sábado, 1 de agosto de 2015

ACTO CREATIVO/ DIARIOS (protoensayo)


            “El arte de concepto es ante todo un arte cuyo material son los conceptos, como el material de la música es el sonido, Dado que los conceptos están íntimamente relacionados con el lenguaje, el arte de concepto es un tipo de arte cuyo material es el lenguaje”.                 Flynt, Henry

            En un año transcurren infinidad de hechos, pero sólo una fracción de ellos son representativos, particularmente por su condición inedita o extraordinaria. A la sazón, acorde a una perspectiva antologica no es necesario acumular una a una las páginas de los periódicos. La repetición atenta contra la novedad: es lo que diferencia un trabajo administrativo de uno creativo.
            Impresionado por la cantidad de papel puesto en la calle (cuánto sacará por kilo el que se lleve cada bolsa de nylon que dejo al costado del poste de basura. ¿Setenta, ochenta centavos? ¿Llegará al peso en algún momento?) se me dio por recordar cómo había empezado la acumulación. Tuve imágenes de los seis años cuando en primer grado comenzaba a competir: un mero incentivo para la lectura incipiente. Había dos cartulinas pegadas en el aula y a cada uno le tocaba una fila para ir completando con cruces a razón de cumplir con el deber. Eran dos cartulinas: una de lengua, otra de matemática. La primera se llenaba por cada noticia del diario llevada a la señorita Ana María con el fin de compartirla con el resto; la segunda, tenía como requisito hacer bien cinco cuentas. La cuestión es que, ya miope, había encontrado la veta de llevar el recorte de una sección de noticias insólitas del mundo publicadas en El Día, que por aquel tiempo llegaba todos los días a casa. Serían no más de seis párrafos de la Agencia Reuters que se destacaban por su gracia. En esos días, afianzado en el desafío, no era novedad que al pasar la lista cumpliera con alguna historia, como la del hombre que perdió su ojo de vidrio, que compensaba las cifras erróneas de una suma o resta. Cuando se completaron las columnas hasta el límite impuesto por la cartulina, resulte ganador junto a un amigo, que supo hacer lo suyo con los números. Hay una foto que nunca vi revelada con él y la señorita, sonrientes, mostrando un ventilador portátil, de mano, a modo de premio.
            Como dije El Día estaba siempre. Una noche observé el nombre de un caballo. Se llamaba Rock nacional, un matungo que corría Leandro Galdeano, aprendiz todavía. A partir de ahí se volvió hábito escribirle tres o cuatro ganadores a mi madre para que los juegue durante su trabajo. Llegaron a ser siete, antes de un ataque de rabia después de ver las carreras por Crónica que me hizo encerrar en la pieza sin cenar ni saludar antes de dormir. Ya era más grande comparado a cuando me pavoneaba  con notitas recortadas, de color, constante en el metier.
            Todos esos diarios de la época de Menem se tiraron enseguida. No se me cruzaba la posibilidad de guardarlos, sólo fue un Clarín, objeto extraño que, al lado de El Día, era ejemplar: gordo, con colores y suplemento de Espectáculos con despliegue. Además, cómodo de leer. Para qué quería saber lo que pasaba en La Plata, ciudad que por entonces perdía por demolición comparada con Mar del Plata. “Se mató Yabrán”, fue el titular en primera plana que inició todo: ¿Qué me hizo conservar ese número de mayo de 1998, cuando ya era lector contumaz de la prensa, pero sólo lector? ¿Qué nervio encordó el tono de almacenador furioso? ¿A qué aspiré este tiempo guardando esos suplementos-curro de Salud, Universidades Privadas, marcas caras y lugares para vacacionar? ¿Confiaba, acaso, en la huella original de los días, en que los sueldos de los docentes, cuestiones de luz y agua en verano, el conflicto entre palestinos e israelíes, la vacuna del HIV, la ola de frío, los cambios de precios y demás cuestiones serían flor de un día, apenas un cuadro en un fotograma de infinitos planos? Si hasta las tragedias se repiten y lo extraordinario parece programado para vender algún periódico más, tal vez (digresión: Las muertes célebres siguen siendo un buen recurso, mayor aún que el campeonato del equipo por el que se hincha. Un Mundial de fútbol puede equiparar en trascendencia… o una bomba nuclear, diría un conocedor).
            Después irrumpió Página 12 y la manía de guardarlo entero por su formato incómodo para recortar. Un diario que nunca gustó en casa: a mamá porque le removía malos recuerdos; a papá, porque no traía suplemento deportivo, ni nada prácticamente. Se leía como un prospecto de cualquier pastilla, por arriba, indicaciones precisas y chau; el Clarín siempre fue más ganchero por las fotos, pensaba entonces, cuando uno apenas destaca lo que es pura publicidad dirigida a un posible ciudadano argentino diferente al de La Nación, que si uno lo lee desde arriba lo más probable es que lo empujen los que ya están instalados allí.

II
            ¿Será sinónimo de vejez o de madurez tener certeza que no todos los hechos valen la pena? Que se repiten, que siempre lo mismo, que no tiene arreglo (el ser humano o “el país”), que si no se distingue entre lo estructural y lo coyuntural se incrementan las chances de ahogarse en la abundancia. Sí, esto ya lo vi: mejor darle poca importancia, considerarlo y chau, se volverá a imprimir en cinco o diez años, como aniversario redondo.
            Si después, encima, una inundación arrasa, para qué acumular tanto papel barato, ni que fueran granos de trigo refugiados del fisco. ¿En pos de infinidad de lectores que se interesen por lo que decididamente recortó, innumerables atardeceres de una vida grisácea? Que se interesen, aparte, por buscarlo en ochocientas bolsas de nylon un texto vulgar que ya circula por Internet. Claro, pero se disfruta con el acopio, con saberse archivador, montañas de papel muertas que seguirán siendo caudalosas aún con la titánica reducción del 40%. Lógicamente, siempre y cuando, no sobrevenga algo y lo arrase.

III
            Antología, esa es la palabra.
            Lo que hacía particular al artista plástico japonés On Kawara era dejar constancia del tiempo y el espacio en sus obras. Esta idea pondría en crisis mi exposición anterior, debido a que los hechos pueden repetirse pero resultan únicos porque ocurren en un momento irrepetible de la historia. Un corte de luz del verano de 1999 en Parque Chás no es igual a un corte de luz en el verano de 2013, en tanto la boleta del consumo (registro documental) posee otros datos que la encadenan a ese momento. Claro que sin esa excepción, bimestre Nov-Dic 1999 o Nov-Dic 2013, puede pasar por idéntico pero no lo es.
            De todas formas, eso es concepto y el arte no necesariamente para si debe valerse de la acumulación. Ergo: no se precisa conservar todas las facturas de luz para exponer una idea o imagen, bastara con esas dos. Lo otro es administración, tarea muy noble y remunerada pero que excede la vocación del presente ensayo. Sigo pensando lo mismo en esta idea. Lo claro es que aquí y ahora sólo interesa desprenderse, reducir a una expresión utilitaria los ríos de tipografía que manchan los dedos y, con los años (más viejos, menos maduros) nos desencanta, nos irrita y nos provoca carcajadas.

            Fetiche, otra palabra válida para una antología posible.


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