S.T. es eficiente en lo que hace
aunque suele caer en tentaciones. Tratamos, ahora que es responsable del
Departamento de Necrológicas, de evitar que su mirada personal tiña lo que hace
y sea lo más técnico y preciso posible. La entrega de cada informe debe ser
clara en cuanto a sexo y cargos, considerando que esos datos dan cuenta de la
magnitud de la personalidad fallecida. La curiosidad del dato de color no solo
mata al gato, en estos casos, sino también a un buen profesional. Nadie duda
que S.T. lo es, que puede sacarle jugo a las piedras, encontrar relaciones
impensadas. Hay ciertos periodistas de investigación que requieren sus servicios
por esa facilidad para recordar tal o cual nombre situado en un contexto equis.
La muerte no deja de ser una debilidad para incitar a los contactos. A veces
prevalecen las formas, la compulsión de la presencia en ese último instante,
más no sea para marcar territorio. Eso S.T. lo tiene claro, no hay necesidad
que se lo remarque cuando noto que enciende sus ojos con avidez ante cada cruz
o estrella de David que aparece publicada en los diarios capitalinos. Mentiría,
además, sino destacara que el departamento fue creado en parte por el empuje y
la energía que él depositó en su revisión desde el primer día, cumpliendo a
rajatabla horario, revisando páginas fúnebres del pasado, dando muestra de la
memoria soberbia que lo llevaba a aciertos indudables, como aquel del sobrino
del presidente del Banco Sacro, cuyo nombre, a su vez, tributaba a un Ministro
de Economía de mala reputación.
Lógicamente no faltan los que
desprecian el trabajo de S.T. y hasta, con obviedad, especulen acerca de los
que a él lo saludaran el día que fallezca. Deberían incluirme porque saben la
estima que le tengo a S.T., hasta pueden pensar que no deja de ser un temor
oculto, inconciente, a la muerte propia. Aunque si me preguntaran diría con
énfasis que temo más a la agonía porque para eso no hay página social que
valga: hay avisos de gracias al personal médico pero no espacios repletos de
eufemismos para el que enferma gravemente. Puede separarlo una laguna o un
océano del suspiro final, quizás haga una línea de mella en el aviso que S.T. revisará
y poco más. Aunque él, con su precisión, colegirá que es muy diferente un
deceso lento a uno violento y así hasta dejar en claro que lo suyo no es más
que un sacerdocio y que lo enorgullece ser el responsable del Departamento que
hemos creado.
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