PAÍS DE CÍNICOS (con comentarista) (rapsodia inconclusa) 4:45
-Usted,
acaso: ¿Conoce con precisión la fecha de su muerte?
Astor, tal era el nombre que llevaría a partir de hoy. Solamente 24 horas le
quitaría tramitar un documento para certificarlo.
-La fecha exacta, no. Calculo que no
pasara demasiado tiempo desde que me diagnostiquen esa leucemia que me tiene
antojado. Es mejor vivir bien antes de enterarse de cosas así… una forma de decir: vivir
bien, vivir bien, lógico que hay ciertos factores que uno no maneja. Después hay tiempo para preocuparse, ocuparse de las despedidas, pero, por si las moscas, antes de eso, elegirse
uno su propio nombre no me parece mal tampoco.
Elegirlo,
decía, para que no quede en la fantasía o en el estúpido juego de los alter ego.
Cambio de nombre con documento. Una
identidad para ser exhibida y constatada por quien quisiera hacerlo.
-Coincido en parte con usted. Hay
algo que es real y escapa, quizás, a sus deseos sean bien intencionados o no. Mi pregunta es, acaso ¿Tiene quién lo escuche o quién lo quiera? Es decir, de verdad, querer como se quiere o intenta
querer a una persona, no como a una mascota… perdón que lo interrumpa: porque
tuve casos de gente que venía y me hablaba de su mujer o de su esposo o hasta
de sus hijos con apodos, diminutivos, deformaciones del lenguaje de cualquier
tipo y factor… en fin: un asco.
Últimamente
le salía natural el cinismo. Daba respuestas que a otro sonrojarían o le causarían
ruido con una ligereza inédita en él y no hallaba explicación convincente.
Quizás no la tuviera: tener más años o el profundo desencanto del que se sabe
en un laberinto que, sin mayor aviso, puede quedar a oscuras para siempre.
-Dispénseme si es de Perogrullo lo
que digo pero: sólo se conoce con exactitud el grado de lo querido cuando se
pierde. Ergo yo, Astor, recuerde que a partir de esta conversación así me
llamo, puedo enunciar un número equis de gente que siente aprecio por mi,
siendo dos o cien mil con un grado cero de corresponsalía con la verdad.
Sigo
pensando en el cinismo como una estrategia desbordada de hastío, aunque sea la
mayor herida que el propio cuerpo se infrinja al tratarse de un hastío breve.
Para serlo, cínico, es necesario profesionalizarse. El cinismo con razón es nocivo
como la alegría programada.
-Para serle franco, mi pregunta no
perseguía como respuesta un número exacto, tampoco. La reflexión hecha, igual,
me da la pauta, por su modo de pensar digo, de cierto escepticismo que usted
cultiva con gusto. De allí interpreto que le de igual cambiar un nombre como si
fuera un par de zapatos… aunque lo primero, justo decirlo, invoca cierto
manierismo teatral que refuerza ese acto de desencanto: Lo que no consigo, lo
imagino. Aunque usted emplea un movimiento extra, a causa de su inseguridad tal
vez, que es reforzar ese cambio con un documento. ¿Tanta importancia tiene el
nombre para usted?
No
dejaba de ser extraño que la complejidad de un ser humano pudiera reducirse a
un nombre y a un apellido; combinados patentan a una persona equis, igualándola
en miseria y esplendor. De eso va también la historia y el cristal que cada
quien toma para construir determinado relato sobre tal otro, donde verdad o
mentira no dejan de ser opciones también iguales en el decurso de una continuidad.
-No se si se percata del detalle,
seguro que no: hablando de nombres, de denominaciones, dije leu-ce-mia y a
usted lo único que parece importarle es por qué decido llamarme Astor o quién
me quiere … al final uno debe ponerse en el cetro para llamar la atención, no
queda otra.
Ilógico
tanto como a un emperador le basta un movimiento en falso, uno solo para
destruir una construcción de sesudas piezas. Probabilidad de riesgos, que le
dicen, cálculo o algo semejante.
-¿Quiere hablar de su hipotética leucemia?
Si no la traje a colación es porque no deja de parecerme un deseo atroz que
encubre esta falta de motivaciones. Si gusta ponerse “en el cetro”, como dice, póngase,
no logrará nada distinto pero su expectativa sí que lo va a sentir.
Tendría
pendiente una dosis de falsedad al alcance de la mano para salir de paso en
encrucijadas como éstas, donde son las propias palabras las que pueden apuñalar
al libre pensamiento, descripto en un diálogo para dos cuya profesión se
emparda con la doctrina cínica de los que viven sin poder dejar de vivir
momentáneamente.
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