sábado, 30 de marzo de 2013

SEÑORITA O SEA

  En la época en que aún salía de casa por el sólo hecho de salir, conocí a una señorita cuyo nombre preferí olvidar. 
  El olvido no siempre tiene que ver con el dolor; la mayoría de las veces tiene que ver con la preservación. La necesidad del olvido puede impedir el dolor, pero no es su causa. En eso pensaba antes de rememorar a la señorita de nombre olvidado, caprichosamente renombrada como "señorita o sea", dada la constante reiteración de esa muletilla en sus palabras.
  Palabras que tenían mucha más ligazón con lo discursivo que con lo diletante. 
  El acto discursivo se entroncaba en ella como la seda de una camisa a la espesura de la mesa de una costurera.
  Ella, o sea, costurera de sus dichos.
  Ella, o sea, espesura en la boca que pronuncia.
  Por todo lo demás, la señorita o sea desdeñaba presentes en busca de un futuro más justo, merodeando la utopía. En frascos de mermeladas vacíos coleccionó las colillas de cigarrillos fumados, cuando entristecía por un recuerdo o una ausencia.
  Aspera y loca, o sea, como escribió Tuñón, en sus huesos dormitaban varios anhelos y se arremolinaban sacristías sin valor. 
  Con dos agujas, la señorita tejió al crochet un chal para cubrirse la tenue espalda por si silbaba el viento imitando quejidos. Sino invisibilizaba la nariz, sonrosal y delicada, detrás de un manto chico. El sudario roto y las fotos de un padre díscolo le oprimían el pecho y era como si el techo se le fuera a caer encima del cuerpo a la señorita o sea, quien, entre morisquetas y arroces, siempre capeaba el temporal del escepticismo. 
  Unos talismanes parecen los ojos cuando se tiene fe en que algo puede cambiar.
  Sí, parecen unos talismanes al dilatarse las pupilas como enceguecidas, aunque con un brillo, apenas, para no avergonzarse.
  O sea, para no sentirse bien con tan poca y efímera cosa.

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