Hábil
declarante, siempre de inauguración, ayer lo oí al funcionario hablar. Tiene
voz de pelado (así, finita, de encadenar sucesos), de entrada le hizo un chiste
al conductor sobre el tema que comentaba con la locutora en el piso, sobre una
calle de Colegiales. Después comenzó a irse por la tangente, sin inmutarse,
hablando de un museo para veraneantes y poco sobre la crisis del partido de
gobierno, él, agregado cultural hoy, embajador ayer, secretario de algo mañana.
Quiso hacerle, de gusto, una finta dialéctica al interlocutor que procuró
pararlo en seco, porque estaba cerca el top, por ende el informativo; los
presentadores cambian el gesto si hay retraso y la finta quedó trunca pero sin
borrar la sonrisa que seguramente tenía, confundida con la pantalla de su
tableta que luego soltará como si quemase, suspirando antes de estrechar alguna
mano diestra. De profesión, funcionario, con los roperos atiborrados de trajes
para la ocasión de defender una causa, así dicha en genérico: la cultura, el
protocolo, las fronteras, lo que dura una gestión para regresar quien sabe de
dónde con una cuota de poder en el
bolsillo interior junto a un prospecto para bajar la ansiedad. Suministrado en
espacios y personas congeladas en un perímetro donde la palabra del buen
parlamentario pesa como la lana de toda esa esquila, amontonada en una montaña
al descubierto, oreándose cual rostro con la ventanilla baja porque el custodio
permite. ¿Qué tan seguro se siente un funcionario de mediano rango,
medianamente conocido? Para detenerse en el semáforo, observar al costado para asimilar
el verso de la Democracia ,
aunque sepa que no se trate de la
Acrópolis griega eso que lo aminora con cementeras
verticales. Si sueña con bocas de lobos o platitos con nueces será un enigma
que, quizás, devele alguna anotación dedicada, cuando contrate por dos mangos a
algún pibe que le haga de fantasma sus memorias, para constatar lo demasiado
que pensó en todas las áreas, siendo poco lo que habló pese a la verba
inflamada y a los monitores que requieren sus sintagmas. Hoy por hoy, su
modulación sabe a premio consuelo en temporada: ausentes los popes aún con
esfuerzo de producción para llenar otro piso con él, diligente, con su voz
nasal de pelado, con temor al masaje capilar.
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