Los días parecen soñados con el cielo rojizo, como a punto de llover.
En sueños, cuando todo parece cubrirse de bruma, aparece un elemento: algo que exacerba el miedo o que nos salva. Un rostro, un agujero, un fogonazo, un síntoma del olvido, una distancia complicada. Sino castillos acentuando la fantasmagoría de un sueño cercano al tugurio donde Margaret se rompe con sólo rozarla.
En sueños, cuando todo parece cubrirse de bruma, aparece un elemento: algo que exacerba el miedo o que nos salva. Un rostro, un agujero, un fogonazo, un síntoma del olvido, una distancia complicada. Sino castillos acentuando la fantasmagoría de un sueño cercano al tugurio donde Margaret se rompe con sólo rozarla.
Ya no pienso en gestos de arrojo ni en valentías. Apenas en intenciones: una mano que le acaricie el pelo y flote en el aire compartido a tientas.
Un micro, pienso, será el punto de fuga si se detiene ante la seña, profanada por la burla de un borracho. Unas viejitas casi de mentira arrodilladas en la vereda invocan a un santo nuevo. A veces la raza sugiere que se trata, en cuestión de segundos, de dar vuelta una página para terminar con todas las creaciones. El esfuerzo puede medirse con unidades semejantes a cañas de azúcar, estableciendo la equivalencia con los dedos.
Alergia que puebla los brazos: presagio de la huida sin ver, ni de refilón, a Margaret. Ella siempre sabrá que, pese a su indiferencia, la querré tanto como a mis recuerdos. Aún cuando, más temprano que tarde, muera de nostalgia.
Muerto de nostalgia, boquiabierto en espera de un cielo siempre a punto de llover. Rastreando con la mirada un elemento, un algo, Margaret, que me saque del sopor, de la bruma que envuelve el punto lejano y luminoso que aparenta ser un micro.
Un micro, pienso, será el punto de fuga si se detiene ante la seña, profanada por la burla de un borracho. Unas viejitas casi de mentira arrodilladas en la vereda invocan a un santo nuevo. A veces la raza sugiere que se trata, en cuestión de segundos, de dar vuelta una página para terminar con todas las creaciones. El esfuerzo puede medirse con unidades semejantes a cañas de azúcar, estableciendo la equivalencia con los dedos.
Alergia que puebla los brazos: presagio de la huida sin ver, ni de refilón, a Margaret. Ella siempre sabrá que, pese a su indiferencia, la querré tanto como a mis recuerdos. Aún cuando, más temprano que tarde, muera de nostalgia.
Muerto de nostalgia, boquiabierto en espera de un cielo siempre a punto de llover. Rastreando con la mirada un elemento, un algo, Margaret, que me saque del sopor, de la bruma que envuelve el punto lejano y luminoso que aparenta ser un micro.
El micro que me aleje de la amenaza de llover desde abajo al cielo.
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