Beto está ansioso. Rompe y desparrama
un paquete de La Yapa
sobre la mesa mientras agita las rodillas. Revuelve las pequeñas pastillas de
colores y eso parece tranquilizarlo un poco. Me acerco para hablarle. Percibo
una sensación propia del mundillo virtual: la de estar pero no ser percibido,
aún así imagino un mazo de cartas para invitarlo a jugar. Cartas ásperas de un
pilón al que le falta el caballo de oro: cuando las reparto Beto vuelve a
tensarse, a mirar el vacío sin parar de pensar en el ordenamiento de la lista,
en el modo de no defraudar a sus compañeros y a la vez disciplinar a los menos
obedientes. Pensaba en Beto: cuando hacía lo que todos nosotros, comía una a
una las infinitas pastillas del paquete tubular. Beto ya no es el nene de
mirada angelical y sonrisa transparente. Sino existiera la historia documental,
podría decirse que nunca lo fue y más de uno se sorprendería al verlo ”hacer el
daño”: momento clave de subir o bajar el pulgar. ¿Dónde alojará la calidez de
las grabaciones italianas que oía cuando su madre lo premiaba con flanes? ¿cómo
reparte la plata con la que ayudó a esa pareja de inundados? Hay un espacio
para la duda que conviene para poder argumentar y notar a los convencidos. Hoy,
pese a verlo ensimismado en su mesita, de a ratos intenta imitar a una estrella
de rock; hizo un castillo para vivir con sus fobias en las afueras de la
ciudad. Ahí también camina un pibe que tuvo con una profesional que nunca gustó
de su música, ni de las canciones del Festival de San Remo que aún se le da por
poner e inundan el comedor del caserón.
“Cuando
sos un animal no pensás en morirte”. Filosofía pura. Beto se creía un animal político, o al menos sabía que estaba en vías de serlo: manejando su pequeña
porción de presupuesto y un cúmulo de fidelidades. Aparente placer del que
apunta en una servilleta sus proyectos, como en un rapto de lucidez y apuntala
un apellido o sobrenombre debajo de otro, en columna, acumulando nervios antes
de reunirse con el Barba, el apoderado, que le lleva unos cuantos años y
roscas. La vez que lo vio por primera vez le costó creer que era el mismo que
escribía los artículos que su tío leía, en alguna prensa insolente de antes:
con admiración, por la justeza en su argumentación, ahora su vivo retrato era
un pobre apologista de los devaneos de un funcionario con aspiraciones, todo
sazonado con barrocas citas textuales de escritores del palo. Esa faz pública
la complementaba con ésta, la de cierto raciocinio y desvarío pícaro: “A
chiquito ponelo más abajo. Que se joda por tener apellido con empieza con T… que se lo
cambie”, sugería con su voz grave. Y por detrás de él, sin ningún tipo de
convención, El Fino, el que tenía la
BIC autorizada, no solo para convidar canutos sino para poner
el sello, cantar una personería como si fuese una flor de basto o para impugnar
una coma.
Si
hablamos de animales, el Fino era lo más parecido a un león, pero no cualquier
león, sino a uno voraz que lo disimulaba bien. De esos que te dejan acercar a la
jaula y hasta que lo toques solo para dar el zarpazo y dejarte ciego. Hace
girar su lapicera y sonríe. Hoy le gustaría que el Polaco sea del riñón del
partido a toda costa; en dos años, quizás. La diferencia los mantiene desunidos
con quien fuera su viejo compañero de banco. Gira la lapicera y recuerda
alguna Sylvapen que, con magia módica, modificó en silencio un lugar de lista
improbable, a escasos minutos del cierre. El lio posterior, las caras de
circunstancia, las explicaciones, el Fino vivía del padre todavía y al Polaco
se le daba por pensar que la política era mal negocio. Ambos, antes de las
ideas, cuando se peleaban por cambiar una japonesa o una lechera, ya estaban
ahí en el escritorio, poniendo el gancho, mezclando papelitos a modo de bocetos
trasnochados, tachando como una generala, sintiendo poder en cada inscripción.
“Los
intendentes van a ir tomando distancia cuando comiencen a sentir el olor a
cala”, repite de memoria en su cabeza una frase que leyó y que no puede
olvidar. La escribió un colega del Barba de apellido impronunciable. A
los tres los une ese inexorable olor que enamora sus fosas nasales,
uniéndolos, anacrónicas, en esa caza de voluntades. Allí donde otro dice
traición, debería decirse desengaño, corazón roto o algo menos poético. Saber
percibir el olor a cala es un arte: Beto recién ahora, el Barba hace rato y el
Fino ni lo recuerda, pero no hace tanto tampoco que empezó a moverlo ese olor, de
recinto cerrado y tiempo húmedo que significa menos de lo que esconde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario