Algo
de vos se me escapa, irremediablemente. Sin saber como aferrarme a eso para
evitar la huída, sin saber bien tampoco que es lo que se va o lo que echas de
la vista de los demás. Todo se vuelve un cúmulo de imágenes, sin una conexión
lógica. Surreal como las toninas de mi piel, lentas pero seguras en tu mirada,
residuo de un victorioso ajeno. Cuando el porvenir haya pasado, mi nombre y
apellido nada dirán a tus oídos, primacía. Dolor de muelle. Algo de vos se me
escapa: la sangría de tu cariño, el licor de los dormitorios vacíos, cáscaras
de sonrisas. Noches entumecidas sabiéndose crueles. Todos los misterios
encerrados en un papel sin remitente, acuclillados, quizás respondiendo acerca
de lo que de vos se me escapa, sin mugir ni trinar. Radios encendidas,
pergaminos suizos a medio escribir. Una cadena de cosas y escenas como
diapositivas, como cataratas horizontales. Ramos Mejía es un zafiro en tus
manos tibias; Parque Patricios, una medalla tubular. Petrodolares por aquí y
por allá. Ya no soy el arlequín que te hacía reir a carcajadas, soy otra cosa
ya, tal vez la mitad de mi personaje agrio y agreste. Ese que ni siquiera
escribe, que no respeta el margen, que se asusta facil, que se va en la primera
mano con un ancho falso, que no comparte el chocolate. Eterna cadencia de las
cosas, amor y paz. Un micrófono que pasa de mano en mano, la compulsión absurda
de hablar. “Sí, estimado público, algo de vos se me escapa”, “¿de quién?”, “de
vos, sí de vos, la de fucsia, la que ahora se complace con una llamada perdida
de la madre en su celular”. Creo que se parece al granito o al canto azul.
Puedo echar a perder mi paciencia, mi linterna de explorador, mi boleto hasta El Talar, porque no lo sé. Algo de vos se me escapa, irremediable, sagrado como
las palabras. La pucha y no tengo ni palida idea de lo que es.
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