domingo, 30 de marzo de 2014

VALLADOLID

   Del padre dijo que tenía la vida hecha con la traducción de canciones de George Brassens. Ella consideraba que algunas cosas se decían con mayor liberté en Francia y, como con una bola de nubes en la voz, sentía placer al evocar algunas melodías. Las que alimentaban el conocimiento eran las que más la excitaban: Chopin podía ser lo mismo, en apariencia, que una cumbia del Loko Quintero, pese a que haya cosas que por más voluntad no puedan salvarse. Poco importa si de verdad o de mentira es la inquietud o cierto aire de susanita que agracia tu delicado modal. Un modal es el que rige la belleza, cuando se la tiene, como una nota afinada antes de conocer los tonos posibles. Ahí no hay nada más vulgar que lo ya visto, aunque con una sonrisa estilo Da Vinci pueda subsanar siempre el desengaño (creo que usted está escribiendo en estado de emoción frustrada).
     La posibilidad del amor sin confort le provoca úlceras que mitiga con píldoras fucsias o con historias de duendes. Cuando sus hermanos le molestan con lo tonta que parece con el pelo suelto no se entristece sino que mira  con orgullo las puntas lacias, llamando sin llamar a la Gran Vía. Se pensó andaluza para molestar con unas castañuelas, con un taconeo molesto pese a la diminutez de sus pies. Aún así, por sus empeines harían fila para ofertar millares de pesetas. Ahora, ya, que la utopía de la moneda común duele más que lo que cura; ahora, ya, que holgazanean los monarcas y se arrodillan para atrás los clérigos eternos. En cuatro escaparates, confundieron la cintura de avispa con un delirio de borracho. Ya, prohibido dormir, que el exceso de sueños malgasta la candidez, despierta en la acería. Vuelcan árboles por el polen nitrogenado en demasía. No hay ajuste que valga para un corazón blandengue que se conmueve con un pírrico guiño de ojos: exención del tesoro de simpatía; nula la emisión de moneda con el rostro sin polvos de un adalid que reencarnó en tu jardín. Un duende o el gorrión fucsia que combina con tu mata angustias.
     Pero como puede ser si comencé hablando de música que me haya derivado en prospectos y obsesiones de un boticario decadente. Si las buenas intenciones con las que camuflas tus pulsiones son irreales, menos versatil que un cagatinta en la puerta de Alcalá. De tu madre es la culpa, de reparto como está en un Congreso de vaya a saber en homenaje a quién y en qué ciudad turística. Por ella son tan demostrativa cuando querés y tan excesivamente austera cuando sentís peligrar tu especie. ¡Ay, Valladolid!, cuaántos recuerdos tendrás de los ancestros que jamás conocereís, ni en postales, pero los crees iguales porque son un escape al viejo continente., donde hay mayor liberté, verdadera finesse, portales más limpios que la luna. Oda a la dama adamascada que me miró con un ojo solo.





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