Tuve una sensación de inmensidad y,
a la vez, de finitud, la primera vez que fui al Parque Rivadavia. La comparé
con la que sentí de niño leyendo la página fúnebre del diario y, de
adolescente, las notas sociales.
Pese a una total o cierta falta de
pertenencia, noté como la vida material se escurría. Infinidad de libros con
subrayados o notas laterales, revistas gastadas que, alguna vez, se adquirieron
como novedad. El destino es desecharlas, acumuladas en un puesto rotoso y
triste, compradas a menos de diez pesos el kilo.
Es también la incapacidad de rozar
apenas con la mirada cientos de páginas que con gusto recibiríamos. Esa
carencia lógica encubre la fortuna de lo que sí llega a nuestras manos: este
libro que ayer ignorábamos leer y que, ya mismo, terminó por darle paso a otro
de los cientos posibles. Pasa con los objetos que se convierten en fetiche;
incluso con las personas: dentro de todas las extrañezas, algunas se hacen más
cercanas que otras, pero cómo saberlo de antemano. Acaso por intuición, palpito,
necesidad voraz de aprovechar cada uno de los encuentros, tornando en caridad
una afinidad inevitable que, además, puede ser fugaz o engañosa.
De pronto, descansaba de ver la
centena de puestos. Comía una manzana frente al monumento de Bolivar, inmensamente
iluminado por el sol de una tarde a fines de verano. A lo lejos, se oían las
notas en falso de una banda ignota en un acto pobre del Partido Obrero. Al
lado, en ese bloque de cemento que oficiaba de banco, se ubicó un señor, de
polera gris y boina clara. En vez de preguntarle por una orientación que me
sería útil, ensimismado, opté por sacar un mapa del morral. En él, la línea E
de subte no existía aún. Lo desplegué en el aire, ocultando a dos pibes que
pateaban una pelota, un borde y el otro compartido con lo que quedaba de la
manzana. En sí, no buscaba ninguna señal: sabía que lo próximo sería ir hacia
la terminal. Era inútil cualquier pregunta o apreciación, más no fuera para
establecer uno de los infinitos y breves contactos.
Pero, en el fondo, ese señor estaba
fuera de mi posibilidad, por más próximo que estuviera. O quizás lo estaba como
una de las señoras de familia de la Parroquia del Socorro o de los que se juntan a
tomar te galés para acompañar a sus señoras del Círculo de Damas[1].
Quien sabe. Lo más fácil hubiera sido hablar dos palabras, con lo que eso
implica. Apenas dos o cuatro o seis palabras de las cientos de miles: vulgares,
recurrentes, anodinas cuando se tratan de desconocidos (¿en qué momento dejan
de des-conocerse?).
Como esas lecturas infantiles, maníqueas
de Billiken, llenas de polvo, administradas por las hermanas de un matrimonio
que vive de vender, a la larga, porquerías. Papeles viejos, abrochados, o
manuales de estudio requeridos por madres apuradas en el puesto equivocado. De
las montañas sólo se recuerdan las cimas y las planicies; de la acumulación, su
principio y su final. Puede resultar inexplicable el momento de decir basta o
hasta acá llegué: caí en la cuenta que el sentido es transitorio, depende de
elecciones sesgadas, material incompleto que recala en una mesa de saldos
gigante.
Tuve una recorrida por senderos,
parque adentro. Distraí la mirada por una joven que estudiaba acostada en el
pasto. Lo hice indolente, arrastrado por un pulso atemporal. A la vez, porque
señor o joven o familia vendedora confluían en un silencio vespertino con leve
tránsito de fondo. No me tocaba estar en otro sitio ni ofreciendo viejas
revistas, sino apenas contemplando, con bruma en la memoria: tal vez desde muy
chico ya tuve la necesidad de encontrar este extrañamiento.
Cuando el tren traía mi cuerpo de
regreso, seguí devanando la mente en procura de una fórmula o algoritmo que
indique un gesto de trascendencia: para no sucumbir ante multitud de objetos,
encuadernaciones momentáneas, destinos posibles que, a la corta o a la larga,
sucumben. El exotismo de creer en una atracción que se torna indecorosa por su
propia razón de regresarnos tal cual llegamos: iletrados.
[1] En la
versión original en papel se adjunta un recuadro de “Notas sociales”. De allí
las menciones.
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