruma en la memoria: tal vez desde muy chico ya tuve la necesidad de encontrar este extrañamiento.

            Cuando el tren traía mi cuerpo de regreso, seguí devanando la mente en procura de una fórmula o algoritmo que indique un gesto de trascendencia: para no sucumbir ante multitud de objetos, encuadernaciones momentáneas, destinos posibles que, a la corta o a la larga, sucumben. El exotismo de creer en una atracción que se torna indecorosa por su propia razón de regresarnos tal cual llegamos: iletrados.





[1] En la versión original en papel se adjunta un recuadro de “Notas sociales”. De allí las menciones.



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