“El
arte de concepto es ante todo un arte cuyo material son los conceptos, como el
material de la música es el sonido, Dado que los conceptos están íntimamente relacionados con el lenguaje, el arte de concepto es un tipo de arte cuyo material
es el lenguaje”. Flynt, Henry
En un año transcurren infinidad de
hechos, pero sólo una fracción de ellos son representativos, particularmente
por su condición inedita o extraordinaria. A la sazón, acorde a una perspectiva
antologica no es necesario acumular una a una las páginas de los periódicos. La
repetición atenta contra la novedad: es lo que diferencia un trabajo
administrativo de uno creativo.
Impresionado por la cantidad de
papel puesto en la calle (cuánto sacará por kilo el que se lleve cada bolsa de
nylon que dejo al costado del poste de basura. ¿Setenta, ochenta centavos?
¿Llegará al peso en algún momento?) se me dio por recordar cómo había empezado
la acumulación. Tuve imágenes de los seis años cuando en primer grado comenzaba
a competir: un mero incentivo para la lectura incipiente. Había dos cartulinas
pegadas en el aula y a cada uno le tocaba una fila para ir completando con
cruces a razón de cumplir con el deber. Eran dos cartulinas: una de lengua,
otra de matemática. La primera se llenaba por cada noticia del diario llevada a
la señorita Ana María con el fin de compartirla con el resto; la segunda, tenía
como requisito hacer bien cinco cuentas. La cuestión es que, ya miope, había
encontrado la veta de llevar el recorte de una sección de noticias insólitas
del mundo publicadas en El Día, que
por aquel tiempo llegaba todos los días a casa. Serían no más de seis párrafos
de la Agencia Reuters
que se destacaban por su gracia. En esos días, afianzado en el desafío, no era
novedad que al pasar la lista cumpliera con alguna historia, como la del hombre
que perdió su ojo de vidrio, que compensaba las cifras erróneas de una suma o
resta. Cuando se completaron las columnas hasta el límite impuesto por la
cartulina, resulte ganador junto a un amigo, que supo hacer lo suyo con los números.
Hay una foto que nunca vi revelada con él y la señorita, sonrientes, mostrando
un ventilador portátil, de mano, a modo de premio.
Como dije El Día estaba siempre. Una noche observé el nombre de un caballo.
Se llamaba Rock nacional, un matungo
que corría Leandro Galdeano, aprendiz todavía. A partir de ahí se volvió hábito
escribirle tres o cuatro ganadores a mi madre para que los juegue durante su
trabajo. Llegaron a ser siete, antes de un ataque de rabia después de ver las
carreras por Crónica que me hizo encerrar en la pieza sin cenar ni saludar antes de dormir.
Ya era más grande comparado a cuando me pavoneaba con notitas recortadas, de color, constante
en el metier.
Todos esos diarios de la época de
Menem se tiraron enseguida. No se me cruzaba la posibilidad de guardarlos, sólo
fue un Clarín, objeto extraño que, al
lado de El Día, era ejemplar: gordo,
con colores y suplemento de Espectáculos con despliegue. Además, cómodo de
leer. Para qué quería saber lo que pasaba en La Plata , ciudad que por
entonces perdía por demolición comparada con Mar del Plata. “Se mató Yabrán”,
fue el titular en primera plana que inició todo: ¿Qué me hizo conservar ese
número de mayo de 1998, cuando ya era lector contumaz de la prensa, pero sólo
lector? ¿Qué nervio encordó el tono de almacenador furioso? ¿A qué aspiré este
tiempo guardando esos suplementos-curro de Salud, Universidades Privadas,
marcas caras y lugares para vacacionar? ¿Confiaba, acaso, en la huella original
de los días, en que los sueldos de los docentes, cuestiones de luz y agua en
verano, el conflicto entre palestinos e israelíes, la vacuna del HIV, la ola de
frío, los cambios de precios y demás cuestiones serían flor de un día, apenas
un cuadro en un fotograma de infinitos planos? Si hasta las tragedias se
repiten y lo extraordinario parece programado para vender algún periódico más,
tal vez (digresión: Las muertes célebres siguen siendo un buen recurso, mayor
aún que el campeonato del equipo por el que se hincha. Un Mundial de fútbol
puede equiparar en trascendencia… o una bomba nuclear, diría un conocedor).
Después irrumpió Página 12 y la manía de guardarlo entero
por su formato incómodo para recortar. Un diario que nunca gustó en casa: a
mamá porque le removía malos recuerdos; a papá, porque no traía suplemento
deportivo, ni nada prácticamente. Se leía como un prospecto de cualquier
pastilla, por arriba, indicaciones precisas y chau; el Clarín siempre fue más ganchero por las fotos, pensaba entonces,
cuando uno apenas destaca lo que es pura publicidad dirigida a un posible
ciudadano argentino diferente al de La Nación ,
que si uno lo lee desde arriba lo más probable es que lo empujen los que ya
están instalados allí.
II
¿Será sinónimo de vejez o de madurez
tener certeza que no todos los hechos valen la pena? Que se repiten, que
siempre lo mismo, que no tiene arreglo (el ser humano o “el país”), que si no
se distingue entre lo estructural y lo coyuntural se incrementan las chances de
ahogarse en la abundancia. Sí, esto ya lo vi: mejor darle poca importancia,
considerarlo y chau, se volverá a imprimir en cinco o diez años, como
aniversario redondo.
Si después, encima, una inundación
arrasa, para qué acumular tanto papel barato, ni que fueran granos de trigo
refugiados del fisco. ¿En pos de infinidad de lectores que se interesen por lo
que decididamente recortó, innumerables atardeceres de una vida grisácea? Que
se interesen, aparte, por buscarlo en ochocientas bolsas de nylon un texto vulgar
que ya circula por Internet. Claro, pero se disfruta con el acopio, con saberse
archivador, montañas de papel muertas que seguirán siendo caudalosas aún con la
titánica reducción del 40%. Lógicamente, siempre y cuando, no sobrevenga algo y
lo arrase.
III
Antología, esa es la palabra.
Lo que hacía particular al artista
plástico japonés On Kawara era dejar constancia del tiempo y el espacio en sus
obras. Esta idea pondría en crisis mi exposición anterior, debido a que los
hechos pueden repetirse pero resultan únicos porque ocurren en un momento
irrepetible de la historia. Un corte de luz del verano de 1999 en Parque Chás
no es igual a un corte de luz en el verano de 2013, en tanto la boleta del
consumo (registro documental) posee otros datos que la encadenan a ese momento.
Claro que sin esa excepción, bimestre Nov-Dic 1999 o Nov-Dic 2013, puede pasar
por idéntico pero no lo es.
De todas formas, eso es concepto y
el arte no necesariamente para si debe valerse de la acumulación. Ergo: no se
precisa conservar todas las facturas de luz para exponer una idea o imagen,
bastara con esas dos. Lo otro es administración, tarea muy noble y remunerada
pero que excede la vocación del presente ensayo. Sigo pensando lo mismo en esta
idea. Lo claro es que aquí y ahora sólo interesa desprenderse, reducir a una
expresión utilitaria los ríos de tipografía que manchan los dedos y, con los
años (más viejos, menos maduros) nos desencanta, nos irrita y nos provoca
carcajadas.
Fetiche, otra palabra válida para
una antología posible.
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