jueves, 20 de junio de 2013

ATENAZADOS LOS PAJAROS



           Un perro ladra desde lejos. Se oyen corridas en la vereda junto a risas. Adentro, el orador acompaña al afuera con una orquesta típica desde su radio con el gotear intermitente de una canilla. Se aclara la voz, mira al techo y comienza:


            “Digamos... lamentablemente.

            Lamentablemente, los pájaros ya no están atenazados al cielo, sino a los rascacielos. A las grandes cúpulas. A esos edificios desentonantes que generan opulencia, en dónde la mayoría desconoce lo que eso significa.


           .... No por ignorancia, claro que no, sino para ahorrarse una perdida de tiempo. Sabemos, por nuestros ancestros, que el tiempo es la base de la fortuna... 

          Entonces: atenazados los pájaros a un ciclo común de cemento. A alturas que dejan ver unas ropas diminutas en terrazas sólidas. La magna obra de ingenieros y arquitectos esparce nidos artificiales en balcones donde ningún otoño dejó rastro de sus hojas. Sin embargo, pasan los aviones al ras y brillan las estrellas, aunque ruborizadas por la perversión de unos cables telefónicos. Así, la luna sería una puta en cuarto menguante, con ataduras a un crimen imperfecto de ribetes escandalosos. Las palabras (y los trinares) se pudren en el aire repleto de smog y hay que ser cada vez mejor orador para respirar mejor (de ahí mi fatiga de cuerdas novatas).

         Antes de esto, los sofocados del homicidio urbano se sientan con pena en el cordón y optan por clavar la mirada en el asfalto. Mirando por mirar, por una oferta escasa. No obstante, son algunos. Y son minoría. Ya que, un censo entre habitantes de diversas edades dio quórum a la preferencia por posar los ojos en arquitecturas de antaño; sobrevivientes del relieve, de las formas, de la inventiva. Las gárgolas de tu abril porteño aprietan las muelas al sonar un bandoneón, que hace de interruptus en una reunión entre vecinos y constructores. Los espectadores del asfalto pueden oírlo también. Y hasta los perros, al correr como huesos a los autos con el ímpetu de darles caza para roer la jerga del: dime que modelo tienes, y te diré quien eres.

           La historia, que es un libro añejo y lleno de tierra, puede representar un retraso, al lado de ese plano que simboliza el futuro inmediato... decimos: inmediato, inminente, próximo, enseguida, ya. Mirar hacía adelante, con el cuerpo impostado, matiza la firmeza del olvido y la concepción del pasado como un lastre, al que conviene darle salida para arribar más cómodos al paraíso ficcional, convenido en lo relativo, entremezclado con el avance tecnológico. En desmedro, las ideas, que son las únicas capaces de mover el suelo, haciendo temblar como flanes a los inmensos edificios de las grandes corporaciones; compañías extranjeras del entremés mezquino, que lucen vidrios esmerilados, en donde los empleados se acomodan el nudo de la corbata, en tanto se fantasean amos, al menos de su propio cuerpo, cuando no de su mente, la cual (a pesar) se rotula más interesada en el hastío de pertenecer a una cáscara inhábil para romperse. O sencillamente, verse en un charquito dejado por el miércoles y notar un rostro símil esclavo, de temor. El temor de no participar en la farsa universal, por no conseguir libreto.

           (Que en un abrir y cerrar de ojos, los maletines troquen en bolsas de nylon. Las mismas que el viento manipula y, que, impulsadas por la propulsión de las chimeneas, llegan a las alas de los gorriones que, sobre una cornisa, desplumados de aire, hacen la pantomima de lo atenazados que están)

           Para culminar, diré: Cada vez se oyen más ruidos y menos sonidos; más palabras y menos definiciones. Permanece el derrotero permanente del bochorno y la estupidez (aunque esto no deja de ser un impresión mía. Es sabido que son las cifras las que dictaminan). Poesía decantó en efectismo vil y los prolegómenos llenos de magia perdieron su lugar a manos de los contenidos huecos, pero entretenidos. ¿Quién gritará más fuerte entre tantos gritos? ¿Quién expondrá mejor sus papeletas en el fragor de las partituras corrugadas? ¿Quién disfrazará mejor su pesar, quién logrará adoptar la mayor cantidad de reglas de la belleza?. De paso, en un fuelle furtivo, los jugadores de lo autentico intuyen una trampa discreta. No deja de ser una lástima. Los pájaros atenazados, apenas trinan. Mejor dicho: trinan como siempre, pero casi ni se oyen. Es una lástima, también.


            Entonces se rasca la nariz, y observa a los costados. Por lo general, su reloj indica persecución. Es número puesto que se las va de perseguido, aunque, si bien jamás lo reconocerá, es sólo cuestión de planteárselo y pasar a perseguidor. No obstante lo cual, convengamos que no implica dejar de ser perseguido. Esto debido a ese digitar de piernas que posibilita que el orador se encuentre en la calle ya, y apriete las muelas por un frío impensado. No cuenta que el Sol saldrá en sólo seis horas. El acto de caminar se emparenta con la oscuridad en la sutileza de lo tenue en su permanencia; correr es desprolijo... la libertad es desprolija, por eso correr ejemplifica un despertar de conciencias esclavizadas y arrojadas al Sol de los justos. ¿Equilibrio?, péndulo de extremidades, la mar en coche. En dirección recta, de vez en cuando espiando alguna constelación cuyo nombre nunca supo, el orador ametralla:

            “Porque este perro que sale del carajo y me ladra los tobillos haciéndome pegar un cagazo de padre y buen señor, ni es perro, ni es blanco”...



    


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