Un
perro ladra desde lejos. Se oyen corridas en la vereda junto a risas. Adentro, el
orador acompaña al afuera con una orquesta típica desde su radio con el gotear
intermitente de una canilla. Se aclara la voz, mira al techo y comienza:
Lamentablemente, los pájaros ya no están atenazados al cielo, sino a los
rascacielos. A las grandes cúpulas. A esos edificios desentonantes que generan
opulencia, en dónde la mayoría desconoce lo que eso significa.
.... No por ignorancia, claro que no, sino para ahorrarse una perdida de
tiempo. Sabemos, por nuestros ancestros, que el tiempo es la base de la
fortuna...
Entonces: atenazados los pájaros a un ciclo común de cemento. A alturas
que dejan ver unas ropas diminutas en terrazas sólidas. La magna obra de
ingenieros y arquitectos esparce nidos artificiales en balcones donde ningún
otoño dejó rastro de sus hojas. Sin embargo, pasan los aviones al ras y
brillan las estrellas, aunque ruborizadas por la perversión de unos cables
telefónicos. Así, la luna sería una puta en cuarto menguante, con ataduras a un
crimen imperfecto de ribetes escandalosos. Las palabras (y los trinares) se
pudren en el aire repleto de smog y hay que ser cada vez mejor orador para
respirar mejor (de ahí mi fatiga de cuerdas novatas).
Antes de esto, los sofocados del homicidio urbano se sientan con pena en el cordón y
optan por clavar la mirada en el asfalto. Mirando por mirar, por una oferta
escasa. No obstante, son algunos. Y son minoría. Ya que, un censo entre
habitantes de diversas edades dio quórum a la preferencia por posar los ojos en
arquitecturas de antaño; sobrevivientes del relieve, de las formas, de la
inventiva. Las gárgolas de tu abril porteño aprietan las muelas al sonar un
bandoneón, que hace de interruptus en una reunión entre vecinos y
constructores. Los espectadores del asfalto pueden oírlo también. Y hasta los
perros, al correr como huesos a los autos con el ímpetu de darles caza para roer
la jerga del: dime que modelo tienes, y te diré quien eres.
La historia, que es un libro añejo y lleno de tierra, puede representar un
retraso, al lado de ese plano que simboliza el futuro inmediato... decimos:
inmediato, inminente, próximo, enseguida, ya. Mirar hacía adelante, con el
cuerpo impostado, matiza la firmeza del olvido y la concepción del pasado como
un lastre, al que conviene darle salida para arribar más cómodos al paraíso
ficcional, convenido en lo relativo, entremezclado con el avance tecnológico.
En desmedro, las ideas, que son las únicas capaces de mover el suelo, haciendo
temblar como flanes a los inmensos edificios de las grandes corporaciones;
compañías extranjeras del entremés mezquino, que lucen vidrios esmerilados, en
donde los empleados se acomodan el nudo de la corbata, en tanto se fantasean
amos, al menos de su propio cuerpo, cuando no de su mente, la cual (a pesar) se
rotula más interesada en el hastío de pertenecer a una cáscara inhábil para
romperse. O sencillamente, verse en un charquito dejado por el miércoles y
notar un rostro símil esclavo, de temor. El temor de no participar en la farsa
universal, por no conseguir libreto.
(Que en un abrir y cerrar de ojos, los maletines troquen en bolsas de
nylon. Las mismas que el viento manipula y, que, impulsadas por la propulsión
de las chimeneas, llegan a las alas de los gorriones que, sobre una cornisa,
desplumados de aire, hacen la pantomima de lo atenazados que están)
Para culminar, diré: Cada vez se oyen más ruidos y menos sonidos; más
palabras y menos definiciones. Permanece el derrotero permanente del bochorno y
la estupidez (aunque esto no deja de ser un impresión mía. Es sabido que son
las cifras las que dictaminan). Poesía decantó en efectismo vil y los
prolegómenos llenos de magia perdieron su lugar a manos de los contenidos
huecos, pero entretenidos. ¿Quién gritará más fuerte entre tantos gritos?
¿Quién expondrá mejor sus papeletas en el fragor de las partituras corrugadas?
¿Quién disfrazará mejor su pesar, quién logrará adoptar la mayor cantidad de
reglas de la belleza?. De paso, en un fuelle furtivo, los jugadores de lo
autentico intuyen una trampa discreta. No deja de ser una lástima. Los pájaros
atenazados, apenas trinan. Mejor dicho: trinan como siempre, pero casi ni se oyen. Es una lástima, también.
“Porque
este perro que sale del carajo y me ladra los tobillos haciéndome pegar un
cagazo de padre y buen señor, ni es perro, ni es blanco”...
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