Mezclo con furia las fichas del dominó sólo para que Lisa se moleste con el ruido de las piezas al chocar. El ruido, cada vez más insoportable en la oscuridad de la pieza sucia y Lisa que jamás me insultaría. Por más barullo que haga tampoco me escupiría en la cara, por más que le clave los dedos en su pelo haciéndola doler. Al contrario siempre agradece la verdad de las palabras que digo, el discurso duro que traduce una vida hostil, sometida, sin claridad que ver por una claraboya alta.
Lisa comienza la partida y prende un cigarrillo. Sus ojos pequeños se distraen con los puntos negros, mientras desde la pared se cuelan gemidos y alguna que otra risa que no hace más que exasperarla. Ella sopla el humo con rabia como si fuera vídrio molido.
¿Qué hará con el dolor una vez que culmine el juego? ¿lo sacará afuera o se lo llevará adentro a su siesta?
Ya es parte de la energía que la viste, de los anillos adiamantados en falso, de su forma salomónica de sonreír. Una fineza para complacer a los clientes, sutil, sin esfuerzo, Lisa puede retorcerse de pena sin hablar. Busca en su dominó un doble que la motive a delinear la mirada triste. Un espejo con una rajadura la mueve a rechinar los dientes que centellean, sin sombra ni pasión. Mientras frota las manos una y mil veces. Si se lo permite moverá su frágil cuerpo en vaivenes continuos al son de un valsecito fugaz, pero nada más que eso.
Lisa comienza la partida y prende un cigarrillo. Sus ojos pequeños se distraen con los puntos negros, mientras desde la pared se cuelan gemidos y alguna que otra risa que no hace más que exasperarla. Ella sopla el humo con rabia como si fuera vídrio molido.
¿Qué hará con el dolor una vez que culmine el juego? ¿lo sacará afuera o se lo llevará adentro a su siesta?
Ya es parte de la energía que la viste, de los anillos adiamantados en falso, de su forma salomónica de sonreír. Una fineza para complacer a los clientes, sutil, sin esfuerzo, Lisa puede retorcerse de pena sin hablar. Busca en su dominó un doble que la motive a delinear la mirada triste. Un espejo con una rajadura la mueve a rechinar los dientes que centellean, sin sombra ni pasión. Mientras frota las manos una y mil veces. Si se lo permite moverá su frágil cuerpo en vaivenes continuos al son de un valsecito fugaz, pero nada más que eso.
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