jueves, 11 de diciembre de 2014

B1 – NOCHE DE FANDANGO


¿Cómo llamarlo… reducto, bastión? ¿Boliche a secas?

Según la denominación se define el sitio donde ayer eran apenas cien los que entraban. Ahora, cuatrocientos, y hay que apurarse porque sino no falta el que chifla, el que no le importa que una puntilla del vestido se haya corrido o que el flaco necesite repetir una indicación: al del violín para que el acorde no corte el clima, que se suspenda, que a los caños ya no nos vamos a ir, al menos por esta vuelta. Va a ser larga la vuelta, lo sabe la Beba que hace como que cierra los ojos para espantar a algún pesado. Lo saben y agradecen los que hablan como perros, imprecando al desprevenido que se asoma porque le dijo alguien que hay fandango y que puede sentarse cómodo en una mesita al costado del escenario a oír las quejas o los soplidos del cantor. Ayer estuvo en televisión, con la boca seca porque el vino que había era de canje, berretón, y las sonrisas de utilería. Ves, me digo, porque conviene hablar de estas cosas, que llaman tango, englobando al corso y la fanfarria, sin matices, como queriendo igualar a la orquesta, apenas llegar y mirar de reojo el salón, principado del curioso que confía en la mano que le toca.

Pero ¿cómo llamarlo, entonces? ¿Fondín lejano, lejano? 

Con seca austeridad intuye que no podrá irse sin que alguien lo note. Es una parte del trato que considera aunque no lo explicite, como el turista que ve bailar a dos adolescentes sin pestañear, sobre una tela mínima oficiando de piso. La más menuda, danza con algún que otro complejo; la otra, alta, inspira decisión: imagina la sombra de su pierna antes de moverla. De barba tupida y lentes pequeños, el extranjero aplaude solo, busca la proximidad, clave de sol que le marque el inicio de su aventura, aunque difícilmente concluya feliz. El manto que atraviesa a los que aquí se reúnen no tiene contemplación, ni hay ajuste cambiario que devalúe el espleen de los permanentes.

 ¿Cómo lo llamará, ella, acostumbrada al sitio? 

Ocupada en su labor, rara vez se detiene a precisar las figuras del entorno. Le llegan en segundo plano los gritos y el sonido de una nota quebrada, pero sin sorpresas, sin que quite de pronto los ojos del ojal en el que enhebra una aguja más fina. En el subsuelo une dos pedazos de tela, los junta; arriba son dos rodillas distintas las que se mezclan, quebrándose, haciendo dobladillo, con otra figura, otra medida que realce el torso, la cintura es del que manda cuando amaga moverla y lleva el pie en la misma dirección, como una puntada prolija para hacer, en silencio, bastan las miradas, posar bien los ojos sobre una superficie igual a que si leyera un crucigrama cuatro letras en infinitivo. Ojos, ojos de extremaunción. Mira, mira, a las chicas sin admiración, las mide cautivas no sólo de un diseño sino de una función larga cuyo intervalo es el ocio, pensado para lucir en la entrada próxima, con rutina de sístole veloz hasta rendirse tirada en un rincón.



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