UNA FORMA DE RECUERDO (soft metal) 2:29
Entre los
dos creyeron que podían hacerlo. Fue un día feriado, último posible antes que
venciera el plazo que ya arrastraba cinco años de retraso y avisos en forma de
precarias notas sobre la fría piedra. Con el cielo gris por completo, a Donato
le llevó un poco más de insistencia convencer a Damián para sacarlo de la casa.
Lo aquejaba un leve resfriado y cierta distancia con lo que pensaban hacer: no
tanto por el gesto humano, sino por sus dolores de espalda, evidencia de una
columna atrofiada. Hubiese preferido ir otro día, pero fue ese feriado que
llegaron allí.
Un perro chico y flaco se mojaba en
un charco del cordón de la vereda. Al bajar del auto y cruzar la avenida,
Damián percibió a una familia demorada en el puesto de flores decidiendo entre
distintos colores de claveles frente a una vendedora cuya cara no decía nada.
Sintió sus ojos desviándose sobre él al pasar por la vereda; Donato venía unos
pasos más atrás y ambos se hicieron uno al atravesar el pórtico abierto.
Algunos cuerpos caminaban, ninguno solo, se trataba de cierto paseo extraño, el
de recordar, por homenaje o culpa, a los que ya no estaban. Las hojas secas de
los añosos árboles formaban una leve alfombra entre las calles diagramadas del cementerio; desde la entrada, era una hacía la derecha y cinco hacía
adelante antes de girar a la izquierda para dar con la tumba.
Cuando estuvieron frente a ella, no
sintieron nada distinto ni especial: el ritual de los adioses fijados aniquila
cualquier emoción, llegarse cada dieciocho por mes o por año al modo de una
personería que los refleja ante un pedazo de mármol con ramitos secos y la
misma inscripción. Ahora había que mover como sea ese pedazo de piedra, de ele
levantada que representaba el perímetro de un cuerpo descompuesto. Iguales de
pesados en el armado, Donato buscó con sus ojos a algún cuidador para completar
la faena, buscó al mismo a quien ayer retaceó la tarea por querer cobrarle 200
o 250 pesos calculando mano de obra. Al cabo de un rato, cuando ya colorados y
con fatiga, se acercó completaron entre los tres el traslado módica de la
estólida cobertura. Corrieron el bloque a un costado, procurando que no
obstaculizara el paso y, antes de limpiarse un poco el barro y respirar, tanto
Donato como Damián observaron la porción húmeda de tierra delimitada, manjar de
lombrices, parcela cavada hace más de una década, el doble necesario para que
sea convertido en nicho el recuerdo de la única mujer que los había unido de
verdad.
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