viernes, 22 de marzo de 2013

ANATOMIA

    El cuerpo crece porque no le queda otra.
    Se extiende por afuera, más allá que, adentro, los órganos se vayan pudriendo por un amor no correspondido o por el alcohol. Más altos, gruesos, deformes, con arrugas en los bordes de los ojos y restos amontonados de piel que caen, los cuerpos. 
    No queda otra que flexionar las rodillas todo el tiempo mientras podamos, dijo el viejo Bartolo cuando con un roído repasador limpiaba la barra del buffet; “Tío, que una vez muerto lo único que haces es estirar las dos piernas, joder”, agregó con su voz de catedrático, aquella tarde de mediados de mes.
     En tanto, mirar el anverso y el reverso de las manos de manera enfermiza es un vicio. Ahí está la clave del saberse vivo. Ni en los orgasmos, ni en las sonrisas blancas como perlas, ni en las medallas, sino en la delicada callosidad de las palmas que, ayer, rozaron yeso en paredes frías o pelos lacios o limpiaron un resto de comida del ser querido, y hoy, vacías, son un espejo del paso cansino de los mortales.
      Las palmas de las manos por no decir las plantas de los pies. Vasos conductores atraviesan sin hacer ruido el mismo cuerpo que fue el molde de una cuna, una cama, una hamaca paraguaya, una serie de cartones, un ataud. Los mecanismos no varían, lo que varían son sus ejecutores; los que se encargan de arrastrar sombras por las calles y siluetas como emblema de la dignidad.
      Cuerpos pasionales, rústicos, fríos, obtusos, mezquinos, nacidos y criados, con sólo tocar el timbre atiende alguien con su manto atávico de humano, que no puede parar de flexionar las rodillas, sólo para saber que está vivo.
      Entonces lo que resta es elegir o encontrar la mayor de las cercanías en carne y espíritu. Algo que trascienda el diálogo puro entre especias que no ladran ni trinan, sino modulan con un par de labios que es el mismo que se usa para besar.
      El beso (efímero o prolongado, no viene al caso reiterar lo que ya hizo Lord Marclay en 1543 en su “Historial de todos los besos posibles, habidos y por haber a lo largo y a lo ancho de la urbe, cristiana o no”) y la conversación comparten en su génesis, instrumento (labios). Discrepo aquí con quien sume la acción de comer y/o beber, ya que la ingesta no tiene razón de ser sino intervienen otros órganos indispensables. El beso y la conversación (o viceversa) pueden quedar ahí, tan huérfanos en el aire como una fila de almendros en invierno. Los labios, como mucho, se paspan o se cortan, pero jamás se caerán, no son dientes ni uñas ni pelos ni grasa abdominal. Las rodillas tampoco se caen, pueden romperse, pero lo mejor, de vez en cuando es flexionarlas para tener la plena certeza que se sigue vivito y coleando.
      Eso el viejo Bartolo (para él, bastaba con cinco o seis veces al día) lo tenía claro.
      Sus hijos nunca le dieron una mano, ni aún cuando el club se caía a pedazos. Tampoco recuerdan los rasgos sobresalientes de su madre. Sólo reparan en los detalles finos de las seis figuras de los billetes. En alguna fiesta, es verdad, o cuando el Deportivo logró el primer ascenso, ellos notaron, en su adolescencia de cuerpo corcoveante, que Amanda acompañaba al collar del cuello con su rictus. Es decir: era imposible no ver el gesto agridulce de la madre incómoda, apenas por encima de ese collar repujado que, hace algunas semanas, el Vasco les cambió por dos botellas de ron importado.
     El ron baja despacio, sin la menor prisa, como en un vals de figuras en reversa por la garganta, por el esófago, antes acaricia las muelas. Chapotea en el higado, sin llegar a las rodillas que el viejo tanto se esmera en recoger siete veces al día, por exagerar, para corroborar que sus días sin Amanda se siguen alargando. 
     Los hijos cada vez más distantes, igual que las sienes al ombligo.

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