¿Cómo llamarlo… reducto, bastión? ¿Boliche a secas?
Según la denominación se define el sitio donde ayer eran apenas cien los que entraban. Ahora, cuatrocientos, y hay que apurarse porque sino no falta el que chifla, el que no le importa que una puntilla del vestido se haya corrido o que el flaco necesite repetir una indicación: al del violín para que el acorde no corte el clima, que se suspenda, que a los caños ya no nos vamos a ir, al menos por esta vuelta. Va a ser larga la vuelta, lo sabe
Pero ¿cómo llamarlo, entonces? ¿Fondín lejano, lejano?
¿Cómo lo llamará, ella, acostumbrada al sitio?
Ocupada en su labor, rara vez se detiene a precisar las figuras del
entorno. Le llegan en segundo plano los gritos y el sonido de una nota
quebrada, pero sin sorpresas, sin que quite de pronto los ojos del ojal en el
que enhebra una aguja más fina. En el subsuelo une dos pedazos de tela, los
junta; arriba son dos rodillas distintas las que se mezclan, quebrándose,
haciendo dobladillo, con otra figura, otra medida que realce el torso, la
cintura es del que manda cuando amaga moverla y lleva el pie en la misma
dirección, como una puntada prolija para hacer, en silencio, bastan las
miradas, posar bien los ojos sobre una superficie igual a que si leyera un
crucigrama cuatro letras en infinitivo. Ojos, ojos de extremaunción. Mira,
mira, a las chicas sin admiración, las mide cautivas no sólo de un diseño sino
de una función larga cuyo intervalo es el ocio, pensado para lucir en la
entrada próxima, con rutina de sístole veloz hasta rendirse tirada en un
rincón.
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