(En los ratos libres que le dejaba su trabajo temporario en una biblioteca popular, como asistente de un estudioso de costumbres pasadas de moda, Lucio Diestra intentó realizar un texto a modo de cuento que describiera sus propias vivencias en la década del ochenta. Aún cayendo en estereotipos, ese sería el primer paso para una obra más ambiciosa -como suelen serlo los proyectos de Diestra, en general- que tendría como lugar común las costumbres pasadas de moda.
El proyecto no prosperó dado lo temporaria de la labor de Diestra que pronto sintió inocular otro entusiasmo, ligado a una nueva changa. El estudioso que lo empleó, en cambio, logró publicar sus estudios en varios tomos que ya nadie recuerda.
De aquellos días transcribimos tal como está el cuento inconcluso "SÁBADO 80" , que sirve de costal para acercarse a lo que fue otro proyecto sin terminar del infatigable Diestra. Sólo para eso, ya que de su lectura se desprende una innecesaria voracidad de datos y personajes que aparecen sin mayor profundidad, dejando en claro, eso sí, que la escena intenta transcurrir en los años ochenta. -Pese a que eso sea tan sencillo y chabacano como colocar un dinosaurio, al querer hablar de la etapa jurásica o a un camello para versar sobre el desierto).
El proyecto no prosperó dado lo temporaria de la labor de Diestra que pronto sintió inocular otro entusiasmo, ligado a una nueva changa. El estudioso que lo empleó, en cambio, logró publicar sus estudios en varios tomos que ya nadie recuerda.
De aquellos días transcribimos tal como está el cuento inconcluso "SÁBADO 80" , que sirve de costal para acercarse a lo que fue otro proyecto sin terminar del infatigable Diestra. Sólo para eso, ya que de su lectura se desprende una innecesaria voracidad de datos y personajes que aparecen sin mayor profundidad, dejando en claro, eso sí, que la escena intenta transcurrir en los años ochenta. -Pese a que eso sea tan sencillo y chabacano como colocar un dinosaurio, al querer hablar de la etapa jurásica o a un camello para versar sobre el desierto).
El grito agudo de mamá llegó, claro, hasta mi pieza. Desde el lavadero, el grito interrumpió las tontas notas que intentaba tocar. La señorita de Avignon resultaba más complicada que cualquier señorita de San Nicolás. Mi postura de guitarrista, pierna doblada y rodilla soberbia, se deshizo en un salto. Seguro algo había pasado porque la puerta se oyó seguida del grito, como cerrada de golpe. Por sobre todos los gritos, las notas, la canilla abierta del lavadero, la voz de Leonardo Simons arengando al público desde la pantalla del televisor.
Un sábado más: de variedades y programas ómnibus.
Una rata de cola larga salió a la vida y sin hombreras desde el inodoro. Se asomó y con eso fue suficiente. Mamá, que le pasaba jabón federal a una blusa, escuchó primero el ruido del agua quieta perturbada y luego en un abrir y cerrar de ojos, a la rata. Con su cara apestosa y el gesto incrédulo, mojada, como queriendo participar con su habilidad roedora en nuestros sábados bondadosos.
Cuando no había pasado el susto tocaron timbre. Mi hermano y papá habían ido a pescar. El rol de hombre de la casa siempre me quedó grande. Al ver por la ventana al ahijado de mamá me alivié, pero sólo por poco. El ni se inquietó por el sismo causado por la rata, ilustre a esa hora de la tarde. Miraba al descuido volar la pollera de la participante que procuraba cazar al voleo unos míseros australes. Luego, entre mates y cigarrillos, con mamá mirando de reojo al piso viendo quesos amenazantes, mangueó una guita que había venido a buscar.
Cuando no había pasado el susto tocaron timbre. Mi hermano y papá habían ido a pescar. El rol de hombre de la casa siempre me quedó grande. Al ver por la ventana al ahijado de mamá me alivié, pero sólo por poco. El ni se inquietó por el sismo causado por la rata, ilustre a esa hora de la tarde. Miraba al descuido volar la pollera de la participante que procuraba cazar al voleo unos míseros australes. Luego, entre mates y cigarrillos, con mamá mirando de reojo al piso viendo quesos amenazantes, mangueó una guita que había venido a buscar.
El ahijado de mamá viene una vez por año, como mucho tres, siempre un sábado, para hacer su musical de la miseria sin brillo. Cuando viene toda la cocina se llena de humo. Mamá es tan buena o tan vergonzosa que jamás le dice que salga al patio a fumar. Claro, total después “el hombre de la casa” empieza a toser, como una marica que, encima, tiene miedo a las ratas y es flojito de pecho. Sin decir que su impaciencia al señorito le impide acompañar al hermano a pescar. Claro, a Agustín nunca le insisten para que venga a verlo tocar a Rubén. Rubén antes de ser el vecino de casa, es un genio como guitarrista. Cuando me canso del barullo de adentro, cruzo el alambre del patio y voy a escucharlo. Ojala algún día pueda llegar a tocar como él y tenga chicas que se mueran por cruzar el alambrado para pedirme alguna canción. Ojalá.
Pero hoy no me puedo ir. Sería como abandonar el barco, o esta especie de ómnibus que es mi casa los sábados. Con la televisión prendida eternamente y mi hermana dando vueltas inquieta, más mamá cebando mates al ahijado por inercia (los mates, no el ahijado) y el recuerdo de la colilarga que vaya a saber Dios donde está, si es que no usó el inodoro como trampolín al afuera.
Obligado quito algunas cajas pero sin mucho esfuerzo. Botellas de aceite a un costado, “no hay nada”, le digo a mi hermana y ella finge creerme, mientras baja el volumen de la tele porque no aguanta la lambada, ni ver como se apelotonan seis movedizas parejas de baile en veinte pulgadas.
Del pichón de guitarrero que comencé siendo esta tarde no quedan rastros. En poco más atardece y casi al unísono vuelve el Renó con papá y Agustín adentro y, con suerte, algunas tristes mojarritas que justifiquen su sábado. Quizás por ser principios de mes vayamos a cenar a un restorán. Al rancho que está al costado de la vía o a la parrilla del viejo español que siempre parece nervioso. Digo quizás porque ahora que el ahijado de mamá se fue, su aparente buen humor cambió. Vuelve a pensar en la rata. Yo ya ni me preocupo por buscarla entre latas y cajones y mamá apenas quiere moverse en la cocina. Cuando le digo que el baño está ocupado porque mi hermana entró a bañarse, aparece un fastidio más digno de una tía lejana que de una madre.
Obligado quito algunas cajas pero sin mucho esfuerzo. Botellas de aceite a un costado, “no hay nada”, le digo a mi hermana y ella finge creerme, mientras baja el volumen de la tele porque no aguanta la lambada, ni ver como se apelotonan seis movedizas parejas de baile en veinte pulgadas.
Del pichón de guitarrero que comencé siendo esta tarde no quedan rastros. En poco más atardece y casi al unísono vuelve el Renó con papá y Agustín adentro y, con suerte, algunas tristes mojarritas que justifiquen su sábado. Quizás por ser principios de mes vayamos a cenar a un restorán. Al rancho que está al costado de la vía o a la parrilla del viejo español que siempre parece nervioso. Digo quizás porque ahora que el ahijado de mamá se fue, su aparente buen humor cambió. Vuelve a pensar en la rata. Yo ya ni me preocupo por buscarla entre latas y cajones y mamá apenas quiere moverse en la cocina. Cuando le digo que el baño está ocupado porque mi hermana entró a bañarse, aparece un fastidio más digno de una tía lejana que de una madre.
Entonces se la agarra conmigo para descargar: que siempre adentro, que tengo que despejarme un poco. Ya ni me enojo. Siento más ganas que nunca de irme al fondo y golpear las manos para ver si se asoma Rubén, pero no lo hago. Prefiero hundirme en un sábado más en mi casa.
La pienso llena de pequeñas cosas, pequeñas variedades, como un ómnibus que lleva flores al Mercado: azaleas, margaritas, dalias, fresias, mamá con el repasador, azucenas, hermana debajo de la ducha, claveles, Leonardo Simons hablando, jazmines, papá y hermano en el Renó o tomando mate en la bahía, orquídeas, la rata quién sabe en que cañería, y yo, que, hundido, subo de nuevo a la pieza e intento recomenzar las notas abandonadas. Do, do, re, sol, mi, me resulta imposible: Avignon y sus puentes con señoritas son tan lejanos como un sábado de paz.
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